Orgullo Y Atracción por Kim en Inkitt
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Orgullo y Atracción

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Sinopsis

Lysander Whitlock es brillante, arrogante y no permite que nadie se le interponga... especialmente Ronan Hale. Ronan Hale es provocador, irreverente y sabe exactamente cómo tocar los límites de Lysander. En la universidad, cada debate, cada mirada y cada encuentro se convierte en un juego de orgullo y deseo. Ellos se odian... hasta que descubren que la línea entre el odio y la atracción es mucho más delgada de lo que jamás imaginaron.

Genero:
Young Adult
Autor/a:
Kim
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

Lysander siempre había creído que podía controlar todo… hasta que Ronan Hale apareció en su vida.

Sarcástico, irreverente y descaradamente provocador, Ronan tenía la habilidad de encenderlo como nadie. Cada palabra, cada gesto parecía diseñado para desafiarlo y humillarlo.

—¿Crees poder ganar con un debate como ese? —dijo Lysander, la voz gélida y cargada de desprecio.

—Depende… ¿quieres que gane o disfrutes verme perder? —replicó Ronan, con la sonrisa arrogante que hacía hervir la sangre de Lysander.

Las sillas crujieron bajo los movimientos de los demás estudiantes, pero ninguno osó interponerse entre ellos. Los murmullos se apagaban en cuanto sus miradas se cruzaban, llenas de odio y desafío.

—Es patético verte enojarte por algo tan insignificante… no me sorprendería que jamás llegues a nada —dijo Ronan, levantándose y dejando el salón con pasos firmes, seguros y arrogantes.

—Eres un idiota… —murmuró Ronan entre dientes, apretando los puños hasta que las articulaciones le dolieron, el calor de la ira quemándole por dentro.

Más tarde, Ronan tiró su mochila sobre la cama con frustración contenida.

—Ese Whitlock me va a hacer explotar mañana en el debate —dijo, cruzando los brazos y frunciendo el ceño.

—¿Ah sí? —dijo uno de sus amigos, arqueando una ceja—. Pensé que solo tú te irritabas con él.

—No —escupió Ronan—. Es insoportable. No solo me desafía, me humilla con cada mirada, cada comentario. Es un idiota arrogante… y no voy a dejar que gane.

—Bien, entonces lo vas a aplastar —dijo otro, serio.

—Claro que sí —dijo Ronan, los dientes apretados—. No voy a permitir que ese maldito Whitlock piense que puede dominarme.

Mientras tanto, Lysander revisaba sus apuntes, con el ceño fruncido y la mente concentrada en lo único que importaba: derrotar a Ronan.

—¿Otra vez pensando en ese idiota? —preguntó uno de sus amigos, sin intentar disimular el desprecio por Ronan.

—No es cuestión de pensar —dijo Lysander, la voz fría y firme—. Es cuestión de ganar. Ese maldito no merece más de mi tiempo.

Cada palabra de Ronan en el debate, cada gesto arrogante, seguía ardiendo en su mente. Lo odiaba con cada fibra de su ser, y esa rabia lo mantenía despierto por la noche, repasando estrategias para humillarlo a su vez.

Al día siguiente llegó el momento del debate. Ronan sentía su pulso acelerarse y un frío recorrerle la espalda. Frente a él estaba Lysander, y cada fibra de su cuerpo gritaba que este enfrentamiento no terminaría sin humillarlo… o ser humillado.

Victor Langley, el profesor de debate entro al gran salón, desde muy lejos se sentía sus aires de superioridad, como miraba con desdén y desprecio a sus estudiantes hizo que mis manos se movieran inquietas, controle como pude mis nervios, para no darle el gusto a Lysander de verme nervioso.

—Bien, comencemos —dijo el profesor Langley, cruzando los brazos y dejando que la mirada fría recorriera el salón—. Espero que todos hayan preparado sus argumentos con la seriedad que este tema merece. No toleraré improvisaciones mediocres ni actitudes infantiles.

—Este no es un juego. Cada palabra que pronuncien será juzgada, y cualquier error será señalado. Recuerden: en este salón, la competencia no es opcional, y la excelencia no se negocia.

—Espero que quienes hoy debatan —y me refiero específicamente a ustedes— sean capaces de mantener la disciplina intelectual necesaria para no avergonzarse frente a sus compañeros. Porque, si fallan, lo sabré… y no dudaré en hacérselos notar.

—Ahora, adelante. Demuestren de qué son capaces… o demuestren lo insuficientes que son. Señor Whitlock y Hale, pasen adelante.

Lysander Whitlock se levantó, ajustó su corbata y caminó hasta el podio. Su mirada se clavó en Ronan, cargada de desdén.

