1. ¿Quien es Nathaniel Underidge?
El Valle del Fin, situado en la frontera del País del Fuego, es un lugar donde la geografía misma rinde homenaje a la leyenda. Allí, las colosales estatuas de Hashirama Senju y Madara Uchiha se yerguen frente a frente, separadas por una cascada eterna que ruge con la fuerza de su historia. Fue en este escenario donde ambos fundadores libraron su último combate, sellando el destino de una era con la victoria de Hashirama. Sin embargo, el presente traía consigo un eco de aquel pasado; un suceso similar en magnitud, pero distinto en su esencia, estaba a punto de desatarse sobre las mismas aguas.
El cielo se había teñido de un gris plomizo, como si la naturaleza misma contuviera el aliento. Sobre la corona de la estatua de Madara, Sasuke Uchiha permanecía de pie, con la mirada perdida en el horizonte, consumido por la sed de poder y el estigma de la Marca de Maldición que trepaba por su cuello. Frente a él, sobre la cabeza de Hashirama, Naruto Uzumaki respiraba con dificultad. Su uniforme naranja estaba rasgado y su rostro mostraba una mezcla de cansancio y una determinación inquebrantable.
—¿Realmente crees que ir con Orochimaru te dará lo que buscas, Sasuke? —preguntó Naruto. Su voz apenas superaba el estruendo de la caída de agua, pero cargaba con el peso de una promesa.
Sasuke no se inmutó. Sus ojos, ahora rojos por el Sharingan, se clavaron en los de su compañero. La frialdad en su expresión era absoluta, una barrera infranqueable que buscaba cortar cualquier lazo que aún lo uniera a la Aldea de la Hoja.
—Tú no lo entiendes, Naruto— respondió Sasuke con una calma gélida —Tú no tienes nada, nunca tuviste nada. No puedes entender lo que significa perderlo todo. Mi camino es la oscuridad, y tú solo eres un obstáculo en él—
Sin mediar más palabras, Sasuke saltó desde la altura del monumento. El aire silbó a su alrededor mientras descendía. Naruto reaccionó al instante, impulsándose hacia adelante con un grito de guerra que nació desde lo más profundo de su pecho. Ambos colisionaron en el centro de la laguna, sobre la superficie del agua, provocando una onda de choque que dispersó la neblina.
El metal de los kunais chocó, soltando chispas que se extinguieron rápidamente en la humedad del ambiente. El combate no era solo una exhibición de habilidades ninja; era un choque de voluntades. Naruto lanzaba golpes cargados de desesperación, intentando alcanzar el corazón de su amigo, mientras que Sasuke respondía con una precisión quirúrgica, utilizando su Sharingan para predecir cada movimiento y contraatacar con una violencia calculada.
El agua bajo sus pies se agitaba violentamente. En ese momento, el Valle del Fin dejó de ser un monumento al pasado para convertirse en el campo de batalla donde se decidiría el futuro de dos almas unidas por la tragedia y separadas por la ambición.
El enfrentamiento escaló con una violencia que sacudió los cimientos del valle. Naruto, impulsado por una lealtad inamovible, arremetía con una fuerza bruta que desafiaba la lógica, mientras que Sasuke, cuya mirada se volvía cada vez más sombría, utilizaba la agudeza del Sharingan para diseccionar cada intento de ataque. El agua saltaba en violentas columnas bajo la presión de sus pasos, creando una danza de reflejos y sombras bajo la luz mortecina del día.
En un instante de claridad táctica, Sasuke se alejó de un salto, aterrizando con firmeza sobre la superficie líquida. Comenzó a realizar una serie de sellos manuales a una velocidad casi imperceptible. El sonido de mil aves comenzó a chirriar, llenando el espacio con un ruido eléctrico y ensordecedor. El Chidori se manifestó en su mano izquierda, una masa de rayos azulados que devoraba la calma del ambiente.
Por su parte, Naruto acumuló el chakra carmesí del Zorro de las Nueve Colas, formando un orbe de energía inestable en su palma. El choque parecía inevitable. Ambos se lanzaron el uno contra el otro, cruzando la distancia en un parpadeo. Sin embargo, en el último segundo, la frialdad de Sasuke prevaleció. Con un movimiento preciso, desvió el ataque de Naruto y hundió su mano cargada de electricidad directamente en el pecho del joven Uzumaki.
El silencio se apoderó del valle por un breve y agónico segundo. Naruto quedó suspendido, su cuerpo atravesado por la técnica de su mejor amigo. Pero entonces, la naturaleza misma pareció protestar ante aquel acto.
El cielo, que hasta entonces solo era gris, estalló en una furia de truenos. Rayos genuinos descendieron de las nubes, golpeando las cimas de las estatuas de piedra como si el cosmos estuviera respondiendo al daño infligido. En ese momento, un fenómeno sobrenatural ocurrió en el cuerpo de Naruto.
Desde su interior, el denso y ardiente chakra naranja del Kyubi comenzó a burbujear, intentando sellar la herida. No obstante, una segunda fuerza se manifestó de la nada: una energía negra, profunda y absoluta, que emanó como una sombra líquida desde el punto del impacto. Esta energía oscura se entrelazó con el chakra del zorro, fluyendo sobre la carne desgarrada con una eficiencia aterradora.
Ante los ojos incrédulos de Sasuke, la herida en el pecho de Naruto comenzó a cerrarse. El tejido se reconstruía a una velocidad que desafiaba cualquier medicina conocida. En cuestión de instantes, la piel de Naruto quedó impecable; no quedó rastro de sangre, ni cicatrices, ni evidencia alguna de que el Chidori hubiera penetrado su cuerpo. Era como si el tiempo hubiera sido revertido sobre su herida, dejando al joven ninja de la hoja no solo recuperado, sino envuelto en un aura de misterio que incluso el Sharingan de Sasuke no lograba comprender.
La batalla no se detuvo ante aquel milagro médico; al contrario, la tensión en el Valle del Fin se duplicó. Naruto, respirando con una agitación que hacía vibrar el aire a su alrededor, se miró las manos y luego el pecho, donde su ropa permanecía desgarrada pero su piel lucía intacta. En su mente, atribuyó aquella recuperación milagrosa únicamente al poder del Zorro de las Nueve Colas, asumiendo que el chakra carmesí era la única fuente de aquel torrente de vida que acababa de salvarlo.
Sasuke, por el contrario, retrocedió varios metros deslizándose sobre el agua. Sus ojos, agudos y analíticos, no estaban convencidos. El Sharingan le permitía ver el flujo del chakra, y aquella extraña energía negra que se había entrelazado con el aura roja del Kyubi no se parecía a nada que hubiera visto antes. Era una oscuridad distinta, una que parecía devorar la luz del entorno. Sin embargo, su obsesión por la victoria no le permitió dudar por mucho tiempo.
—No importa cuántas veces te cures, Naruto— sentenció Sasuke, con una voz que parecía surgir desde un abismo —Si no puedo cortarte, te destruiré por completo—
En ese instante, la Marca de Maldición en el cuello de Sasuke comenzó a reaccionar de forma violenta. Las manchas negras, que antes solo cubrían parte de su piel, empezaron a extenderse como llamas oscuras, cubriendo su cuerpo entero. El chakra que emanaba de él cambió drásticamente; ya no era el de un shinobi ordinario, sino una energía densa, fría y malévola que hacía que el agua bajo sus pies hirviera.
La transformación alcanzó su punto máximo: el Nivel 2 del Sello Maldito. La piel de Sasuke se tornó de un color grisáceo y sombrío, su cabello creció y cambió de tonalidad, y de su espalda brotaron dos extremidades carnosas con forma de manos palmadas que funcionaban como alas deformes. Una marca oscura cruzó el puente de su nariz, dándole un aspecto más cercano al de un demonio que al del joven prodigio de los Uchiha.
Naruto apretó los puños, sintiendo cómo el chakra del zorro rugía en su interior en respuesta a la abrumadora presión que Sasuke ejercía ahora. El cielo continuaba bramando con relámpagos intermitentes, iluminando los rostros de los dos antiguos amigos. La neutralidad del paisaje se había roto; ya no era una pelea entre niños, sino un choque entre dos fuerzas que habían trascendido los límites humanos.
Sasuke extendió sus nuevas alas y fijó su mirada en Naruto. La velocidad y la potencia que ahora poseía prometían llevar el combate a un nivel de destrucción que las estatuas de los fundadores no habían presenciado en décadas.
La transformación de Sasuke en el segundo nivel del Sello Maldito alteró la presión atmosférica del valle. Con un batir de sus alas membranosas, el Uchiha se lanzó hacia adelante, dejando una estela de vapor sobre la superficie del agua. Naruto apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de recibir un impacto que lo envió volando contra la base de la estatua de Hashirama, agrietando la roca sólida con la fuerza del golpe.
Sasuke no dio tregua. Sus movimientos eran ahora inhumanos, potenciados por una energía oscura que deformaba su propia anatomía. Cada golpe que asestaba llevaba consigo una fuerza sísmica. Naruto, atrapado en un ciclo de defensa desesperada, sentía cómo sus huesos crujían bajo el asalto, pero esa misma agonía fue el catalizador que rompió las últimas cadenas del sello en su interior.
Desde lo más profundo de su ser, un rugido sordo comenzó a emerger. El chakra del Zorro de las Nueve Colas dejó de ser un simple flujo de energía para convertirse en una presencia física y abrasadora.
