Las Conchas Malditas

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Sinopsis

Las Conchas Malditas es un relato que entrelaza dos tiempos y dos destinos unidos por el mar. En la antigua tierra maya, un pescador implora a Chaac por una jornada abundante sin ofrecer ofrenda, desatando la ira del dios y una tragedia que lo marcará más allá de la muerte. Siglos después, una pareja de inmigrantes, que ha luchado por reencontrarse y construir una vida digna, disfruta un día en la Playa del Golfo sin sospechar que tres hermosas conchas marinas arrastran una antigua maldición.

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Capítulo 1

La Faena

El canto del gallo y el aroma penetrante de las flores de naranjo lo arrancaron de los últimos vestigios del sueño para enfrentarse a la realidad de un nuevo día de trabajo. Al desperezarse, sus ojos se posaron en la mujer que dormía tranquila a su lado, y una sonrisa serena iluminó su rostro. A pesar de cinco años de convivencia, de haber dado a luz a sus dos hijos y de soportar la dura vida como esposa de un pescador, su belleza permanecía intacta. La besó suavemente en la mejilla, y el aroma a azahar que se desprendía de su cabello reafirmó sus sentimientos, recordándole que hoy era su cumpleaños.

Se incorporó de la estera, encendió la lámpara de aceite y la colocó sobre la mesa, iluminando la única habitación de la vivienda. La había construido junto a su padre cuando alcanzó la mayoría de edad: un rectángulo sencillo de troncos y paja, sin ventanas y con dos puertas opuestas.

Al salir al patio recogió sus aparejos de pesca. Antes de partir, se despidió con un beso de sus hijos, que aún dormían plácidamente, mientras revivía la graciosa petición del menor: —Mañana, el pescado más grande será para mí.

Cerrando los ojos, murmuró una plegaria: ”Gran Chaac, Señor de los cuatro puntos y Gobernante de las lluvias y las tormentas, con tu infinito poder apacigua las aguas para que mi faena sea abundante y rebose mis redes, trampas y sedales.”

Con paso firme, emprendió el camino que lo llevaba a la playa donde reposaba su canoa. Ajustó sus aparejos, empujó la embarcación hasta hacerla flotar, y al abordar, comenzó a remar adentrándose en el vasto mar.

Cenote Sagrado de Chichén Itzá

El dios Chaac no podía ocultar su enojo. “¡Cómo se atrevía ese mortal a solicitarle un favor sin ofrecer a cambio una ofrenda!”

Su cenote se encontraba repleto de piezas de oro, hermosas cerámicas y, las ofrendas más preciadas por él: ¡humanos! Los restos óseos de estas ofrendas estaban esparcidos sobre el fondo del cenote como prueba de su importancia y poder.

“Ese atrevimiento merece un castigo”, pensó. “Lo voy a premiar con un amanecer especialmente tranquilo para que su faena sea abundante, como la pidió. Pero, a cambio, le quitaré su principal fuente de alegría: su familia.”

“Pero yo soy un dios justo. Le cambiaré las tres vidas de su familia por tres de mis hermosas conchas marinas. De esa manera, cada vez que las contemple, se acordará de cómo debe ser tratado un dios como yo.”

El Hallazgo

La claridad del amanecer comenzaba a teñir las tranquilas aguas con un azul profundo, anunciando el fin de su faena. Su plegaria había sido escuchada. Con alegría por el fruto de su esfuerzo, dirigió la canoa hacia la orilla, recogiendo los sedales y trampas junto con su generosa captura. Entonces, un brillo en el agua atrapó su atención. Sobre la arena sumergida descansaban tres hermosas conchas marinas, que irradiaban un espectáculo de tonos nacarados bajo la luz del sol naciente.

—¡Chaac sigue bendiciéndome! —exclamó con entusiasmo—. ¡Estas conchas serán el regalo perfecto para ella! ¡Puedo imaginar la admiración que despertará cuando las luzca en el Festival de La Luna!

Con cuidado, guardó las preciosas conchas y, con el producto de su pesca, emprendió el regreso hacia su choza.

La Maldición

Los variados sonidos de la naturaleza que despertaba lo acompañaban mientras caminaba por el sendero. Sin embargo, algo no estaba bien. Un persistente olor a quemado lo detuvo en seco. ”¡Dejé la lámpara encendida!”, recordó con angustia.

