One-Shot
Estoy en Hamburgo por trabajo, 3 semanas de entrenamiento para un nuevo proyecto.
Suena la puerta de mi habitación, pienso en quien podría ser, no espero a nadie y mi mejor amigo del trabajo aún no llega a la ciudad.
Abrí la puerta y era él; el hombre de mis fantasias más oscuras. No esperaba que viniera a verme tras mi ataque de migraña en el vuelo. Lo invité a pasar y, tras una breve duda, aceptó. Nos instalamos en la terraza. Julio en Hamburgo nos regalaba una noche ideal; el bullicio de la ciudad a lo lejos y un aire cargado de lo que solo puede ser deseo.
Hablamos de todo y de nada. Reímos. Pero cuando dijo que era hora de irse, sus ojos lo traicionaron. Al levantarme, mi teléfono resbaló. Me agaché a recogerlo, olvidando que solo vestía una camisa oversize y una tanga de encaje negra, revelando mi silueta sin censura. Al reincorporarme, encontré una mirada que nunca me había dedicado: una mezcla de perversidad y hambre.
Mi cuerpo ya empieza a reaccionar al deseo y el alcohol, pero debo admitir que ambos teníamos vidas esperándonos al otro lado del mundo.
Lo acompaño a la puerta y le doy gracias por venir, estamos a 5 centímetros de distancia, el calor en mi cuerpo se puede sentir, puedo ver sus ganas en su mirada, mis ojos no se apartan de ella, provocando, desvelando mis deseos. Al momento de despedirnos, nos acercamos mucho más y mis senos duros y mis pezones erguidos lo rozan, él baja su mirada a mis pechos, lentamente sube su mano por mi brazo y yo comienzo a temblar.
Toca por encima de la tela uno de mis senos, hace círculos alrededor del pezon, lo miro fijamente y muerdo mis labios (Estoy parada inmóvil frente al dueño de mis fantasias), lleva su boca a mi pecho y comienza a besar mis senos, su manos se posan en ellos para abarcar todo.
Doy un paso al lado para que entre y cierro la puerta, su boca comienza a subir por mi cuello, sus manos ahora en mis nalgas y la mía en su nuca.
Nuestras bocas se encuentran y la pasión se desata, nuestras manos recorriendo nuestros cuerpos, le tomo la mano y lo dirijo hacia la cama; le pido que se siente y me pongo a horcajadas sobre el, sus manos en mi espalda, mis manos en su cara, nos besamos una eternidad... Lo siento duro y lo quiero tocar, me muevo un poco y empiezo a masajear por encima del pantalón, lo desabrocho y le pido que se levanté para poder quitárselo, queda solo en boxers y volvemos a la posición inicial, comienzo a masajear su pene de arriba a abajo, juego con su glande, sus manos en mi culo mientras me besa y gime de placer.
De pronto me levanta y me acuesta en la cama, me mira con perversión... Me comienza a quitar la tanga, besa mis muslos, mi entrepierna, la cara interna de los muslos; me ve fijamente, me acerco y lo beso de nuevo.. comienza a bajar por mi cuello, mis senos (Su boca se detiene un rato allí), mientras su mano toca delicadamente mi clítoris con movimientos circulares, sus labios comienzan a bajar y mi cuerpo a temblar.
Su boca llega al monte de venus. Comienza la magia. Chupa, lame, juega con sus dedos dentro de mi, comienzo a temblar de placer, mis piernas se cierran instintivamente y el las abre... Cuando estoy cerca de acabar, mi cuerpo se aleja y el toma mis muslos y me vuelve a acercar...
Le pido sin aliento que lo hiciera, que me hiciera suya de una vez. Él respondió con esa sonrisa oscura, cargada de una intención que ya no era ningún secreto.
Me tomó de las piernas y las apoyó sobre sus hombros, exponiéndome por completo. Sin vacilar, se hundió en mí. Fue una embestida profunda, un reclamo que nos dejó a ambos sin aire. Los gemidos, que antes eran susurros en la terraza, inundaron ahora cada rincón de la habitación. Él comenzó a moverse con una candencia salvaje, mientras yo rodeaba su cintura con mis piernas, intentando acortar la nula distancia que nos separaba.
Moviendo mi pelvis con una lentitud tortuosa, lo obligué a sentir cada centímetro de mi calor. Busqué su boca, asfixiando mis gemidos en sus labios mientras él aceleraba el vaivén. Mi cuerpo empezó a enviar señales de que el final estaba cerca; una electricidad recorría mi columna, tensando cada músculo.
Él aferró mis muslos con fuerza, abrazándolos contra su pecho para profundizar el contacto. El frenesí aumentó. Mis manos se perdieron entre las sábanas, arrugándolas en un intento desesperado por no deshacerme allí mismo. Lo miré fijamente, retándolo a seguir, y él aceptó el desafío bombeando con una intensidad que me hizo perder el sentido de la realidad.
En un movimiento experto y fluido, me volteó sobre el colchón. Quedé en cuatro, vulnerable y ansiosa. No hubo tregua. Me penetró de nuevo con una fuerza que me arrancó un grito, mientras sus dedos se enredaban en mi cabello, tirando ligeramente hacia atrás para susurrarme al oído que estaba a punto de terminar.
—Más —le supliqué entre dientes—, no pares ahora.
El sonido de sus nalgadas contra mi piel rítmicamente se mezcló con el eco lejano del puerto. Con una última estocada, una que pareció alcanzarnos el alma, me hizo saber que él también había llegado al límite. El espasmo final nos sacudió a ambos, dejándonos vacíos y temblando sobre la cama.
Le supliqué que no saliera de mí todavía, que prolongara ese engaño un poco más. Me incorporé como pude para buscar sus labios, mientras él acariciaba mis senos, retirándose con una delicadeza que contrastaba con la furia de hace unos segundos.
Solo pude mirarlo y sonreír, ignorando que el peso de la culpa llamaba a su celular.
Hamburgo tiene un modo especial de recordarte lo que te falta...