Primero, el manto carmesí se volvió más denso, rodeando el cuerpo de Naruto como una armadura de plasma hirviente. Una cola de chakra se manifestó, agitándose violentamente detrás de él. Sasuke, con su Sharingan totalmente maduro, intentó leer el siguiente movimiento, pero la velocidad de Naruto había superado la capacidad de procesamiento del ojo humano. Un estallido de energía naranja mandó a Sasuke hacia atrás, obligándolo a clavar sus garras en el agua para no perder el equilibrio.
Entonces, el aire comenzó a distorsionarse por el calor. Una segunda cola de chakra brotó del manto, azotando el aire con un sonido similar al de un látigo rompiendo la barrera del sonido. Los ojos de Naruto perdieron su humanidad, tornándose rojos con pupilas rasgadas, mientras sus colmillos y uñas se alargaban.
Sin embargo, el proceso no se detuvo ahí. La rabia y la necesidad de detener a su amigo actuaron como combustible para la bestia encarcelada. Con un grito que no pertenecía a un niño, sino a una criatura ancestral, una tercera cola de chakra emergió de la base de su columna.
En este estado, la forma de Naruto se volvió casi irreconocible. El manto de tres colas comenzó a burbujear, desprendiendo un vapor constante que hacía que el agua a su alrededor se evaporara instantáneamente. La presencia de Naruto era ahora tan masiva que el valle entero parecía vibrar en sintonía con su ritmo cardíaco. Sasuke, desde su forma demoníaca, observó con una mezcla de horror y fascinación cómo su rival se convertía en una fuerza de la naturaleza capaz de nivelar montañas.
Los dos guerreros, ahora transformados en versiones distorsionadas de sí mismos, se miraron a través de la neblina de vapor y electricidad. El inicio del fin de su combate estaba a punto de ocurrir.
El aire en el Valle del Fin se volvió pesado, saturado por una tensión eléctrica y una presión de chakra que hacía que el agua de la catarata pareciera fluir hacia arriba. Sasuke Uchiha, en su forma de Sello Maldito nivel dos, extendió sus alas deformes y comenzó a concentrar una variante oscura y distorsionada del Chidori. El sonido ya no era el de mil aves, sino un graznido fúnebre que teñía el relámpago de un color negro azabache.
Frente a él, Naruto Uzumaki, envuelto en el manto burbujeante de tres colas, rugió. La energía carmesí del Kyubi se condensó violentamente en su palma, formando un Rasengan que giraba con una furia errática, teñido por el odio y la desesperación de la bestia.
Ambos guerreros se impulsaron desde las estatuas de los fundadores, cruzando el abismo en una trayectoria de colisión inevitable. Cuando sus técnicas chocaron en el centro del valle, se formó una esfera de energía absoluta que devoró la luz del entorno. Por un instante, el Chidori de Sasuke, potenciado por el sello de Orochimaru, pareció ganar terreno, rompiendo la defensa de Naruto y amenazando con consumir el brazo del joven Uzumaki.
Sin embargo, justo cuando el equilibrio se inclinaba a favor de Sasuke, la extraña energía negra que había curado a Naruto anteriormente emergió de nuevo. Esta vez no se limitó a sanar; se manifestó como filamentos de oscuridad pura que se enroscaron alrededor del Rasengan. La técnica de Naruto sufrió una mutación instantánea, expandiéndose con una fuerza gravitatoria que anuló la electricidad de Sasuke.
El impacto resultante generó una explosión de magnitud sísmica. La fuerza de la energía negra actuó como un multiplicador devastador, superando la resistencia de Sasuke y rompiendo la transformación de su Sello Maldito. El joven Uchiha fue lanzado hacia atrás por la onda expansiva, golpeando la superficie del agua con una violencia que lo dejó sin aliento.
Naruto, tras haber agotado hasta la última gota de su voluntad y haber servido de recipiente para esa fuerza desconocida, sintió cómo el manto del Kyubi se desvanecía. La energía negra se retrajo hacia su interior tan rápido como había aparecido, dejándolo completamente exhausto.
El silencio regresó al valle, interrumpido únicamente por el constante rugir de la cascada. Los cuerpos de ambos ninjas quedaron tendidos sobre el suelo húmedo, uno cerca del otro, despojados de sus transformaciones y de su conciencia. El choque había terminado sin un vencedor capaz de ponerse en pie, dejando a las dos leyendas del futuro sumidas en un sueño profundo bajo la mirada impasible de las estatuas de piedra.
… … … … Con Kakashi … … … …
Bajo un cielo que se deshacía en una lluvia torrencial, Kakashi Hatake corría a través del espeso bosque con una urgencia que hacía que el aire quemara en sus pulmones. A su lado, Pakkun saltaba entre las raíces con la misma determinación, siguiendo el rastro de un chakra que se sentía cada vez más inestable y oscuro. Para el ninja que copia, cada zancada no era solo un avance hacia el Valle del Fin, sino un doloroso recorrido por las cicatrices de su propia historia.
Su mente, usualmente analítica y fría, se había convertido en un torbellino de reproches. El monólogo interno de Kakashi resonaba con la fuerza de un veredicto. Se veía a sí mismo no como el héroe de la Aldea de la Hoja, sino como el hombre que había fallado sistemáticamente en proteger lo que más amaba.
—Otra vez— pensaba Kakashi mientras sus pies golpeaban el barro —He vuelto a llegar tarde—
El recuerdo de Obito Uchiha y la promesa rota de proteger a Rin lo asaltaron con una claridad cruel. Había fallado como compañero de equipo en su juventud, permitiendo que la oscuridad y la tragedia consumieran a su grupo original. Ahora, la historia parecía repetirse con una simetría aterradora. Había visto las señales en Sasuke, el hambre de poder y el aislamiento, pero no había logrado arrancarlo de las garras de Orochimaru. Sentía que su incapacidad para guiar al joven Uchiha fuera del camino de la venganza era su fracaso más reciente como mentor.
Sin embargo, el peso más grande en su pecho era por Naruto. Para el mundo, Naruto era el Jinchuriki o el hiperactivo ninja de naranja; para Kakashi, era algo mucho más profundo. Recordó los días de su propia infancia, cuando tras el suicidio de su padre, Sakumo Hatake, se había quedado solo en un mundo frío. Fueron Minato Namikaze y Kushina Uzumaki quienes lo acogieron, brindándole un hogar y el calor de una familia que no le correspondía por sangre. Naruto no era solo su alumno; era el legado vivo de sus maestros, lo más cercano que tenía a un hermano menor.
—He fallado en ayudarlo a superarse sin que tenga que destruir su propio cuerpo— se recriminaba internamente —He permitido que cargue solo con el peso de traer de vuelta a Sasuke, cuando yo debería haber sido su escudo—
Kakashi apretó los dientes, aumentando la velocidad a un ritmo casi insostenible. El rugido de la cascada del Valle del Fin comenzó a filtrarse a través del estruendo de la tormenta. El olor a ozono y a chakra quemado saturaba el ambiente. Sabía que la batalla había alcanzado su clímax y el temor de encontrar solo cenizas y cadáveres le oprimía el corazón.
—Por favor— susurró para sí mismo, una súplica dirigida a los fantasmas de Minato y Kushina —dejen que llegue a tiempo esta vez. No permitan que este valle se convierta en la tumba de su vínculo—
Pakkun ladró, indicando que estaban a escasos metros del borde del acantilado. Kakashi saltó sobre la última hilera de árboles, con el corazón latiendo con una fuerza ensordecedora, temiendo lo que sus ojos estaban a punto de presenciar tras el rastro de la última explosión.
Cuando Kakashi Hatake finalmente emergió de la espesura del bosque y aterrizó sobre la fría superficie de piedra en el borde del Valle del Fin, el mundo pareció detenerse. La lluvia caía con una fuerza implacable, lavando la sangre y el rastro del combate que había fracturado la tierra. Sin embargo, lo que sus ojos presenciaron no fue la desolación que su mente había anticipado, sino una escena que desafiaba toda lógica y las leyes mismas de la vida y la muerte.
Allí, en el centro del caos, una figura resplandecía con una luz tenue que cortaba la penumbra de la tormenta. Era un hombre de cabello rubio y puntiagudo, cuya silueta era inconfundible para Kakashi. Vestía la capa blanca con llamas rojas en el borde, el uniforme ceremonial del Cuarto Hokage. Minato Namikaze estaba allí, materializado en el presente como un guardián silencioso surgido del pasado.
Minato no miraba a su antiguo alumno; toda su atención estaba volcada en el joven que sostenía contra su pecho. Con una ternura infinita, cargaba a Naruto en sus brazos, protegiéndolo de la inclemencia del tiempo y del suelo rocoso. El rostro del legendario “Rayo Amarillo de Konoha” no mostraba la severidad de un guerrero, sino la vulnerabilidad de un padre que contempla el sufrimiento de su hijo.
Mientras Kakashi permanecía paralizado por el asombro, el sonido del viento trajo consigo las palabras de Minato, pronunciadas en un susurro cargado de una tristeza antigua y profunda.
—Lo siento mucho, Naruto...— murmuró Minato, inclinando levemente la cabeza mientras sus dedos rozaban con delicadeza la mejilla del niño —Perdóname por haberte dejado solo con este peso. Perdóname por todo lo que has tenido que pasar—
La escena poseía una quietud sagrada que contrastaba con la violencia del entorno. Minato sostenía a su hijo con la fragilidad de quien teme que el contacto mismo lo rompa, pidiendo disculpas por una ausencia que los años no habían logrado borrar. Kakashi, incapaz de articular palabra, observó cómo la figura de su maestro envolvía a Naruto en un abrazo eterno, marcando el final de una batalla y el inicio de un misterio que el tiempo aún no estaba listo para revelar.
