Vinotinto Sobre Arena

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Sinopsis

Aquí veremos por primera vez a Nerdjo (Satoru Gojo Nerd) en acción. Follando a una nalgona en la playa.

Genero:
Erotica
Autor/a:
Elbuscado1
Estado:
Completado
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

El sol caía a plomo sobre la costa, un castigo inclemente de treinta y cuatro grados que convertía la arena en una plancha de asar. Toru Gojo se encontaba refugiado bajo la sombra de una sombrilla azul marino, ajustandos las gafas de montura gruesa que se le resbalaban por el puente de su perfecta nariz cubierta de sudor. Frente a él, el brillo opaco de la pantalla de su laptop mostraba cientos de líneas de código y ecuaciones estadísticas en las que llevaba trabajando desde las seis de la mañana.

Toru odiaba la playa. Odiaba la arena metiéndose en lugares donde no debía, odiaba el olor empalagoso a coco barato de los bronceadores, y sobre todo, odiaba a la gente ruidosa.

Estaba allí por pura necesidad: el apartamento que alquilaba estaba siendo fumigado y la cafetería local tenía el aire acondicionado averiado. Así que allí estaba, el brillante y autoproclamado genio del departamento de ciencias aplicadas, "Nerdjo" —como le decían los idiotas de la fraternidad de su hermano— sudando como un cerdo mientras intentaba compilar una red neuronal.

Tecleó con fuerza, frunciendo el ceño. —Concéntrate—. Línea 402. Error de sintaxis.

Fue entonces cuando la estática del mundo exterior se rompió. No fue un ruido, sino una alteración en la periferia de su visión a través del mar de pieles quemadas, y trajes de baño fluorescentes. Satoru levantó la vista de la pantalla, solo una fracción de segundo, solo para descansar los ojos. Y su cerebro, que procesaba información a una velocidad aterradora, se detuvo por completo. Se quedó en blanco.

A escasos tres metros de su toalla, acababa de detenerse una mujer. No era su rostro lo que lo paralizó —ni siquiera podía vérselo bien, oculto bajo la visera de una gorra beige—, sino la obscena, rotunda y casi violenta exhibición de pura geometría carnal que se presentaba de espaldas a él. Llevaba un biquini color vinotinto. Llamarlo "biquini" era un acto de fe; era un par de hilos tensados al máximo, luchando una guerra perdida contra la gravedad y la abundancia. La parte inferior era una tanga minúscula que se hundía sin piedad en la grieta de un culo espectacularmente grande, redondo y firme. Las nalgas de la chica eran dos hemisferios perfectos de piel bronceada, suaves, macizas y tan expuestas que Satoru sintió que el simple hecho de tener los ojos abiertos era un delito. El color rojo oscuro del vino contrastaba de una forma enfermizamente erótica con el tono dorado de su piel.

—Mierda—. Satoru tragó saliva, sintiendo la garganta áspera. —Mierda, no mires. Vuelve al código—.

Apretó los dientes y clavó los ojos azules, ocultos tras los gruesos cristales de sus gafas, de nuevo en el monitor. Pero la imagen ya estaba grabada a fuego en sus retinas. El peso visual de esas nalgas. La forma en que la carne rebotó, solo un milímetro, cuando ella plantó los pies en la arena para dejar su bolso.

—Demonios... —murmuró para sí mismo, con la voz ronca.

Se obligó a teclear.

—If... else... return…— Las palabras no tenían sentido.

La periferia de su visión era un campo minado. Sabía que ella estaba allí. Podía escuchar el sonido de la cremallera de su bolso, más no levantes la puta vista.

La chica, ajena al colapso mental del estudiante de doctorado a sus espaldas, sacó una toalla y se inclinó para extenderla. El movimiento fue lento. Exasperantemente lento. Satoru, traicionado por sus propios reflejos, alzó la mirada justo en el momento en que ella doblaba la cintura a noventa grados. Las rodillas de la chica se mantuvieron rectas. La tela vinotinto de la tanga se estiró, revelando aún más. Al inclinarse, las nalgas se separaron ligeramente, ofreciendo a Satoru una vista directa, cruda y sin censura de la curva interna de sus muslos y de la forma en que la fina tira de tela desaparecía por completo entre sus labios, tragada por la carne. Era un culo perfecto, glorioso y grande, apuntando directamente a su cara.

