Capítulo 1
Capítulo 1:
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Los omegas se encuentran en un peligro crítico de extinción desde hacía algunas décadas. Las causas eran tan simples como desastrosas: colapsos genéticos por cruces forzados, guerras sin sentido entre alfas donde los omegas tuvieron el papel de botín, tráfico ilegal de omegas y incluso el uso de omegas como simples incubadoras sin ser cuidados de forma adecuado.
El resultado había sido claro. Los omegas comenzaban a extinguirse, nacían pocos al año y con ello llegaron a ser considerados un recurso estratégico, dejando de ser siquiera considerados una persona.
Para evitar la desaparición total de los omegas, los altos mandos crearon un sistema de control global avalado por gobiernos y consejos alfa para preservarlos.
Con la aparición de nuevas leyes, la sociedad quedaba jerarquizada de tal manera que solo los alfas dominantes, la elite, fuesen los únicos con derecho legal a poseer un omega. Los alfas comunes y recesivos quedaban sin acceso legal a omegas y de obtener alguno, serían castigados severamente. Los betas se mantenían en sus posiciones normales, incapaces de opinar sobre las leyes alfa-omega. Los omegas no eran protegidos, custodiados desde su nacimiento, desde que se manifiestan como omegas o en casos excepcionales, después de su rescate del mercado ilegal. Son evaluados genéticamente, física y psicológicamente, clasificados según su compatibilidad, valor reproductivo, fertilidad, estabilidad emocional. Cuando alcanzaban la edad legal, a los veinte años, eran asignados o vendidos a un alfa aprobado.
Los omegas no son entregados a cualquier alfa, por ley había empresas especializadas que protegen y entregan a los omegas. Evalúan candidatos, recomiendan o vetan asignaciones, tienen permiso para usar la fuerza si un omega está en riesgo, manejan los centros donde los omegas esperan ser asignados.
Los centros omegas, no son burdeles ni granjas, son centros de protección de omegas para preservarlos y cuidarlos. Los centros no eran solo diseñados para proteger, sino que se dedicaban a la educación. Para los omegas aquellos lugares no eran más que jaulas doradas donde aprendían a sobrevivir obedeciendo las leyes que les enseñaban desde que entraban a un centro.
Una de las empresas más importantes en todo Japón era Wolf Security. Una empresa se dedicada de custodiar a omegas, de la seguridad física y psicológica, traslados blindados, control de amenazas, eliminación del tráfico ilegal de omegas. El dueño era el segundo en su generación de alfas dedicados a aquello, un alfa capaz de proteger y liderar sin el mayor miedo.
...
Katsuki Bakugou, un alfa de treinta y siete años, caminaba por los pasillos del centro omega con las manos cruzadas a la espalda, el paso lento, medido como solo un alfa como él podía tener. No necesitaba apresurarse, todo aquel lugar existía, en parte, por alfas como él.
Por los pasillos andaba el personal del centro, los directivos, enfermeros, supervisores, médicos. Nadie hablaba, permanecían concentrados en sus tareas. El único ruido por los pasillos era el de sus botas que resonaban sobre el suelo impecable, pulido.
—Los omegas se encuentran en los jardines— soltó el médico, que hacía de guía.
Al llegar a un largo pasillo y por medio de muros de cristal se veían los jardines interiores. Hermosos lugares donde los omegas podían sentir una extraña sensación de libertad vigilada. A través de aquellos cristales, se veían a los omegas dispersos en actividades cuidadosamente diseñadas para ellos. Algunos leían, otros paseaban en pequeños grupos, tocaban instrumentos o se dedicaban a tejer o a la jardinería. Aquello era demasiado tranquilo. Demasiado controlado.
Katsuki los observó sin disimulo, buscaba la más mínima grita en aquel orden que deseaban mostrarle. Era su trabajo.
—No ha habido incidentes graves— habló el médico, forzando una sonrisa— nada destacable. Ni intentos de huida. Por lo menos en este edificio.
Katsuki no respondió. Sus ojos granate se movían de un omega a otro, evaluando sus posturas, silencio y las miradas que no se atrevían a verlo más que unos segundos. No era respeto, era un miedo controlado. Suspiro, inquieto, ya que se encontraba en el edificio de los omegas de élite. Aquella era la tranquilidad que en otros centros y edificios no se veía con normalidad.
Entonces, mientras caminaba, lo notó. Un leve murmullo alterado seguido por pasos apresurados.
Un grupo de enfermeros corría por el pasillo, intercambiando miradas nerviosas. Una enfermera, corría por el jardín, deteniéndose para llevarse una mano al pecho mientras respiraba con dificultad.
—¿Ocurre algo? — preguntó Katsuki, con la voz medida pero firme.
El médico parecía extrañado hasta que su mirada se fijó en un punto. Trago saliva y pensó bien en cómo debía de informar al alfa sobre aquello.
—Hay... bueno, vera...
—Se claro— ordenó Katsuki.
—Hay un pequeño grupo de omegas jóvenes— suspiró mientras limpiaba el sudor que caía por su frente— les gusta poner a prueba al personal. No es nada grave... pequeños indisciplinados...
Antes de poder añadir algo más, una figura ágil apareció corriendo desde uno de los laterales. Un omega masculino de cabello rubio.
Denki Kaminari reía divertido, sin miedo. En una de sus manos llevaban algo pequeño, metálico. Un supresor omega del que no debía de tener acceso ninguno de los omegas del centro. Solo el personal autorizado.