El silencio que siguió a las palabras de Minato fue sepulcral, roto únicamente por el martilleo de la lluvia contra la piedra. Kakashi, con el corazón latiendo desbocado y la garganta seca, dio un paso vacilante hacia adelante. Sus ojos, incluido el Sharingan que normalmente procesaba el mundo con fría lógica, se negaban a aceptar la imagen que tenían enfrente.
—¿Maestro...?— la voz de Kakashi se quebró, apenas un susurro que luchaba contra el viento —¿Minato-sensei?—
Ante el llamado, la figura del Cuarto Hokage se tensó. Minato Namikaze, el hombre recordado por su amabilidad eterna y su sonrisa cálida, giró el rostro para mirar a su antiguo alumno. Sin embargo, no hubo calidez en su expresión. Sus ojos azules, usualmente brillantes como el cielo de la mañana, estaban cargados de una furia gélida y punzante que hizo que Kakashi se detuviera en seco. Era la mirada de un padre que veía el resultado del abandono y el descuido sobre la carne de su propio hijo.
—¿De verdad... de verdad es usted?— preguntó Kakashi de nuevo, su voz temblorosa por la incredulidad y la culpa —¿Cómo es posible que esté aquí?—
Minato apretó a Naruto contra su pecho con una firmeza protectora, mientras su capa blanca ondeaba violentamente con una ráfaga de viento. Su voz, cuando finalmente respondió, resonó con una autoridad que parecía emanar de la tierra misma, desprovista de la suavidad de antaño.
—Soy yo, Kakashi— sentenció Minato, su mirada fija en el ninja de cabello plateado —He vuelto porque mi hijo ya no puede seguir cargando con este peso solo—
El aire alrededor de Minato comenzó a vibrar con una intensidad eléctrica. No era el chakra del Kyubi, ni la energía negra que había curado a Naruto minutos antes; era la presencia pura y abrumadora del Relámpago Amarillo, manifestada con una determinación irrevocable.
—He venido a llevarme a mi hijo— añadió Minato con una finalidad absoluta —Ya ha sufrido suficiente bajo la sombra de una aldea que no supo protegerlo—
La lluvia arreciaba, pero no lograba apagar la tensión que emanaba de la figura del Cuarto Hokage. Kakashi, con el rostro pálido y los ojos fijos en la aparición, negó con la cabeza en un gesto de pura negación lógica. Los recuerdos de la noche del ataque del Kyubi, el frío del sudario y el peso de la tierra sobre el ataúd de su maestro regresaron a su mente con una nitidez dolorosa.
—¿Cómo es esto posible?— logró articular Kakashi, con la voz entrecortada por la confusión —Yo estuve allí... Yo vi su cuerpo sin vida. Yo mismo ayudé a enterrarlo, maestro. Usted murió protegiendo esta aldea—
Minato mantuvo su mirada gélida sobre Kakashi, sosteniendo a Naruto con una posesividad que rozaba lo divino. Una pequeña sonrisa amarga se dibujó en sus labios, pero no había rastro de la calidez que Kakashi recordaba.
—Lo que enterraste, Kakashi, fue solo una cáscara—respondió Minato, y su voz pareció resonar no solo en el aire, sino en las profundidades de la tierra misma —Minato Namikaze, el shinobi, murió aquel día. Su forma mortal cumplió su propósito y regresó al polvo. Pero mi verdadera esencia, mi forma auténtica, es algo que este mundo no puede comprender ni contener—
Hizo una pausa, y por un momento, las sombras a su alrededor parecieron cobrar vida propia, danzando al ritmo de su voluntad.
—Vengo de un lugar más antiguo que las naciones ninja— continuó, con una autoridad ancestral —Siempre he deseado llevarme a Naruto conmigo, lejos de este ciclo de odio. Sin embargo, estaba atado por leyes antiguas y estrictas. Mi hermano, en su arrogancia y con sus reglas absurdas, prohibió cualquier intervención directa en la vida de nuestros hijos nacidos en este plano mortal. Él cree en el orden y en la distancia, pero yo he visto suficiente—
El trueno retumbó en las alturas, como si el cielo mismo respondiera a sus palabras, pero Minato no mostró temor alguno. Al contrario, su expresión se tornó desafiante, dirigida hacia un horizonte invisible.
—Ya no me importan sus leyes ni su juicio— sentenció con firmeza —Si tengo que demostrarle a mi necio hermano la diferencia fundamental entre su desidia y mi voluntad, lo haré sin dudar. No permitiré que mi hijo siga sufriendo por las negligencias de Konoha. Esta aldea lo trató como un arma o como un paria, mientras él sangraba por ellos. Esa basura de sentimientos y lealtades no volverá a tocarlo—
El peso de las palabras de Minato cayó sobre Kakashi con la contundencia de un golpe físico. Desesperado ante la inminente pérdida de Naruto, el ninja de cabello plateado cayó de rodillas sobre la superficie líquida, bajando la cabeza en un gesto de súplica que raramente mostraba un shinobi de su rango.
—Por favor, maestro... no se lo lleve así— suplicó Kakashi, con la voz ahogada por la lluvia —Entiendo que hemos fallado, pero déjenos enmendarlo. Denos una oportunidad más. Prometo que yo mismo cuidaré de él, que esta vez las cosas serán diferentes. Konoha puede cambiar—
Minato no se conmovió. Sus ojos se entrecerraron, y un aura de autoridad antigua y pesada pareció aplastar el aire alrededor de Kakashi, haciendo que incluso respirar fuera una tarea ardua.
—¿Otra oportunidad, Kakashi?— preguntó Minato, y su tono era una mezcla de desprecio y una tristeza gélida —Han tenido doce años. Cada día, cada hora de esos doce años fue una oportunidad que la aldea y sus líderes desperdiciaron. Observé desde las sombras cómo lo evitaban, cómo lo condenaban a una soledad que ningún niño debería conocer, mientras utilizaban su existencia como un seguro político—
Minato dio un paso hacia adelante, y la sombra que proyectaba pareció alargarse de forma antinatural sobre el agua del valle.
—Y tú, Kakashi... tú más que nadie— continuó el rubio, clavando su mirada en su antiguo alumno —Fuiste mi estudiante más brillante, el hijo de un hombre que conocía el peso del honor. Te dejé a cargo de su seguridad indirecta, y te acogí cuando no tenías a nadie. Pero incluso cuando el destino te lo entregó como alumno, cuando te convertiste en su Sensei y tuviste el poder de ser la familia que él tanto ansiaba, elegiste la distancia. Elegiste tus propios fantasmas por encima del niño vivo que te necesitaba—
Kakashi apretó los puños contra el suelo, incapaz de negar la acusación. El dolor en el pecho de Minato parecía irradiar hacia el exterior, llenando el valle con una amargura que hacía que la lluvia se sintiera como agujas de hielo.
—Estuviste presente en su vida, pero nunca estuviste para él— sentenció Minato con una finalidad absoluta —No supiste ver su dolor, o quizás fue más fácil ignorarlo. Ya no hay más prórrogas, ni para ti ni para Konoha. Mi paciencia se agotó en el momento en que permitieron que este enfrentamiento llegara a este punto—
Minato ajustó a Naruto en sus brazos, envolviéndolo en su capa como si quisiera ocultarlo de la vista del mundo mortal para siempre. El resplandor que los rodeaba comenzó a distorsionar la realidad, haciendo que sus figuras se volvieran etéreas.
—Habéis tenido doce años de silencio y negligencia—concluyó Minato —Ahora, el silencio es lo único que os quedará de él—
Kakashi levantó la mirada, con los ojos empañados no solo por la lluvia, sino por una desesperación que amenazaba con romper su voluntad. En un último intento por defender su honor y sus decisiones, buscó palabras entre los escombros de su lealtad.
—¡Intenté equilibrar todo, maestro!— exclamó Kakashi, con la voz quebrada —Sasuke estaba en el borde del abismo, consumido por la marca de Orochimaru y la sed de venganza. Sentí que debía honrar el legado de Obito protegiendo al último de los Uchiha. No podía permitir que otro compañero se perdiera en la oscuridad mientras yo tuviera aliento. Naruto... Naruto siempre parecía tan fuerte, tan lleno de luz, que creí que él podría aguantar un poco más—
Minato guardó silencio por un segundo, un silencio tan pesado que el rugido de la cascada pareció desvanecerse. Entonces, soltó una risa seca, desprovista de humor, que hizo que un escalofrío recorriera la columna de Kakashi. Bajo la mirada de su maestro, Kakashi se sintió encoger, perdiendo su estatus de Jonin de élite para volver a ser aquel niño asustado y torpe que acababa de recibir su banda de gennin.
—¿El legado de Obito?— preguntó Minato, y su voz cortó el aire como una hoja de afeitar —¿Usas el nombre de un muerto para justificar el abandono de un vivo? Dime, Kakashi, el ninja que copia, el hombre de los mil jutsus... ¿Acaso olvidaste la existencia del Kage Bunshin? ¿Acaso tu intelecto no era suficiente para comprender que podías dedicarle al menos una hora al día a mi hijo? Una hora para entrenarlo, para comer con él, para recordarle que no era un error de la naturaleza—
Minato dio un paso hacia adelante, y la presión de su chakra obligó a Kakashi a bajar la cabeza contra el barro.
