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Sinopsis

Eleanor Vance es una terapeuta experta en traumas que vive dedicada a reconstruir las mentes fracturadas de sus pacientes. Sin embargo, su propia armadura profesional comienza a agrietarse cuando conoce a Adrián Blackwood, un enigmático y brillante arquitecto que parece comprender su oscuridad mejor que nadie. Lo que inicia como una conexión intelectual eléctrica y un romance de química innegable, pronto se transforma en un inquietante juego del gato y el ratón.

Estado:
En proceso
Capítulos:
17
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

La lluvia sobre los cristales no era simplemente agua; era un repiqueteo incesante, una percusión nerviosa que parecía imitar el ritmo desbocado de un corazón enfermo. En la penumbra de su consultorio, Eleanor Vance observaba cómo las gotas distorsionaban las luces de la ciudad exterior, transformando los edificios de acero y cristal en espectros borrosos, en gigantes que lloraban lágrimas de mercurio. Dentro, el aire estaba viciado, cargado con la densidad específica del sufrimiento humano, ese peso invisible que se acumula en las esquinas donde se confiesan los pecados que no tienen absolución religiosa, sino clínica. Frente a ella, Clara, una mujer cuya fragilidad parecía a punto de quebrarse bajo la mera presión atmosférica, retorcía un pañuelo de seda entre sus dedos pálidos. —Es como si... como si él supiera qué ladrillos quitar —susurró Clara, su voz apenas un hilo de humo en la vastedad de la habitación—. No me golpea, doctora Vane. Nunca me ha puesto una mano encima. Pero entra en mi mente y reorganiza los muebles. Me hace dudar de si la ventana estaba abierta o cerrada, de si dije lo que creo que dije. Y luego sonríe. Esa sonrisa... es la sonrisa de un arquitecto que admira una ruina antes de demolerla. Eleanor sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura del aire acondicionado. Era una vibración interna, una resonancia simpática. ¿Cuántas veces había escuchado variaciones de esta misma melodía lúgubre? La psique humana, pensó Eleanor con esa mezcla de fascinación y horror que siempre la caracterizaba —una herencia maldita de su propia naturaleza obsesiva—, es un palacio de mil habitaciones, y el trauma es el intruso que apaga las luces una por una. —La duda es su herramienta, Clara —dijo Eleanor, escuchando su propia voz como si viniera de una distancia lejana, modulada, profesional, una máscara de porcelana sobre un rostro de carne viva—. Él busca que usted sea la autora de su propia locura. Pero usted está aquí. La parte de usted que sabe la verdad, la parte insobornable, es la que la trajo a este sofá. Sin embargo, mientras pronunciaba estas palabras de empoderamiento, la mente de Eleanor, esa entidad polifónica y traicionera, vagaba hacia otro lugar. Hacia él. Hacia la promesa de la noche que se avecinaba. ¿No era acaso una hipocresía monumental predicar sobre la claridad mental cuando ella misma se sentía arrastrada por una corriente oscura y deliciosa, un torrente de emociones que desafiaba toda lógica terapéutica? La sesión terminó con la habitual ceremonia de pañuelos y citas futuras. Cuando la puerta se cerró tras Clara, el silencio que inundó el despacho no fue de paz, sino de acecho. Eleanor se puso de pie, sus articulaciones protestando con la rigidez de quien carga el peso del mundo. Se acercó al espejo de caoba en la esquina. Su reflejo le devolvió la mirada de una mujer que vivía en dos mundos: sus ojos, oscuros y profundos como pozos de agua estancada, delataban una inteligencia febril, casi dostoievskiana, una mente que no podía dejar de analizar, de disecar, de sufrir por el mero hecho de comprender. Recogió su abrigo, una prenda de lana color carbón que la envolvía como una segunda piel protectora contra la intemperie moral de la ciudad, y salió. El viaje hacia la residencia de Adrián Blackwood fue un descenso —o quizás una ascensión— hacia un mundo aparte. A medida que su coche dejaba atrás el caos urbano, las carreteras se volvían serpientes de asfalto rodeadas de