𝓢aerin↯ | Recuerdos

Sinopsis

• - En una pesadilla orquestada por la retorcida mente de Ego Jinpachi, Rin Itoshi se ve obligado a irse a otro país para enfrentar su pasado más doloroso. Durante una semana, Rin deberá sobrevivir bajo el mismo techo que su hermano mayor Sae, compartiendo no solo la misma mansión en Madrid, sino también los entrenamientos y un partido amistoso contra otro equipo. Sin embargo, el verdadero peligro no está solo en el campo. Leonardo Luna, la estrella del Real Madrid, no tarda en fijar sus ojos en el "pequeño" de los Itoshi. Con confianza depredadora, Luna comienza un juego de seducción que desata una furia desconocida en Sae. Sus compañeros tampoco se quedan atrás; molestan y degradan a Rin cada que pueden, y el pequeño Itoshi se esfuerza para cerrarles la boca en los entrenamientos. Mientras Rin lucha por no asfixiarse entre el odio y la extraña necesidad de volver a ser la "medicina" de su hermano, se verá atrapado en medio de una guerra de egos, celos y deseos prohibidos. ¿Podrá Rin regresar a Blue Lock con su cordura intacta, o terminará cediendo ante los fantasmas de su infancia, la intensidad del sol español y sus compañeros?

Genero:
Erotica/Romance
Autor/a:
Mart ¡!
Estado:
En proceso
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

¹

Rin no podía creerlo. Ego, el maldito Ego, le había ordenado, a través de esa estúpida carta que aún olía a tinta fresca y autoridad, que tendría que ir con ese chinito raro para “reflexionar”. Y como si eso no fuera suficiente castigo, también debía presenciar un partido. Pero no un partido cualquiera: un amistoso entre el Real Madrid y un equipo aleatorio, lleno de desconocidos. Después, claro, tendría que entrenar con ellos, demostrando de alguna manera que estaba a la altura. Todo eso le resultaba completamente absurdo y humillante. Había entrenado tanto que ya esto le irritaba.

—¡Maldita sea!

Se quejó Rin, mientras cerraba el bolso que llevaría consigo durante su estancia en España, exactamente siete días y seis noches, una semana entera. Su cabeza era un hervidero de frustración y cansancio, y su cuerpo parecía reaccionar de manera proporcional a su rabia.

El enojo subía lentamente desde su pecho, un fuego que se trasladaba al cuello y luego a la cabeza, provocándole un dolor leve pero constante. Probablemente necesitaría una pastilla antes de subirse al coche que lo llevaría al aeropuerto. Tenía cinco horas antes del vuelo, tiempo suficiente para intentar calmarse, comer algo y, con suerte, no estallar antes de siquiera despegar.

—¿Por qué? ¿Por qué? ¿¡Por qué?!…

Murmuraba cada palabra cargada de odio y frustración mientras intentaba cerrar el bolso nuevamente. Su paciencia, ya escasa, parecía desmoronarse ante la absurda realidad que lo esperaba.

El intento falló.

Con un impulso de ira, pateó el bolso con fuerza. Este voló hasta la otra punta de la habitación, golpeando la pared con un estruendo que resonó en todo el espacio. Rin respiró hondo, tratando de calmarse, pero solo consiguió que su frustración creciera un poco más.

En ese momento, la puerta se abrió y apareció su irritante pero amable compañero de cuarto: Nanase. Al ver el desorden, se contuvo para no reír, aunque una pequeña sonrisa escapó de sus labios. Lo miró con comprensión, como si supiera perfectamente lo que Rin necesitaba.

—¿Necesitas ayuda?

Preguntó con suavidad.

—No... lo haré después de tomar algo. Me duele la cabeza.

Rin frunció el ceño, intentando no mostrar vulnerabilidad.

—¡Te traeré una pastilla y un vaso de agua!

Exclamó Nanase, su entusiasmo contrastando fuertemente con la nube de mal humor que rodeaba a Rin.

No pasó mucho tiempo antes de que Rin tomara la pastilla con un buen trago de agua. El alivio fue instantáneo, aunque sutil, y una pequeña sensación de calma comenzó a infiltrarse en su pecho.

—¿Así mejor?

Ppreguntó Nanase, inclinándose ligeramente.

—Sí. Gracias.

Rin respondió, su voz más tranquila, aunque todavía cargada de un dejo de irritación.

—No es nada. Por cierto... ¿sabes si Sae estará ahí?

Preguntó Nanase, bajando un poco la voz.

Rin lo miró un instante. Por un milagro de dios, había logrado abrirse ante Nanase, contándole la historia de su hermano, la noche nevada y cómo su vida había cambiado desde entonces. Incluso, le había revelado algunas cosas que habían hecho con Sae en su niñez que ahora se arrepentía.

¿A qué me refiero con esto? Simple: Rin tenía 4 años cuando empezó esto, obviamente no tenía la suficiente capacidad para entender que esto estaba mal. De alguna manera extraña, Sae no reprimía a Rin ni le decía que estaba mal cuando el más pequeño besaba en los labios a su hermano mayor. Solo un piquito, nada exagerado. Rin pensaba que esto era normal, que en las películas lo hacen, que cuando se besaban estaban felices y que nunca se separarían. Rin no quería separarse de su hermano mayor, mucho menos que su Nii-cham estuviera triste, así que cuando Sae perdía algún partido, le iba mal en la escuela o en algún entrenamiento, Rin se paraba de puntillas y le daba un pequeño besito en los labios.

Su Nii-chan se veía más tranquilo cuando Rin le daba besitos.

¡Funciona! ¡Nii-chan está feliz!

Pensaba Rin, como si hubiera encontrado la solución de la hambruna mundial o la cura para el cancer.

Todo esto paso por largos años, hasta que los dos crecieron y Sae se fue.