—Preferiste al Uchiha— sentenció Minato con una amargura punzante —Todos en esa aldea tienen una deuda de sangre conmigo. Konoha respira porque yo dejé de hacerlo. Y sin embargo, ninguno fue capaz de estar para mi hijo. Ni siquiera Jiraiya, quien prefirió sus viajes y sus libros antes que cumplir con su deber como padrino. Son una aldea de traidores que se alimentan del sacrificio de los demás—
El rostro de Minato se ensombreció, y por un momento, la imagen del héroe bondadoso desapareció por completo, revelando una deidad antigua que reclamaba lo que era suyo.
—Lo que más me enfurece— continuó Minato, apretando a Naruto contra sí —es que la única persona que ha demostrado verdadera humanidad es Tsunade. Alguien que no tenía una relación directa conmigo ni con Kushina, alguien que lleva menos de seis meses en la vida de Naruto. Ella, en su dolor y su cinismo, hizo más por él simplemente estando presente, dándole un propósito y un reconocimiento que ustedes le negaron durante una década. Ella es la única razón por la que no he reducido este valle a cenizas con todos ustedes dentro—
Kakashi no respondió. No había defensa posible ante la verdad desnuda de un padre que había observado cada desprecio desde las sombras de la eternidad.
—Quédate con tu legado de muertos, Kakashi— concluyó Minato, dándole la espalda —Yo me llevaré lo único vivo que me importa—
Justo cuando el resplandor de Minato comenzó a envolverlos, amenazando con transportarlos de este plano, el Cuarto Hokage alzó una mano. Con un gesto de una gracia sobrenatural, nueve esferas de energía pura y vibrante se materializaron frente a él, suspendidas en el aire turbulento. Cada una de ellas irradiaba un color distinto y una presión de chakra única, inconfundible para cualquier shinobi experimentado. Una de esas esferas, la más grande y de un color naranja rojizo intenso, emergió del cuerpo inconsciente de Naruto, flotando ahora libremente junto a las otras. Eran los Nueve Bijū, los Titanes con Cola, manifestados en su forma más elemental.
Minato miró a las esferas con una comprensión que trascendía el tiempo. Su voz, ahora más suave pero aún cargada de autoridad, resonó en sus mentes, no en el aire.
—Vosotros, que habéis sido esclavizados, sellados y usados como herramientas de guerra durante eones— dijo Minato, dirigiéndose directamente a las manifestaciones de chakra —Os ofrezco la libertad. Venid conmigo a un lugar donde podréis existir sin cadenas, sin la constante amenaza de ser usados como armas. Un lugar donde no seréis más que vosotros mismos—
Las esferas de los Bijū no respondieron con palabras, sino con un asentimiento colectivo en su forma de energía. Cada una de ellas giró sobre su propio eje, emitiendo un pulso de aprobación antes de alinearse en el aire, indicando su aceptación de su oferta. Se quedaron suspendidas allí, esperando, una clara señal de que abandonaban su existencia en este mundo.
Antes de que el resplandor se hiciera insoportable, Minato lanzó una última mirada hacia el valle y al cuerpo de Sasuke, tendido e inconsciente a la distancia. Una punzada de una emoción compleja cruzó su rostro, una mezcla de dolor y resolución.
—Me aseguré de que ninguno de los Jinchūriki muriera— comentó Minato, su voz ahora audible para Kakashi, aunque parecía estar hablando más consigo mismo —Mi hijo ya tiene suficientes razones para odiarme por lo que le he impuesto. No quiero darle una más, no quiero cargar con el asesinato del niño de la arena ni de los otros. Que aquellos que quedan en Konoha se enfrenten a las consecuencias de su negligencia—
Con esas últimas palabras, la luz envolvió completamente a Minato, a Naruto y a las nueve esferas de energía. En un parpadeo final, desaparecieron del Valle del Fin, llevándose consigo no solo a un Jinchūriki, sino a las mismísimas bestias que eran el pilar del equilibrio de poder entre las naciones. El valle quedó en un silencio sepulcral, con la lluvia lavando las últimas huellas de un enfrentamiento que cambiaría el destino de un mundo.
… … … … Puertas de Konoha … … … …
El ambiente en las grandes puertas de Konoha era de una pesadez asfixiante. La lluvia que había azotado el Valle del Fin llegaba aquí solo como una llovizna persistente, una bruma que calaba hasta los huesos de quienes hacían guardia. Tsunade, la Quinta Hokage, permanecía con los brazos cruzados, su expresión era una máscara de hierro que apenas ocultaba la tormenta de ansiedad que bullía en su interior. A su lado, Shizune sostenía a Tonton con manos temblorosas, mientras que Jiraiya, apoyado contra el muro de madera, mantenía la mirada fija en el camino, inusualmente silencioso y sombrío.
Sakura Haruno estaba un paso por delante de ellos. Sus manos estaban entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos habían perdido todo color. Cada vez que el viento agitaba las hojas de los árboles, su corazón daba un vuelco. En su mente se repetía una y otra vez la imagen de la espalda de Naruto alejándose, cargando con la promesa de traer de vuelta a Sasuke. Solo podía rogar, en un susurro inaudible que se perdía en la humedad del aire, que ambos regresaran con vida.
—Ya vienen— anunció Jiraiya, con su voz grave cortando el silencio.
Las figuras empezaron a emerger de entre la niebla del bosque, pero no era la imagen de victoria que algunos esperaban. Los miembros del equipo de recuperación aparecieron uno a uno, convertidos en el retrato viviente de un sacrificio brutal.
Neji Hyūga era transportado en una camilla improvisada, con su cuerpo vendado y su pulso apenas perceptible tras su enfrentamiento contra Kidōmaru. Chōji Akimichi llegó poco después, en un estado crítico de desnutrición y colapso orgánico debido al uso de las tres píldoras de su clan. Kiba Inuzuka, apoyado en Akamaru, cojeaba con heridas profundas, mientras que Shikamaru Nara, aunque físicamente menos herido, caminaba con la mirada hundida en el suelo, cargando con el peso del fracaso de su primera misión como líder.
Cada vez que aparecía un nuevo integrante herido, el pánico en el pecho de Sakura crecía. Ella buscaba desesperadamente una cabellera rubia o una chaqueta naranja entre los árboles, pero el camino permanecía vacío tras los últimos heridos.
El murmullo de la lluvia fue interrumpido por el sonido de pasos apresurados que no pertenecían a los ninjas de la Hoja. Desde el flanco del camino, Temari emergió del follaje, cargando el cuerpo de su hermano menor, Gaara, sobre sus hombros. La expresión de la joven de la Arena era de una confusión absoluta, mezclada con un terror que rara vez mostraba.
Al llegar frente al grupo, Temari depositó a Gaara en el suelo con cuidado, pero sus manos temblaban mientras buscaba la mirada de Tsunade y Jiraiya. El joven pelirrojo estaba pálido y su respiración era errática, pero lo más inquietante era la ausencia de la densa y opresiva presencia que siempre lo rodeaba.
—Sucedió algo... algo que no puedo explicar— dijo Temari, con la voz entrecortada por el esfuerzo y el desconcierto —Estábamos emprendiendo el regreso cuando, de repente, Gaara se detuvo. Empezó a gritar como si algo estuviera siendo arrancado desde lo más profundo de su ser—
Tsunade se acercó rápidamente, arrodillándose junto a Gaara para revisar sus signos vitales, pero Temari continuó su relato, señalando hacia el horizonte, en dirección al Valle del Fin.
—Entonces, una esfera de energía de un color marrón terroso se desprendió de su pecho —continuó Temari, gesticulando con las manos —No era como el chakra normal; era algo más puro, más antiguo. La esfera flotó en el aire por un instante y Gaara, en un momento de lucidez aterradora, abrió los ojos y miró hacia el cielo. Susurró que se había ido... que ya no había nada. Después de eso, cayó desmayado y la esfera desapareció a una velocidad que mis ojos no pudieron seguir—
Jiraiya intercambió una mirada sombría con Tsunade. La descripción de la esfera coincidía exactamente con la esencia de un Bijū, pero el hecho de que el contenedor hubiera sobrevivido a tal extracción desafiaba todo conocimiento médico y místico de su mundo.
El silencio que siguió a las palabras de Temari fue denso y cargado de una premonición funesta. Tsunade y Jiraiya permanecieron inmóviles, procesando la imposibilidad de que un Jinchūriki sobreviviera a la pérdida de su Bestia con Cola, cuando el sonido de pasos pesados y rítmicos atrajo la atención de todos hacia el sendero principal.
De la penumbra de los árboles surgió finalmente Kakashi Hatake. Su apariencia era la de un hombre que no solo había librado una batalla física, sino que había sido testigo del colapso de su propia realidad. Cargaba a Sasuke Uchiha sobre su espalda, cuyo cuerpo inerte colgaba con una pesadez absoluta, pero no era la carga física lo que encorvaba los hombros del ninja de élite.
Kakashi no traía consigo el aura de alivio que suele acompañar al final de una misión de rescate. Su mirada, fija en algún punto incierto del suelo, era una imagen de derrota total y pérdida irreparable. Su ojo visible carecía del brillo habitual de la determinación; en su lugar, había una sombra de vacío que heló la sangre de los presentes. Al llegar frente a las puertas, se detuvo, pero no hizo ningún ademán de dejar a Sasuke ni de saludar a sus superiores.
Sakura, al ver a su maestro en ese estado, sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies. Dio un paso vacilante hacia adelante, buscando desesperadamente algo que no estaba allí.