—No puede ser...— murmuró el médico mientras palidecía— eso estaba bajo llave.
Algunos enfermeros comenzaron a avanzar, nerviosos, sin saber si acercarse o retroceder. Al final Denki no iba solo, contaba con otro omega revoltoso que sabían que le supondría las cosas más complicadas.
Entre los arbustos, medio oculta tras algunos setos, Ochako Uraraka observaba la escena con el corazón en la garganta. Sabía que no había hecho nada malo, pero que siempre terminaba pagando el precio por ser amiga de aquellos dos omegas. Sus manos se apretaron contra su vestido blanco y bajó la cabeza, deseando no ser vista por los enfermeros.
Desde otro lateral del jardín apareció otra figura. Izuku Midoriya. Caminaba con calma, como si no tuviera prisa alguna, mientras comía una manzana.
Denki corrió en su dirección y sin perder la sonrisa le entregó el supresor en las manos.
—Guardadlo tú— soltó divertido.
Izuku evaluó un segundo la situación y sonrió. Era una sonrisa lenta, peligrosa.
Al ver cómo la enfermera se acercaba, Izuku corrió en dirección a uno de los árboles y comenzó a escalarlo con agilidad, al final estaba acostumbrado. Trepó con facilidad, sujetándose de las ramas con destreza hasta que quedó fuera del alcance de los enfermeros.
Desde arriba, se sentó sobre una gruesa rama y balanceó sus piernas completamente encantado con el desastre que ocasionaban.
—¿Lo buscan? — dijo moviendo el supresor entre sus dedos.
La enfermera de mayor edad, una mujer cansada y con el rostro enfurecido, caminó en dirección al árbol e intentó tirarle una zapatilla.
—¡I-198, baja ahora mismo! — gritó— ¡Están infringiendo al menos cuatro normas!
Algunos omegas miraban desde lejos, conteniendo la respiración. Otros habían aprendido a apartar la vista, completamente acostumbrados por aquella situación. Los más pequeños reían al ver a sus mayores jugar, lo que claramente querían evitar los enfermeros por los que los apartaban y los llevaban a otro lugar.
Denki reía por lo bajo y Ochako sentía que el estómago se le hacía un nudo.
Katsuki se detuvo, observando la escena en silencio. No alza la voz, no hizo ningún gesto. Solo lo miro. No era un omega intentando huir ni intentando atacar, era un simple desafío.
—Este es el sector del que más se espera— habló finalmente, sin apartar la vista del pecoso.
—Lo está— respondió el médico, nervioso— esto... no es lo normal.
Katsuki no esperó ni un segundo más, dio un paso al frente y cruzó el umbral del jardín. Sabía exactamente qué debía hacer. Recuperaría el supresor, identificaría a los responsables y se les aplicaría un castigo correspondiente. El protocolo era claro, frío y eficiente.
Sin embargo, mientras alzaba la vista hacia el omega, algo llamó su atención. Aquellos ojos esmeralda que se fijaron en él.
Desde la rama del árbol, los ojos esmeralda del pecoso se clavaron en la figura del alfa que caminaba por el jardín. Era imposible no reconocer que era alfa, no solo porque imponía, sino por la manera en la que el espacio parecía cerrarse a su alrededor.
Denki también noto aquello, siguió la dirección de la mirada de Izuku y soltó una risa baja, incrédula.
—Mira que tenemos aquí— murmuró— viene a jugar.
—Qué raro ver a uno de estos por aquí— respondió— normalmente solo nos observan como si fuésemos ganado.
El alfa rubio no corría, no gritaba, solo caminaba en su dirección.
Aquellos pasos contenidos hacían la situación más divertida para ambos omegas. Izuku se deslizó del árbol con agilidad, lo que por un momento helo la sangre de los enfermeros que debían cuidar que no se hicieran daño. Apenas cayó sobre el césped comenzó a correr por el jardín.
—¡Suerte si quieres atraparlo! — gritó Denki mientras corría en dirección contraria
Katsuki avanzó con paso firme, los ojos fijos en Izuku. No corría, media la distancia y los movimientos que el pecoso pudiese hacer.
Ochako, que había observado todo a escondidas, reaccionó por puro instinto. Se adelantó y, con manos temblorosas, sujetó la chaqueta de Katsuki con ambas manos. Quería detenerlo.
—P-por favor— susurró asustada— él... ellos no querían, solo están ju...
No pudo terminar la frase. Katsuki se detuvo y con un gesto firme, apartó la mano de la omega sin brusquedad, devolviéndola a su propio espacio.
—No es asunto tuyo— dijo con una expresión seria. Sin dureza innecesaria.
Kaminari fue sujetado por dos enfermeros por ambos brazos al poco tiempo.
Izuku giró su cabeza por un momento. Un grave error.
Katsuki aprovechó ese instante y acortó la distancia, cerrándole el paso entre un seto y una pared, lo que hizo que el pecoso frenase en seco.
—Vaya, para ser tan grande no eres tan estúpido— dijo con una sonrisa.
El alfa no respondió a su provocación, sólo extendió su mano y lo sujetó del brazo, firme pero controlado, lo suficiente para inmovilizarlo sin herirlo.
Izuku se tenso ante el contacto. Intentó zafarse, pero le era imposible.
—Suéltame—soltó molestó— no tienes derecho a tocarme.
—Lo tengo— lo interrumpió el alfa— lo sabes a la perfección. Eres demasiado valioso como para jugar de esta forma, omega.
Continuará...
Siento la redacción y las faltas ortográficas.