De inmediato, comenzó a correr, rogando que sus temores fueran infundados. Pero, al llegar, la realidad golpeó con la fuerza de una ola devastadora. Su vivienda, su refugio y su familia habían quedado reducidos a cenizas. El dolor lo atenazó, profundo e implacable, como si le arrancaran el alma misma.

—¿Por qué, Chaac? —clamó al cielo entre lágrimas que nublaban su visión.

Entonces, recordó el hallazgo de las tres conchas y, como un rayo fulminante, entendió el cruel intercambio que había tenido lugar. El despiadado dios había tomado las vidas de sus seres más queridos como pago por la belleza de las conchas nacaradas. Había equiparado el esplendor de esas piezas del mar con la felicidad que él tanto valoraba.

Invadido por la furia y la impotencia, levantó el rostro al cielo y gritó con todo su dolor: —¡Maldito! ¿Crees que esas conchas que me diste valen lo que me arrebataste? ¡No es así! ¡Maldigo a esas conchas y te las devolveré malditas! ¡Jamás volverás a intercambiarlas! Cada vez que lo intentes, yo me encargaré de que fracases. ¡Daré mi vida por ello!

Despojado de toda esperanza y sin fuerza alguna para seguir adelante, tomó las tres conchas y regresó a la playa. Se adentró en el mar, ese vasto y eterno escenario que había sido su sustento, y lo convirtió en su tumba. Allí, juró convertirse en un espíritu vigilante y vengativo, siempre acechando, siempre protegiendo, para que ese cruel dios nunca volviera a cometer una injusticia similar.

Día de Playa

—Cariño, despierta, hoy es día de playa —murmuró ella dulcemente en su oído.

Al escuchar su voz, él abrió los ojos y, mientras bostezaba y estiraba su cuerpo, agradeció al Creador el regalo que ella representaba. Seis años atrás, tuvo que abandonar su país y emigrar hacia el norte, forzado por circunstancias políticas. Separarse de ella fue el precio más doloroso de aquella decisión, incluso más que las largas jornadas de trabajo. Sin embargo, ese sacrificio le permitió soportar la soledad y ahorrar lo suficiente para afrontar el largo y costoso proceso de inmigración que los reunió nuevamente.

Tras asearse y vestirse, se dirigió a la cocina, donde ella preparaba el desayuno. —¿Qué estás cocinando? —preguntó él, curioso. —Panqueques, con huevos fritos, tocino y café —respondió ella con una sonrisa—. ¿Qué miel prefieres para acompañar? —¡Mamita, eso ni se pregunta! —dijo él, divertido—. ¡De abejas! La otra no me gusta.

Con esa complicidad cotidiana, besó su mejilla y ambos se sentaron a la mesa, disfrutando juntos del desayuno. Mientras comían, decidieron visitar la Playa del Golfo, conocida por su tranquilidad. Al terminar, organizaron sus cosas: el parasol, las sillas playeras, los vasos térmicos, la nevera y el parlante. Con todo listo, abordaron su vehículo y emprendieron el viaje, con la promesa de un día perfecto bajo el sol y frente al mar.

El Viaje

Al salir del edificio, él tomó la carretera 12 y avanzó hacia el oeste. Al interceptar la autopista 9, giró hacia el sur, recorriendo una ruta que conocía de memoria. Durante los años de soledad, todas las noches regresaba del hotel donde trabajaba y encontraba consuelo en ese camino. Las interminables plantaciones de naranjos que flanqueaban la carretera perfumaban el aire con el inconfundible aroma de azahar, aliviando su nostalgia por ella y por los días que tanto extrañaba.

Mientras pasaban por el barrio donde ambos trabajaban, limpiando y preparando villas vacacionales para los nuevos huéspedes, él preguntó: —¿Ya te llegó el correo con la nueva programación? —Todavía no —respondió ella—. Cristiane siempre lo envía los domingos por la tarde. Al regreso, lo reviso. —Con una sonrisa cómplice, añadió:— Deja de preocuparte. Disfrutemos el paseo. Mientras hablaba, lo pellizcó con cariño en la mejilla, provocándole una sonrisa.

Tras conducir un poco, interceptó la autopista 5 y giró hacia el oeste. Aquel domingo a finales de marzo, a las diez de la mañana, la ciudad celebraba la llegada de la primavera. Aunque no nevaba allí, los vientos fríos que descendían del norte los habían obligado a abrigarse y refugiarse durante el invierno. Ahora, ansiosos por disfrutar del sol y la calidez que ofrecía ese día brillante, los habitantes llenaban la autopista, todos con el mismo destino: la playa.