bosques antiguos, árboles esqueléticos que arañaban un cielo de plomo. La atmósfera cambiaba, volviéndose más densa, más gótica, impregnada de una soledad que no era vacía, sino habitada. Adrián no vivía en la modernidad aséptica de la ciudad. Vivía en "El Priorato", una estructura que él mismo estaba restaurando. Un hombre que reparaba lo roto. Esa había sido la premisa inicial, el anzuelo que había atrapado el interés de Eleanor. ¿Qué clase de alma busca habitar entre ruinas para devolverles la gloria? Solo un alma que comprende el valor de las cicatrices. Al llegar, la casa se alzó ante ella como una sentencia. Piedra gris, gárgolas erosionadas por siglos de viento, y ventanas altas y estrechas que brillaban con la luz cálida y trémula del fuego interior. Era un escenario sacado de las páginas de una novela de las Brontë, un lugar donde el amor no podía ser algo trivial o ligero, sino una fuerza de la naturaleza, tempestuosa y fatal. Eleanor bajó del coche, y el viento helado golpeó su rostro, despertando sus nervios, haciéndola sentir vívidamente, dolorosamente viva. Caminó hacia la entrada principal, sus tacones resonando sobre los adoquines húmedos como un reloj marcando el tiempo restante antes del inevitable colapso de sus defensas. La puerta se abrió antes de que ella pudiera llamar. Adrián estaba allí. Si el diablo decidiera caminar por la tierra para tentar a las mujeres inteligentes, no vendría con cuernos ni promesas de riqueza; vendría con la apariencia de Adrián Blackwood. Alto, con esa elegancia descuidada de quien no necesita esforzarse para imponer su presencia, vestía un suéter de cuello alto negro y pantalones oscuros manchados de polvo de yeso, vestigios de su labor de restauración. Su rostro era una geografía de ángulos duros y sombras suaves, dominado por unos ojos que parecían contener el conocimiento de mil vidas pasadas, ojos que la miraban no solo a ella, sino dentro de ella. —Eleanor —dijo él. Su voz era un barítono rico, una vibración que ella sintió en el esternón más que en los oídos—. Empezaba a temer que la tormenta te hubiera reclamado. —La tormenta es solo agua y ruido, Adrián —respondió ella, cruzando el umbral. El calor de la casa la envolvió, un abrazo fragante a madera vieja, cera de abejas y algo más almizclado, puramente masculino—. Lo que hay dentro de las personas es mucho más peligroso. Él cerró la puerta, dejando fuera el aullido del viento, sellándolos en una burbuja de intimidad que resultaba casi claustrofóbica en su intensidad. —Siempre tan analítica —murmuró él, acercándose para ayudarla con el abrigo. Sus manos rozaron sus hombros, y el contacto fue eléctrico, una descarga que recorrió la columna de Eleanor y se alojó en su vientre—. ¿Nunca descansas, Eleanor? ¿Nunca dejas que la mente duerma para que el cuerpo pueda simplemente... ser? —El sueño de la razón produce monstruos —citó ella, girándose para enfrentarlo. Estaban peligrosamente cerca. Podía oler el vino tinto en su aliento, mezclado con el aroma del tabaco de pipa que él no fumaba, pero que impregnaba la biblioteca—. Y mi trabajo consiste en cazar a esos monstruos. Adrián sonrió, y en esa sonrisa había una melancolía exquisita, una tristeza rusa que parecía comprender la futilidad de toda lucha humana. —Ven. He abierto un Burdeos que lleva esperando este momento dos décadas. Sería un crimen dejarlo respirar solo por más tiempo. La condujo a la biblioteca, el corazón palpitante de la casa. Las paredes estaban forradas de libros desde el suelo hasta el techo, volúmenes encuadernados en piel que contenían la sabiduría y la locura de siglos. Una chimenea monumental rugía en el centro, proyectando sombras danzantes que parecían cobrar vida propia en las esquinas de la habitación. Se sentaron en sillones de terciopelo desgastado, uno frente al otro, con el fuego como único testigo. Adrián le sirvió el vino, el líquido carmesí brillando en la copa como sangre oxigenada. —Hoy ha sido un día difícil —observó él, no como una pregunta, sino como una afirmación. Se sentó con una gracia felina, cruzando las piernas