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Las decisiones que tomamos tienen la costumbre de perseguirnos como sombras que se niegan a morir con la luz del d铆a. Un "s铆" susurrado a destiempo, un "no" cargado de orgullo o un "tal vez" que solo serv铆a para ganar tiempo. Mi nombre es Jenna Ortega, y esta no es solo mi historia; es la cr贸nica de una colisi贸n inevitable. Es la historia de Emma y m铆a.
Nos conocimos en esa etapa donde la madurez es solo una m谩scara y la adolescencia una herida abierta. Mientras el resto del mundo se preocupaba por ex谩menes, futuros brillantes y normas sociales, nosotras apenas sobreviv铆amos a la intensidad de lo que llev谩bamos dentro. Nuestros corazones eran soldados desertores que desobedec铆an cualquier orden con tal de amarse con una ferocidad que rozaba lo peligroso.
En aquel entonces, elegimos la compa帽铆a de la otra porque el mundo exterior se sent铆a pesado, y entre nosotras, todo era ligereza y paz. Creamos un universo privado: un mapa de horarios compartidos, rituales sobre la comida, canciones que se convirtieron en himnos y rincones de la ciudad que bautizamos con nuestros nombres. Pero esa paz era el ojo del hurac谩n. No sab铆amos manejar tanto fuego; nos am谩bamos tanto que el amor nos asfixiaba, y las peleas estallaban no por falta de cari帽o, sino por un exceso de 茅l que no cab铆a en nuestros cuerpos.
Dicen que las heridas que nos causan otros cierran, pero las que nos provocamos mutuamente son abismos. Nuestras mentiras a medias y nuestras decisiones impulsivas terminaron pesando m谩s que la devoci贸n que nos juramos. En el intento desesperado por salvarnos, terminamos por destruirnos, matando poco a poco lo que hab铆amos construido.
Un solo error, un malentendido nacido del silencio y la desconfianza, fue suficiente para que el cristal se rompiera en mil pedazos imposibles de recoger. Lo que sigui贸 fue el vac铆o: un aislamiento hist茅rico donde el aire faltaba y el silencio gritaba el nombre de la otra. Huimos. Intentamos escapar de lo que sent铆amos, creyendo err贸neamente que la distancia enfriar铆a las brasas. Qu茅 est煤pidas fuimos. La distancia solo fue el ox铆geno que convirti贸 la brasa en un incendio incontrolable.
Cuando el destino nos volvi贸 a poner frente a frente, no hubo flores ni promesas dulces. Hubo un odio visceral, un rencor que no era m谩s que amor obsesivo disfrazado de rabia. Nos miramos con el ego铆smo de quien reclama lo que considera suyo. Los celos se convirtieron en nuestra nueva moneda de cambio, y la sola idea de imaginar a la otra bajo el toque de alguien m谩s nos provocaba una n谩usea f铆sica, una repulsi贸n rid铆cula hacia cualquier intruso que osara profanar lo que nos pertenec铆a.
Cada rinc贸n de nuestra rabia contenida empez贸 a arder con un fervor nuevo. El rechazo hacia los dem谩s nos uni贸 m谩s que cualquier palabra bonita. Fue en ese caos de gritos y reproches donde el perd贸n finalmente se abri贸 paso, no como una bandera blanca, sino como una rendici贸n absoluta. Los malentendidos se aclararon bajo la luz cruda de la verdad, y nuestras almas, cansadas de vagar solas, se anclaron para siempre.
Esta es nuestra historia. Tal vez la m谩s clich茅, la m谩s ca贸tica o la m谩s rom谩ntica, seg煤n quien la mire. Pero para nosotras, fue el descubrimiento de que nuestro odio solo era dolor acumulado buscando una salida. Al final, logramos vencer al mundo y a nosotras mismas, porque cuando dos personas se pertenecen con esta locura, no importan las cicatrices. Solo importa la Perversi贸n -ese lazo inquebrantable y oscuro- en la que hemos decidido consumirnos juntas.
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Con todo mi amor, Alee馃挆.
Pd:Actualizare esta historia cada lunes y viernes. Si se da la oportunidad, puedo hacerlo otros d铆as;). Sorry, es por temas de estudio.