—Hay bastante tráfico y la autopista está en reparación. Esperemos que no haya demoras —comentó él, señalando el aviso de precaución. Avanzaron con cuidado, siguiendo las señales que indicaban desvíos y cambios de carril. Poco a poco, dejaron atrás el tramo en reparación y, para su alivio, el tráfico comenzó a fluir con normalidad.

Playa del Golfo

—¿Qué almorzaremos? —preguntó ella mientras ingresaban a la ciudad vecina. —Más adelante hay un “Supermercado Caribeño”. Allí compraremos algo —respondió él.

Al llegar al supermercado, seleccionaron pollo frito, queso americano, una botella de vino tinto, una de refresco de limón, una bolsa de hielo en cubos y dos botellas de agua. Con cuidado, colocaron el hielo, el agua, el queso, el vino y el refresco de limón en la nevera, y guardaron el pollo en una bolsa térmica antes de reanudar su viaje.

Para llegar a Playa del Golfo, debían recorrer una carretera construida sobre un lecho de rocas que cruzaba un pequeño cuerpo de mar, conectando la ciudad con su destino. Aquella sección del trayecto siempre resultaba la más placentera. El mar se extendía a ambos lados, ofreciendo un espectáculo de inmensidad, mientras el aire se llenaba con su aroma salado y el graznido de las gaviotas que se disputaban su pesca resonaba como un himno de libertad. Era un momento que evocaba ese sentimiento único que solo el mar podía brindarles.

Al final del camino, giraron en la rotonda y se dirigieron hacia el Lote A para estacionar su auto. Sin embargo, un funcionario les mostró un aviso de “Lote lleno” y los redirigió al Lote B. Al llegar allí, encontraron que también estaba completamente ocupado, lo que los obligó a continuar hasta el Lote C. Finalmente, lograron un espacio para estacionar. Tras pagar el valor del aparcamiento, organizaron sus pertenencias, cargaron las cosas necesarias y se encaminaron hacia la playa.

Las Tres Conchas

Playa del Golfo no era una playa común. Además de la impresionante belleza de su paisaje, era conocida por la frescura de su arena. Sin importar la intensidad del sol, siempre se mantenía lo suficientemente fresca para caminar descalzo sin temor a quemarse. Aquel domingo, el sector más alejado de la entrada estaba casi desierto, lo que les permitió instalarse rápidamente y comenzar a disfrutar de su día.

Ella preparó dos tintos de verano en los vasos térmicos, mientras él sincronizaba el parlante con su celular. La música y las refrescantes bebidas se mezclaron con la sensación de bienestar que solo el mar podía proporcionar. Los distintos tonos de azul del cielo y el océano, encontrándose en el horizonte, parecían eternos, apenas interrumpidos por unos lejanos nubarrones. Entre sorbos de vino y pequeños trozos de queso, charlaron sobre sus esperanzas y los planes para alcanzarlas, compartiendo un momento de profunda complicidad.

Un rato después, decidieron darse un baño. Mientras ella se sumergía en el agua, sintió algo bajo sus pies. Intrigada, buceó brevemente y emergió con una radiante sonrisa y tres hermosas conchas marinas en sus manos.

—¡Mira lo que encontré! —exclamó con entusiasmo—. ¡Hace unos días pensaba en darle un nuevo aire a mis diseños, Son perfectas!—Su imaginación voló al pensar en el juego de collar y aretes que crearía con ellas, piezas únicas que sin duda serían un éxito en su negocio de artesanías.

Cambio de Suerte

Al regresar a la playa, notaron que aquellos lejanos nubarrones que asomaban por el horizonte se habían acercado, trayendo consigo la amenaza de una tormenta. El eco profundo de los truenos alertó a los salvavidas, que presurosos hicieron sonar sus silbatos, indicando a todos que debían abandonar la playa.

La tormenta apenas les dio tiempo suficiente para recoger sus pertenencias y regresar al auto. La lluvia comenzó a caer con fuerza y los granos de arena, ahora mojados, se adherían a sus pies como si quisieran impedir su retiro, demorándolos un poco. Casi empapados por el mar y la lluvia, llegaron al aparcamiento, guardaron todo y entraron al vehículo, donde procedieron a secarse.

