𝐂𝐚𝐩𝐢́𝐭𝐮𝐥𝐨 𝐈: 𝐄𝐧𝐭𝐫𝐞 𝐓𝐞́, 𝐒𝐮𝐬𝐩𝐢𝐫𝐨𝐬 𝐲 𝐎𝐫𝐨
𝐻𝑎 𝑙𝑙𝑒𝑔𝑎𝑑𝑜 𝑛𝑢𝑒𝑣𝑎𝑚𝑒𝑛𝑡𝑒 𝑒𝑠𝑎 𝑒́𝑝𝑜𝑐𝑎 𝑑𝑒𝑙 𝑎𝑛̃𝑜 𝑒𝑛 𝑙𝑎 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑎𝑠 𝑐𝑜𝑟𝑡𝑖𝑛𝑎𝑠 𝑠𝑒 𝑑𝑒𝑠𝑐𝑜𝑟𝑟𝑒𝑛, 𝑙𝑜𝑠 𝑠𝑎𝑙𝑜𝑛𝑒𝑠 𝑠𝑒 𝑖𝑙𝑢𝑚𝑖𝑛𝑎𝑛 𝑦 𝑙𝑎𝑠 𝑒𝑠𝑝𝑒𝑟𝑎𝑛𝑧𝑎𝑠 𝑑𝑒 𝑙𝑎𝑠 𝑓𝑎𝑚𝑖𝑙𝑖𝑎𝑠 𝑚𝑎́𝑠 𝑛𝑜𝑏𝑙𝑒𝑠 𝑑𝑒𝑠𝑐𝑎𝑛𝑠𝑎𝑛 𝑠𝑜𝑏𝑟𝑒 𝑙𝑜𝑠 ℎ𝑜𝑚𝑏𝑟𝑜𝑠 𝑑𝑒 𝑠𝑢𝑠 𝑗𝑜́𝑣𝑒𝑛𝑒𝑠.
𝐸𝑠𝑡𝑎 𝑡𝑒𝑚𝑝𝑜𝑟𝑎𝑑𝑎 𝑝𝑟𝑜𝑚𝑒𝑡𝑒 𝑠𝑒𝑟 𝑝𝑎𝑟𝑡𝑖𝑐𝑢𝑙𝑎𝑟𝑚𝑒𝑛𝑡𝑒 𝑖𝑛𝑡𝑒𝑟𝑒𝑠𝑎𝑛𝑡𝑒. 𝑉𝑖𝑒𝑗𝑜𝑠 𝑙𝑖𝑛𝑎𝑗𝑒𝑠 𝑏𝑢𝑠𝑐𝑎𝑛 𝑟𝑒𝑑𝑒𝑛𝑐𝑖𝑜́𝑛, 𝑛𝑢𝑒𝑣𝑎𝑠 𝑎𝑙𝑖𝑎𝑛𝑧𝑎𝑠 𝑠𝑒 𝑔𝑒𝑠𝑡𝑎𝑛 𝑒𝑛 𝑠𝑖𝑙𝑒𝑛𝑐𝑖𝑜, 𝑦 𝑐𝑖𝑒𝑟𝑡𝑜𝑠 𝑛𝑜𝑚𝑏𝑟𝑒𝑠, 𝑏𝑖𝑒𝑛 𝑐𝑜𝑛𝑜𝑐𝑖𝑑𝑜𝑠 𝑝𝑜𝑟 𝑆𝑢 𝑀𝑎𝑗𝑒𝑠𝑡𝑎𝑑, 𝑟𝑒𝑠𝑢𝑒𝑛𝑎𝑛 𝑐𝑜𝑛 𝑚𝑎́𝑠 𝑖𝑛𝑠𝑖𝑠𝑡𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎 𝑑𝑒 𝑙𝑜 ℎ𝑎𝑏𝑖𝑡𝑢𝑎𝑙.
𝑄𝑢𝑒 𝑛𝑎𝑑𝑖𝑒 𝑙𝑜𝑠 𝑒𝑛𝑔𝑎𝑛̃𝑒: 𝑒𝑛 𝑅𝑜𝑠𝑒𝑤𝑜𝑜𝑑, 𝑛𝑎𝑑𝑎 𝑜𝑐𝑢𝑟𝑟𝑒 𝑝𝑜𝑟 𝑐𝑎𝑠𝑢𝑎𝑙𝑖𝑑𝑎𝑑...
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Esa mañana, Rosewood despertó con un aire distinto.
Las campanas repicaron más temprano de lo habitual, los carruajes comenzaron a recorrer las calles empedradas antes del mediodía y, en las casas nobles, las criadas iban y venían con manos ocupadas y rostros tensos. Era el primer día de la temporada social y, con él, el inicio del desfile de nuevos debutantes ante la mirada implacable de la alta sociedad.