—La vigilancia masiva representa una violación directa a los derechos individuales y la privacidad de los ciudadanos —dijo Lysander, la voz firme y helada—. Ningún Estado debería tener la autoridad para monitorear cada movimiento de sus habitantes en nombre de una seguridad cuestionable. Es una medida extrema que socava los principios fundamentales de nuestra constitución.

Ronan se levantó, con esa sonrisa arrogante que hacía que Lysander apretara los dientes. Se acercó al podio, pero no pudo resistirse a soltar una frase que provocara:

—¿Ah, sí? —dijo Ronan, tono burlón y desafiante—. Entonces, según tu lógica, ¿debemos quedarnos de brazos cruzados mientras los ciudadanos corren peligro? La vigilancia masiva, aunque invasiva, puede prevenir amenazas reales. Quien no lo entienda, está demasiado cegado por teorías abstractas para sobrevivir en el mundo real.

Lysander lo miró como si quisiera atravesarlo con la mirada. Cada palabra de Ronan era como un cuchillo.

—El peligro real no justifica la pérdida total de libertad —replicó Lysander, con la voz baja, cargada de desprecio—. La seguridad no puede ser una excusa para convertir a los ciudadanos en prisioneros de su propio Estado.

Ronan rió suavemente, un sonido que hizo que Lysander se levantara un poco de la silla, irritado:

—Siempre tan… perfecto, Whitlock. Pero la perfección no salva vidas —dijo Ronan, inclinado ligeramente hacia el podio como si retara a Lysander a replicar—. Tus ideales no cambian la realidad: si el Estado no actúa, la gente muere. ¿O prefieres ser moralmente correcto y observar cómo todo se desmorona?

El silencio llenó la sala. Incluso Victor Langley lo observaba con la típica expresión de superioridad, como evaluando cada gesto y palabra, esperando que ambos fallaran y le dieran un motivo para reprenderlos.

—Señores —dijo el profesor finalmente—, recuerden: aquí no hay lugar para debilidades, ni para sentimentalismos.

—Bien, continuemos. Ahora quiero que profundicen en las implicaciones legales y éticas de su postura. No repitan lo obvio. Adelante.

Ronan se levantó primero, cruzando los brazos mientras miraba a Lysander con desdén.

—Si hablamos de ética, señor Whitlock —comenzó, tono cortante—, su argumento sobre la privacidad es bonito… en teoría. Pero la realidad es que los terroristas, los criminales y quienes amenazan la seguridad del Estado no respetan ideales. Su postura perfecta y moralmente intachable es inútil frente al caos que intenta evitar.

Lysander apretó los puños, controlando la irritación que le subía por el pecho. Se levantó, ajustó las gafas y lo miró como si quisiera quemarlo con la mirada.

—Perfecto, Hale —dijo Lysander, cada palabra cargada de desprecio—. Tan pragmático como siempre, ¿verdad? La seguridad no es excusa para justificar atropellos legales. Su “realidad” no puede ser la herramienta de quienes violan la ley y los derechos de los ciudadanos. Es inmoral, ilegal y completamente inaceptable.

Ronan inclinó la cabeza, sonriendo con arrogancia, disfrutando de provocar a Lysander.

—¿Inaceptable? —replicó, con la voz cargada de sarcasmo—. Por favor, Whitlock… ¿moral y legal? Mientras tú pierdes tiempo teorizando, el mundo real avanza. Tus leyes no detendrán a quienes amenazan vidas. Es lamentable que alguien tan brillante se quede atrapado en su propio ego.

Lysander golpeó el podio con la palma de la mano, la sala entera contuvo el aliento.

—Mi “ego” según usted —dijo Lysander con voz helada— no me hace ciego, Hale. Ustedes, los provocadores que se creen ingeniosos, son los que están completamente ciegos. Su “realidad” no es excusa para permitir que se vulnere la libertad de millones.

Hale dio un paso adelante, acercándose con aire desafiante.

—Entonces supongo que usted prefiere que la gente muera antes que aceptar que la seguridad requiere decisiones difíciles —dijo, cada palabra tan filosa como una daga qué hacía enfurecer a Whitlock.

El silencio en la sala era absoluto. Incluso Victor Langley lo observaba con esa mirada de superioridad, evaluando, listo para intervenir al menor error. Pero ninguno de los dos parecía dispuesto a ceder.

—Bien, suficiente por ahora. Señores, deténganse. Continuaremos después. Ambos han demostrado… pasión, pero recuerden que esta no es una pelea personal.

El profesor Langley salió del salón, dando un portazo seco que resonó en las paredes. Dejó a ambos chicos atrás, cada uno cargando el peso de un debate que aún no había terminado.