Una descarga eléctrica de pura y dura lujuria atravesó la espina dorsal de Satoru. Su pene, hasta hace un minuto dormida e ignorada, dio un tirón violento contra la tela de sus bermudas oscuras. Se estaba endureciendo a una velocidad alarmante, latiendo con una exigencia furiosa y caliente.

—Respira respira… —se ordenó a sí mismo, clavándose las uñas en las palmas de las manos—. Es solo carne. Es solo un culo. Ya has visto culos antes. Pero no había visto este culo. No a tres metros. No con esa forma perfecta de durazno maduro, tan firme que parecía esculpido, pero con la suavidad suficiente para saber que, si lo agarrabas, tus dedos se hundirían profundamente—. Decía en su mente mientras miraba por el rabillo de sus ojos a la mujer.

Ella se irguió de nuevo, estirando los brazos hacia el cielo, arqueando la espalda. El movimiento hizo que la tanga se ajustara aún más alto en sus caderas. Satoru cerró los ojos detrás de las gafas, respirando por la boca, sintiendo el sudor frío perlársele en la frente. Su erección ya era un problema serio, presionando dolorosamente contra la costura de las bermudas. Se cruzó de piernas debajo del teclado, una maniobra torpe para ocultar el bulto. Abrió los ojos. Miró la pantalla. Las letras bailaban. De repente, una sombra cayó sobre su laptop.

—Hola—. La voz era suave, casi melódica, con un ligero tono de pereza.

Toru levantó la cabeza muy despacio, obligándose a no detener la mirada en la vagina cubierta por la tela inferior, ni en el abdomen plano, ni en los pechos apretados en el sostén vinotinto, y subió directamente hasta su rostro.

Ella lo miraba desde arriba. Tenía los ojos oscuros y una sonrisa lánguida.

—Eh... hola —logró articular Satoru. Su voz sonó más grave de lo normal, tensa, casi enfadada por el esfuerzo sobrehumano de control.

—Perdona que te moleste —dijo ella, señalando con un pulgar por encima de su hombro hacia su toalla—. ¿Tienes un encendedor por casualidad? El mío se quedó sin gas.—

—No le mires el cuerpo. Mírale los ojos. Solo los putos ojos, Gojo.— Lo siento, pero yo no fumo. —respondió él, seco, cortante, intentando despacharla. Necesitaba que se alejara antes de que el instinto animal tomara el control y terminara mirándole las tetas o, peor aún, que sus ojos se desviaran hacia abajo, donde sabía que el hilo vinotinto apenas cubría lo indispensable.

—Mhm. Lástima —murmuró ella. No pareció inmutarse por su frialdad.

En lugar de irse, cambió el peso de una pierna a la otra. El movimiento fue una condena. Al desplazar la cadera, el muslo derecho se tensó y la nalga de ese lado se contrajo, mostrando la perfección del músculo bajo la piel. Satoru, traicionado una vez más por su visión periférica, lo notó. Su mandíbula se apretó tanto que le dolieron las muelas. El bulto en su entrepierna palpitó, duro como el acero, exigiendo atención.

—Qué estudioso estás para estar en la playa —comentó ella, inclinándose ligeramente hacia adelante para mirar la pantalla de su laptop.

Al hacerlo, apoyó una mano en su propio muslo, flexionando las rodillas. Para Toru, que estaba sentado en el nivel del suelo, el ángulo fue devastador. La chica le estaba dando una vista en picado de su entrepierna. La parte delantera de la braga vinotinto era tan diminuta como la trasera; un triángulo ridículo de tela que apenas contenía la leve hinchazón de su sexo. Pudo ver la línea perfecta de su vagina, la piel tersa y brillante por el calor. Y detrás de eso, entre sus piernas, su culo asomandoce. Toru dejó de respirar. El silencio se prolongó. Él no miraba la pantalla; miraba sus propios dedos temblorosos suspendidos sobre el teclado. Si movía los ojos un centímetro hacia arriba, estaría mirando directamente el paraíso entangado de esta desconocida.

—Resiste, Toru. Eres un profesional.—Es... solo trabajo —gruñó Satoru, tragando saliva ruidosamente. Subió la vista violentamente hasta clavarla en los ojos de ella, casi con rabia—. Redes neuronales. Cosas aburridas—.

Ella sonrió, una sonrisa lenta y algo burlona, como si notara la tensión que emanaba del chico de las gafas gruesas, aunque probablemente pensó que era simple torpeza social y no el hecho de que él estaba al borde de una implosión por culpa de sus nalgas.

—Suena aburrido, sí. Bueno, te dejo con tu código.— Se dio la vuelta, y Toru no pudo apartar la mirada a tiempo.

