Piso 50
El elevador no tenía botones visibles después del piso 49.
Solo una tarjeta.
Solo acceso restringido.
Solo silencio.
Leila lo sabía porque nunca antes había tenido autorización para subir más allá. Durante años, el Piso 50 fue un mito interno en Ascend Corp. Un espacio reservado. Una extensión casi simbólica del poder.
El corazón de la empresa.
El elevador se detuvo con un sonido suave. Las puertas se abrieron.
Y el mundo cambió de textura.
No había cubículos.
No había asistentes corriendo.
No había pantallas encendidas en cada rincón.
Solo un pasillo amplio de mármol oscuro.
Iluminación indirecta.
Cristal.
Silencio absoluto.
Al fondo: dos puertas.
Una oficina.
Una sala de juntas.
Nada más.
Leila avanzó con paso firme, aunque el eco de sus tacones sonaba demasiado fuerte en ese espacio casi vacío.
No estaba nerviosa.
Estaba consciente.
La puerta de la oficina estaba abierta.
La vista fue lo primero que la impactó.
Ventanales de piso a techo. La ciudad extendiéndose abajo como si fuera una maqueta. El cielo gris de la mañana aún cargado de neblina.
Y de espaldas, frente al vidrio, estaba él.
Traje oscuro perfectamente ajustado.
Postura relajada.
Manos en los bolsillos.
No necesitó girarse para saber que ella había llegado.
—Llegas puntual —dijo con voz baja, firme, sin voltear aún.
Leila se detuvo a unos pasos.
—Siempre.
Entonces Thiago Moretti giró.
Su mirada no fue invasiva.
Fue evaluadora.
No la recorrió de arriba abajo.
La sostuvo a la altura de los ojos.
Eso fue lo primero que la descolocó.
—A partir de hoy —continuó él— este piso será tu espacio de trabajo.
No era una pregunta.
Era una decisión tomada.
Leila asintió con profesionalismo.
—Entiendo.
—No solo manejarás mi agenda —agregó, caminando hacia el escritorio minimalista de madera oscura—. Manejarás mi tiempo.
El peso de esa frase no pasó desapercibido.
El tiempo del CEO.
El recurso más valioso.
En ese momento, otra puerta se abrió discretamente.
Tomás Ferrer entró con una tablet en la mano. Su presencia era distinta. Más directa. Más perceptible.
Miró a Leila apenas un segundo más de lo necesario.
No con descaro.
Con análisis.
—La junta de las diez está confirmada —dijo mirando a Thiago—. Los inversionistas ya están en camino.
Thiago asintió sin apartar del todo la atención de Leila.
—Perfecto.
Tomás volvió a mirarla.
—Bienvenida al piso 50.
Su tono tenía algo que ella no descifró del todo.
¿Advertencia?
¿Curiosidad?
¿Interés?
Leila mantuvo la compostura.
—Gracias.
Thiago tomó un expediente y se lo entregó.
—Quiero que revises esta propuesta antes de la junta. Si encuentras algo que no encaje, dímelo. No me importa si contradice mi decisión.
Leila levantó la vista.
—¿Está seguro?
Una leve sombra de sonrisa apareció en él.
—No contrato personas para que me den la razón.
Ese fue el momento.
Pequeño.
Sutil.
Pero distinto.
Durante años, Leila había trabajado para demostrar que era capaz.
Aquí… alguien asumía que ya lo era.
Tomás observó el intercambio con atención silenciosa.
Thiago volvió a mirar hacia la ciudad.
—Tenemos mucho que hacer.
Leila salió hacia la sala contigua para revisar los documentos. El espacio era impecable. Ordenado. Casi clínico.
Pero no se sentía frío.
Se sentía… estratégico.
Desde el ventanal lateral podía ver parte de la oficina principal. La silueta de Thiago contra el cielo gris.
Arriba.
Siempre arriba.
Su teléfono vibró en su bolso.
Elías.
“¿Cenamos hoy? Paso por ti.”
Leila miró el mensaje unos segundos antes de responder.
“Salgo tarde. Te aviso.”
Envió el mensaje y volvió a los documentos.
En el otro lado del cristal, Thiago observaba la ciudad.
Tomás, de pie a su lado, habló en voz baja.
—¿Está segura de que ella es la indicada?
Thiago no dudó.
—Sí.
—Tiene una relación estable con Elías.
—Lo sé.
Tomás guardó silencio un momento.
—Eso podría complicar las cosas.
Thiago giró apenas el rostro.
—Aquí no estamos para complicar vidas personales.
Luego agregó, con calma absoluta:
—Estamos para crecer.
Y en ese instante, sin que ninguno de los tres lo supiera todavía, algo comenzó a desplazarse.
No fue un golpe.
No fue una ruptura.
Fue apenas una línea invisible trazándose entre el Piso 50…
y todo lo que quedaba abajo.