Mientras él limpiaba las gotas de lluvia que empañaban sus lentes, un crujido seco interrumpió su intento: ¡El puente de los lentes se había partido!

Desconcertado y con los lentes separados e inservibles en sus manos exclamó: —¡Carajo, mira lo que sucedió! —¡Ay, amor! ¿Trajiste los de repuesto? —No, los dejé en casa. —contestó apesadumbrado. —¿Y ahora qué hacemos? —Vas a tener que conducir tú. —¿Yo? ¡No tengo mucha experiencia! Tú siempre eres quien maneja —respondió ella alarmada. Pero, al darse cuenta de que no había otra opción, aceptó y tomó el volante para conducir de regreso a casa.

La lluvia, implacable, envolvía el auto, poniendo a prueba los limpiaparabrisas, que apenas lograban abrirse paso en la cortina de agua. La visibilidad era escasa, y las señales de desvío les causaban confusión. En uno de esos desvíos, terminaron por error en una carretera secundaria.

—¡Me salí de la autopista! ¿Qué hago? —exclamó ella, preocupada. —Tranquila, sigue conduciendo. Más adelante debe haber un retorno —la tranquilizó él, esforzándose por divisar algo a través de sus lentes rotos.

Al cabo de un rato, llegaron a un peaje. Mientras pagaban, preguntaron a la cajera por el retorno. Ella les indicó que lo encontrarían más adelante. Sin embargo, tras recorrer un largo trecho sin rastro del ansiado retorno, llegaron a otro peaje. Extrañados, volvieron a preguntar.

—¿No lo vieron? —respondió la empleada con sorpresa—. Estaba a un kilómetro después del primer peaje. El próximo retorno está tomando la segunda salida de la rotonda en la entrada de la ciudad. Resignados y algo molestos por el costo extra de su frustrado día de playa, continuaron el viaje. Para su fortuna, la tormenta finalmente cedió, dejando paso a un alivio inesperado. Entre charcos y con un cielo despejado, lograron regresar a la autopista.

—¿Qué tal si alquilamos una película en Red Box, compramos una bolsa de palomitas y no perdemos el día? —sugirió él. —Me parece buena idea —asintió ella. Mientras conducía, ella pensó: “Cuando lleguemos, me daré un buen baño, me pondré la pijama más fresca y disfrutaremos del agradable y fresco ambiente de nuestro apartamento. ¡Qué delicia!”

Ingresaron a la ciudad, hicieron una parada para lo de la película y las palomitas y regresaron a casa.

Lo Negativo Continúa

Al abrir la puerta de entrada, el calor sofocante que los recibió no era el frescor que anhelaban. Alarmado, él se dirigió de inmediato hacia los controles del aire acondicionado. Tras unos momentos examinándolo, exclamó con frustración: —¡No está enfriando!

—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó ella, preocupada. —No podemos hacer nada. Mañana avisaremos a la Administración para que lo reparen —respondió él, resignado. Con un suspiro, le sugirió que verificara si Cristiane había enviado la programación de la semana. Ella tomó su móvil, revisó sus correos y encontró el esperado mensaje. Tras leerlo, le informó, algo desconcertada, que no habría villas para limpiar esa semana.

—¿Te explica por qué? —preguntó él con curiosidad. —Sí. Recibieron varias cancelaciones —respondió ella. —Bueno, veámoslo por el lado amable —dijo él con una sonrisa, intentando aliviar la tensión—. ¡Vamos a descansar por las mañanas toda la semana! Y, para hacerla reír, comenzó a hacerle cosquillas, borrando la preocupación de su rostro. Consumieron lo que quedaba del frustrado día de playa y se sentaron frente al televisor hasta que el sueño los venció.

A la mañana siguiente, reportaron la falla del aire acondicionado en la Administración y decidieron aprovechar la mañana libre para holgazanear en un centro comercial antes de dirigirse a su segundo trabajo.

—¿Esos lentes todavía te sirven? —le preguntó ella al verlo con sus viejos lentes. —Sí, la medida no cambió mucho. De camino al Mall, paramos en la óptica para ordenar los nuevos. A propósito, ¿A qué Mall quieres ir? —Vayamos al Premium. Allí podremos almorzar y queda camino al trabajo —contestó ella mientras se dirigían hacia el aparcamiento.