En los grandes salones se abrían cofres sellados enviados directamente desde varias partes del mundo; vestidos cuidadosamente resguardados veían por fin la luz, y joyas heredadas de generación en generación eran limpiadas con esmero, como si su brillo pudiera asegurar un buen matrimonio. Las madres ensayaban sonrisas frente a los espejos, los padres calculaban dotes y conveniencias en silencio, y los jóvenes... bueno, los jóvenes sentían el peso de las miradas incluso antes de abandonar sus habitaciones.
En Rosewood, debutar no era simplemente presentarse ante la sociedad.
Era exponerse.
Era ser observado, juzgado, deseado... o descartado.
Los omegas se preparaban para ser vistos con la delicadeza que se esperaba de ellos; los alfas, para elegir, y los betas, como siempre, ocupaban ese espacio incómodo entre ambos mundos, observando con una lucidez que pocos se atrevían a reconocer.
Desde el palacio, Su Majestad la Reina Eleanor I observaba el inicio de la temporada con particular interés. Nada le complacía más que el orden social en movimiento: familias ascendiendo, otras cayendo, y destinos sellándose bajo el pretexto de un baile o una reverencia correctamente ejecutada.
Entre los nombres que circularían ese año, algunos ya despertaban murmullos.
Uno de ellos era el del joven Michael Wheeler, hermano de la duquesa de Eldoria. Para nadie era un misterio que se trataba del favorito de la Reina aquella temporada: un alfa dominante, sumamente codiciado tanto por su apariencia como por su posición.
Ser un Wheeler significaba tener un lugar asegurado en la sociedad; cercanos a la familia real, poseedores de tierras que resultaban inimaginables para la mayoría.
Su padre había fallecido años atrás y, contrariamente a lo que muchos auguraron, la heredera del ducado no solo sostuvo el nombre de la familia, sino que lo elevó aún más.
Esa misma mañana, Katherine Wheeler, o Karen como la llamaban sus hijos, se movía de un lado a otro por el salón del té de la Casa Eldoria, jugueteando nerviosamente con sus manos.
—¿Dónde está tu hermano, Nancy? —preguntó Karen con la mirada cargada de preocupación, mientras observaba a su hija mayor tomar el té con una calma que ella no lograba imitar.
—No lo sé, madre. Quizás ni siquiera llegó a casa anoche; sabes lo que le gusta dormir fuera con sus “amigas” —marcó la última palabra con evidente ironía.
No era ningún misterio que Michael no era un muchacho ejemplar. Se parecía, más bien, a la mayoría de los hombres de su época: le gustaba explorar, experimentar y disfrutar de su libertad antes del matrimonio, sin importarle demasiado su estatus social... ni el género de sus acompañantes. Sin embargo, su madre se negaba rotundamente a aceptar que su hijo pudiera ser un libertino. Estaba convencida de que aquel año, sí o sí, Mike debía desposar a un omega.
Como si aquel pensamiento lo hubiera invocado, un joven de cabello azabache y rizos desordenados cruzó el umbral del salón.
—¡Madre! Buenos días. Qué hermosa mañana hace hoy, ¿no? —cuestionó con una sonrisa juguetona mientras se acercaba a Karen para besarla en la mejilla.
—Michael Wheeler, ¿te parece educado que un jovencito como tú llegue a estas horas a su hogar? —murmuró su madre con evidente malestar, colocando las manos sobre sus caderas.
—Vamos, madre, no es para tanto. Llegué a tiempo... ¿verdad, Nancy? —Mike miró a su hermana en busca de salvación, la cual, lastimosamente, no llegó.
—Debes comportarte, Mike. Empieza una nueva temporada y debes buscar esposa... o esposo —comentó la duquesa de Eldoria sin mirarlo, demasiado concentrada en su taza de té—. O al menos compórtate durante esta temporada para darle un respiro a mamá.
Mike caminó hasta la bandeja de postres y tomó uno, llevándolo de inmediato a su boca.
—De ser así, ¿no deberías ser tú la que esté desposada ya?
—Estoy demasiado ocupada llevando las cuentas de esta familia y escondiendo tus escándalos, querido hermanito —los ojos serios de Nancy finalmente se alzaron para posarse sobre Mike.
La tensión en aquel salón aumentó. No era extraño en una familia llena de alfas: desde los padres hasta los hijos, todos compartían aquel carácter dominante. La única excepción era la pequeña Holly, quien entró corriendo al salón con evidente emoción, ajena por completo a la atmósfera cargada que se respiraba.
—¡Mamá, mamá! ¿Yo puedo ir a presentarme ante la reina? —preguntó la niña, danzando alrededor de la falda de su madre.
