Capítulo 1: El encuentro
Malditos tacones. ¿En qué estaba pensando? Laura avanzaba por el pasillo tratando de mantener un paso en equilibrio, cargada hasta los topes con un material didáctico que pesaba una tonelada. Iba tarde, tardísimo. Con lo que le había costado conseguir su primer empleo no podía permitirse perderlo, así que apresuró el paso. Fue entonces cuando una pisada en falso la hizo resbalar; sintió un vacío en el estómago y cerró los ojos, ya con la certeza del golpe seco contra el piso.
El impacto nunca llegó. Una mano firme le rodeó la cintura. Dios, qué hombre. Era guapísimo, pero esa mirada... Había una tristeza ahí que la dejaba helada. ¿Por qué el corazón le latía de esa manera? El rubor le encendió el rostro de golpe; el aliento cálido de aquel extraño estaba demasiado cerca. Se quedó allí, suspendida en el gris de esos ojos, esperando quizás un se encuentra bien o una sonrisa, hasta que una voz dura y grave la devolvió a la realidad.
—Tenga más cuidado.
Y ya está. Ni una palabra más. La dejó allí como si fuese un paquete que le estorbaba el paso y siguió su camino sin mirar atrás. Laura se quedó petrificada, sintiendo cómo su cuerpo temblaba de nervios y confusión, hasta que un niño apareció al rescate de las cartulinas desparramadas.
—¿Usted es la nueva profesora? —preguntó el pequeño con una sonrisa radiante.
Laura se agachó para ayudarlo, sus dedos todavía le temblaban. Debía calmarse, recuperar la compostura, pero no pudo evitarlo. La pregunta salió casi sola, como si necesitara ponerle nombre a ese bloque de hielo.
—¿Quién era ese señor? —preguntó ella con la voz nerviosa, tratando de sonar casual mientras recogía sus láminas.
—Es el director, Tomás —contestó el niño con un orgullo casi familiar—. Es muy bueno, todos lo queremos un montón.
¿Bueno? Aquel bloque de hielo de mirada gélida no podía ser el mismo hombre. La imagen no encajaba. Laura caminó hacia el aula como quien caminaba hacia un sueño extraño, confundida. Todavía sentía el rastro de esos dedos en la piel, un fuego persistente que se negaba a enfriarse. El director. Fantástico. Primer día y ya había hecho el ridículo delante del jefe.








