Parte 1
Había una vez una chica amante del chocolate. Se llamaba Paloma y vivía en un pueblo pequeño; de hecho, el pueblo más lindo del país, donde casi todo el mundo se conocía por nombre y apellido. Tanto era el amor de Paloma por el chocolate que decidió abrir una pastelería pequeña donde vendía varios postres y rebanadas de pastel. Su pastelería no era una cadena gigantesca extendida por todo el país ni reconocida en medio mundo, pero las personas del pueblo que la visitaban sabían que era la mejor en lo que hacía.
Cada tarde, Paloma era feliz al ver cómo un grupo de señoras jubiladas llegaba a tomar café y degustar sus postres. Cuando en la mesa de al lado había un grupo de chicas adolescentes haciendo lo mismo, ella sabía que, de alguna forma, de una pequeña forma, Sprinkles Bakery formaba parte de muchas historias. Dentro de muchos años, esas niñas y jóvenes recordarían algún momento feliz que ahí vivieron, ya fuera con su familia, con sus amigos o con su pareja.
Un día, Paloma estaba cubriendo un pastel con betún cuando vio que, frente a su cafetería, llegó una camioneta y empezó a descargar cajas. Justo en ese momento apareció su mejor amiga, Támara, a quien ella llamaba Tammy de cariño, para contarle las nuevas del pueblo que se había enterado gracias a las señoras mitoteras.
—Hola, linda. ¿Ya te diste cuenta de que van a abrir un bar? Pero no como la discoteca esa que ya hay, sino uno más bonito —dijo Tammy.
—No, no me había dado cuenta. ¿Quién va a abrirlo? —preguntó Paloma.
—Es un muchacho nuevo por aquí, así que no sé quién es ni su nombre. Bueno, yo solo eso escuché. ¿Necesitas ayuda? Estoy cien por ciento segura de que necesitas ayuda con los cupcakes. Déjame comerme uno ahorita.
—No era exactamente la ayuda que necesitaba.
—Bueno, solo me como el cupcake y te ayudo en lo que sea.
—Pues llévame este pastel a la refri junto al betún, por favor. Yo voy volando a la cocina porque necesito freír las donas.
—Sabes, palomita bonita, yo en la noche voy a ir a cenar con un muchacho. A eso se le llama cita. Creería yo que tú ya no las recuerdas. ¿Dónde guardo el betún?
—Ahí mismo.
En ese momento entró un hombre.
—Buenas tardes. ¿Tienen una bebida helada? —preguntó.
—Buenas tardes. Claro. Tenemos jamaica, café helado normal, con mazapán, un frappé de café o granizada de fresa, vainilla o chocolate. La granizada es como un frozen. ¿Cuál gusta? —respondió Tammy.
—Un café helado con mazapán, por favor. Una pregunta: ¿cuántos bares hay aquí?
—Una discoteca y dos bares, pero son de señores mayores. ¡Tania, un café helado de mazapán, por favor!
—Ummm, qué bien.
—Y otro que va a abrir pronto, dicen, pero no sé. ¿Algo más que desee agregar? ¿Algún pancito o algo?
—Solamente eso.
—¿De paseo?
—Por trabajo. Me temo que el bar del que ha escuchado es el mío.
—¿En serio? Un gusto. Bienvenido al pueblo.
—Un gusto. Marcus Elizalde.
—Mucho gusto. Támara Rincón. Espero que su bar sea todo un éxito.
—Muchas gracias. Espero que pueda visitarnos algún día.
—Ojalá que sí. En un momento le entregamos su orden.
Luego de que Marcus se fuera, Tammy siguió atendiendo a varias personas que llegaron a comer. Cuando Paloma terminó de cocinar y decorar las donas, tuvo que ir a la florería a comprar algunas rosas que necesitaba para entregar un pastel de bodas grande y hermoso. De pronto vio a Marcus. Pensó en cambiar de camino, pero ya solo estaba a unos pasos de la florería, así que entró y fingió que no lo había visto… hasta que él se le acercó a saludar.
—Paloma, ¿qué tal estás? —dijo Marcus.
—Estaba muy bien… hasta que te vi.
—¿Vives aquí?
—Aquí la pregunta es qué haces tú aquí.
—No soy fan de la ciudad con tanto ruido, así que decidí venirme e iniciar un bar en este lugar.
—Me estás mintiendo, ¿verdad?
—No tengo por qué mentirte.
—Sabes qué, ya me voy. Solo venía por estas flores y se me hace tarde. No tengo tiempo, así que multiplícate por cero, que tapas la puerta.
