Te escucho desde la distancia

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Sinopsis

Yudai ha renunciado a todo, incluso a sí mismo. Marcado por eventos dolorosos de su pasado, ha decidido sacrificar cada instante de su corta vida en busca de un propósito: convertirse en el sustento de su familia y garantizar la tranquilidad que tanto necesitan. Su existencia se ha convertido en una rutina de esfuerzo constante, guiada por la disciplina y el deber, donde no hay distracción para los pequeños placeres de la vida. Cuando su objetivo parecía próximo, la llegada de un estudiante singular altera el equilibrio de su vida, la presencia de este estudiante irrumpe la monotonía en la que había vivido durante tanto tiempo y despierta un pasado que creía olvidado: su pasión por el béisbol, la alegría que él mismo se había prohibido experimentar. A la par, Yudai descubre un interés inesperado hacia este joven, un atraccion que lo confunde. Entre encuentros fortuitos, gestos y silencios una conexión comienza a formarse. Mientras lucha por encontrar un equilibrio este nuevo vínculo lo obliga a replantearse lo que significa vivir plenamente. Los sentimientos que comienzan a aflorar amenazan con desestabilizar la disciplina que ha mantenido durante años, obligándolo a enfrentar la tensión entre su deber y lo que su corazón realmente quiere. Entre la responsabilidad y el sentimiento, tendrá que decidir si sigue esforzándose o si se atreve, por primera vez, a jugar por sí mismo.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
klaunaka
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

CAPÍTULO 1

Como siempre, sus compañeros lo apapacharon y celebraron con elogios merecidos por su desempeño, sin embargo, en ese logro no veía su reflejo, solo la voluntad de terceros.

Esta mañana, las calificaciones del primer examen de simulación para la especialización ya habían sido anunciadas en el tablón principal del edificio de medicina. Al finalizar la primera clase los alumnos de octavo semestre se apresuraron hacia el pasillo, ansiosos por comprobar si las largas horas de estudio habían valido la pena. El bullicio crecía a medida que más estudiantes se amontonaban frente a los papelotes, empujándose y estirando el cuello para encontrar su nombre entre la lista.

Yudai, en cambio, permanecía apoyado contra la pared del pasillo, a unos metros del alboroto. Revisaba la hora en su reloj sin hacer el menor intento por acercarse. Sabía que su resultado llegaría por sí solo tarde o temprano, más temprano que tarde.

—Te dije que Yudai iba a quedar primero.

—¿Quién es Yudai? Fue el puntaje más alto.

—Maldito Yudai, siempre nos gana. —Su nombre se repitió varias veces entre los murmullos, el chico de pelo negro solo bajó ligeramente la mirada cuando algunos compañeros se acercaron para felicitarlo. Agradeció todos los cumplidos de manera casi mecánica, sin sonreír demasiado ni sostener la conversación, solo pensaba en alejarse de ahí.

En cuanto pudo se deslizó entre la gente y se dirigió a la biblioteca. Aún le quedaba un breve intervalo antes de la siguiente clase, tiempo suficiente para repasar los tópicos que verían después. Se sentó en su lugar habitual y abrió sus apuntes.

Así estaba escrito su futuro, ahogado entre libros, exámenes y sostenido por una rutina férrea, casi vital. Incluso cuando no estudiaba, su mente ya estaba planeando cuándo volver a hacerlo. Ignoraba si lo hacía por deseo propio o por una exigencia impuesta, pero lo cierto era que el estudio se había convertido en el eje del cual orbitaba todo lo demás.

Terminadas las clases Yudai siempre se iba directo a su casa para continuar con su arduo estudio y este día no fue una excepción, Yudai cruzaba el estacionamiento con la mochila colgada en sus hombros. El murmullo de los estudiantes se diluía poco a poco, reemplazado por el ruido distante del tráfico. Si alguna vez le preguntaran cuál era su momento favorito del día, diría que era ese: el trayecto que recorría desde la universidad hasta su casa. El único tramo del día en el que podía permitirse ver más allá de los textos y apreciar la cotidianidad de la vida. Respiró hondo, llenando sus pulmones con el aire del exterior, dejando que su nariz se despejara poco a poco, la tensión de sus hombros se desvaneció con cada respiración, era su cuerpo agradeciéndole por abandonar el encierro en las aulas saturadas de papel y polvo. Redujo el paso sin darse cuenta, como si el camino mismo le pidiera que no tuviera prisa. Por unos minutos, el mundo no le exigía respuestas y por primera vez en el día eso era suficiente. Ensimismado en sus pensamientos, un choque inesperado lo hizo aterrizar de nuevo a la realidad.

