Capítulo 1
Si acaso existiera un comienzo, si pudiéramos señalar con el dedo índice, ese dedo que acusa y señala y que en Oromas a menudo se corta para evitar la vanidad de la distinción, diríamos que todo empezó con el silencio, no un silencio cualquiera, no la ausencia de ruido que precede a la tormenta o el vacío que queda cuando un músico retira el arco del violín, sino un silencio sólido, mineral, una grieta en la arquitectura del pensamiento que nos une a todos, porque aquí, en la ciudad de las mil torres de alabastro, en esta Oromas que se yergue como un puño desafiante contra el cielo cobalto, pensar en soledad es la primera forma de traición, y despertarse, tal como lo hizo Elianor aquella mañana, con la sensación de que sus sueños le pertenecían solo a él, era ya un síntoma de una enfermedad mortal, una gangrena del espíritu que debía ser extirpada antes de que la Concordancia se diera cuenta, antes de que el flujo dorado que conecta las mentes de los ciudadanos, desde el más humilde barrendero de polvo estelar hasta el Pretor Kaelen en su trono de la Espira de Aethelgard, notara que una de sus gotas de agua había decidido, súbita y terroríficamente, convertirse en hielo.
Elianor abrió los ojos y lo primero que vio fue el techo de su celda, no una celda de prisión, aunque las diferencias son meramente semánticas cuando la libertad es un concepto obsoleto archivado en los sótanos de la historia, sino una habitación funcional, de piedra blanca y vetas azules, idéntica a las otras cien mil habitaciones que componen el distrito de los Escribas, y al incorporarse sintió el mareo habitual, esa náusea leve que acompaña al reinicio de la conexión, como si mil voces empezaran a susurrar al mismo tiempo en la base del cráneo, bienvenido al día, decían sin decirlo, la gloria es de todos, el dolor es compartido, levántate y sirve, y él, frotándose las sienes con unos dedos manchados de tinta perpetua, tinta de calamar abisal que se usa para transcribir los edictos sagrados, pensó, o intentó pensar, hoy estoy cansado, pero el pensamiento fue inmediatamente absorbido, diluido, y la respuesta llegó no de su mente sino de la atmósfera, no estamos cansados, estamos listos, la fatiga es una ilusión del individuo.
Se lavó la cara en la jofaina de cerámica, el agua estaba fría, un frío que mordía la piel y despertaba los nervios, y mientras se miraba en el espejo de metal pulido, ese óvalo que devolvía una imagen borrosa, imprecisa, porque para qué querría uno ver con claridad sus propios rasgos si el rostro no es más que una máscara temporal para el colectivo, Elianor notó algo en sus ojos, una chispa, un parpadeo de miedo que no se reflejaba en la red psíquica, y se dijo, cuidado, ten cuidado, si te ven dudar te mandarán a los Pozos de Silencio, y se secó con la toalla áspera, frotando con fuerza hasta que la piel se puso roja, como queriendo borrar la identidad que amenazaba con surgir bajo la epidermis.
Salió al pasillo, un corredor interminable de arcos ojivales por donde ya transitaban otros como él, túnicas grises, pasos silenciosos, el roce de la tela contra la piedra, shhh, shhh, el sonido de la obediencia, y se unió a la fila, fluyendo como un glóbulo rojo en una arteria de granito, sin mirar a nadie a los ojos porque mirar es preguntar y preguntar es dudar, y a su lado caminaba Varic, un escriba de mayor antigüedad, con la espalda encorvada por décadas de inclinarse sobre los pergaminos, y Varic no giró la cabeza, pero su voz resonó dentro de la cabeza de Elianor, no una voz auditiva sino esa proyección mental permitida, Buenos días hermano, la Concordancia fluye fuerte hoy, dijo, o pensó, y Elianor respondió con la fórmula autómata, Fluye y nos sostiene, la unidad es la vida, pero al decirlo sintió que las palabras eran piedras en su boca, pesadas, falsas, y tuvo miedo de que Varic, con su mente vieja y callosa, pudiera sentir la textura de su mentira, pero el viejo solo asintió imperceptiblemente y siguieron caminando hacia los grandes portones de la Basílica del Unísono.