—Claro que no, Holly —respondió Mike primero—. Tú nunca te vas a casar ni a presentarte con nadie. Tu hermano no lo va a permitir.
Mike se acercó a su pequeña hermana y desordenó sus cabellos rubios de forma juguetona.
La tensión que había dominado el salón momentos antes se disipó entre las risas y los reclamos indignados de la más pequeña de los Wheeler, devolviendo a la estancia una calidez familiar difícil de encontrar en otras casas nobles.
Un ambiente muy distinto al que se respiraba en la residencia del conde de Whintford.
Allí, las pocas sirvientas que aún permanecían en la casa murmuraban en voz baja sobre el destino de aquella familia. Era un rumor ya conocido en Rosewood que el conde Loonie Byers se había dejado arrastrar por las apuestas, perdiendo no solo su fortuna, sino también el respeto de la alta sociedad, y condenando con ello a los suyos a la desdicha.
La servidumbre había ido disminuyendo con el paso de los meses, y del mismo modo las puertas de otras casas nobles se cerraron para los Byers; las mismas familias que, no mucho tiempo atrás, habían acudido a ellos en busca de favores y alianzas.
Pero si aquella situación afectaba a alguien en particular, era al más joven de la casa.
William.
Un omega recesivo, frágil ante los ojos de los demás, que estaba a punto de ser presentado en sociedad.
—¿Nervioso? —preguntó Jonathan mientras acomodaba con cuidado un mechón rebelde del cabello de Will.
—Un poco... —admitió—. ¿Y si lo hago mal? ¿Y si la reina me desprecia?
William lo miró a través del espejo, con los ojos brillantes y una ansiedad difícil de ocultar, mientras Jugaba con volantes de la manga de su traje.
—Lo harás bien, Will —respondió Jonathan con suavidad—. No tienes por qué preocuparte por eso...
En ese momento Will se levantó de inmediato del tocador y se colocó frente a él, con el pecho agitado y la voz temblorosa.
—¿Cómo no estarlo? —replicó—. Debe ser perfecto. Si no lo es, nunca conseguiré un esposo que nos ayude... Padre me lo dijo, soy la moneda de cambio de la familia.
Las palabras golpearon a Jonathan con más fuerza de lo que estaba dispuesto a admitir. Su expresión se suavizó al instante. ¿Cómo no hacerlo, cuando la persona más importante de su vida se veía a sí misma como un simple objeto, reducido a un valor de intercambio por las decisiones de un supuesto conde incapaz de sostener a su propia familia?
La culpa se le enroscó en el pecho. Él tampoco había sido de mucha ayuda. Dos años atrás había debutado sin éxito alguno; no había encontrado pretendiente que le agradara, pero al menos había tenido la opción de negarse. Y eso ya era mucho, considerando que también era un omega.
Pero Will...
Su querido Will no tendría esa libertad. No en la situación en la que se encontraban ahora.
Jonathan no dijo nada más. Simplemente dio un paso al frente y rodeó a Will con los brazos, estrechándolo contra su pecho con una fuerza contenida, como si pudiera protegerlo del mundo entero con ese gesto.
Will tardó apenas un segundo en corresponderle, aferrándose a la tela de su chaqueta.
—No eres una moneda —murmuró Jonathan, con la voz baja pero firme—. Eres mi hermano, y pase lo que pase hoy, no estarás solo.
El abrazo fue interrumpido por un leve golpe en la puerta.
Ambos se separaron apenas cuando una de las pocas sirvientas que aún permanecían en la casa asomó la cabeza con cautela.
—Señores... —dijo con respeto—. Lady Jocelyn los espera en el salón principal... El carruaje está listo y aguarda por Lord William.
Will tragó saliva.
Ese título aún le resultaba extraño, casi ajeno.
Jonathan asintió primero.
—Dile que ya vamos.
La sirvienta hizo una pequeña reverencia antes de retirarse, dejando tras de sí un silencio pesado.
Will volvió a mirarse en el espejo, examinando que cada detalle estuviera en su lugar.
—Supongo que... este es el momento —susurró.
Jonathan apoyó una mano en su hombro.
—Recuerda esto —dijo—. Pase lo que pase frente a la reina, tú sigues siendo Will. Eso no pueden quitártelo.
Will respiró hondo y asintió.
Ambos salieron de la habitación juntos, dejando atrás la intimidad de aquel cuarto y avanzando hacia el destino que la sociedad ya había decidido por él.
El sonido lejano de los cascos del carruaje marcó el inicio de algo irreversible.
Y así, mientras Rosewood celebraba la llegada de una nueva temporada, William Byers caminaba hacia su debut sabiendo que no todos los comienzos nacen del deseo.