—Ah — soltó, deteniéndose en seco. El otro chico que había interrumpido su pequeño momento pasó de largo sin decir nada. Un poco irritado Yudai bajo su mirada al piso , entonces notó un objeto que estaba tirado frente a sus pies, una manopla de béisbol, gastado y un poco deshilachado de los lados. Lo recogió casi por reflejo.

—Oye, se te cayó — espetó. No hubo respuesta. El otro chico de piel morena seguía caminando a paso veloz, como si no lo hubiera escuchado o como si no le importara. Yudai frunció el ceño. Dudó apenas un segundo antes de salir tras él, apurando el paso.

—Espera — insistió para después tratar de alcanzarlo hasta tocarle el hombro. El más bajo se sobresaltó visiblemente, girándose con brusquedad. Sus ojos se clavaron primero en la cara de Yudai luego en el guante.

La persona frente a Yudai tardó un momento en reaccionar, logrando unos segundos después entender lo que sucedía, esbozó una sonrisa en su cara y con su mano hizo una señal de agradecimiento al chico más alto pero no se tomó sus pertenencias de inmediato. Intrigado, Yudai volvió a hablar, esta vez señalando el objeto con un leve gesto de la cabeza.

—¿Hay algún equipo de béisbol en la universidad? — preguntó expectante, aunque giró el rostro hacia otra dirección, como si la pregunta se le hubiera escapado y no quisiera que se notara. Sus dedos, sin embargo, jugueteaban con las costuras desgastadas de la manopla con una inquietud que lo delataba. Cuando volvió a mirarlo el otro solo lo observaba en silencio, pero ahora con una expresión extraña, casi confundida.

Durante largos segundos no hubo respuesta.

El chico de ojos rasgados frunció los labios en una mueca de incomodidad, la falta de respuesta le raspaba los nervios.

—Ah… Olvídalo — murmuró entre dientes, entregando el guante tajantemente. El silencio se volvió más pesado, el chico del guante guardó rápidamente su pertenencia en la mochila y empezó a hacerle señas con las manos al más alto pero este parecía no comprender, rendido empezó a buscar algo con cierta urgencia. En un abrir y cerrar de ojos la persona enfrente del japonés ya tenía una libreta en mano.

—No importa — se apresuró a decir Yudai, aunque el otro ya estaba bajando la vista hacia la libreta escribiendo algo—. Perdón.

Los dedos del moreno eran hábiles y en unos segundos la libreta ya tenía una frase escrita. Satisfecho con la rapidez de sus manos no se dio cuenta que el otro joven había echado carrera y ya no se encontraba más a su lado.

Yudai no lo esperó.

Ya se había dado la media vuelta y comenzó a caminar, primero despacio, luego con más prisa, sintiendo que estaba invadiendo espacio ajeno. No miró atrás ni vio la libreta o el gesto enredado del moreno tratando de darle una explicación. Se quedó absorto en sus pensamientos y marchó en dirección a casa sin siquiera pensarlo dos veces.

Mientras caminaba hacia su casa, Yudai siguió el trayecto de siempre sin realmente verlo. Sus pasos eran automáticos, su postura correcta, la mochila balanceándose con un ritmo familiar. Sin embargo, en lugar de encontrar la calma habitual, su mente trabajaba por su cuenta. Trató de pensar en las preguntas que había fallado o en los temas que debía reforzar pero su mente obstinada regresaba a un solo detalle: el guante.

«Si alguien lleva un guante así… Es porque juega en algún lado» ,la idea invadió su cabeza.

Al llegar a casa acomodó sus zapatos junto a la puerta, colgó la mochila y se dirigió a su habitación. Cómo una máquina programada, se sentó, encendió la lámpara y abrió sus apuntes para empezar con el estudio. Las primeras hojas se deslizaban entre sus dedos con fluidez, escribía y subrayaba simultáneamente. Su respiración se acomodó al ritmo de estudio que conocía tan bien.

