#01 El macho que no fue
La vida después de los 18 pasó en un abrir y cerrar de ojos. Mirando hacia atrás, parece que todas las cosas buenas y malas que me sucedieron duraron solo segundos. Tengo 54 años, pero no los siento; no soy consciente de mi edad. Siento que tengo la energía que tenía a los 20, pero claramente cada dolor de cintura, los lentes para leer y las ganas de dormir me traen a mi realidad.
Quiero retener a aquel joven que fui en alguna parte de mí. El espejo no me asusta: vi mi cuerpo envejecer, las arrugas aparecer y mi cabello llenarse de canas, y acá estoy, en la esquina de una calle, mirando a un chongo de la misma manera que lo hubiera mirado a los 20.
El chongo está en un local de la esquina de enfrente, sentado sobre una lata de pintura. Su mirada está perdida en la pantalla de su teléfono. Es gordo, morocho; tiene las manos blancas por el polvo del trabajo, las piernas abiertas, alrededor de 30 o 35 años.
Un viejo local de telefonía celular está siendo remodelado y, claramente, él es el capataz. Todos los demás compañeros están trabajando. El semáforo me habilita el paso, pero yo no cruzo: lo observo, quiero que se percate de mi presencia. Puedo imaginar el olor a polvo en su ropa, sus manos callosas, el aliento a cerveza… y quedo terriblemente excitado.
El semáforo me corta el paso, los autos pasan y no le quito la mirada. Él mira rápidamente la calle y vuelve al teléfono. ¿Por qué lo estoy observando? Es una calle céntrica, pasa mucha gente, tiene muchos compañeros de trabajo. Nunca podría hacer nada con él en este momento, pero aun así lo deseo.
Levanta la mirada justo en el momento en que el semáforo vuelve a habilitarme el paso, y nuestras miradas se cruzan.
Camino en su dirección sin quitarle la mirada. Él me observa extrañado. Siempre tuve una mirada penetrante; un buen entendedor sabría que mi mirada también es una invitación. Cada paso me acerca más a él, pero en su mirada hay confusión. Vivo en una ciudad pequeña: aquí vive mucha gente del interior de Brasil, con costumbres diferentes a las de las grandes ciudades. Una mirada directa a los ojos, para ellos, solo significa una invitación a saludar.
La calle terminó y subí a la vereda, a menos de dos metros de donde él estaba. Él levantó la cabeza, un gesto inconfundible de saludo. Yo guiñé un ojo y mordí mi labio inferior. Pude ver la confusión en su cara.
Nunca lo iba a lograr. Ese macho jamás sería mío, aunque fuera por unos gloriosos diez minutos. Y todo porque, en el ambiente de la calle, la vida útil de un gay pasivo es de 25 años; después, es cuestión de milagros.
Si hubiera tenido 20 años, todo sería diferente. Al cruzar la calle, hubiera movido mis caderas, acentuando un caminar afeminado, y mi mirada habría sido lasciva. Con las manos, habría jugado con el cabello relativamente largo, y una caidita de ojos me habría dado un aire más inocente. Lo demás ya se sabe: algún silbido, yo esperando en la esquina a que el macho se aproxime a hablar, y luego… una escupida en el hoyo y adentro.
Pero a los 54 años las cosas funcionan diferente. Tendría que esperar a que sea de noche, que tenga muchas ganas, que haya tomado alguna cerveza o… tendría que poner algún dinero.
Hambre no paso, pero todo cuesta mucho más. Si conocer a otro gay después de los 40 es tarea difícil, mucho más lo es comerse a un macho de 30 en una obra en construcción.
Sabía que la confusión en su mirada era porque, de ninguna manera, se esperaba que un señor serio en la calle se le insinuara tan discretamente.
Muchas locas de mi edad usan el humor y las plumas como armas de seducción. Los machos, entre risas y burlas, terminan accediendo a una ordeñada en el terreno abandonado del barrio.
Pero yo ya no puedo entrar en ese terreno. No tengo fuerzas ni paciencia para estar de afeminada por un macho.
El último levante casual fue en un baño del cementerio, cerca de donde trabajaba. Era una persona no mucho mayor que yo. Me mostró la verga erecta y lo invité a pasar a un baño individual. Le realicé sexo oral sin mediar palabra; quería quedarme con la impresión de que era 100% macho, y tenía miedo de que, si hablaba, me diera cuenta de que era un gay activo… y ya saben que no tienen el mismo sabor.
Para comerme otra loca, me como a mi marido. Sí, estoy casada y no dejo las mañas de la calle.
Sigo caminando y, a unos 50 metros de la esquina donde está el chongo, está la terminal de autobuses. Subo al micro pensando en aquello que pudo haber ocurrido; eso me genera una erección. Diez minutos después llego a casa y, después de un baño, me tiro en la cama, solo. Cierro los ojos y el macho viene a mí para hacerme suyo.
Por lo menos, con la edad, mi imaginación nunca me falló.