largas—. Tienes esa línea entre las cejas. La línea de la compasión excesiva. ¿Quién se ha llevado un pedazo de tu alma hoy, Eleanor? Eleanor tomó un sorbo de vino. Era complejo, terroso, con notas de frutos negros y desesperación antigua. —Una paciente —admitió, rompiendo su propia regla de no llevar el trabajo a casa, aunque esta no era su casa, sino un refugio—. Alguien que está siendo desmantelada pieza por pieza por la persona que dice amarla. Adrián sostuvo su copa contra la luz del fuego, observando los sedimentos. Su perfil, recortado contra las llamas, tenía la nobleza severa de un busto romano. —El amor y la destrucción son vecinos cercanos —dijo él suavemente, su tono filosófico, casi académico—. A veces, para construir algo duradero, primero hay que demoler lo que está podrido. Quizás ese hombre... ese arquitecto del dolor del que hablas, cree que está haciendo un favor. Que está purificando. Eleanor sintió una punzada de incomodidad, una aguja clavándose en la tela de su admiración. —No hay favor en la anulación del otro, Adrián. Eso es tiranía, no amor. Es el ejercicio del poder por el placer del poder. Es... patológico. Él giró la cabeza y la miró directamente. Sus ojos brillaron con una intensidad febril, casi fanática. —¿Y no es patológico también querer salvar a todos, Eleanor? ¿No es una forma de arrogancia creer que puedes entrar en el laberinto de la mente de otro y guiarlo hacia la salida, cuando tú misma a veces no encuentras la puerta? —Se inclinó hacia adelante, reduciendo el espacio entre ellos—. Tú y yo somos iguales. Ambos trabajamos con estructuras. Yo con piedra y madera, tú con memorias y traumas. Ambos sabemos que a veces, los cimientos están tan podridos que la única opción es dejar que todo se derrumbe. La lógica de Adrián era seductora, una trampa de terciopelo. Eleanor se sintió atraída hacia ese abismo intelectual. Él la desafiaba, la obligaba a confrontar sus propias sombras. Ningún otro hombre había logrado jamás penetrar sus defensas de esa manera. Con otros, ella era la doctora, la autoridad, la mujer fuerte. Con Adrián, se sentía expuesta, vulnerable, una niña perdida en un páramo bajo la tormenta. —Yo creo en la restauración, no en la demolición total —respondió ella, aunque su voz tembló ligeramente—. Creo que incluso las ruinas pueden ser habitables si se apuntalan con cuidado. Adrián dejó su copa en la mesa auxiliar y se levantó. Caminó hacia ella con paso lento, deliberado. Se detuvo justo delante de su sillón, extendiendo una mano hacia ella. —Entonces, permíteme restaurarte esta noche —susurró—. Deja que apunte tus muros y repare tus grietas. Olvida a tus pacientes, olvida el dolor del mundo. Aquí, en esta casa, solo existimos tú y yo, y el fuego, y la noche. Eleanor tomó su mano. Su piel estaba caliente, áspera por el trabajo, real. Al ponerse de pie, quedaron a centímetros. La tensión sexual era insoportable, una cuerda de violín estirada hasta el punto de ruptura. Había en Adrián una mezcla de peligro y refugio que resultaba embriagadora. Era el arquetipo del héroe byroniano: oscuro, atormentado, posiblemente peligroso, pero irresistiblemente magnético. Él acunó el rostro de ella entre sus manos. Sus pulgares trazaron la línea de su mandíbula con una reverencia casi religiosa. —Eres extraordinaria, Eleanor —dijo, y su voz tenía un matiz de asombro—. Veo todo el caos dentro de ti. Veo el ruido, la furia, la duda constante. Y es lo más hermoso que he visto jamás. Porque es verdad. No hay fingimiento en tu dolor. Ella cerró los ojos, permitiéndose por un momento rendirse. Rendirse al cansancio, a la soledad de años de ser la fuerte, la que escucha. —Tengo miedo, Adrián —confesó en un susurro, una verdad que salió de sus labios sin permiso. —Bien —respondió él, y luego sus labios encontraron los de ella. El beso no fue suave. Fue una colisión, una demanda. Fue hambriento y desesperado, con el sabor del vino y la promesa de olvido. Eleanor se aferró a él, sus dedos enredándose en su cabello, sintiendo la solidez de su cuerpo contra el suyo. En ese momento, el mundo