Pero, al llegar al auto, se encontraron con una nueva sorpresa: la llanta delantera izquierda estaba completamente desinflada. —¡Lo que faltaba! —gritó él con rabia, consciente de que sus planes se verían frustrados por este nuevo contratiempo. Sin otra opción, cambió la llanta dañada por la de repuesto y se dirigieron al almacén de autopartes más cercano para resolver el problema. Allí compraron una nueva llanta y esperaron a que la instalaran.

Mientras aguardaban, ella le preguntó: —¿Cuándo llegan los aumentos?

Entusiasmado, él contestó—Le escuché decir al supervisor que, la próxima semana, comienzan las evaluaciones. Nosotros no tendremos problema. Nunca faltamos y hacemos nuestro trabajo bien, es más, cada rato nos felicitan: ¡Good job! Es la frase preferida de mi supervisor cuando me palmotea la espalda. —Ojalá sea así. Necesitamos más dinero porque los ingresos con Cristiane son muy variables —comentó ella.

Cuando les entregaron el carro, salieron apresurados hacia su segundo trabajo y afortunadamente llegaron a tiempo. Después de la reunión habitual, el supervisor los llamó a ambos a la oficina del jefe. Con tono serio, les notificaron que, debido a una reducción de personal, la compañía había decidido prescindir de sus servicios.

Desconcertados y abatidos, salieron de la oficina. En silencio, se dirigieron al auto y emprendieron el regreso a su apartamento, cargando sobre los hombros el peso de aquel día que parecía no dar tregua.

La Devolución

—¿Qué hemos hecho para merecer esta racha de mala suerte? —preguntó él a su compañera, en busca de una respuesta que explicara lo inexplicable. —¡Las conchas! —exclamó ella de repente—. Anoche tuve un sueño muy extraño. No lo recuerdo del todo bien, pero en él una voz me repetía una y otra vez: “¡Devuélvelas al mar!”.

—¿Será eso? —cuestionó él, dubitativo, mientras intentaba procesar aquella revelación. —¿Y qué más podría ser? ¡No perdamos más tiempo! Regresemos a Playa del Golfo y tiremos esas conchas al mar —concluyó ella, con firmeza en su tono.

Guiados por ese presentimiento y con la esperanza de terminar con el infortunio que los perseguía, se apresuraron a regresar a Playa del Golfo. Al llegar, caminaron hacia la orilla y, sin dudarlo más, arrojaron las tres conchas al mar, como si ese acto sencillo pudiera cambiar el rumbo de los acontecimientos.

Retorna la Normalidad

Al regresar a su apartamento, se encontraron con una grata sorpresa: el aire acondicionado había sido reparado. Mientras estaban sentados en la sala, buscando soluciones para mejorar su situación, el celular de ella anunció una llamada entrante. Era Cristiane, quien les informó que necesitaba su ayuda porque la persona programada para las limpiezas de esa semana no podía hacerlo. Además, les adelantó que se aproximaba una temporada de bastante trabajo. Sin dudarlo, ella aceptó antes de colgar.

Mientras esto ocurría, él revisó su correo y encontró una comunicación de “Hoteles Bella Mar”. Semanas atrás, ambos habían aplicado para trabajar allí debido a la cercanía con su vivienda. Al leerla, descubrió emocionado que había sido aceptado y que debía presentarse dentro de dos días para la jornada de inducción.

—¡Me aceptaron en Bella Mar! ¡Revisa tu correo! —exclamó, lleno de alegría. Ella, intrigada, abrió su correo y confirmó que también había sido aceptada.

—¡Mira cómo nos cambió la suerte desde que regresamos esas conchas! —afirmó ella, abrazándolo con entusiasmo, mientras celebraban el giro positivo que había dado su vida. Después de pasar por momentos difíciles, ahora disfrutaban de una nueva realidad: tendrían abundante trabajo por la mañana, lo que representaría ingresos extra; además, el nuevo empleo estaba cerca de casa, en una mejor compañía, lo que significaba ahorro en tiempo y combustible, junto con beneficios laborales superiores.

Contentos y llenos de esperanza, se dedicaron a disfrutar el resto del día. Mientras tanto, en algún lugar bajo las aguas de Playa del Golfo, un espíritu vigilante y vengativo sonreía satisfecho, sabiendo que una vez más había logrado su propósito: evitar que Chaac alimentara su crueldad con la felicidad ajena.