La ciudad de Oromas no conocía la noche ni el día en el sentido estricto, pues las esferas de luz arcana flotaban en las esquinas, en las plazas, sobre los pináculos de la Espira de Aethelgard, bañando todo en una luz lechosa y constante, una luz que no dejaba sombras donde esconderse, porque el secreto es el enemigo, y al salir a la Plaza de los Ecos, Elianor tuvo que entrecerrar los ojos ante la magnificencia de la arquitectura, torres que desafiaban la gravedad unidas por puentes de cristal tan finos que parecían hilos de telaraña, y en el centro, la fuente de maná líquido, una sustancia iridiscente que los magísteres bebían para mantener el tejido de la realidad estable, o eso decían, porque nadie del pueblo llano había probado jamás una gota, y allí, entre la multitud que se dirigía a sus labores, carpinteros que tallaban la misma silla una y otra vez, tejedores que hilaban el mismo patrón, Elianor sintió el primer golpe de la disonancia.
Fue un sonido agudo, como el rasgar de una tela muy fina, y vino de algún lugar arriba, quizás de uno de los puentes, y por un segundo, un segundo que duró un siglo, la voz colectiva en su cabeza, ese zumbido constante de mil pensamientos superpuestos, se cortó, silencio, el silencio absoluto, y Elianor se detuvo en seco, y vio que Varic también se detenía, y el carpintero, y el tejedor, todos congelados como estatuas de sal, con los ojos muy abiertos, y en ese vacío, en esa pausa del mundo, se escuchó un grito, no un pensamiento, sino un grito de garganta, de pulmones, de aire vibrando contra cuerdas vocales, ¡No!, gritó alguien, una voz de mujer, ¡No quiero!, y el grito rebotó en las paredes de alabastro, obsceno, pornográfico en su individualidad, y entonces, con la violencia de un dique que se rompe, el zumbido regresó, más fuerte, más agresivo, aplastando el recuerdo del grito, borrándolo, y la multitud volvió a moverse al unísono, como si nada hubiera pasado.
Pero había pasado, Elianor lo sabía, su corazón latía desbocado, un tambor frenético que tocaba una marcha de pánico contra sus costillas, y miró a Varic, ¿Lo has oído?, quiso preguntar, ¿Has oído esa voz que era una sola y no todas?, pero se mordió la lengua hasta sentir el sabor metálico de la sangre, porque preguntar era admitir que uno estaba fuera del flujo, que uno había sido testigo de la herejía y no la había rechazado instintivamente, así que bajó la cabeza y siguió caminando, pero sus pasos ya no eran los de un autómata, eran los pasos de un hombre que huye, aunque se dirija a su trabajo.
Entraron en la Basílica del Unísono, una caverna inmensa de techos abovedados que se perdían en la oscuridad, llena de filas y filas de pupitres, el olor a pergamino viejo, a cera derretida y a humanidad contenida, y Elianor ocupó su lugar, el puesto cuatrocientos doce de la nave lateral izquierda, mojó su pluma en el tintero de obsidiana y esperó la transmisión, porque su trabajo no era inventar, los dioses nos libren de la invención, sino recibir los decretos que emanaban de la Espira y fijarlos en el papel, hacerlos ley física, y pronto la voz del Pretor Kaelen, o quizás la voz de la Concordancia misma usando la garganta del Pretor, empezó a dictar en su mente, Hoy se establece la norma de la cosecha del grano de plata, escribid, la distribución será equitativa según la necesidad y no el deseo, escribid, el deseo es la raíz del sufrimiento, escribid.
