PRÓLOGO
El Príncipe partió para matar a la Bruja y asegurar su corona. Como un villano hasta la médula, buscaba sostener el mundo con su puño, sin arrepentirse ni una vez por la sangre que derramó o las guerras que inició para satisfacer sus caprichos. Esta expedición sería su conquista final: la erradicación del mayor miedo del imperio. Con la Bruja muerta, el mundo sería realmente suyo. Se suponía que iba a ser sencillo.
El imperio la llamaba monstruo; una plaga, una mancha sobre la tierra. Pero cuando llegó para acabar con ella, el Príncipe se encontró totalmente derrotado. Ante él no había ninguna bruja vieja, sino una diosa en el exilio: radiante, dulce y tan devastadora como un sueño.
Él no dio marcha atrás; simplemente cambió sus tácticas. Cuando el deseo lo invadió, lo llamó seducción. Cuando lastimó su espíritu, lo llamó poder. Y cuando ella finalmente huyó de su crueldad, él lo tachó de traición.
«Te voy a arruinar por hacerme desearte», juró, regresando a su bosque con un corazón de pedernal. Tenía la intención de hacer que ella lo amara de nuevo, solo lo suficiente para destrozarla.
Pero el plan se vino abajo. Con cada día que pasaba en su órbita, el Príncipe caía más profundo, perdiendo de vista el trono y el acero. Ya no solo ansiaba su sumisión; él mismo se había entregado a la calidez de su amor. Todavía buscaba conquistarla, asegurarse de que ella le perteneciera solo a él y a nadie más, pero su hambre había cambiado. Ya no quería gobernarla; quería ser consumido por ella.
A través de mentiras calculadas y un control férreo, estrechó su agarre hasta que ella se convirtió en todo su mundo. Le forzó un amor incondicional, aprovechándose de su bondad noche tras noche. Se volvió tan obsesivo, tan atado a su alma, que cuando finalmente ella lo dejó...
Él...