—Kakashi-sensei...—la voz de la joven ninja apenas fue un aliento —¿Y Naruto? ¿Dónde está Naruto?—
Kakashi finalmente levantó la cabeza, y al encontrarse con los ojos de Tsunade y Jiraiya, estos comprendieron de inmediato que lo sucedido en el Valle del Fin trascendía cualquier fracaso militar convencional. El “Ninja que Copia”, el hombre que siempre tenía una respuesta o una táctica, parecía haber perdido incluso la voz.
—Naruto se ha ido— dijo finalmente Kakashi. Su tono era plano, desprovisto de emoción, como si estuviera recitando una sentencia inevitable —Y no ha sido capturado. Ha sido reclamado—
Tsunade dio un paso al frente, con los puños apretados y una expresión de incredulidad.
—¿Reclamado por quién, Kakashi?— preguntó la Hokage con una autoridad que ocultaba un temblor interno —¡Habla!—
—Por su padre— respondió Kakashi, dejando que el nombre de Minato Namikaze quedara suspendido en el aire húmedo de Konoha como una verdad imposible de ignorar.
La mandíbula de Tsunade se tensó con una rigidez férrea mientras procesaba las palabras de Kakashi. El caos emocional que la rodeaba no logró nublar su instinto de mando. Con un gesto seco y autoritario, señaló el cuerpo inconsciente de Sasuke Uchiha.
—¡ANBU!— ordenó, y de inmediato tres figuras con máscaras de porcelana surgieron de las sombras —Lleven a Sasuke al hospital, a la sección de máxima seguridad. Coloquen sellos de restricción de chakra en cada salida y mantengan vigilancia constante. Si despierta e intenta cualquier movimiento hostil o un nuevo intento de fuga, tienen autorización directa para ejecutarlo. No permitiremos más traiciones bajo este techo—
Los agentes desaparecieron en un parpadeo con el joven Uchiha, dejando tras de sí un silencio gélido. Sin embargo, la calma de la Hokage se rompió en el instante en que sus ojos volvieron a cruzarse con los de Kakashi. En un movimiento impulsivo y cargado de una fuerza devastadora, Tsunade avanzó y sujetó al ninja de élite por el frente de su uniforme, sacudiéndolo con violencia.
—¡Explicate ahora mismo, Kakashi!— le gritó a escasos centímetros de su rostro —¡¿Qué significa eso de que “su padre” se lo llevó?! ¡Ese hombre murió hace doce años! ¡Dime qué viste en ese valle antes de que pierda la poca paciencia que me queda!—
Kakashi no ofreció resistencia. Dejó que sus pies apenas rozaran el suelo mientras sus manos colgaban inertes a los costados. Sus ojos no mostraban miedo, sino una desolación que parecía haber envejecido su alma en cuestión de minutos.
—No fue un truco, ni un genjutsu de Orochimaru— comenzó Kakashi con una voz monocorde que estremeció a los presentes —Cuando llegué al Valle del Fin, el aire estaba saturado de una energía que no pertenecía a este mundo. Allí estaba él... mi Sensei. Estaba vestido con sus ropas de mando, cargando a Naruto entre sus brazos como si fuera el tesoro más preciado del universo—
Jiraiya dio un paso al frente, con el rostro pálido, pero Kakashi continuó sin mirar a nadie, atrapado en el recuerdo de aquella mirada gélida.
—El padre de Naruto no regresó como el héroe que recordamos— prosiguió Kakashi, con un nudo en la garganta —Regresó como un progenitor herido y furioso. Me miró con un desprecio que me hizo sentir insignificante. Dijo que su forma mortal había muerto, pero que su verdadera esencia nunca nos había pertenecido. Afirmó que ya no podía tolerar que su hijo sufriera bajo la sombra de una aldea que lo trataba como una herramienta—
Tsunade aflojó ligeramente el agarre, pero no lo soltó. Sus manos temblaban mientras escuchaba la descripción del encuentro.
—Dijo que las reglas de su mundo le prohibían intervenir, pero que ya no le importaban— susurró Kakashi —Maldijo a Konoha por su negligencia. Dijo que todos teníamos una deuda con él y que la habíamos pagado con el abandono de su hijo. Incluso mencionó que la única persona por la que no destruyó el valle con nosotros dentro fue usted, Lady Tsunade, por ser la única que realmente estuvo para Naruto en estos meses—
Kakashi cerró el ojo, dejando que una gota de lluvia o quizás una lágrima recorriera su máscara.
—Luego, simplemente desapareció. Se llevó a Naruto y a la esencia de todas las bestias con cola. Dijo que se llevaba a su hijo a casa, a un lugar donde las leyes de los hombres no pueden alcanzarlo—
Tsunade apretó sus manos sobre el uniforme de Kakashi con tal fuerza que la tela comenzó a rasgarse bajo la presión de su fuerza sobrehumana. Sus ojos, fijos en los de él, buscaban desesperadamente una fisura en el relato, una explicación lógica que pudiera encajar dentro de la realidad que ella conocía.
—¡Mientes!— exclamó ella, aunque su voz carecía de la convicción habitual —¡Nadie regresa de la muerte así! Dime que fue un impostor, dime que fue una técnica de invocación o un truco de almas de Orochimaru. ¡¿Cómo puede estar vivo y simplemente llevarse al Jinchūriki de la aldea?!—
—No lo sé— respondió Kakashi, manteniendo la mirada baja, aceptando la sacudida de la Hokage sin oponer resistencia —No tengo las respuestas que busca, Lady Tsunade. Lo que vi no era un cadáver reanimado ni un disfraz. La presión de su presencia era... absoluta. Era como si el mundo mismo se inclinara ante él. No me dio explicaciones sobre su naturaleza, solo nos juzgó por nuestras acciones—
A pocos pasos de ellos, Jiraiya permanecía estático, como una estatua de piedra golpeada por la tormenta. Las palabras de Kakashi habían abierto un abismo en su mente. El Sannin, conocido por su audacia y sabiduría, se sentía ahora como un extraño ante la historia que él mismo creía haber escrito. Sus pensamientos se volvieron un torbellino de autorreproche y confusión.
«¿Minato está vivo?» se preguntaba Jiraiya en el silencio de su conciencia «¿Cómo es posible que haya estado observando todo este tiempo? Si de verdad estaba ahí, ¿por qué nunca me buscó? ¿Por qué no se manifestó ante su maestro cuando Naruto estaba en peligro antes?»
Una punzada de dolor le atravesó el pecho al recordar las palabras que el padre de Naruto le había dirigido a Kakashi a través del relato. Jiraiya bajó la mirada hacia sus manos, las mismas manos que habían escrito libros y sellado contratos, pero que no habían sido capaces de sostener al hijo de su alumno más querido durante su infancia.
«Tal vez lo hizo», pensó con amargura. «Tal vez me buscó y lo que vio lo decepcionó tanto que decidió permanecer en las sombras. Me vio ignorar mi deber como padrino para perseguir profecías y espías, mientras su hijo comía ramen frío en un apartamento vacío»
Para los adultos presentes, la figura del Cuarto Hokage había dejado de ser el héroe de mármol de los monumentos. Ahora, en el centro de la crisis, todos se referían a él simplemente como el padre de Naruto; un progenitor que, tras doce años de silencio, había regresado no para liderar una aldea, sino para rescatar a su hijo de la negligencia de aquellos en quienes una vez confió.
Tsunade soltó finalmente a Kakashi, retrocediendo un paso mientras su rostro mostraba una vulnerabilidad que rara vez permitía ver. El peso de la pérdida no era solo militar por el Jinchūriki; era la vergüenza moral de ser repudiados por el hombre que se sacrificó por ellos.
El murmullo de la lluvia y los lamentos de los heridos quedaron sepultados bajo una tensión insoportable. Sakura, con el rostro empapado y los ojos inyectados en sangre por el llanto y la frustración, dio un paso al frente. A su lado, Temari sostenía el peso de Gaara, quien seguía sumido en un letargo antinatural. Ambas compartían la misma expresión de desconcierto ante las palabras de los adultos.
—¡Basta de acertijos!— exclamó Sakura, con una voz que temblaba de ira y desesperación —Llevan todo este tiempo hablando de “él”, del “padre de Naruto” y de deudas de sangre. Si ese hombre se ha llevado a mi compañero, quiero saber quién es. ¿Quién es el padre de Naruto?—
Jiraiya, que hasta ese momento parecía haber envejecido décadas en pocos minutos, dejó escapar un suspiro que sonó como el crujir de madera vieja. Se separó del muro y caminó hacia el centro del grupo, deteniéndose ante las jóvenes. Su mirada ya no buscaba el horizonte, sino que se hundía en el pasado.
—Tienen derecho a saberlo— comenzó Jiraiya, con una voz grave que cargaba con el peso de la historia —El padre de Naruto no fue un hombre cualquiera. Fue el héroe que dio su vida para que todos nosotros pudiéramos estar aquí hoy. Su nombre era Minato Namikaze, el Cuarto Hokage de la Aldea de la Hoja—
El silencio que siguió a la revelación fue absoluto. Sakura retrocedió un paso, cubriéndose la boca con una mano, mientras Temari abría los ojos con asombro. La idea de que el niño paria de la aldea, el joven que siempre buscaba atención a gritos, fuera el hijo del shinobi más respetado de la historia, era una verdad que fracturaba todo lo que creían saber.
