Prologo.
En la vida uno llega a creer que la felicidad puede durar para siempre, no porque el mundo sea bondadoso ni porque las desgracias hayan desaparecido, sino porque cuando estás rodeado de las personas correctas resulta demasiado fácil olvidar que basta un solo imprevisto para destruir aquello que tardaste años en construir. Un curandero cura, un guerrero pelea y un monstruo simplemente mata. Esa diferencia le fue enseñada desde pequeño a un muchacho que jamás soñó con convertirse en caballero, héroe o alguien cuyo nombre fuera recordado por generaciones. Su madre le enseñó que las manos de un curandero no servían para quitar vidas, sino para cerrar heridas, detener hemorragias, preparar medicinas y aliviar el dolor de aquellos que llegaban buscando ayuda. Mientras otros levantaban espadas, él cargaba vendas; mientras algunos entrenaban para atravesar armaduras, él aprendía dónde presionar para impedir que una persona muriera desangrada. Aquella vida sencilla le bastaba. Tenía una madre, un padre, un hermano, una persona a quien tardaría demasiado en comprender cuánto amaba, una casa, un pueblo y suficientes personas necesitadas como para mantener sus manos ocupadas durante toda una vida.
Pero el mundo no necesitó demasiado para arrebatarle aquella tranquilidad. Primero llegaron rumores sobre una guerra de sucesión dentro del Imperio, príncipes enfrentándose entre sí, viejas alianzas rompiéndose y ejércitos movilizándose mientras los nobles aseguraban que todo seguía bajo control. Después comenzaron a llegar historias sobre bestias, criaturas que abandonaban territorios donde habían permanecido durante generaciones, monstruos capaces de destrozar soldados como si las armaduras no fueran más que tela y hombres dispuestos a entregar cualquier cosa con tal de obtener poder. Poco a poco el Imperio comenzó a cambiar y quienes alguna vez fueron considerados los guerreros más poderosos intentaron detener aquello, pero incluso ellos comenzaron a caer, no porque el enemigo tuviera más soldados, sino porque los monstruos ya no necesitaban esconderse en los bosques o las montañas cuando habían aprendido a sentarse sobre tronos.
El curandero nunca quiso comprender aquella guerra. Mientras los nobles discutían sobre coronas, herencias y derechos de sangre, él continuaba limpiando heridas. Los soldados llegaban mutilados, campesinos con quemaduras cubrían las habitaciones y niños preguntaban por padres que nunca regresarían. Cada día había más pacientes y menos medicinas, pero mientras quedara alguien respirando frente a él seguía haciendo aquello para lo que había nacido. Hasta que un día el nombre de su familia dejó de significar algo y aquello que durante generaciones había sido un hogar se convirtió en una sentencia. Las fuerzas que habían devorado lentamente al Imperio llegaron hasta ellos con una sola orden: no dejar rastros de aquella línea de sangre.
Lo poco que quedaba de su familia intentó ocultarse mientras afuera comenzaba la masacre. El curandero escuchó golpes contra las puertas, gritos que reconocía demasiado bien, acero entrando en carne y voces desapareciendo una tras otra hasta convertirse en silencio. Por primera vez tuvo frente a sí heridas que todavía no habían ocurrido y descubrió algo que ninguna de las enseñanzas de su madre podía solucionar: saber curar una herida no servía de nada si no eras capaz de impedir que alguien la provocara. Sus manos temblaron mientras recordaba aquellas palabras que había seguido toda su vida. Un curandero no daña, un curandero salva. Entonces escuchó otro grito y aquello que había sostenido durante años terminó quebrándose.
Tomó una espada.
No sabía utilizarla correctamente, no conocía posiciones ni técnicas y nunca había entrenado para quitarle la vida a otra persona, pero conocía el cuerpo humano mejor que muchos guerreros. Sabía dónde corrían las arterias, qué músculos permitían levantar un brazo, qué articulaciones podían inutilizar una pierna y qué heridas todavía podían cerrarse. También sabía cuáles no. Aquella noche utilizó por primera vez todo lo que había aprendido para hacer exactamente lo contrario de aquello para lo que había sido educado, y desde ese momento el muchacho que alguna vez creyó que sus manos solo servirían para sanar comenzó a recorrer un camino del que ya no podría regresar.
