The Imperial Consort

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

​[Transmigración • Dualidad • Drama Imperial • Fantasía Oscura] ​¿Pueden dos almas habitar en un solo cuerpo? ¿O acaso van a colapsar en su intento por tomar el control? ​Tras un giro inesperado del destino, nuestro protagonista despierta en un mundo ajeno, atrapado en la piel de una mujer cuya vida está marcada por la tragedia. Ahora, no solo deberá enfrentarse a las sangrientas intrigas de un imperio al borde de la destrucción y luchar por detener una guerra inminente, sino que tendrá que librar la batalla más difícil de todas: la que ocurre dentro de su propia mente. ​Adaptarse a una conciencia extraña o ser devorado por ella. Luchar por un reino que no es suyo o sucumbir al caos. En este juego de poder y traición, la supervivencia tiene un precio, y el equilibrio espiritual está a punto de romperse.

Genero:
Action
Autor/a:
Lia
Estado:
En proceso
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capitulo 1: Karma

Me moví con una pereza pesada por el pasillo de la casa, arrastrando los pies hacia la cocina con el único objetivo de calmar el hambre del almuerzo. Al entrar, el televisor ya estaba encendido. Mi mamá, como de costumbre, estaba hipnotizada por una de esas novelas asiáticas históricas. Ya saben, esas donde la protagonista es una "flor inalcanzable", pura e inocente, a la que envían como sacrificio al castillo de un rey tirano. Lo peor no es la trama, sino el final: el tipo, que es un genocida sin alma, mágicamente cambia por "el poder del amor" y se vuelve un osito de peluche compasivo solo porque la muchachita le sonrió.

Hice una mueca de disgusto que intenté disimular —porque si me ve, me regaña— y me serví un cerro de comida. Arroz, granos y lo que hubiera; un barco de guerra en un solo plato.

Cuando subí a mi cuarto buscando paz, mi hermana entró como un torbellino a fastidiar, invadiendo mi espacio con su teléfono en la cara. Siempre era lo mismo: actores chinos con nombres impronunciables.

—¡Mira esto! —me gritó, poniéndome la pantalla a milímetros de la nariz—. ¡Me encanta este actor, es demasiado bello!

—Qué bueno, menor —le seguí la corriente mientras masticaba con calma—. Es como el quinto que te "encanta" esta semana. ¿No te cansas?

Ella me soltó un manotazo en el brazo y pasó a la siguiente imagen. Eran fotos de un vestido pomposo, lleno de encajes y capas, al parecer de estilo ruso antiguo. Ella estaba radiante, hablando de telas y costuras porque, según ella, iba a hacer cosplay de la protagonista de su serie actual.

—¿Y con qué plata vas a hacer eso? —pregunté con la boca llena.

—Cállese la jeta y no sea salío —respondió ella sin mirarme.

—Yo solo digo la verdad, pues —tragué un poco de arroz, ignorando su mala cara.

En ese momento, mi celular vibró. Era un mensaje de un amigo. Lo abrí con la cautela de quien maneja un secreto de la NASA, porque conociéndolo, cualquier vaina que enviara podía ser un peligro para mi salud mental.

Carlos: "¡Mano, le bajó! No se la vuelvo a meter sin condón, te lo juro... 1:38 PM"

Mi hermana, que es una metiche profesional, se asomó sobre mi hombro y soltó una mueca de espanto al leer. La aparté de un empujón suave y me levanté para responderle al animal ese.

Yo: "Tú lo que tienes es problemas mentales, de pana. 1:39 PM"

Carlos: "Menor, es que naguevona... ¿Cómo crees tú que yo voy a preñá' a esa caraja? El papá de esa chama me va a matar si llego a salir con un domingo siete. 1:40 PM"

Yo: "Te dejo, vale. Me tengo que ir a la casa de Joel. 1:50 PM"

Miré a mi hermana, que seguía sentada en mi cama juzgándome con la mirada. Me acerqué, le di un golpecito en la cabeza para que se le quitara lo chismosa y salí de la casa.

Apenas crucé el portón, sentí un brazo pesado rodeando mis hombros. Me giré bruscamente. Era Mateo, mi amigo del alma, con su risa de siempre.

—¿Tú eres medio marisco, verdad? —lo aparté de un manotazo, aunque en el fondo me alegraba verlo—. Camina, que nos van a dejar atrás.

Nos fuimos directo a la casa de Joel. Él era básicamente la Wikipedia del salón; si no estudiábamos con él, raspábamos seguro. Nos esperaba afuera, con su cara de "ya se tardaron". Nos saludamos con el choque de manos de siempre y nos quedamos hablando un rato en la acera. En eso, pasó una de esas señoras típicas del barrio: andaba en bata de dormir a plena luz del día, sin sostén, y con un moño tan apretado en la coronilla que su cabeza parecía un huevo a punto de estallar.

—Esos muchachos de ahora ya no parecen hombres —nos soltó la doña, mirándonos con desprecio—. Cargan ese pelo ahí alante que parecen unos chivos. Los propios chivos, pues.

Se fue refunfuñando. Yo me quedé loco, mirándola de arriba abajo mientras hacía una mueca de incredulidad.