Aunque no le gustaba admitirlo, le agradaba que Nanase había escuchado con atención y sin juzgar.

—No lo sé, y no lo quiero saber.

Respondió finalmente Rin, con un ligero encogimiento de hombros.

—Uh, bueno. Espero que logres sobrevivir. Si pasa algo, me llamas.

Dijo Nanase, y a pesar de su tono divertido, sus ojos reflejaban compresión. Su sonrisa suave parecía transmitir un “Tranquilo, no todo está perdido.”

Rin solo rodó los ojos, pero no pudo evitar la pequeña sonrisa que amenazó con escapar desde la comisura de sus labios. Por un instante, el enojo, la frustración y la ansiedad parecieron desvanecerse. Aunque el ya sabía que no por mucho.

Nanase se despidió, dejando a Rin solo con el silencio de la habitación y sus pensamientos. El alivio de la pastilla era físico, pero mentalmente, la mención de Sae había dejado un rastro de estática en su cabeza.

Rin recogió el bolso del suelo, pero al hacerlo, goleó su dedo contra la pared. Su mano se posó en sus labios casi inconscientemente.

“Nii-chan se ve triste... ¡un besito lo arreglará!”

La voz infantil de su memoria le produjo un escalofrío. Ahora, con 16 años y los músculos tensos por el entrenamiento de Blue Lock, la idea de esos besos “curativos” le quemaba. ¿En qué momento Sae había dejado de ser el hermano mayor que recibía besitos de consuelo para convertirse en el extraño que lo miraba con asco en Japón? ¿O acaso Sae siempre lo había visto como un hermano menor molesto?

—Es solo un viaje...

Se mintió a sí mismo mientras terminaba de cerrar la cremallera de su bolso.

—Voy a destruir a esos españoles, voy a ignorar al “chinito” de Ego y voy a volver sin haber visto un solo pelo de ese imbécil.

.

El aire de Madrid era seco y caluroso, una bofetada de realidad que le recordó que estaba a miles de kilómetros de su país, de su “hogar” que dejó de ser un hogar desde que Sae se fue. Un hombre con un traje impecable y un cartel que rezaba “ITOSHI R.” lo esperaba en la salida.

Rin caminó hacia el coche con la mirada fija en su teléfono, ignorando el bullicio de la ciudad.

Su plan era simple: hotel, gimnasio, estadio, chinito, hotel. Una línea recta. Sin desviaciones. Sin Sae.

Sin embargo, el destino, o Ego, tenía otros planes.

El coche no lo llevó a un hotel corriente como esperaba. Se detuvo frente a un complejo residencial de lujo en las afueras, una zona donde el silencio solo era interrumpido por el sonido de los aspersores regando césped que costaba más que la vida de una persona promedio en donde vivía.

—¿Qué es esto?

Preguntó Rin, con el ceño fruncido y una mano ya en la puerta del coche.

— Se supone que me hospedaré cerca del centro de entrenamiento.

—Órdenes de la gestión del Real Madrid, Itoshi-san.

Respondió el chofer.

—El club prefiere que los “proyectos especiales” se alojen en residencias privadas para garantizar su concentración. Esta es la residencia de uno de nuestros jugadores estrella. Él supervisará su estancia.

A Rin se le detuvo el corazón por un segundo. Hielo se instaló en su estómago, y la nieve que lo ahogaba hace tanto comenzó a subir.

—¿Qué jugador?

Su voz salió más baja de lo normal, casi un susurro.

El chofer no respondió. Simplemente bajó del auto para sacar la maleta del maletero. Rin bajó lentamente, sintiendo que cada paso hacia la mansión era una trampa. La puerta principal se abrió antes de que el chofer pudiera tocar el timbre.

Ahí estaba él.

Sae.

No vestía el uniforme del Madrid, sino una camisa normal y pantalones de lino. Tenía el cabello ligeramente húmedo y esa expresión de aburrimiento que a Rin le daban ganas de golpear... o de borrar a mamadas.

—Llegas tarde, Rin

Dijo Sae, apoyándose en el marco de la puerta. Sus ojos recorrieron a su hermano menor de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en su sus piernas, antes de soltar la frase más insultante que podría decir en ese momento.

— ...Sigues teniendo esa cara de querer llorar cada vez que algo no te sale bien.

Rin sintió que la sangre le hervía. El dolor de cabeza que Nanase había calmado regresó como un volcán.

—¿Qué demonios, Sae? ¿Por qué mierda estás aquí?

Escupió, apretando las correas de su bolso hasta que sus nudillos se pusieron blancos.

Sae soltó una risa seca, sin rastro de humor, y dio un paso hacia atrás para dejarlo pasar.

—Esta es mi casa. Y según el contrato que firmaste sin leer, durante los próximos siete días, eres mi responsabilidad. Así que entra, deja de dar un espectáculo en la calle y trata de no romper nada.

Al cruzar el umbral, Sae cerró la puerta y el sonido del pestillo encajando sonó como una sentencia de muerte.

Sae se giró, quedando a escasos centímetros de Rin. Sus ojos turquesa brillaron con una chispa de malicia que Rin no recordaba haber visto antes.

—Por cierto.

Añadió Sae, bajando la voz hasta que su aliento rozó la oreja de su hermano.

—Me duele un poco la espalda por el entrenamiento de hoy. ¿Todavía te acuerdas de cómo curar mis dolores, o Blue Lock te ha vuelto un completo inútil?

Rin se quedó paralizado. La tensión en la entrada era tan espesa que se podía cortar con un bisturí. El recuerdo de los “besitos” de los 4 años golpeó la mente de Rin como un tren de carga, mientras la mirada de Sae bajaba, lenta y deliberadamente, hacia los labios de su hermano menor.

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