1: CINCO DÍAS

KIARA
No sé qué hora es. Encerrada aquí, el tiempo no pasa; se queda estancado.
La habitación es amplia, demasiado para una prisionera. Tengo una cama enorme con sábanas suaves, un baño privado y una lámpara que nunca se apaga. Pero no hay ni una sola ventana. Ni una grieta en la pared. No llega ni un solo ruido del mundo exterior.
Llevo cinco días así.
Cinco días sin ver el sol. Sin oír que se abra la puerta, salvo para dejarme la comida.
Llevo cinco días esperando a que mi padre ceda a las exigencias del hombre que juró destruirlo.
Luca Vitrani.
Ese nombre me quema la lengua aunque no lo diga en voz alta.
La primera y única vez que lo vi fue el día del secuestro. No me golpeó, no gritó y ni siquiera me tocó. Solo me miró con esos ojos grises, fríos como el acero, y dijo con una calma inhumana:
—No te haré daño... mientras tu padre cumpla.
Cinco días después, sigo odiando el tono que usó. Como si esto fuera un acuerdo y no un rapto.
Me levanto de la cama y empiezo a caminar en círculos.
Paso número treinta.
Giro.
Paso número treinta.
Giro.
Lo repito para no volverme loca.
No sé dónde estoy. Podría ser un sótano, un piso alto o un almacén sin ventanas. Solo sé que cada mañana —o lo que imagino que es la mañana— dejan un desayuno perfecto sobre la mesa. Fruta, pan caliente, café. Todo está impecable, como si estuviera en un hotel de lujo del que no sé si saldré jamás.
No me hablan.
No responden a mis preguntas.
No sé si mi padre piensa cumplir con lo que piden.
No sé si sigo viva por algo más que un capricho de Vitrani.
Me acerco al espejo del baño. Tengo los ojos hinchados, pero ya no lloro. No voy a darle a Luca la satisfacción de verme derrotada.
El problema es que él tampoco ha venido a verme.
¿Estará esperando a que me rinda?
Pues no lo haré.
Golpeo la pared con fuerza. Sé que no sirve de nada, pero necesito sentir algo que no sea impotencia.
—¡Abran! —grito—. ¡Sé que hay alguien ahí fuera! ¡Digan algo!
Silencio.
Me dejo caer en la cama, agotada. Me odio por estar cansada sin haber hecho nada. Me odio aún más por pensar en él, en esa mirada fría y analítica que me recorrió como si fuera un problema por resolver.
O un arma.
No sé cuánto tiempo pasa hasta que oigo un sonido distinto: el clic de una cerradura.
Mi corazón da un brinco. No sé si es miedo, rabia o las dos cosas.
La puerta se abre despacio.
Y ahí está él.
Luca Vitrani impone su presencia sin el menor esfuerzo. Es alto, elegante y tiene esa expresión controlada que parece permanente. Va vestido de negro de pies a cabeza, como si guardara luto por una moral que nunca tuvo.
Su mirada me atraviesa. No muestra sorpresa al verme así, ni lástima, ni interés.
Pero hay algo... algo que no sé explicar. Algo en la forma en que me observa más de lo debido.
Lo odio.
Lo detesto.
Y él lo sabe.
—Cinco días —dice, como si revisara un dato en un informe.
—Cinco días —repito con veneno— en los que podrías haberme soltado.
Una sonrisa sin alegría asoma en sus labios. Es más peligrosa que cualquier arma.
—No hasta que tu padre firme.
—No va a firmar —escupo—. Y lo sabes.
Luca baja la vista un momento. Desliza los dedos por el borde de la puerta, como si estuviera decidiendo algo importante.
—Cederá —murmura sin dejar de mirarme a los ojos—. Todos ceden.
—Yo no.
—No te estoy pidiendo nada a ti. No eres más que la princesita asustada de papá.
Lo noto en el aire, en la tensión que vibra entre nosotros.
Quiere que tenga miedo.
Que me rompa.
Que le ruegue.