exterior dejó de existir. No había lluvia, no había pacientes rotos, no había ética profesional. Solo había este fuego, esta fusión de almas que parecían haberse buscado a través de los siglos. Pero entonces, mientras él la besaba, mientras sus manos bajaban por su espalda para atraerla más hacia sí, Eleanor sintió algo. No fue algo físico. Fue una imagen, un destello intrusivo en su mente sobre estimulada. Recordó las palabras de Clara de esa tarde: "Es como si supiera qué ladrillos quitar". La mano de Adrián se posó en la base de su columna, presionando un punto específico, un gesto posesivo y dominante. Y en ese instante, una memoria involuntaria emergió del subconsciente de Eleanor: hace tres meses, otra paciente, una mujer llamada Isabel que había terminado internada, había descrito exactamente la misma caricia, el mismo punto de presión, la misma sensación de ser sostenida y atrapada simultáneamente por su amante perfecto. Eleanor se separó, jadeando, el corazón golpeándole contra las costillas como un pájaro enjaulado. —¿Qué pasa? —preguntó Adrián. Su voz era ronca, sus ojos oscuros dilatados por el deseo, pero había una claridad en ellos, una vigilancia repentina que heló la sangre de Eleanor. —Nada —mintió ella, retrocediendo un paso. Su mente de terapeuta, esa máquina analítica que nunca dormía, acababa de encender una luz roja de emergencia en el panel de control de su enamoramiento—. Solo... me he mareado. El vino. El calor del fuego. Adrián la observó. No parpadeó. Por un segundo, la máscara de amante apasionado pareció deslizarse, revelando algo más frío, algo calculador debajo. Una inteligencia depredadora que evaluaba su reacción. —El calor puede ser abrumador si no estás acostumbrada a estar tan cerca de la llama —dijo él, y una sonrisa ladeada apareció en su rostro. No era la sonrisa melancólica de antes. Era diferente. Era... arquitectónica. Eleanor sintió una oleada de vértigo. Miró alrededor de la biblioteca, y de repente, los libros no parecían contener sabiduría, sino secretos. Las sombras en las esquinas no eran acogedoras, sino amenazantes. La casa, "El Priorato", ya no parecía un refugio en restauración, sino una fortaleza diseñada para mantener algo dentro. O para no dejar salir a alguien. —Necesito un vaso de agua —dijo ella, tratando de estabilizar su voz. —Por supuesto —Adrián se dirigió hacia una mesa lateral donde había una jarra de cristal—. Sabes, Eleanor, estaba pensando en lo que dijiste sobre tu paciente. Sobre la duda. Él le dio la espalda mientras servía el agua. El sonido del líquido cayendo en el vaso fue estruendoso en el silencio de la sala. —¿Qué pasa con eso? —preguntó ella, observando la tensión en los hombros de él, la perfecta simetría de su postura. Adrián se giró, ofreciéndole el vaso. La luz del fuego se reflejó en el cristal, creando un destello rojo momentáneo. —Que a veces la duda no es una herramienta del enemigo —dijo suavemente, entregándole el agua—. A veces, la duda es simplemente tu propia mente dándose cuenta de que la realidad es demasiado perfecta para ser verdad. Y en lugar de aceptar la felicidad, buscas grietas donde no las hay. Proyectas tus miedos en el lienzo en blanco de un hombre inocente. Eleanor tomó el vaso. Sus dedos rozaron los de él. Estaban fríos ahora. —¿Estoy proyectando, Adrián? —preguntó ella, y la pregunta flotó en el aire, cargada de un subtexto letal. Él la miró, y en sus ojos había un abismo insondable, un laberinto donde uno podía perderse para siempre. —Eso es lo que vamos a descubrir, mi amor —respondió él—. Tenemos toda la noche. Y la tormenta afuera no va a amainar pronto. Afuera, un trueno sacudió los cimientos de la casa, como si la tierra misma estuviera advirtiendo a Eleanor, gritándole en un lenguaje primitivo que huyera. Pero ella estaba allí, en el centro de la telaraña, fascinada por la araña, sosteniendo un vaso de agua que le había ofrecido el hombre que quizás, solo quizás, era el monstruo que ella había jurado cazar. Bebió el agua. Sabía a metal. Sabía a destino.

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