Capítulo 1
Shanti
Hoy será la primera vez que viaje a Londres. Estoy emocionada. Finalmente me he librado de mi hermana, quien siempre quiere estar pegada a mí. Creo que, poco a poco, está aceptando que ya tengo veintisiete años y que puedo explorar el mundo sin que se preocupe tanto. O al menos eso es lo que quiero creer.
Después de una semana en Londres visitando distintos lugares—en especial restaurantes, porque mis emprendimientos consisten en encontrar nuevas comidas para llevarlas a mi país o fusionarlas con ingredientes locales—, mi siguiente destino sería Estados Unidos. Quería visitar a mi hermana, a quien no había visto en dos años porque su situación en ese país no era del todo legal. Esos dos años habían estado llenos de videollamadas y llamadas telefónicas, pero nunca había logrado conseguir la visa para visitarla, ni ella había podido viajar de regreso.
Mientras esperaba en la sala de embarque del aeropuerto, escribía un mensaje para confirmar con mi hermana la hora de mi llegada. Sin embargo, una extraña sensación se instaló en mi cuerpo: alguien me observaba. Decidí ignorar ese sentimiento y concentrarme en esperar su respuesta. Tenía mis AirPods puestos y la música a todo volumen, así que decidí cambiar de canción para distraerme. Pero la sensación de ser observada persistía.
Esta vez sí le hice caso a mis instintos.
Levanté la mirada justo cuando bajaba el volumen de mis audífonos y, por primera vez, la vi.
Era la mujer más hermosa que podría existir.
Me quedé embobada, mirándola sin poder apartar los ojos. Estaba sentada justo enfrente de mí. Mi cabeza me gritaba que dejara de mirarla o pensaría que era una acosadora, pero mis músculos no respondían. No podía apartar la vista. Finalmente, logré hacerlo cuando la vibración de mi teléfono me sacó del trance. Era mi hermana, deseándome un buen viaje y asegurándome que me estaría esperando a mi llegada.
Quise volver a verla, pero el aviso de abordaje me lo impidió. Y peor aún: cuando observé que ella se levantaba y salía corriendo, sin siquiera esperar a que el anuncio terminara.
Una vez dentro del avión, inicié una búsqueda disimulada de su asiento. Fingí ir al baño para buscarla en mi sección, pero cuando no la encontré, me di cuenta de que seguramente estaba en primera clase. Traté de filtrarme, pero una azafata me detuvo y me regresó a mi asiento. No me quedó más remedio que disculparme y resignarme a pasar el vuelo con la duda de quién era aquella mujer.
La azafata sospechaba de mis intenciones y me vigiló todo el trayecto. No hubo forma de escabullirme.
Paulina
Llegué a Londres hace dos días para asistir a un seminario importante sobre cirugía. Después de varias charlas, mi energía estaba completamente agotada. Solo quería llegar a mi departamento y dormir por horas. Sin embargo, mi descanso estaba ahora a miles de kilómetros sobre el mar... y también interrumpido por la imagen de la hermosa chica que, sin planearlo, había visto tres veces en este viaje.
La primera vez la vi cuando me robó un taxi. Yo había levantado la mano para detenerlo, pero ella se adelantó y se subió antes que yo. Ese día me quedé entre enojada y frustrada.
La segunda vez fue esa misma noche, en un restaurante. Estaba sola y pensé en reclamarle por el taxi, pero cuando me acerqué, algo me llamó más la atención: la enorme cantidad de comida chatarra en su mesa. Era una selección poco saludable, y me sorprendía que alguien pudiera comer tanto de una sola vez.
La tercera vez la vi afuera del edificio donde se realizaba el seminario. Al principio, llegué a pensar que me estaba siguiendo, pero deseché la idea. Era imposible. Las veces que nos habíamos cruzado, ni siquiera me había mirado. Siempre estaba absorta en su teléfono, sin prestar atención a su alrededor.
Y ahora, como si el destino estuviera jugando conmigo, estaba nuevamente en frente de mí.
Llevaba puestos unos audífonos inalámbricos y escribía en su celular, sonriendo de vez en cuando. Probablemente mensajeaba a su pareja. Aunque no lo sabía con certeza, parecía lo más lógico.
Vestía unos jeans holgados, un enorme saco y unos lentes. Ahora que podía observarla con detenimiento, noté detalles en su rostro que antes había pasado por alto. Tenía pequeñas marcas casi imperceptibles y una cicatriz en la ceja izquierda. Sus labios eran rosados y brillaban ligeramente cada vez que los humedecía.
Pude haber seguido mirándola por mucho más tiempo, pero entonces ella también me miró. Y no apartó su vista de mí por largos segundos.
Sentí un extraño cosquilleo en el pecho, una agitación que no podía explicar. No era miedo ni incomodidad. Era algo completamente nuevo.
Cuando el anuncio de abordaje resonó en la sala, me obligué a apartar la mirada y, sin pensarlo dos veces, salí huyendo antes de que terminara el mensaje.
Ya en mi asiento, intenté calmar mi acelerado corazón. Qué demonios había sido eso. No encontraba una explicación lógica a lo que sentía, así que decidí la solución más simple: olvidarlo.
O al menos intentarlo.
........................................
Llegué al aeropuerto y, antes de encontrarme con mi hermana, busqué con la mirada a la hermosa mujer que había visto en Londres. Sin embargo, había tanta gente que ni siquiera lograba encontrar a mi propia hermana.
—¡Pequeña! —gritó mi hermana Gina.
La busqué entre la multitud hasta que la vi y alcé la mano en señal de saludo mientras me acercaba. La abracé fuertemente y besé su mejilla. A su lado estaba mi cuñado, a quien solo conocía por videollamadas. Me pareció extraño verlo en persona, después de todo, era la “víctima” de mi hermana.
—Saluda a Dan —me instó Gina.
—Hola, Dan —dije, estirando la mano.
—Hola, Shanti, ¡qué bueno que llegaste! —respondió él, estrechando mi mano con firmeza.
—¿Ni siquiera un abrazo? —protestó mi hermana.
—Será en la despedida —prometí, y Dan asintió con una sonrisa cálida.
—Está bien, vámonos. Dime, pequeña, ¿qué tal el viaje? Y ¿Cómo quedaron mis hijos, Johanna, Amanda y papá? —preguntó sin parar.
—Todos están bien, y el viaje fue largo y agotador... y tú lo estás haciendo aún más agotador —me quejé, rodando los ojos.
—Cariño, la estás abrumando. Primero lleguemos a casa y luego la puedes bombardear con preguntas —sugirió Dan.
—Gracias, Dan —le agradecí, fingiendo alivio—. ¡Ya ves! Él sí es comprensivo y entiende que estoy muerta.
Todos reímos, y finalmente nos dirigimos a casa de mi hermana. Era un lugar acogedor, donde pasamos horas poniéndonos al día sobre mi paso por Londres, mis sobrinos y los proyectos que teníamos en mente. Me quedé con ella una semana antes de regresar, pues había planeado mis vacaciones con mis sobrinos con mucha anticipación.