Pero no le daré ese gusto. Ni siquiera voy a responderle.
Luca entra, cierra la puerta tras de sí y da dos pasos hacia mí. Cada paso suena como una sentencia.
Mi respiración se acelera.
Él se da cuenta.
—Quiero que entiendas algo, Kiara —dice en voz baja, como si explicara una ley de la naturaleza—. Nada de lo que pasa aquí es personal.
Le sostengo la mirada.
—Para mí sí lo es.
Sus ojos se oscurecen un poco.
Es un detalle mínimo.
Pero suficiente para que se me erice la piel.
Luca ladea la cabeza, sopesando mis palabras como quien estudia una amenaza.
—Está bien —dice al fin—. Hagámoslo personal entonces.
Y entonces lo comprendo:
Mi historia con él no será solo un cautiverio.
Va a ser una guerra.
Y no pienso perder.
Luca se acerca sin prisa, disfrutando de cada paso hacia mí. Su sombra me envuelve y tengo que levantar la barbilla para no dejar de mirarlo. Él inclina un poco la cabeza, acercándose lo justo para estar a mi nivel.
Demasiado cerca.
Malditamente cerca.
Su mirada baja a mis labios. Mi respiración se entrecorta sin mi permiso.
Ni se te ocurra.
Si intenta besarme, juro que le arranco la lengua de un bocado...
—Deberías verte la cara, princesa —susurra con una sonrisa que me hiela la sangre.
Casi parece que puede leerme el pensamiento.
Se acerca un milímetro más. Su aliento roza mi boca mientras dice:
—Voy a romperte. Voy a hacer pedazos a la muñequita de papá hasta que consiga lo que quiero.
No pienso. No calculo.
Solo reacciono.
Le escupo en la cara.
Se queda helado un segundo, sorprendido. Luego su expresión se endurece. Retrocede lo justo para sacar un pañuelo del bolsillo y se limpia despacio, como si estuviera frenando el impulso de hacer algo peor.
—Maldita sea... —murmura furioso.
Me mira con una rabia apenas contenida.
Y entonces veo que Luca pierde el control, aunque sea un poco.
—Jamás conseguirás lo que quieres —le espeto temblando—. Mi padre nunca va a ceder.
Sus ojos se vuelven oscuros, como una tormenta contenida. Da un paso hacia mí y levanta la mano para golpearme. El miedo me atraviesa como un latigazo.
Me quedo petrificada, conteniendo el aliento y esperando que estalle.
En lugar de eso, baja la mano y pone su cara frente a la mía. Me agarra el cuello con fuerza y empieza a apretar, obligándome a sostenerle la mirada.
—No vuelvas a hacer eso en tu vida —susurra con voz ronca y peligrosa—. No me provoques así, Kiara. No tienes ni idea de lo que estás haciendo.
Me suelta de golpe. Tropiezo hacia atrás agarrándome el cuello, aturdida por su violencia. Lo imaginaba más frío, incapaz de mostrar emociones. El vértigo del miedo se mezcla en mi interior con una rabia ardiente.
—Te odio —logro decir entre lágrimas contenidas—. ¿Me oyes? Te odio. Y si algún día salgo de aquí... iré a por ti.
Él sonríe.
—No puedo esperar, princesa —responde sin apartar la vista—. Cuando llegue el momento, te estaré esperando.
Se da la vuelta y se marcha. La puerta se cierra con un seco clic.

LUCA
No pensé que perdería los papeles tan rápido.
Últimamente parece que es lo único que hago. Todo empezó cuando mi padre se empeñó en que recuperara el territorio que Morelli nos robó hace años, y me ordenó hacerlo a cualquier precio.
Intenté dejarla fuera de esto. Mateo, mi segundo al mando, puede dar fe. Intenté hablar y negociar con Morelli por las tierras, pero ese viejo testarudo no cedió. No me dejó más remedio que llevarme a Kiara.