Vio la coreografía exacta de sus caderas girando, el momento preciso en que la gravedad y la carne chocaban. El culo vinotinto tembló suavemente al dar el primer paso. Era hipnótico. Un vaivén pesado, opulento. Cada paso que daba alejándose hacia su toalla era una tortura. Satoru se quedó mirando cómo caminaba, cómo la arena cedía bajo sus pies, cómo las nalgas subían y bajaban, tragándose la poca tela que quedaba.

—Me cago en la puta madre... —susurró, quitándose las gafas con una mano temblorosa para frotarse los ojos.

Estaba sudando, y no era por el sol. El calor nacía de su pelvis y se irradiaba a todo su cuerpo. Quería arrancar la pantalla de la laptop, tirarla al mar, acercarse a esa chica por la espalda, agarrarla por las caderas y hundir el rostro en ese culo hasta asfixiarse. La fantasía fue tan gráfica y repentina que tuvo que morderse el labio interior hasta recuperar la cordura.

La chica llegó a su toalla. En lugar de acostarse, se arrodilló sobre ella. Se quitó la gorra, sacudió su cabello y luego buscó en su bolso. Toru, incapaz de desviar la vista, se convirtió en un espectador condenado. Ella sacó un frasco de aceite bronceador. Se sentó sobre sus talones, dándole la espalda a él nuevamente. Satoru vio cómo echaba el líquido en sus manos. Luego, la chica llevó las manos hacia atrás, hacia sus propias nalgas.

—No. No. No hagas eso—. Ella empezó a masajear el aceite sobre la piel de su culo. Sus propias manos esparciendo el líquido brillante sobre los inmensos globos de carne, frotando la curva, subiendo por la parte alta del muslo y rozando peligrosamente los bordes del hilo vinotinto. La piel bronceada adquirió un brillo húmedo y pecaminoso bajo el sol.

Toru dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola en el tubo de metal de la sombrilla, respirando de forma irregular.

Cerró los ojos con fuerza.

—Piensa en algoritmos. Piensa en derivadas. Piensa en el puto decano de la facultad—.

Abrió los ojos. Ella había cambiado de posición. Ahora estaba a cuatro patas sobre la toalla, buscando algo en el fondo de su bolso. El corazón de Toru dio un vuelco doloroso. Desde su ángulo, la vista era obscena. Al estar a gatas, su culo se elevaba hacia el cielo como una ofrenda. Las nalgas, ahora brillantes por el aceite, estaban completamente separadas, y la diminuta tanga parecía haber desaparecido por completo, succionada por el cuerpo. Toru podía ver cada milímetro del contorno, la sombra del pliegue donde sus muslos se encontraban con las nalgas, la tensión de la carne. Era una invitación abierta, un cuadro porno puesto en medio de una playa pública.

Ella no lo sabía. O tal vez sí, pero a Satoru no le importaba. El hecho de que estuviera mostrándole esa vista, esa perfección geométrica y carnal de manera tan despreocupada, lo estaba volviendo loco. Su polla estaba dolorosamente dura. Se frotó disimuladamente a través de la tela de la bermuda, buscando alivio de la presión, pero solo empeoró las cosas. El contacto lo hizo gruñir en voz baja. Quería cogersela. Quería agarrarla justo en esa posición, apartar a un lado esa mierda de hilo vinotinto y enterrarse en ella hasta el fondo.

La chica se enderezó finalmente, habiendo encontrado unos auriculares, y se tumbó boca abajo en la toalla.Satoru se quedó paralizado, respirando agitado. Frente a él, a tres malditos metros, descansaba el par de nalgas más perfectas que había visto en la playa, ahora en reposo absoluto, aplastándose ligeramente contra la toalla, brillando bajo el sol.Apretó los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos. Volvió a colocarse las gafas, acercó la laptop y clavó los ojos en la pantalla. Sus pupilas estaban dilatadas, su pecho subía y bajaba rápidamente, y la erección en sus pantalones no mostraba signos de desaparecer.

—Línea 402 —murmuró, con la voz rota y desesperada, mientras el hilo vinotinto y el brillo del aceite seguían quemando en el borde de su visión—. Error de sintaxis…— Iba a ser un día muy, muy largo. Y Satoru Gojo estaba a punto de descubrir que ni toda su inteligencia podía salvarlo de los instintos más básicos y primitivos que esa mujer, con su culo desnudo al aire, acababa de despertar en él.