La pluma de Elianor rasgaba el papel, rítmica, hipnótica, una extensión de su brazo que a su vez era una extensión de la voluntad de Oromas, pero su mente, esa parte rebelde que había despertado con el grito de la mujer, no dejaba de dar vueltas, ¿quién era ella?, ¿dónde estaba?, ¿la habrían atrapado ya los Centinelas del Tejido?, esos guerreros sin rostro armados con varas de anulación que patrullaban los niveles superiores, y mientras escribía "el sufrimiento es la soledad", su mano tembló, solo un poco, una vibración imperceptible, y una gota de tinta cayó fuera del margen, una mancha negra, redonda, perfecta como un ojo que lo miraba desde el papel inmaculado, un error, un error es una desviación, una desviación es traición.
Se quedó mirando la mancha, paralizado, esperando que la alarma sonara, que las campanas de la basílica tañeran anunciando su fallo, pero nadie se movió, Varic seguía escribiendo a su lado, inmerso en el trance, y Elianor, con un movimiento rápido que lo sorprendió por su audacia, pasó el dedo sobre la mancha, emborronándola, convirtiendo el ojo perfecto en una nube sucia, y luego siguió escribiendo, tapando el error con más palabras, enterrando su culpa bajo capas de retórica oficial, pero el miedo ya se había instalado en su estómago, frío y pesado como una piedra de río.
A la hora del receso, cuando los escribas se dirigían al refectorio para consumir la pasta de nutrientes insípidos que mantenía sus cuerpos funcionando, Elianor buscó un rincón apartado, algo difícil en una sala diseñada para la comunalidad, donde las mesas eran largas y los bancos no tenían separaciones, pero encontró un sitio cerca de una columna donde la luz de las esferas parpadeaba, defectuosa, y se sentó, removiendo la comida con su cuchara de madera, y entonces lo vio, o creyó verlo, un hombre sentado tres mesas más allá, un hombre que no comía, que miraba fijamente al vacío, y cuyos labios se movían sin emitir sonido, pero no era el movimiento de quien recita las letanías de gratitud, era un movimiento espasmódico, rabioso, y Elianor aguzó el oído mental, intentando captar el pensamiento de aquel hombre, sintonizar su frecuencia en la gran radio de la Concordancia, pero solo encontró estática, un muro gris de nada.
Aquel hombre estaba desconectado.
Era imposible, biológicamente, mágicamente imposible, se nos enseña desde el nacimiento, desde que nos implantan el Nódulo de Resonancia en la base del cuello, que la vida fuera de la red es muerte cerebral, que sin el soporte de la mente colmena nos marchitamos como flores arrancadas, pero aquel hombre estaba allí, respirando, con los ojos brillantes de fiebre o de locura, y nadie más parecía notarlo, porque la Concordancia tiene un filtro, una censura automática que nos impide ver lo que no debe ser visto, nos vuelve ciegos a las grietas para proteger la integridad del muro, pero Elianor lo veía, y eso significaba que su propio filtro estaba fallando, que la enfermedad avanzaba.
De repente, el hombre se levantó, tiró su bandeja al suelo con un estruendo que cortó el murmullo del comedor, y esta vez no hubo parálisis temporal, esta vez los Centinelas del Tejido aparecieron de la nada, surgieron de las sombras como pesadillas materializadas, con sus armaduras de quitina negra y sus varas crepitantes de energía violeta, y se abalanzaron sobre él, y el hombre no gritó, solo se rió, una risa seca, quebrada, Yo soy, dijo, Yo soy yo, y luego la vara de un Centinela le tocó el pecho y el hombre se desplomó, convulsionando, y el olor a ozono y carne quemada llenó el aire, y los escribas siguieron comiendo, bajaron la vista a sus cuencos, masticando rítmicamente, ignorando el cuerpo que era arrastrado fuera de la sala, ignorando la mancha de comida en el suelo, ignorando la realidad porque la realidad es lo que el Pretor Kaelen dice que es.
Elianor sintió que iba a vomitar, se llevó la mano a la boca, y Varic, que se había sentado frente a él sin que se diera cuenta, lo miró, esta vez con los ojos físicos, unos ojos lechosos y cansados, y le habló, no con la mente, sino con la voz, un susurro ronco que apenas superó el ruido de las cucharas, Come, dijo, Come y olvida, el olvido es la salud, pero en sus ojos Elianor vio algo terrible, vio que Varic también lo había visto, que Varic sabía, y que llevaba sabiendo mucho tiempo, y que su obediencia no era fe, sino terror puro y destilado.
