Prólogo: El Caso Está Cerrado

El amanecer sobre la ciudad de Nueva York era una mancha grisácea, pero en el departamento de Araceli Rossemberg, la luz artificial de su reloj de diseño era lo único que marcaba el tiempo, eran las 5:04 a.m.
A su lado, entre las sábanas de seda que valían más que un salario mensual de sus empleados, una mujer respiró profundamente, comenzando a despertar, Araceli ni siquiera necesitó girarse para saber quién era, Elena Torres, abogada principal de Díaz & Asociados, la misma mujer cuyos argumentos había triturado y humillado en la corte en menos de veinticuatro horas antes.
Araceli se levantó de la cama, su silueta perfecta recortada contra el ventanal que dominaba la ciudad era una diosa pelirroja esculpida en mármol, con ojos verdes que parecían perforar el cristal, su cuerpo, su secreto, el que pocos conocían y ninguno entendía, era su primera armadura.
—Araceli... —murmuró Elena, con una voz ronca y satisfecha, estirándose entre las sábanas—. Anoche... fue increíble.
Araceli se sirvió un vaso de agua, el hielo tintineó en el silencio.
—Ayer fue un mal día para tu bufete, Elena, te vi flaquear en el contrainterrogatorio.
Elena se incorporó, la confusión nublando el deseo en sus ojos.
—¿Qué?
—Tu argumento sobre el precedente del caso Vargas fue débil. Dejaste que mi testigo te llevara exactamente a donde yo quería. —Araceli se giró, su mirada tan fría como el agua en su vaso—. Y anoche, volviste a cometer el mismo error, creíste que tenías el control.
La humillación golpeó a Elena con más fuerza que una bofetada.
—¿Estás diciendo que esto... esto fue solo...?
—¿Una extensión del juicio? Siempre lo es. —Araceli caminó hacia el baño—. En el tribunal, te gané el caso, aquí en mi cama, te gané a ti. Considera esta la firma de la sentencia. —Abrió la puerta del baño y se detuvo—. Mi conductor puede llevarte a tu oficina, la puerta de salida se cierra sola.
Elena saltó de la cama, la seda cayendo de su cuerpo mientras la rabia la consumía.
—¡Eres una maldita egocéntrica!
Lanzó una bofetada, no llegó a su destino.
Araceli atrapó la muñeca de Elena en el aire, su agarre como el acero, con un tirón, la atrajo hacia ella, el cuerpo desnudo de Elena chocando contra el suyo, la diferencia de poder era palpable.
—Soy la misma egocéntrica que te hizo gritar toda la noche, abogada, soy la misma egocéntrica que te hizo gritar por más, no me vengas con idioteces. —La voz de Araceli fue un susurro bajo y peligroso, sus ojos verdes brillando con diversión—. Pero si quieres, podemos repetir.
La apretó contra su cuerpo, Elena opuso resistencia, pero fue inútil, era un animal atrapado, Araceli sabía cómo eran las mujeres como Elena fuego y orgullo que se doblaban bajo la presión correcta, se inclinó, sus labios rozando la oreja de Elena.
—Tengo tiempo —susurró—. Y voy a demostrarte, una vez más, quién manda aquí.
Con una sonrisa helada, Araceli la soltó, empujándola ligeramente hacia la cama.
—Pero, de hecho, tú ya no tienes más tiempo, recoge tus cosas y lárgate.
El portazo del baño fue el sonido de un mazo declarando el fin del caso.
Mientras el agua helada golpeaba su piel, Araceli cerró los ojos, este era su ritual, una conquista tras otra, noches fugaces para llenar un vacío, ya no quería recordar cómo sentir. Diez años atrás, una mujer le había enseñado que el amor era un juego y ella el premio de burla el fenómeno.
Esa mujer le había roto el corazón, pero también había mostrado que no todos en la vida llegaban para un final feliz.
Ahora, Araceli era quien ponía las reglas, ella era quien jugaba, ella era quien demostraba, noche tras noche, tribunal tras tribunal, que el fenómeno no solo era impecable, era invencible, para ella no existían las relaciones serias, solo las victorias rápidas y las mañanas frías.
Su éxito era su venganza, su confianza era su escudo y su soledad era su elección, su mayor triunfo.
Se secó, se vistió, revisó su agenda.
9:00 a.m., reunión con el cliente.
11:00 a.m., moción preliminar.
2:00 p.m., Entrevista programada para una nueva pasante Sofía P. Valdez.