Paloma se fue con las flores a su pastelería para desinfectarlas y prepararlas. Tenía que trasladar el pastel hasta el lugar donde se celebraría la boda y llegar un poco antes de la hora pedida para armarlo y terminar de decorarlo en el sitio. Al regresar a la pastelería, Tammy le contó que había llegado el dueño del nuevo bar por un café helado. Paloma solo pensaba en lo tedioso que sería soportar a ese señor de nuevo. Cuando ella estudiaba para pastelera, él estudiaba para bartender, y su pleito había empezado por un estacionamiento y luego por el Día de Muertos. Ahora, aunque eso era cosa del pasado, tendría que soportarlo a unos metros de distancia. Trató de concentrarse en el pastel de boda.
En el local de la boda, a Paloma le tocó terminar de montar el último piso, acomodar unos perritos de fondant y las rosas —entre amarillas y rosadas— que daban un toque muy bonito. También montó las mesas de postres a los lados de la mesa del pastel. Al terminar, llegó un familiar de la novia a recibir todo. Después de un día un poco cansado, Paloma volvió a la pastelería, guardó sus utensilios, cenó unos croissants mientras hacía cuentas y revisaba la agenda del día siguiente.
Al día siguiente estaba trabajando en un pastel de bautismo que le habían encargado con un solo día de anticipación cuando vio llegar a Marcus. Venía a dejarle una invitación a Támara y a preguntar por su pastelería para entregarle otra a ella. Paloma lo detuvo:
—Deja la invitación de Támara en el mostrador. Yo se la daré.
Marcus dejó las invitaciones y pidió un café con una dona de chocolate rellena de crema pastelera para llevar. Cuando se fue, llegó Tammy, vio las invitaciones y preguntó emocionada:
—¿Y esto?
—Parece que ayer hiciste un nuevo amigo y te está invitando a la inauguración de su bar —respondió Paloma.
—Bueno, pero veo una que dice «Paloma Ferrato». También tú estás invitada.
—Ummm… yo no iré. No tengo tiempo.
—A ver, pero es el viernes y ese día no tienes nada que hacer.
—Pero no voy a ir, y punto. Que disfrutes muchísimo la inauguración.
—Sería buenísimo que fueras. Ni te va a quitar clientela: tú haces pasteles y postres, y él vende bebidas alcohólicas, botanas y cosas así. Esos dos negocios ni se topan.
—No es por eso. Simplemente no quiero ir. Esta semana ha sido cansada y la próxima será lo mismo. Tengo que entregar muchos pasteles y ese viernes quiero descansar. Ya mejor no hablemos del tema. ¿Cómo te fue ayer?
—Muy bien. Me regalaron flores. El tipo es amable, atento y muy lindo.
—¿Van a volver a salir?
—Sí, probablemente sí.
—¿Por qué no lo invitas a la inauguración?
—No dice que puedan ir más personas.
—Utiliza la mía. Realmente no entiendo a Marcus… cómo tiene el descaro de invitarme a la inauguración de su posada de mala muerte.
—Si Marcus va a iniciar un bar, hay posibilidades de que sea bartender. Por tanto, Marcus podría ser el chico con el que tenías una guerra en la academia de cocina. Estoy mil por ciento segura de que es él.
—Sí, él es el tipo que, cuando yo iba a estacionarme bajo el árbol, llegaba y se parqueaba en menos de lo que te imaginas y me lo quitaba. Y luego lo del Día de Muertos… por vida que ese día lo odié más que a nada en esta vida. Deseaba que algo malo le pasara.
—Bueno, pero está guapísimo.
—Bueno, sí… pero es hermano de Natanael.
—No te creo.
—Pues no me creas, pero se pasó de lanza conmigo. No entiendo por qué me odiaba tanto si yo no le había hecho nada. Absolutamente nada.
—¿Qué vas a hacer mañana?
—El lunes nada. Ese día descanso. Bueno, yo me lo tomo: me voy a dormir todo el día.
—Está bien. Que descanses.
Paloma decidió irse al lago ese día. Había tenido una semana muy pesada y deseaba desconectarse de todo, y qué mejor lugar que el lago. Al llegar, fue directo al agua. Ahí se dio cuenta de la suerte que tenía de vivir tan cerca de uno de los lagos más lindos del mundo. Al salir, fue a la cafetería y pidió un café. Su día estaba lleno de maravilla… hasta que escuchó una voz conocida.
«La voz de Marcus. ¿En serio tengo que verlo justo ahora? ¿No es suficiente que sea, dizque, mi vecino con su bar?», pensó mientras él se sentaba junto a ella.
—Buenos días —dijo Marcus.
—Disculpa, pero hay muchas mesas solas y esta ya está ocupada.
—¿Esperas a alguien?
—Eso no te importa.
—Entonces no esperas a nadie.