¿Tú lo has visto?, susurró Elianor, rompiendo el protocolo, arriesgándolo todo en un lance de dados desesperado, y Varic apretó los labios, negó con la cabeza muy lentamente, No he visto nada, dijo, y tú tampoco, la disonancia es un fallo de tu percepción, corrígete, hermano, corrígete antes de que te corrijan, y volvió a su comida, pero su mano temblaba, y Elianor comprendió que la sociedad colectiva, esa fortaleza inexpugnable de la mente única, estaba construida sobre cimientos de pánico individual, que todos, o muchos, fingían la conexión perfecta mientras gritaban en silencio dentro de sus propios cráneos.
La tarde pasó en una bruma de tinta y miedo, las palabras del Pretor seguían llegando, decretos sobre la pureza del pensamiento, sobre la expansión de las fronteras de Oromas hacia las Tierras Baldías donde habitan los salvajes sin mente, aquellos que rechazaron el don de la Concordancia, y Elianor escribía, pero cada letra era un acto de resistencia, porque ahora analizaba lo que escribía, lo juzgaba, y el juicio es el primer paso hacia la rebelión.
Cuando sonó la campana del final del ciclo, un sonido profundo y grave que vibraba en los huesos, Elianor recogió sus cosas, limpió su pluma con un cuidado meticuloso, como si en ese acto trivial pudiera encontrar algún tipo de redención, y salió de la Basílica, pero no volvió a su celda, sus pies, guiados por una voluntad que no reconocía como propia pero que indudablemente lo era, lo llevaron hacia los límites del distrito, hacia las terrazas que daban al abismo, allí donde la ciudad terminaba y empezaba la caída infinita hacia las nubes inferiores.
Se apoyó en la balaustrada de piedra fría, el viento le azotaba la cara, un viento que olía a lluvia y a libertad, y miró hacia abajo, hacia la oscuridad donde se suponía que no había nada, solo caos y muerte, y se preguntó qué pasaría si saltaba, si se desconectaba por la vía rápida, si la gravedad tenía autoridad sobre la magia, pero entonces notó una presencia a su lado, no necesitó girarse para saber que no estaba solo, la presión en su mente cambió, se volvió más densa, más inquisitiva.
Es una vista hermosa, dijo una voz, una voz suave, culta, que no resonó en su cabeza sino en sus oídos, y Elianor se giró lentamente, con el corazón en la garganta, para encontrarse con la figura alta y delgada de un Magíster, túnica blanca con bordes dorados, el rostro afeitado y sereno, los ojos de un color violeta antinatural, era el Magister Valerius, uno de los arquitectos del pensamiento, uno de los que tejían la red que Elianor solo transcribía.
Magister, dijo Elianor, inclinando la cabeza, La Concordancia sea con vos, pero Valerius sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos, Deja las formalidades, escriba, estamos al borde del mundo, aquí el tejido es más fino, el viento se lleva las palabras, ¿sabes por qué venimos aquí?, preguntó, y Elianor negó, no, señor, no lo sé, Venimos porque a veces el ruido de tantas mentes es ensordecedor, dijo Valerius, y Elianor se quedó helado, ¿un Magíster admitiendo fatiga?, ¿admitiendo que la voz colectiva era ruido?, ¿Es una prueba?, pensó, ¿me está probando para ver si soy defectuoso?, y decidió callar, el silencio es seguro, el silencio es el escudo.