No quiero hacerle daño. Ella no tiene la culpa de tener a un idiota por padre. Pero si él sigue en sus trece y se niega a escuchar, vamos a tener que presionar más.
Maldita sea. Ni siquiera quiero pensar en eso. Y para colmo del lío en el que me metió mi padre, su hija es una insolente.
Pero eso me gusta.
Nunca me han ido las mosquitas muertas.
Me gusta que quiera plantarme cara, que se defienda. Me excita tenerla ahí delante, echando humo, con ese odio puro ardiendo en sus ojos. Es una belleza, joder.
La imagen vuelve a mi cabeza: ella mirándome fijo, respirando agitada, lista para arrancarme la garganta si pudiera.
Cómo apretaba la mandíbula.
Cómo me escupió sin pensar en las consecuencias. Cualquier otra chica en su lugar estaría suplicando, llorando y pidiendo clemencia.
Pero Kiara Morelli no.
Ella preferiría arder en llamas antes que agachar la cabeza. Y eso...
Eso me irrita.
Y me enciende.
—Es una belleza, joder —murmuro para mis adentros, hablando bajo para que nadie me oiga.
Me gusta. Tiene una energía que me empuja directo al borde del abismo. Lo único que aún no sé es si quiero empujarla a ella...
O saltar con ella.
No he podido sacármela de la cabeza desde el momento en que la vi.
"Operación cumplida. La tenemos", me dijo Mateo. Fui a verla porque necesitaba saber si de verdad era ella; solo la había visto en fotos. Y en cuanto entré, pensé que las fotos no le hacían justicia.
Es de una belleza que te deja sin aliento.
Tiene el pelo negro como la misma noche.
Y esos ojos esmeralda enormes... son los ojos más bonitos que he visto jamás.
Y su cuerpo... joder. La pillaron justo cuando salía con sus amigas, vestida para matar: un vestido negro corto que dejaba ver sus piernas interminables y un escote profundo que lucía sus pechos perfectos.
Qué inoportuno, pensé.
Maldita sea.
Parecía aterrorizada y estaba llorando, pero no dejé que se me notara nada. Me obligué a parecer frío e indiferente. La miré con fingido asco y solté:
—No te haré daño... mientras tu padre cumpla.
—¡¿Qué coño quieres?! ¡Suéltame ahora mismo! ¡Hijo de puta! —gritó ella, forcejeando entre dos de mis hombres que apenas podían sujetarla.
—Manténganla atada —ordené sin mover un músculo—. No la suelten hasta que se calme.
Cerré la puerta mientras de fondo se oían sus gritos e insultos.
Y sonreí.
Si supiera lo que eso me provoca... no sería tan insolente.
Después me quedé observándola por la cámara oculta de la habitación. Pasó horas atada hasta que al fin prometió dejar de pelear. Solo entonces la soltaron.
La princesita de papá.
Seguro que está acostumbrada a que todos la obedezcan y a dar órdenes sin que nadie le diga que no. Con el poder de su padre y el terror que infunde, no me sorprende su actitud de niña consentida.
El teléfono sonó y me sacó de mis pensamientos. Estaba en mi despacho, rodeado de papeles y pantallas de una de nuestras empresas tapadera.
—Luca —dije al contestar la extensión.
—Es tu padre —anunció Jana, mi secretaria—. ¿Le paso la llamada?
—Claro —respondí, aunque pensé: Maldita sea, va a presionarme otra vez.
—Luca —dijo mi padre, usando esa voz autoritaria con la que siempre nos ha machacado.
—Padre. Estamos manejando la situación, ya te lo dije. Déjamelo a mí.
—Quiero que te reúnas con Morelli mañana. Llévale un... llamémoslo recuerdo de su hija.
Se me hundió el estómago.
—¿A qué te refieres? —pregunté, aunque ya lo sabía.
—Sabes exactamente a qué me refiero.
—Pero...
—Nada de peros. Hazlo. Mañana, Luca. Ni un día más.
Y colgó.
—¡Maldita sea! —gruñí, golpeando el escritorio con el puño.