Cada intento por proteger algo traería consigo una nueva desgracia y cada victoria dejaría una cicatriz distinta. No tendría un ejército dispuesto a seguirlo ni poseería el carisma de su hermano, de su padre o de aquella persona que alguna vez convirtió una vida sencilla en algo que valía la pena conservar. Muchas veces caminaría solo y, en otras, sus únicas aliadas serían precisamente aquellas criaturas que los hombres llamaban bestias, seres perseguidos, animales cazados hasta casi desaparecer y criaturas antiguas encargadas de mantener equilibrios que la humanidad jamás comprendió. Algunas lucharían junto a él, otras intentarían matarlo y algunas terminarían muriendo para mantenerlo con vida.
Licántropos, reyes, dragones, minotauros, príncipes y criaturas que jamás debieron existir en aquel mundo terminarían cruzándose en su camino. El curandero se enfrentaría a enemigos que habían reducido a la ruina a guerreros mucho más fuertes que él y descubriría rápidamente que ninguna batalla sería limpia. Caería, volvería a levantarse, perdería sangre, sufriría fracturas y seguiría avanzando aun cuando su propio cuerpo le suplicara detenerse. No había nacido con el poder de aquellos guerreros capaces de envolver su cuerpo y sus armas con una fuerza que él jamás poseería, así que durante mucho tiempo solo tendría técnica, conocimiento, experiencia y una obstinación casi enfermiza por continuar avanzando. Hasta que incluso aquello dejara de ser suficiente y una vieja prueba, una puerta que había permanecido esperando durante años, le permitiera alcanzar una fuerza que jamás debió necesitar.
Cuando atravesara aquella prueba seguiría siendo un curandero, pero ya no sería solamente eso. Su apariencia cambiaría, su cabello perdería el color, sus ojos adquirirían un brillo que nunca les perteneció y por unos instantes aquellas criaturas que parecían imposibles de tocar descubrirían que también podían sangrar. Sin embargo, ningún poder sería suficiente para devolverle lo perdido, porque cuanto más avanzara más comprendería que la destrucción de su familia nunca había sido simplemente una consecuencia de la guerra. Alguien había querido que desaparecieran y detrás de aquella decisión existía algo mucho mayor que una lucha por el trono.
Entonces la venganza dejó de ser únicamente un sentimiento y se convirtió en el camino que lo obligaba a seguir adelante. Cada herida, cada muerte y cada persona perdida apuntaban hacia el nuevo emperador, el hombre cuya llegada al poder había convertido una disputa entre príncipes en una purga. El curandero atravesaría ejércitos enteros para llegar hasta él, aunque sus huesos se rompieran, aunque su espada terminara partida o aunque ya no quedara suficiente sangre dentro de su cuerpo para mantenerse consciente. Nada importaría mientras aquel responsable siguiera respirando, pero cuanto más cerca estuviera de alcanzarlo descubriría que detrás de una bestia siempre podía existir otra y que incluso un emperador podía terminar convertido en una pieza utilizada por criaturas mucho peores.
Para entonces apenas quedaría algo del joven que alguna vez soñó con pasar sus días preparando medicinas. Solo permanecerían unas manos llenas de cicatrices, una espada desgastada y los restos de una casa que el mundo intentó borrar. Entre aquellos restos todavía sobreviviría un estandarte antiguo, rasgado y manchado por el tiempo, donde un trébol de cuatro hojas continuaría visible como último recuerdo de todo aquello que perdió. El curandero lo llevaría consigo mientras avanzaba hacia las criaturas responsables de destruir su vida, sin buscar gloria, sin querer una corona y sin importarle si alguien llegaba a recordar su nombre.
Durante años había dedicado sus manos a cerrar las heridas de otros, pero el mundo terminaría enseñándole que algunas heridas jamás pueden sanar mientras quienes las provocaron continúen con vida. Por eso, cuando finalmente alcanzara a aquellos monstruos, no habría plegarias, negociaciones ni clemencia. Solo quedaría un curandero, una espada y una deuda que llevaba demasiado tiempo esperando ser cobrada.

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