—Pero no solo era el legado de su padre— continuó Jiraiya, suavizando su tono mientras un brillo de nostalgia cruzaba sus ojos —Naruto también es el hijo de Kushina Uzumaki. Ella fue, sin duda alguna, la mujer más hermosa que jamás pisó este mundo. Tenía un cabello rojo tan vibrante que parecía forjado en las llamas de la voluntad pura. Ella no era solo una habitante de Konoha; era la última princesa de Uzushiogakure, la Aldea del Remolino. Una mujer de un linaje real y antiguo que fue destruido por el miedo de otras naciones a su inmenso poder—
Jiraiya hizo una pausa, mirando hacia el rostro de Sakura, quien parecía estar reconstruyendo la imagen de su amigo a través de estas nuevas piezas.
—Minato era el Rayo Amarillo, el hombre que podía cruzar campos de batalla en un parpadeo para proteger lo que amaba. Y Kushina era la fuerza indomable de un clan que se negaba a morir. Naruto nació de esa unión entre la nobleza caída y el genio más grande que ha visto esta aldea—
Temari, mirando a su hermano aún inconsciente, comprendió finalmente por qué aquel hombre misterioso había mencionado que su hijo ya no sufriría más. Naruto Uzumaki no era un error ni una herramienta; era el príncipe de una historia que Konoha había preferido olvidar para poder usarlo.
—Minato y Kushina lo amaban más que a sus propias vidas— concluyó Jiraiya, bajando la cabeza con amargura —Pero nosotros, en nuestra supuesta sabiduría, permitimos que ese niño creciera en la miseria de un orfanato y el desprecio de las calles. Ahora, el padre ha regresado para reclamar lo que el mundo no supo valorar—
Sakura sintió que la realidad se desmoronaba bajo sus pies. Las palabras de Jiraiya resonaron en su mente como campanas fúnebres, dotando de un significado cruel a cada recuerdo que tenía de Naruto. Visualizó al niño que siempre vestía de naranja brillante, al que hacía travesuras para ser notado y que comía solo en las mesas más apartadas del puesto de ramen. Aquel niño, al que ella misma había juzgado y a menudo despreciado en su infancia por no tener padres, resultó ser el heredero de la mayor nobleza que Konoha jamás conoció.
La comprensión la golpeó con una fuerza física. Naruto no era un huérfano cualquiera; era el hijo del hombre que los salvó a todos y de la princesa de una nación desaparecida. Sakura se dio cuenta de que la aldea no solo le había fallado a un niño, sino que había traicionado el último deseo de su salvador. El peso de su propia indiferencia y de las miradas de desprecio de los aldeanos se sintió como una mancha que ninguna lluvia podría limpiar.
A su lado, Temari permanecía en un estado de shock absoluto. En la Aldea de la Arena, el linaje lo era todo, y la idea de tratar al hijo de un Kage como un paria era una blasfemia política y humana que no lograba procesar. Miró hacia el camino vacío por donde Naruto nunca regresaría, sintiendo por primera vez una punzada de respeto mezclada con una profunda lástima por el joven que había cambiado el corazón de su hermano.
De repente, un sonido débil y seco interrumpió la gravedad del momento. No era un llanto, sino una risa entrecortada y carente de aliento.
—Ese Naruto...— la voz de Gaara se alzó desde el suelo, ronca y cargada de un cansancio extremo.
Todos bajaron la mirada hacia el joven pelirrojo. Gaara había abierto los ojos, y aunque estaban hundidos y cansados, mostraban una claridad que antes no poseían. Ya no existía en él la sed de sangre ni la carga opresiva del Shukaku; solo quedaba el joven que buscaba su propio camino.
—Siempre tiene... sorpresas— continuó Gaara, esbozando una sonrisa pálida y genuina que nadie en Konoha había visto antes —Incluso ahora, cuando el mundo cree haberlo perdido, resulta que su origen es más brillante que el sol—
Gaara hizo un esfuerzo por incorporarse, pero Temari lo sujetó con firmeza. El joven de la Arena miró hacia el cielo encapotado, como si pudiera ver más allá de las nubes, hacia el lugar donde Naruto había sido llevado por esa fuerza paterna y ancestral.
—Me alegra que se haya ido— susurró Gaara, cerrando los ojos con una paz inusual —En este mundo de sombras y herramientas, él siempre fue demasiado puro. Espero que, sea donde sea que esté ahora, en ese lugar de su padre, finalmente sea feliz. Se lo merece más que cualquiera de nosotros—
Sakura sollozó abiertamente ante las palabras de Gaara, dándose cuenta de que el vínculo que Naruto había formado con el chico de la Arena era quizás más honesto que el que ella misma le había ofrecido. El Valle del Fin no solo había sido el escenario de una batalla, sino el punto donde un mundo injusto perdió su derecho sobre un héroe.
… … … … Lugar Desconocido … … … …
Naruto abrió los ojos lentamente, pero no fue el brillo del sol lo que lo despertó, sino una sensación de ligereza absoluta. El colchón bajo su cuerpo era tan suave y acogedor que, por un momento, creyó que seguía soñando y que estaba flotando sobre una nube. Era una comodidad que no conocía; no se parecía en nada a su cama destartalada en su pequeño apartamento ni a las rígidas e higiénicas sábanas de los hospitales de Konoha.
Sin embargo, lo que realmente disparó su instinto ninja no fue la suavidad, sino el silencio. Un silencio denso, absoluto y casi irreal. En la Aldea de la Hoja, el silencio no existía; siempre había el eco de pasos en los pasillos, el susurro del viento entre los edificios o el constante bullicio de la vida urbana. Aquí, la calma era total.
Se incorporó de un salto, con el corazón latiendo con fuerza, y sus ojos azules comenzaron a recorrer cada rincón de la extraña habitación.
Frente a él, en la pared blanca, colgaba un gran rectángulo oscuro y brillante que reflejaba la luz que entraba por una ventana invisible. Parecía un espejo de obsidiana, pero no devolvía una imagen clara. Debajo de ese objeto, una repisa flotante sostenía una colección de cajas extrañas. Naruto entrecerró los ojos, tratando de dar sentido a lo que veía.
Había una caja negra alta y delgada que terminaba en punta, otra más pequeña con una luz tenue, y un pequeño dispositivo con dos rectángulos de colores a los lados, uno rojo y otro azul.
—¿Qué es todo esto?— susurró para sí mismo, acercándose con cautela —¿Son... armas? ¿O algún tipo de sellado?—
Vio unas letras grabadas en los objetos y trató de leerlas en voz alta, aunque las palabras se sentían extrañas en su lengua.
—¿Ekis-Bokus...? ¿Nintando Suichi?— pronunció con dificultad, frunciendo el ceño —Vaya nombres más raros para unos pergaminos de almacenamiento—
Elevó la vista y notó un aparato blanco y alargado cerca del techo que emitía un suave murmullo, casi imperceptible. De él salía una brisa fresca y constante que mantenía la habitación a una temperatura perfecta, algo que le parecía una magia mucho más refinada que cualquier Jutsu de Viento que hubiera visto.
La habitación era amplia, con paredes impecables y una alfombra de un rojo vibrante que contrastaba con el suelo de madera clara. A un costado, un enorme armario de madera oscura se alzaba hasta casi tocar el techo, y un espejo ovalado en una esquina le devolvió su propio reflejo: se veía sano, sin vendas, y más descansado de lo que jamás había estado en su vida.
Naruto bajó de la cama, sintiendo la mullida alfombra bajo sus pies descalzos. No había rastro del Valle del Fin, no había olor a sangre ni a lluvia. Estaba en un lugar que parecía diseñado para la paz, un lugar donde el peligro se sentía como un recuerdo lejano y borroso.
—¿Dónde estoy...?— se preguntó, caminando hacia el espejo.
Naruto se detuvo frente al espejo ovalado, y por un instante, el aliento se le escapó de los pulmones. El reflejo que le devolvía la mirada no era el del niño maltratado y exhausto que había caído en el Valle del Fin; era algo completamente distinto, una versión de sí mismo que parecía haber sido tallada por los dioses.
Se encontró casi desnudo, vistiendo únicamente un bóxer negro con una delgada línea naranja que ceñía su cintura con una comodidad asombrosa. Al bajar la vista, notó que sus pies estaban más lejos de su rostro; había ganado una altura considerable, dejando atrás la estatura baja que solía ser motivo de burlas. Su cuerpo, antes marcado por la desnutrición y el esfuerzo excesivo, ahora lucía una musculatura definida y atlética, en perfecta forma física.
Lo que más le impactó fue su piel. El tono rosáceo oscuro y las quemaduras constantes por el sol de los entrenamientos habían desaparecido, reemplazados por una piel blanca y pura, casi luminosa, que parecía no haber conocido jamás el rigor del mundo shinobi. Al llevarse las manos al rostro, notó que su cabello rubio, antes erizado en puntas rebeldes hacia arriba, ahora caía con naturalidad, manteniendo un estilo despeinado pero elegante que enmarcaba sus facciones.
Sin embargo, el cambio más drástico residía en los detalles de su rostro. Las marcas de nacimiento en sus mejillas, aquellas seis líneas que lo habían acompañado desde el día en que nació, se habían esfumado por completo, dejando su cutis impecable. Pero al fijar la vista en sus ojos azules, notó una chispa de su verdadera naturaleza: sus pupilas ya no eran circulares, sino que se estiraban en una línea vertical y rasgada, como las de un depredador noble o una deidad antigua.
