Capítulo 1: El encuentro
«Malditos tacones. ¿En qué estaba pensando?», se repetía Laura mientras avanzaba por el pasillo, tratando de no perder el equilibrio. Llevaba sujetando con ambos brazos varias cajas repletas de material didáctico que, entre el apuro y el cansancio, sentía que pesaban una tonelada. Iba tarde. Tardísimo. Y después de todo lo que le había costado conseguir su primer empleo, no podía permitirse llegar tarde el primer día, mucho menos perderlo.
No era por falta de confianza en sus capacidades como profesora. Todo lo contrario. El problema era que nunca la había dejado trabajar. Desde que terminó sus estudios, su madre había insistido en que todavía era muy joven, que debía esperar, que no tenía experiencia suficiente y que el mundo laboral podía ser demasiado complicado para ella. Siempre había sido demasiado sobreprotectora.
Conseguir aquel puesto había sido toda una batalla. Era una novata, sin experiencia, y aun así había logrado que le dieran una oportunidad. Bueno, ella y, en buena parte, su tía Carolina, que había tenido que ayudarla a convencer a su madre de que ya era hora de dejarla empezar su propia vida.
Por eso perder el trabajo el primer día sería mucho más que un simple error. Sería darle la razón a su madre. Y después de todo lo que Carolina había hecho para ayudarla a conseguir aquella oportunidad, tampoco podía fallarle.
Apretó el paso. No podía llegar tarde. No hoy.
Apretó el paso, decidida a recuperar el tiempo perdido. A su alrededor, las risas, los gritos y las conversaciones de los cientos de alumnos que, al igual que ella, corrían presurosos hacia sus aulas se mezclaban en un bullicio ensordecedor. Apenas tenía tiempo de mirar por dónde iba. Los largos pasillos del internado estaban cubiertos de losetas pulidas y brillantes que reflejaban la luz de los ventanales. Entonces, en un descuido, su tacón resbaló sobre una de ellas.
—¡Ah!
Su pie se torció de golpe y perdió el equilibrio.
Sintió un vacío en el estómago mientras las cajas con los materiales se le escapaban de los brazos. Cerró los ojos, preparándose para el golpe seco contra el suelo.
El impacto nunca llegó. Una mano firme y cálida le rodeó la cintura. Dios, qué hombre. Era alto, fornido, de hombros anchos y una presencia que imponía incluso sin proponérselo. Vestía un pantalón de tela de vestir, una camisa impecable y unos zapatos tan brillantes que parecían recién lustrados. Su cabello negro contrastaba con la tez clara de su rostro, y aquellos ojos grises...
Pero esa mirada. Había una tristeza ahí que la dejaba helada.
¿Por qué el corazón le latía de aquella manera?
El rubor le encendió el rostro de golpe. La calidez de aquella mano seguía rodeándole la cintura, mientras el aliento del extraño estaba demasiado cerca. Se quedó allí, suspendida en el gris de esos ojos, esperando quizá un «¿se encuentra bien?» o una sonrisa, hasta que una voz dura y grave la devolvió a la realidad.
—Tenga más cuidado.
Y ya está. Ni una palabra más. La dejó allí como si fuese un paquete que le estorbaba el paso y siguió su camino sin mirar atrás. Laura se quedó petrificada.
Durante unos segundos no supo qué hacer ni qué pensar. Sentía todavía el calor de aquella mano en su cintura y el eco de aquella voz grave resonándole en los oídos. El corazón le golpeaba con fuerza y un extraño cosquilleo le recorría el cuerpo. ¿Qué demonios acababa de pasar?
Parpadeó varias veces, intentando recuperar la compostura. Entonces bajó la mirada y vio las cartulinas esparcidas por el suelo.
—Genial... —murmuró, más para sí misma que para nadie.
Antes de que pudiera agacharse, unas pequeñas manos comenzaron a recogerlas.
Laura levantó la vista.
Frente a ella había un niño de unos siete u ocho años. Era pequeño, de aspecto delicado, y tenía una mirada dulce y curiosa que contrastaba con la seriedad con la que se había puesto a juntar las cartulinas. Vestía un guardapolvo celeste, ligeramente arrugado, y llevaba una mochila pequeña colgada de un hombro.
—Se le cayeron todas —dijo con sencillez.
Laura soltó una pequeña risa, todavía nerviosa.
—Sí... parece que hoy no es mi día.
El niño le entregó una de las cartulinas y después otra, con una paciencia que consiguió arrancarle una sonrisa.
—Gracias —dijo ella, sintiendo que por fin conseguía volver a respirar con normalidad.
El pequeño asintió, satisfecho con su misión, y continuó ayudándola a recoger el resto.
Laura volvió a mirar, casi sin querer, hacia el lugar por donde el desconocido había desaparecido.
Ya no estaba.
Y, por alguna razón que no lograba entender, una parte de ella deseó que lo estuviera.
—¿Usted es la nueva profesora? —preguntó el pequeño con una sonrisa radiante.
Laura se agachó para ayudarlo, sus dedos todavía le temblaban. Debía calmarse, recuperar la compostura, pero no pudo evitarlo. La pregunta salió casi sola, como si necesitara ponerle nombre a ese bloque de hielo.
—¿Quién era ese señor? —preguntó ella con la voz nerviosa, tratando de sonar casual mientras recogía sus cartulinas.
—Es el director, Tomás —contestó el niño con un orgullo casi familiar—. Es muy bueno, todos lo queremos un montón. Siempre juega con nosotros, nos cuida cuando lo necesitamos y, cuando alguno se enferma, se queda pendiente y nos atiende. Algunas noches, incluso, nos lee cuentos antes de dormir.
¿Bueno? Aquel bloque de hielo de mirada gélida no podía ser el mismo hombre. La imagen no encajaba.
Laura caminó hacia el aula guiada por el pequeño, que avanzaba unos pasos por delante de ella sin dejar de hablar, contándole con entusiasmo cómo era vivir en el internado, dónde estaban los dormitorios, qué profesores eran más estrictos y cuáles eran las reglas que debía aprenderse de memoria.
Ella apenas conseguía seguir el hilo de sus palabras. Todavía sentía el rastro de esos dedos en la piel, un fuego persistente que se negaba a enfriarse.
El director. Fantástico. Primer día y ya había hecho el ridículo delante del jefe.