—No, pero quiero estar sola. Así que puedes irte.
—Sabes que Natanael tuvo un accidente en el Corvette. Lleva un mes sin caminar.
—No sé nada de él. Ahora que me lo cuentas, solo puedo decirte que lástima que tú no ibas con él.
—Eres muy rencorosa.
—Tengo memoria, simplemente. ¿Crees que olvidé el día en que dijiste, frente a casi ciento veinte personas, que yo no podía hacer nada sin copiarte? Por eso perdí la competencia y no pude irme a hacer esa pasantía a Francia.
—Pero me copiaste las recetas. Te recuerdo que yo estudiaba para bartender y tú para pastelera. Aunque tengo que reconocer que ponernos a competir a todos en pruebas hechas para bartenders… claro que los de pastelería no iban a salir bien.
—Está bien. Quedemos en que yo te copié a ti. Pero ya vete de mi mesa.
—Lo siento, pero no puedo. Ya traen mi café y me da pena cambiarme de mesa y hacer caminar más a la mesera.
—Pues si crees que voy a dejar mi mesa solo porque tú la quieres, no lo voy a hacer.
—No pretendo eso. Por cierto… ¿todavía te tomas el café amargo o ya volviste al azúcar?
—Me lo tomo amargo, como un tipo amargado que conozco por ahí. Por cierto, yo sé que tú estudiabas eso porque querías acompañar a tu novia… digo, a tu exnovia, solo para que no te dejara. Qué migajero eras. Pero ni yo, que me llamo Paloma.
Marcus le agradeció a la mesera y le preguntó:
—Disculpa, ¿cuántas cucharadas de azúcar tengo que ponerle a mi café para que quede tan dulce como tú?
La mesera, sonrojada, respondió que dos cucharadas y se fue volteando a ver de vez en cuando hacia atrás.
—Disculpa la interrupción —continuó Marcus—. De verdad que ahora no importa, porque empecé de nuevo. Hice muchos amigos y, por lo visto, también enemigos. Por cierto… ¿crees que debería pedirle el Instagram o el número a esa chica?
—¿Y yo qué tengo que ver con que le pidas o no su número?
—Solo era una opinión que pedía. Pero bueno.
—¿En cuánto tiempo vas a automatizar tu bar?
—No lo sé. Tal vez tres meses máximo.
—¿Entonces no piensas quedarte mucho tiempo?
—No. Solo quiero que mi cadena de bares tenga origen en un lugar con un significado especial para mi abuelo, y luego me voy.
—Por lo menos no piensas echar raíces aquí.
—¿Tenías miedo de mí?
—Jajaja. ¿Miedo de qué? Todas las personas de aquí me conocen, saben cómo trabajo y confían en mí porque es algo que me he ganado. Espero que no vayan a creer en un don nadie que no conocen.
—Bueno, yo solo pensé eso porque casi sales corriendo de la florería.
—Tenía que entregar un pastel de bodas y lo peor es que ya estaba retrasada.
—Por cierto… ¿vas a ir a la inauguración de mi bar?
—¿Qué voy a ir a hacer si tengo trabajo hasta para regalar?
—Pero por cinco o siete horas que saques no creo que pase algo tan terrible como para que te vayas a la quiebra.
—Marcus, tú me odias y solo me quieres hacer daño. ¿Por qué quieres que vaya a la inauguración de tu posada de mala muerte y luego vienes y te sientas aquí conmigo? Ah, claro… tal vez yo sea la única persona que conoces aquí. Pero te recuerdo que, técnicamente, soy tu enemiga, así que debería asustarte que yo viva aquí.
—Simplemente podemos hacer las paces.
—No creo que yo haga las paces contigo nunca. Después de que me hicieras la vida imposible durante un año y medio.
—Bueno, tengo que admitir que me pasé de verga contigo. Pero ya pasó mucho tiempo. En tres años pasa de todo. Podríamos ser unos conocidos amables.
—Discúlpame, pero contigo y con tu hermano no pienso ser amable ni siquiera tantito.
—Bueno, está bien. Una pregunta: ¿crees que se vaya conmigo la mesera?
—Bueno… mientras no la muerdas.
—¿Muerda?
—Tú eres como el perro que tira tarascazos y muerde. A eso me refiero.
—Entonces es un sí.
—Sí. Bueno, yo me voy al lago de nuevo. Chao. Espero no verte más.









Por favor, úsa el guion de diálogo
Una premisa encantadora y adictiva! La rivalidad culinaria y el conflicto entre Paloma y Marcus en Santa Bárbara despiertan la curiosidad desde el primer momento. Se nota mucho cariño y dedicación en la historia.
Todo el éxito a la autora con este gran proyecto!