—Mmph... vieja pajúa —murmuré entre dientes.

—No le pares bola, esa siempre anda buscando a quién morder —dijo Mateo, restándole importancia.

Pasé toda la tarde quemándome las pestañas con los muchachos. Cuando me di cuenta, el sol ya se había ocultado y la calle estaba más oscura que boca de lobo. Me despedí y empecé el camino de regreso. No me daba miedo andar de noche, uno se acostumbra a los ruidos del barrio y a las sombras.

Estaba a pocos metros de mi casa cuando el sonido de unos motores revolucionados rompió el silencio. Unos pendejos haciendo moto-pirueta pasaron a toda mecha. Me aparté hacia el borde de la calle para que no me llevaran por delante, pero resultó que el remedio fue peor que la enfermedad.

Un carro que venía en sentido contrario, probablemente con un conductor borracho que no vio a las motos ni a mí, me embistió de lleno. La vida del salado no tiene descanso, naguevona...

El impacto fue seco. Sentí cómo mis huesos protestaban antes de chocar contra el asfalto. El dolor no fue inmediato, fue como una explosión de calor que recorrió cada nervio. Mi cabeza palpitaba como si fuera a reventar y podía sentir el líquido caliente —mi sangre— empapando el suelo debajo de mí. Escuché los gritos lejanos de las señoras del barrio, y luego, el grito desgarrador de mi mamá que salía corriendo de la casa.

En esos segundos eternos, recordé todo lo que quería hacer: los dibujos que no terminé, los viajes que no hice... pero el cuerpo ya no me respondía. Todo se volvió negro. El dolor desapareció, pero aún podía oír los lamentos de mi madre. Eso me dolió más que el golpe: saber que ella sería la que cargaría con el peso de mi muerte.

"Lo siento...", fue lo último que sopló mi conciencia antes de desvanecerse por completo.

Desperté de golpe. Lo primero que sentí fue un calor sofocante, especialmente en la espalda, como si me hubieran pegado un parche de león gigante. Me senté con dificultad, intentando entender qué hospital tenía una luz tan tenue. Pero no era un hospital.

Miré la habitación y me quedé frío. Era enorme, lujosa, con un estilo antiguo que me recordó a las casas victorianas de los cuentos que mi hermana leía. No había rastro del choque, no sentía fracturas, pero había algo... diferente.

Me miré las manos. Eran pequeñas, delicadas. Me toqué el pecho y el corazón casi se me sale por la boca. Tenía tetas. Me quedé pasmado, respirando agitado. No quise seguir explorando el resto de "la mercancía" porque el shock ya era demasiado. Llevaba puesto un camisón de seda blanca, fino y costoso, de esos que solo usan las protagonistas de las novelas de mi mamá.

—Coño... ¿pero qué pasó aquí pues? —solté con mi voz de siempre, o eso creía yo, porque sonó mucho más aguda.

—¡Mikka! ¡Levántate de inmediato! —una mujer entró a la habitación gritando como si se estuviera incendiando la casa.

Me levanté mecánicamente, como si mis músculos tuvieran memoria propia y no me preguntaran a mí antes de moverse. La mujer que entró tenía toda la pinta de ser una "señora costosa" y sifrina, con una mirada que te hacía sentir como un insecto. Debía ser la madre de la dueña de este cuerpo.

Detrás de ella entraron tres mujeres más. Una empezó a ajustarme un corset con una fuerza que me dejó sin aire. Otra me peinaba con una violencia tal que pensé que me iba a dejar calvo en el primer jalón. Mi hermana decía que ella nació en la época equivocada... joda, no habría aguantado ni que le pusieran las medias sin chillar.

Me sentía ridículo, incómodo y muy molesto con toda esa parafernalia, pero algo me decía que si abría la boca para protestar con mis modales de barrio, estas mujeres me colgarían en la plaza principal.

—Mikka, empieza a comportarte como una muchacha de buena familia de una vez —dijo una de ellas con un acento extraño, parecido al ruso—. Si no te luces hoy, el rey extranjero no va a querer recibirte como su concubina.

¡El diablo! Ahora resulta que me tengo que casar con un tipo. Yo soy un hombre heterosexual, me identifico como tal y me gustan las mujeres, ¿qué broma es esta?

Por lo poco que pude captar en medio del caos, ahora soy Mikka, hija del Gobernador de Pales (un sitio que parece una versión mágica de Rusia). Mi "querido" padre me está enviando al extranjero como una ofrenda de paz. Soy básicamente un regalo para un rey tirano para que deje de invadir estas tierras.

Reencarné en una fantasía histórica. Soy la protagonista de una de esas novelas de pacotilla que veía mi mamá.

Me quedé solo un momento, mirando por la ventana hacia un paisaje de montañas nevadas y castillos que parecían sacados de un sueño... o de una pesadilla. El destino tiene un sentido del humor muy negro.

—El maldito karma... —susurré, viendo mi reflejo de mujer en el vidrio.

Aunque, pensándolo bien, en esas historias la enviada siempre termina siendo la favorita y mandando más que el Rey. Quizás, solo quizás, ser Mikka no sea tan malo si aprendo a jugar mis cartas.