Prólogo
Alma
25 de diciembre de 2020 – Navidad
El teléfono vibró sobre la mesa de madera clara justo cuando mi papá levantaba la copa para el brindis familiar. La casa olía a pan dulce, a sidra y a ese perfume de vainilla que mi mamá siempre usaba en las fiestas. Afuera, Rosario estaba en silencio, envuelta en esa humedad pesada de verano que se pega a la piel. Yo sonreí por inercia, fingiendo que todo estaba bien, fingiendo que no llevaba semanas con un hueco en el pecho desde que me había ido de su departamento.
El nombre en la pantalla me heló la sangre: Yasmin Hartmann.
No era un mensaje. Era una llamada.
Deslicé el dedo para atender y me alejé un paso del círculo familiar. La voz de Yasmin llegó rota, como si hubiera estado llorando y no quisiera que se notara.
—Alma… soy Yasmin.
—¿Qué pasó? —pregunté en voz baja, pero mi corazón ya sabía.
—Kai tuvo un accidente. Esta noche. En la ruta, volviendo de la estancia. El auto… se salió en una curva. Está en el Sanatorio Parque.
El mundo se detuvo. La risa de mi hermano Emiliano, el tintineo de las copas, todo se apagó. Solo quedaba el latido sordo en mis oídos y la voz de Yasmin que seguía hablando, pero yo ya no escuchaba las palabras. Solo una frase se clavó como un cuchillo:
—Preguntó por vos. Antes de que lo subieran a cirugía. Dijo tu nombre, Alma. Preguntó por vos.
Kai Hartmann Monteagudo no pedía.
Kai no llamaba.
Kai no necesitaba a nadie.
Y menos a mí, después de todo lo que nos habíamos roto en noviembre.
Me tapé la boca con la mano libre. Las lágrimas me subieron tan rápido que ni siquiera pude disimularlas. Mi mamá se giró, preocupada, pero yo solo negué con la cabeza y salí al balcón. El aire frío de la noche de Navidad me golpeó la cara.
—¿Está… grave? —logré preguntar.
—Está vivo. Pero… sus ojos, Alma. Cuando lo trajeron, sus ojos estaban completamente grises. Sin un poco de verde. Como si ya se hubiera ido aunque el cuerpo siguiera aquí.
Stand By Me empezó a sonar bajito desde la radio de la cocina. La voz de Ben E. King flotaba por la casa como una burla cruel. “When the night has come… and the land is dark…” Yo me apoyé en la baranda, temblando.
—¿Por qué me llamás a mí? —susurré—. Hace semanas que no hablamos. Yo me fui. Él lo aceptó.
—Porque en medio del dolor, en medio de la sangre y las sirenas, lo único que dijo fue tu nombre. Y yo… yo vi cómo te miraba en la boda de Mateo. Vi sus ojos esa noche. Verdes. Completamente verdes. Nunca lo había visto así con nadie.
Silencio del otro lado. Solo se escuchaba el bip de algún aparato en el hospital.
—Vení, Alma. Aunque sea para despedirte. Aunque sea para cerrarlo. Él te necesita. Aunque nunca lo diga.
Colgué sin responder. El teléfono se me resbaló entre los dedos y cayó al piso del balcón. Me quedé mirando la ciudad iluminada con luces de Navidad, las estrellas borrosas por las lágrimas. Fire On Fire de Sam Smith empezó a sonar en mi cabeza sin que yo la pusiera. “We’re fire on fire, we’re burning out…”
Sí. Eso éramos.
Fuego sobre fuego.
Quemándonos con cuidado.
Rompiéndonos con cuidado.
Me puse el abrigo encima del vestido de fiesta, ni siquiera me cambié los zapatos. Mi mamá apareció en la puerta del balcón.
—Hija… ¿qué pasa?
—Kai —dije solamente. Y eso bastó. Ella sabía. Todos sabían que Kai y yo habíamos sido un huracán que nadie podía nombrar del todo.
Salí sin despedirme. En el taxi, la lluvia empezó a caer fina sobre el parabrisas. El chofer puso la radio baja y Adele cantaba Skyfall justo cuando pasábamos por el puente sobre el Paraná. “This is the end… hold your breath and count to ten…”
Cerré los ojos y vi sus ojos grises. Completamente grises.
Y supe que, aunque me había jurado que nunca volvería, esta llamada lo cambiaba todo.
Porque Kai había preguntado por mí.
Y yo, aunque doliera, aunque me rompiera de nuevo, iba a ir.