—Si piensas que voy a dejar que me ganes, estás muy equivocado, Hale —dijo Lysander, acercándose lo suficiente para que Ronan sintiera el desprecio en cada palabra.— Esto recién comienza… y vas a caer.

Sin más, Whitlock abandonó el gran salón, dejando a Ronan más tenso y frustrado que antes. Tendría que idear mejores argumentos, más estrategias, si quería siquiera aspirar a derrotarlo.

Ronan llegó a la cafetería, tirando la mochila sobre la mesa con un golpe sordo. Sus amigos levantaron la vista, pero enseguida bajaron la mirada al notar el ceño fruncido y la tensión en cada músculo de su cuerpo. No era su habitual provocación juguetona; esta era rabia cruda. Cada palabra de Lysander durante el debate lo había hecho sentir humillado, pequeño, desafiado de manera que nunca había experimentado antes.

—¿Qué pasa contigo? —preguntó uno de sus amigos, inclinándose hacia él.

—Nada —escupió Ronan, sin mirarlos—. No voy a perder con Whitlock. No de nuevo.

Se recostó en la silla, cerrando los ojos un instante, tratando de calmar el calor que subía por su pecho. Pero no podía. Cada frase de Lysander, cada sonrisa arrogante mientras desmontaba sus argumentos, seguía ahí, como un hierro candente clavado en su mente. La furia le apretaba el estómago, y el aire parecía demasiado denso para respirar con normalidad.

—Vas a tener que matarlo en la siguiente ronda —dijo otro amigo, en un susurro, como si pronunciar el nombre de Whitlock pudiera encender aún más la ira de Ronan.

—No voy a “matarlo” —dijo Ronan, su voz baja y cargada de veneno—. Voy a destruirlo.

Mientras tanto, a varios pasillos de distancia, Lysander caminaba en silencio. Sus pasos eran firmes, meticulosos, pero no había ni un ápice de satisfacción en ellos. Sus amigos intentaron hablarle, recordarle que respirara, que no todo era personal… pero él no escuchaba. Cada palabra de Ronan, cada gesto arrogante durante el debate, estaba grabada en su mente, y no estaba dispuesto a dejar que ese idiota le ganara la próxima vez.

—Voy a ganar —murmuró para sí mismo, con los dientes apretados—. Hale no tiene idea de lo que le espera.

Al llegar al final del pasillo, Lysander se detuvo un instante, la mirada fija en la puerta de salida del salón de debates. Respiró hondo, dejando que la frustración se transformara en concentración pura. Cada error de Ronan sería analizado, cada frase provocativa registrada, y la próxima vez que se enfrentaran, Whitlock no cometería fallas.

De vuelta en la cafetería, Ronan se levantó, caminando hasta la ventana y observando el campus. Los árboles se mecían con el viento y los estudiantes pasaban ajenos a la guerra silenciosa que se desarrollaba entre él y Lysander Whitlock. Sintió que la ira le quemaba las manos, las piernas, el pecho. No había diversión, no había juego. Solo odio, desafío y un deseo de superar al otro que lo consumía por completo.

—No pienso perder —susurró, apretando los puños y dejando que la rabia fluyera—. No ahora, no nunca.

El silencio en la cafetería era pesado. Sus amigos lo miraban, sabiendo que cualquier comentario sería inútil. Esa furia no era normal; no era pasajera. Era calculada, intensa, lista para estallar en cuanto volviera a enfrentarse a Whitlock.

Mientras tanto, Lysander se dirigía a la biblioteca, pasando por los pasillos vacíos con pasos medidos y seguros. Cada pensamiento estaba centrado en la estrategia, en cómo superar a Ronan. Su mente repasaba los argumentos, cada gesto y cada palabra de su rival, como si fueran piezas de un tablero que debía dominar.

Al llegar a la biblioteca, se sentó frente a sus notas, ajustó los lentes y comenzó a escribir sin levantar la vista. Cada frase de Ronan era un desafío que debía superar, cada provocación, una meta que debía aplastar. No había lugar para errores; no había lugar para compasión. Solo odio puro y determinación implacable.

Cuando el sol comenzó a bajar sobre el campus, los dos rivales estaban en lugares distintos, pero el mismo pensamiento recorría sus mentes: la guerra apenas comenzaba. Ninguno de los dos se rendiría, ninguno cedería. Y mientras sus pasos se alejaban de los lugares donde habían estado, quedaba claro que esto no era un simple debate… era el inicio de algo más profundo, un conflicto que ninguno de los dos podría ignorar.

—Esto recién comienza —murmuró Lysander para sí mismo.

—No voy a dejar que me gane —susurró Ronan, desde la cafetería.

El aire del campus parecía más pesado que nunca, como si el odio entre ellos se hubiera quedado flotando, esperándolos para la próxima ronda.

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