Has tenido un día difícil, continuó Valerius, mirando hacia el horizonte nublado, hubo... fluctuaciones, la mujer en el puente, el hombre en el refectorio, lamentables incidentes de incoherencia, el sistema inmunológico de Oromas es fuerte, pero la enfermedad es persistente, se giró hacia Elianor y lo miró fijamente, como si pudiera leer los párrafos tachados en su alma, He notado tu pluma, escriba, he notado esa pequeña pausa antes de escribir la palabra "sufrimiento", una vacilación de milisegundos, imperceptible para la mayoría, pero yo escucho los espacios entre las notas, ¿por qué vacilaste?, preguntó, y su voz no era amenazante, era curiosa, casi científica, como quien examina un insecto bajo una lente.
No lo sé, mintió Elianor, fue un calambre, la mano se me cansó, la debilidad de la carne, Magister, pido corrección, pido penitencia, pero Valerius soltó una risa suave, Corrección, sí, siempre pedís corrección, como si el dolor fuera la respuesta a todo, se acercó un paso más, invadiendo el espacio personal de Elianor, oliendo a incienso y a ozono, No busco castigarte, Elianor, sé tu nombre, sé tu número, sé que sueñas con colores que no existen en Oromas, lo sé porque yo diseño los sueños que se envían por la red, y a veces, algunos se pierden, algunos se despiertan, dime, ¿qué sentiste cuando la mujer gritó?, dímelo con tu propia voz, no con la del colectivo.
Elianor temblaba, estaba acorralado entre el abismo y el Magíster, entre la muerte física y la muerte espiritual, y miró los ojos violetas de Valerius, buscando una trampa, pero solo encontró un abismo tan profundo como el que se abría a sus espaldas, Sentí... miedo, dijo finalmente, su voz apenas un hilo, Sentí miedo, y envidia, la última palabra salió como un vómito, una confesión que le costaría la vida, Envidia, repitió Valerius, saboreando la palabra, Envidia de su capacidad para gritar, para ser, para dolerse sola, sí, es una emoción poderosa, más fuerte que la Concordancia, más fuerte que la lealtad.
El Magíster sacó una mano de su túnica, una mano pálida y elegante, y la posó sobre el hombro de Elianor, el contacto fue eléctrico, una descarga que erizó los vellos de su nuca, Escucha bien, escriba, las grietas se están ensanchando, el Pretor Kaelen lo sabe, la Espira de Aethelgard tiembla en sus cimientos, algo viene, algo antiguo, o quizás algo nuevo, que para el caso es lo mismo, el cambio es el enemigo de la perfección, y Oromas es perfecta, por eso debe morir, la frase quedó colgando en el aire, absurda, traidora, y Elianor no podía creer lo que oía, ¿Por qué me dice esto?, preguntó, ¿por qué a mí?, Porque necesito a alguien que pueda mentir, dijo Valerius, alguien que pueda escribir una cosa y pensar otra, alguien como tú, mañana irás al Archivo Profundo, te asignaré a la sección de Historia Prohibida, allí encontrarás textos que no han sido tocados en siglos, léelos, entiéndelos, y luego, hablaremos de nuevo.
Valerius retiró la mano y se alejó, su túnica ondeando al viento, dejando a Elianor solo en la terraza, con el corazón latiendo tan fuerte que le dolía el pecho, con una misión que no había pedido y un secreto que pesaba más que todas las piedras de la ciudad, miró de nuevo al abismo, y por primera vez en su vida, la oscuridad no le pareció un final, sino una posibilidad, un lienzo en blanco donde quizás, solo quizás, se podía escribir una historia diferente, una historia que empezara con la palabra "Yo".
La noche cayó sobre Oromas, o lo que pasaba por noche, las luces se atenuaron ligeramente para inducir el ciclo de sueño, y Elianor regresó a su celda, se tumbó en el catre duro, y cerró los ojos, pero no se conectó, luchó contra la corriente que intentaba arrastrarlo al sueño común, construyó un muro de ladrillos mentales alrededor de su consciencia, uno por uno, usando el miedo como argamasa, y allí, en la fortaleza de su propia mente, susurró su nombre, Elianor, Elianor, probando su sonido, asegurándose de que todavía le pertenecía, mientras afuera, la ciudad de la mente colmena zumbaba, ignorante de la semilla de discordia que acababa de ser plantada en su mismo corazón.