PRÓLOGO
Él me enseñó a sangrar.
Esta noche, voy a hacer que él lo sienta.
El arma pesaba más de lo que debería en mis manos.
No se inmutó.
Me pregunté si todavía quedaba algún rastro del hombre al que amé tras ese muro impenetrable.
«Baja el arma, Scarlett», dijo él. «No tienes idea del pozo en el que te estás metiendo».
Ignoré su advertencia. «No es justo», escupí. «No es justo que tú no hayas perdido nada».
Alzó una ceja, burlón y deliberado. «Lo que quieres no es justicia. Es venganza».
«Deberías sufrir igual que yo».
Las lágrimas nublaron mi vista. Mi corazón golpeaba mis costillas como un pájaro atrapado.
«El dolor es como un prestamista abusivo», dijo, clavando esos ojos oscuros en los míos. «Una vez que te endeudas, te saca sangre hasta la médula. Yo todavía estoy pagando mi deuda».
Estaba frente a mí como una sombra, irradiando una calma despiadada.
Conocía esa mirada. La había visto la noche en que todo se rompió.
Siempre me sentí como una extraña entre los vivos. Pero aquí, frente a él...
No. Ahora no. Concéntrate.
«Mientras yo soportaba ese dolor, tú lo disfrutabas. Con un placer enfermo».
«¿Eso crees?». Su voz rasgó el aire de la habitación.
Mi corazón aún susurraba su nombre.
Una traidora, enamorada de su verdugo.
Y lo peor es que sabía que él podía verlo.
Me enderecé y respiré hondo. El aroma a sándalo que saturaba el ambiente me quemaba la garganta.
Él dio un paso hacia adelante y se detuvo justo frente a mí.
No pensé. No podía. Había sobrevivido a las paredes blancas de mi cautiverio; ahora, el control era mío otra vez. No lo perdería por segunda vez.
Mi mundo se redujo a un solo objetivo: hacerlo sangrar. El aire se volvió pesado. Apunté el cañón a su pecho, justo encima del corazón.
Yo ya no era la que debía tener miedo.
Él sí.
Mis dedos dejaron de temblar. Solo quedaba determinación.
El frío burlón del metal me heló la sangre. Apreté el gatillo hasta el último milímetro.
El mundo se envolvió en un silencio vasto y absoluto.
Perdí el control una vez.
Nunca más.
¿Quieren sangre? Les daré el rojo que tanto ansían.