Pero la pregunta regresó, esta vez más ruidosa. «¿Habrá realmente un equipo de béisbol en la universidad?»

No era un anhelo, ni un lamento por lo que había dejado atrás en el pasado. Era pura curiosidad, como cuando no puede recordar el nombre de algo y su mente se niega a soltarlo.

Dejó el bolígrafo quieto unos segundos.

Pensó en el tamaño de la universidad, en sus instalaciones deportivas, en los grupos que había visto de pasada: fútbol, básquetbol, atletismo pero nunca había puesto atención al béisbol. Tal vez sí existía y simplemente nunca lo había notado (imposible), tal vez entrenaban en horarios distintos o tal vez tenían un campo propio que él siempre había ignorado.

Pasó la página y continuó leyendo, pero su cerebro ya no estaba procesando nada de esa información.

No era que quisiera volver a jugar, no era que extrañara el campo, solo quería saber. Sí, eso debía ser, solo curiosidad.

Esa pequeña, insistente pregunta comenzó a interponerse entre él y su estudio, zumbando en sus oídos sin dejarlo en paz toda la noche hasta la siguiente mañana.

Yudai despertó con la sensación de no haber descansado del todo. Aunque sus párpados permanecieron cerrados, su cabeza estuvo despierta hasta la madrugada. Se preparó con la misma precisión de siempre, tomó su mochila y se encaminó a la universidad aunque no con la calma habitual. El trayecto hacia sus clases le pareció más largo de lo normal.

Esta vez no se permitió perderse en el paisaje ni en el ritmo de sus pasos. Su mente no iba a descansar si no resolvía sus dudas de una vez por todas y tenía la esperanza de encontrar las respuestas en la universidad, así que no perdió el tiempo y apuró el paso con la mirada fija al frente.

Finalmente, llegando a su destino cruzó el portón principal del campus donde nuevamente fue envuelto con el bullicio de los estudiantes y el ruido cotidiano de cualquier otra mañana. Yudai avanzó por el pasillo principal con la misma postura erguida de siempre.

Fue entonces cuando lo vio.

Entre avisos de seminarios, fechas de exámenes y carteles de actividades extracurriculares, un pequeño folleto que desentonaba con todos los demás carteles por su diseño chillón se encontraba pegado. no estaba en el tablón de medicina sino en el tablón general, aquel por el que casi nunca pasaba. Su mirada se detuvo antes de que su mente lo permitiera y sin pensarlo sus pies caminaron hasta ese tablón.

En letras grandes y claras el cartel decía así:

¿TE GUSTA EL BÉISBOL? ÚNETE AL NUEVO EQUIPO

Debajo estaban los horarios de entrenamiento y un número de contacto.

Yudai se quedó inmóvil durante largos segundos.

El bullicio a su alrededor se desdibujó por un segundo. Sus ojos recorrieron el folleto con detenimiento: las fechas, el lugar de las prácticas, las palabras "equipo nuevo". Sintió un cosquilleo incómodo en el pecho, más no era emoción ni tampoco nostalgia. Era algo más sutil, la sensación de que su curiosidad había encontrado una respuesta y que esa respuesta abría una puerta que él no estaba seguro de querer cruzar o si quiera mirar.

Alguien pasó a su lado y rozó su hombro, despertando a Yudai del trance. Bajó la mirada al suelo por un instante, respiró hondo y luego volvió a mirar el cartel. Sus dedos le picaban, pidiéndole agarrar el folleto y guardarlo para él.

«Así que apenas se hizo el equipo», se lamentó pues la certeza no le trajo alivio, más bien hizo que su incertidumbre cambiara de forma.

Ya no era si existía, ahora era por qué hasta ahora.

Yudai se alejó del folleto temiendo que el verlo más le haría revivir cosas que no quería ni pensar. Se dio la vuelta y siguió su camino hacia el edificio de medicina, pero su paso era un poco más rápido de lo habitual.

Mientras caminaba, su mente insistía:

«No quiero volver al béisbol, no necesito volver al béisbol», y aun así el rostro del chico, el guante gastado y el cartel seguían colándose en su cabeza.