Este conjunto de cambios le otorgaba una apariencia de una belleza serena y peligrosa a la vez. Naruto se giró levemente, observando cómo su nuevo cuerpo reaccionaba a cada movimiento con una agilidad y gracia que nunca antes había sentido. Se veía, ante sus propios ojos, como un joven de una estirpe superior, alguien que ya no pertenecía al lodo y a la sangre de las naciones ninja, sino a las altas esferas de ese nuevo y misterioso hogar.
—¿Este... de verdad soy yo?— murmuró, rozando la superficie del espejo con la punta de los dedos, fascinado por el joven atractivo y poderoso que le devolvía la mirada.
Mientras Naruto seguía explorando los límites de su nuevo reflejo, un suave pitido electrónico llamó su atención hacia la repisa de madera. Una de las cajas oscuras, la que tenía una forma elegante y acabados brillantes, comenzó a emitir una luz azul intermitente desde una ranura frontal. Naruto se acercó con cautela, extendiendo un dedo con la misma desconfianza con la que se examina una trampa enemiga.
Al presionar el pequeño botón que brillaba bajo su tacto, la enorme pantalla rectangular en la pared cobró vida de inmediato. Un resplandor nítido inundó la habitación, obligando a Naruto a entrecerrar los ojos. Cuando su vista se ajustó, la imagen que apareció lo dejó sin aliento.
Frente a él, en una definición que parecía más real que la vida misma, estaba su padre. Pero no era el hombre con la capa de Hokage que Kakashi había descrito en el valle; este Minato Namikaze vestía un impecable traje oscuro, con una camisa blanca y una corbata que le daban un aire de autoridad moderna y sofisticada. Incluso llevaba unas gafas de sol apoyadas sobre su cabello rubio, el cual lucía idéntico al que Naruto acababa de ver en el espejo.
—Hola, Naruto— dijo la imagen de Minato, con una sonrisa serena y una voz que transmitía una paz inquebrantable —Si estás viendo esto, es porque finalmente has despertado. Sé que tienes miles de preguntas, pero lo primero que debes saber es que estás a salvo—
Naruto dio un paso hacia la pantalla, extendiendo una mano como si pudiera tocar la figura de su padre.
—Soy tu padre, pero no el hombre que la historia de Konoha recuerda —continuó la grabación, o lo que parecía ser una comunicación en tiempo real —Actualmente, no nos encontramos en las Naciones Elementales, ni en ningún lugar que conozcas. Hemos dejado atrás ese mundo de guerras y sacrificios—
Minato hizo un gesto hacia lo que parecía ser el ventanal de su propio despacho, donde se divisaban estructuras metálicas y de cristal que rozaban las nubes.
—Estamos en otro mundo, en una ciudad llamada Nueva York. Es un lugar donde el destino no está escrito por el chakra, sino por la voluntad de quienes se atreven a construir el futuro—
Impulsado por una curiosidad repentina, Naruto se apartó de la pantalla y corrió hacia el gran ventanal que antes había ignorado. Al descorrer las cortinas, el joven retrocedió un paso, impactado por la magnitud de lo que veía. No estaba a nivel del suelo; se encontraba en la cima de un edificio increíblemente alto.
Frente a él se extendía una jungla de asfalto y acero que parecía no tener fin. Miles de luces brillaban en la distancia, y otras estructuras tan altas como la suya desafiaban la gravedad bajo un cielo claro. No había bosques, ni aldeas ocultas, ni estatuas de piedra de los Hokages. Era un horizonte de modernidad absoluta, un mundo nuevo que se abría ante él con el rugido sordo de una ciudad que nunca dormía. Naruto, el joven que una vez fue el paria de una aldea ninja, ahora contemplaba el amanecer desde las alturas de Manhattan.
La voz de Minato continuó fluyendo a través de los altavoces, cargada de una solemnidad que obligó a Naruto a apartar la vista del imponente horizonte de Nueva York para centrarse nuevamente en la pantalla. La expresión del hombre en el video se suavizó, dejando ver una grieta de dolor humano tras la fachada del exitoso empresario.
—Antes de avanzar, Naruto, necesito decirte algo que he cargado durante mucho tiempo— dijo Minato, entrelazando sus dedos sobre el escritorio —Te pido perdón. Te pido perdón por cada día de hambre, por cada mirada de desprecio y por la soledad que sufriste en esa aldea. Si hubiera tenido la más mínima sospecha de que mi sacrificio resultaría en tu miseria, jamás habría sellado al Kyūbi dentro de ti—
Minato hizo una pausa, observando la reacción de su hijo a través de la lente.
—Actualmente, esa carga ya no existe. El rastro de la bestia ha sido eliminado de tu sistema; ahora eres libre de esa responsabilidad. Sin embargo, como te mencioné antes, existen reglas antiguas que limitan cuánto puedo intervenir directamente en tu camino. Mi hermano vigila mis movimientos, pero eso no significa que vaya a dejarte desamparado—
El hombre soltó un suspiro largo, como si estuviera soltando el peso de los siglos, y su mirada se volvió decidida.
—Escucha bien, porque esto es vital: Naruto Uzumaki murió en aquel valle bajo la lluvia. Ese nombre, ese pasado y ese dolor ya no te pertenecen. Es hora de que comience tu verdadera vida. A partir de este momento, ante el mundo y ante las leyes de este lugar, tu nombre es Nathaniel Underidge—
Naruto — ahora Nathaniel — escuchó el nombre con una extraña sensación de finalidad. No se sentía como una máscara, sino como una armadura nueva.
—Eres el único heredero de Infernum Holdings— concluyó Minato —Es un imperio que tu madre, Kushina, ayudó a cimentar con su visión y su fuerza, mientras yo me encargaba de asegurar que nunca faltaran los recursos para hacerlo crecer. Todo lo que ves, desde este edificio hasta la influencia que ahora posees, es tu derecho de nacimiento. Aprovecha esta oportunidad, Nathaniel. El mundo es tuyo, y esta vez, nadie podrá quitártelo—
La pantalla se desvaneció a negro, dejando al joven en un silencio absoluto, procesando que el niño ninja de naranja había quedado atrás para dar paso al heredero de una de las corporaciones más poderosas de la Tierra.
Nathaniel se dejó caer sobre el borde de la cama, sintiendo cómo el colchón se hundía bajo su peso con una suavidad casi irreal. Sus manos, ahora grandes y de piel inmaculada, se apoyaron sobre las sábanas grises mientras intentaba procesar el torrente de información. Todo lo que conocía — el Valle del Fin, el peso del chakra, la mirada de desprecio de los aldeanos — se sentía como una vida ajena, un guion de una obra de teatro que finalmente había terminado.
Justo cuando el silencio amenazaba con volverse abrumador, la pantalla volvió a iluminarse. Esta vez, la imagen no mostraba la serenidad analítica de su padre. Una mujer de una belleza deslumbrante apareció en el centro del encuadre. Su cabello era de un rojo ardiente, cayendo en ondas perfectas que parecían tener vida propia, y sus ojos violetas brillaban con una intensidad que traspasaba la tecnología. Vestía un traje formal azul oscuro que resaltaba su presencia imponente y elegante, pero su expresión no era la de una empresaria, sino la de una madre que contempla el milagro más grande de su existencia.
—Hola, Nathan— dijo ella, y el uso de su nuevo nombre sonó como una caricia en su voz —Oh, mi cielo, mi pequeño Nathan... Si supieras cuánto tiempo he esperado para poder decirte esto—
Nathaniel se inclinó hacia adelante, con el corazón latiendo desbocado. Aquella era la mujer de la que Jiraiya había hablado con tanta reverencia: Kushina, la princesa de los remolinos.
—Te amo tanto, hijo mío. Te adoro con cada fibra de mi ser— continuó Kushina, y sus ojos se humedecieron mientras extendía una mano hacia la cámara, como si intentara atravesar el cristal para tocar su mejilla —No hay un solo segundo en el que no haya pensado en ti. Quisiera poder estar ahí, en esa habitación, abrazándote tan fuerte que el mundo entero desapareciera. Quisiera sentir tu corazón latir contra el mío y no soltarte nunca más—
La mujer hizo una pausa, apretando los labios en una mezcla de amor y una furia contenida.
—Pero, al igual que tu padre, estoy atada por circunstancias que escapan a mis deseos— explicó, con un rastro de amargura en su tono —Esas leyes absurdas impuestas por mi cuñado nos mantienen a una distancia insoportable por ahora. Es injusto, es cruel, pero es la realidad que debemos navegar para mantenerte a salvo en este nuevo mundo—
Kushina se acercó más a la pantalla, su mirada violeta clavada en la de su hijo con una promesa inquebrantable.
—Por favor, ten paciencia, Nathan. Sé que todo esto es confuso y que te sientes solo en esa inmensa ciudad, pero te prometo que esto no es para siempre. Más temprano que tarde, romperemos esas cadenas y podré abrazarte de verdad. Hasta entonces, recuerda siempre que eres amado más allá de lo que las palabras pueden expresar. Eres nuestro orgullo, nuestro heredero, y mi más grande tesoro—
La imagen de Kushina en la pantalla recuperó una seriedad teñida de advertencia, aunque sus ojos violetas seguían destilando un afecto profundo. Se acomodó en su asiento, cruzando las manos sobre el escritorio con una elegancia natural, y su tono de voz se volvió más pragmático.
—Escúchame bien, Nathan— continuó Kushina, con una mirada penetrante —Aunque te hemos sacado de las naciones ninja, no pienses ni por un segundo que la vida en este mundo será sencilla. Aquí las batallas no siempre se libran con kunais, sino con influencias, poder y secretos. Sin embargo, no olvides quién eres. Eres mi hijo, y eso te otorga ventajas que otros ni siquiera pueden soñar. Tienes nuestra sangre, y con ella, una fuerza y una astucia que te pondrán por encima de cualquiera que intente pisotearte—
Una pequeña sonrisa traviesa, casi cómplice, asomó a los labios de Kushina antes de que suspirara con un gesto de resignación.
—Pero hay algo más de lo que debo advertirte— añadió, bajando un poco el tono como si compartiera un secreto familiar —Tu abuela también ha dejado un mensaje para ti. Ella es... persistente. Le encanta entrometerse en los asuntos del corazón y suele divertirse manipulando la vida amorosa de nuestra familia. Es su pasatiempo favorito, y no tiene reparos en crear un caos absoluto solo por entretenimiento. Ten mucho cuidado con sus palabras y sus regalos; con ella, nada es lo que parece y siempre hay una intención oculta detrás de su supuesta ayuda—
Kushina hizo una mueca de exasperación, como si recordara algún incidente pasado con su propia madre.
—No permitas que te use como una pieza en sus juegos— sentenció —Mantén la cabeza fría y el corazón protegido hasta que aprendas a reconocer sus trucos. Prepárate, Nathan, porque después de este video, vendrá el de ella. No digas que no te lo advertí—
La pantalla parpadeó una vez más antes de que la imagen de la mujer pelirroja se desvaneciera por completo. Nathaniel se quedó sentado en el borde de la cama, asimilando que su nueva familia no solo le otorgaba un imperio corporativo, sino también una red de parientes divinamente complicados. El silencio de la habitación se sintió expectante, como si el siguiente archivo estuviera a punto de ejecutarse para presentarle a la mujer que, según su madre, vería su vida amorosa como un tablero de juegos.
El eco de las advertencias de Kushina aún vibraba en el aire cuando la pantalla volvió a cobrar vida de forma automática. Esta vez, la imagen era radicalmente distinta. Nathaniel se encontró observando a una mujer de una belleza casi irreal, con una larga cabellera rubia que caía como hilos de oro sobre un elegante traje blanco. Ella posaba con una confianza absoluta entre columnas de mármol y un jardín de rosas que parecía sacado de una pintura clásica.
—¡Nathan, querido! ¡Finalmente puedo verte!— exclamó la mujer, con una voz melodiosa que parecía cargar con el perfume de las flores que la rodeaban —Soy Dite, tu abuela. No puedes imaginar cuánto tiempo he esperado para darte la bienvenida a nuestra familia. Te amo y te adoro con todo mi ser, pequeño tesoro—
Ella se acercó a la cámara, entornando sus ojos claros con una sonrisa traviesa que recordaba vagamente a la de Kushina, aunque con un matiz mucho más sugerente y despreocupado.
—Pero, antes de que continuemos, establezcamos una regla de oro— dijo, haciendo un elegante gesto con la mano —Por favor, bajo ninguna circunstancia me llames “abuela”. Esa palabra es tan... antigua. Prefiero que te refieras a mí como mami, madre o mamá. Cualquier cosa que no me haga sonar como si perteneciera a un museo, ¿entendido?—
Dite soltó una pequeña risa y dio un giro ligero, mostrando el entorno idílico en el que se encontraba.
—Para ayudarte a navegar en este nuevo mundo, he enviado a una de mis doncellas más fieles para que sea tu asistente personal. Ella se encargará de que no te falte nada en Nueva York. Sin embargo— su tono se volvió momentáneamente serio —no pierdas tu tiempo exigiéndole información. Tiene prohibido explícitamente revelarte los “secretos familiares” que aún no estás listo para conocer. Es por tu propio bien, corazón—
Nathaniel observó cómo la mujer recuperaba su semblante juguetón. Ella se llevó una mano a los labios, lanzando un beso hacia la pantalla seguido de un guiño cargado de picardía.
—Y no hagas caso a los miedos de tu madre. Te prometo, por lo más sagrado, que no voy a entrometerme en tu vida amorosa. Dejaré que el destino siga su curso... con un pequeño empujón aquí y allá— añadió en un susurro apenas audible, antes de que la pantalla se apagara definitivamente, dejando a Nathaniel en un silencio cargado de incertidumbre sobre lo que realmente significaba ser parte de este linaje.
Nathaniel se quedó inmóvil frente a la pantalla negra, con la mente zumbando por la sucesión de rostros y revelaciones. El silencio de la habitación, antes acogedor, ahora se sentía cargado de una expectativa invisible. Justo cuando iba a ponerse de pie, un suave golpe en la puerta de madera oscura rompió la quietud, seguido por el clic metálico de la cerradura abriéndose.
—Amo Nathaniel, lamento interrumpir sus pensamientos— dijo una voz femenina, serena y profesional.
Una mujer de una presencia imponente entró en la habitación. Vestía un traje de negocios negro sumamente elegante, adornado con intrincados bordados dorados, y su largo cabello oscuro caía sobre sus hombros con una perfección clínica. Llevaba unas gafas de montura fina y sostenía una tableta digital que emitía un suave resplandor azulado.
—Mi nombre es Lyra— se presentó, haciendo una leve inclinación de cabeza —He sido enviada por su señora madre y su... abuela, para servir como su asistente personal y mano derecha en esta nueva etapa—
Nathaniel la observó con cautela, pero Lyra continuó antes de que él pudiera formular una pregunta.
—No hay necesidad de que intente ocultarme nada— añadió ella, ajustándose las gafas —Conozco su pasado, los detalles del Valle del Fin y el nombre que solía portar en las Naciones Elementales. Mi lealtad le pertenece ahora a usted, siempre y cuando no entre en conflicto directo con las directrices de sus padres o de la señora Dite—
Lyra se acercó y le entregó una carpeta de cuero fino. Al abrirla, Nathaniel vio documentos legales de alta calidad: un pasaporte, actas de nacimiento y títulos de propiedad, todos con su nuevo nombre y su fotografía actual. Junto a los papeles, Lyra extendió un estuche rígido. Al abrirlo, Nathaniel encontró unos lentes de sol de diseño moderno, muy similares a los que su padre llevaba en el video.
—Es probable que deba usarlos con frecuencia— comentó Lyra con una pizca de observación —Parece que ha heredado el mismo “problema de ojos” que su padre. Sus pupilas podrían llamar demasiado la atención en las calles de Manhattan—
Nathaniel tomó los lentes y, siguiendo el ejemplo inconsciente de la imagen de Minato, se los colocó sobre la cabeza, sujetando su cabello rubio. El gesto le dio un aire de confianza que no sabía que poseía.
—También tengo esto para usted— continuó Lyra, entregándole un sobre con un sello oficial —Es su carta de admisión para la Academia Yancy. Sus clases comienzan pronto, y se espera que mantenga el estándar de un heredero de Infernum Holdings—
Finalmente, Lyra caminó hacia el enorme armario de madera rojiza y lo abrió de par en par. En el interior, filas de camisas perfectamente planchadas, chaquetas oscuras y pantalones de corte impecable esperaban por él. No había ni rastro de las telas ásperas o los colores chillones de su antigua vida; todo allí gritaba sofisticación y poder.
—Este es su nuevo guardarropa, señor Underidge— concluyó Lyra, dándole espacio —Sugiero que se vista. Nueva York no espera a nadie, y hay mucho que debe conocer antes del anochecer—
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Comunicado sobre el Remake de “El Príncipe del Inframundo”
Debido al inicio del proyecto “El Príncipe del Inframundo: Remake”, he decidido eliminar la historia anterior. A continuación, comparto las razones detrás de esta decisión y los lineamientos para el futuro de esta obra.
Razones de la cancelación de “Naruto: Padre de Asia”
He decidido retirar esta historia principalmente porque he perdido el interés y el deseo de continuar con esa narrativa específica. Además, los comentarios negativos que me acusaban de “plagio” influyeron en mi decisión.
Quiero aclarar que, para quienes leyeron el final del primer capítulo, siempre se especificó que la historia era una reimaginación de una obra previa. No se otorgaron créditos específicos simplemente porque desconocía la identidad del autor original, pero mi intención nunca fue apropiarme de una idea ajena, sino rendirle tributo a través de mi propia versión.
Pido disculpas por los errores gramaticales que puedan encontrar en mis textos. El inglés no es mi lengua materna. Mi objetivo al traducir mis historias es permitir que una audiencia más amplia pueda disfrutarlas, y agradezco su comprensión ante mis limitaciones lingüísticas.
A diferencia de la historia original, este remake no será un Harem. Busco un enfoque más serio y centrado en una pareja única. Por ello, solicito sus sugerencias de personajes femeninos, bajo las siguientes restricciones estrictas:
Personajes excluidos: Annabeth Chase, Bianca Di Angelo, Phoebe (Cazadora de Artemisa).
Diosas excluidas: Hestia, Atenea, Artemisa, Hera, Perséfone y Deméter.
Sin personajes originales (OC): No crearé personajes femeninos propios para el interés romántico.
Sin crossovers de personajes: No se incluirá a nadie del universo de Naruto, ni de otros animes, cómics o películas. La pareja debe pertenecer exclusivamente al universo de los libros.
Agradezco su apoyo en esta nueva etapa y espero sus propuestas para definir el rumbo de esta historia.
Y si, esta última parte la hice con IA, para no desahogarme agresivamente. Sin mas que decir Sayonara.








