Capítulo 1: ¿Qué harías si tu crush desapareciera?
¿Qué hace uno cuando su crush desaparece de la noche a la mañana? ¿Aceptas que se fue y sigues con tu vida como si nada, o te atreves a hacer lo imposible para encontrarlo?
Supongo que la mayoría elegiría la opción sensata. Pero esta es la historia de cómo Valeria, la chica más tímida del salón, terminó escogiendo la segunda.
Valeria nunca se había considerado una chica valiente.
De hecho, si había una palabra que la definía, era tímida.
Desde el primer día de clases había aprendido a pasar desapercibida. Se sentaba al fondo del salón, junto a la ventana, con el cabello oscuro cayéndole sobre los hombros y un cuaderno siempre abierto frente a ella. No porque fuera la alumna más aplicada, sino porque escribir o dibujar era mucho más fácil que hablar con alguien.
Para algunos era la rara de la clase.
A Valeria no le importaba demasiado.
O eso se decía.
Porque, aunque fingiera que no escuchaba los comentarios, a veces esas palabras se quedaban dando vueltas en su cabeza durante horas.
Por suerte, había alguien que conseguía que se olvidara de todo.
Gabriel.
Estaba sentado dos filas adelante, hablando con sus amigos mientras esperaba al profesor. Tenía el cabello despeinado, como siempre.
Valeria sonrió para sí.
A él le molestaba muchísimo.
—Otra vez tengo el pelo horrible —se quejó Gabriel, intentando acomodárselo con las manos.
—Déjalo así —dijo Marco, su mejor amigo—. Te queda bien.
—No me queda bien.
—Claro que sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Gabriel, llevas diez minutos discutiendo sobre tu pelo.
—Porque ustedes no entienden.
Valeria tuvo que contener una risa.
Yo sí entiendo.
A ella le encantaba su cabello así.
Le gustaba todo de él, en realidad.
Su risa. Su manera de hablar con cualquiera como si fueran amigos de toda la vida. La forma en que ayudaba a los demás sin esperar nada a cambio. Incluso esa costumbre de despeinarse todavía más cuando estaba nervioso.
Y, sobre todo, le gustaban sus ojos.
Aunque eso era un problema.
Porque cada vez que Gabriel la miraba, Valeria olvidaba cómo funcionaba su cerebro.
Lo observaba de reojo, intentando disimular. Gabriel estaba hablando con Marco y riéndose de algo que ella no había alcanzado a escuchar. Valeria sonrió sin darse cuenta.
Entonces, como si hubiera sentido su mirada, Gabriel giró la cabeza.
Sus ojos se encontraron.
Valeria apartó la vista de inmediato y fingió buscar algo en su mochila.
Tranquila. Actúa normal.
—¿Qué haces? —preguntó una compañera sentada a su lado.
—Nada.
—¿Nada? Llevas un buen rato mirando hacia adelante.
—Estaba viendo la pizarra.
La chica miró la pizarra, todavía vacía, y después volvió a mirarla.
—Claro. La pizarra.
—¡Ya, cállate!
Su compañera soltó una risita.
Valeria quiso desaparecer.
Reunió el valor suficiente para echar otro vistazo hacia adelante. Gabriel seguía mirándola.
Y, cuando sus ojos volvieron a encontrarse, él sonrió y le guiñó un ojo.
Valeria se quedó inmóvil.
No. No, no, no. ¿Acaba de hacer eso?
Se hundió en su asiento y se cubrió la cara con las manos.
—¿Qué pasó ahora? —preguntó su compañera, aguantándose la risa.
—Nada.
—Ajá. ¿Y por qué estás roja?
—¡Porque tengo calor!
—Valeria, estamos en pleno invierno.
—¡Pues tengo calor igual!
La chica soltó una risita.
Valeria sintió que el corazón se le iba a salir del pecho.
¿Eso pasó de verdad?
Durante el resto de la clase no entendió absolutamente nada.
Mientras el profesor explicaba, su mente estaba en otro lugar.
¿Qué te gustaría hacer después de terminar el colegio, Gabriel?
¿Te gusta el cine?
¿Qué películas ves?
¿Quieres viajar?
¿Qué quieres estudiar?
Miles de preguntas.
Cero respuestas.
Porque hablarle era otra historia.
Valeria llevaba meses prometiéndose que algún día se acercaría.
Mañana.
Siempre mañana.
Hasta que un día decidió que ya no podía seguir esperando.
El problema fue que ese mismo día todo salió mal.
—Oye, Valeria.
Levantó la cabeza. Cecilia estaba frente a ella junto con seis chicas de su grupo. La chica más popular del salón sonreía de esa manera que nunca significaba nada bueno.
Por favor, hoy no.
—¿Qué? —preguntó Valeria.
—Préstame tu mochila.
—¿Para qué?
—Solo dámela.
—Pero...
Una de las chicas se la arrebató antes de que pudiera terminar.
—¡Oye! Devuélvemela.
—¿Y si no quiero?
Las demás comenzaron a reírse. Valeria sintió que la cara le ardía. Trágame tierra. Que la tierra me trague ahora mismo.
—Vamos, solo estamos jugando —dijo Cecilia.
—No tiene gracia.
—Entonces ven por ella.
La chica levantó la mochila por encima de su cabeza. Valeria dio un paso hacia adelante. Quería gritar, quería quitársela de un tirón, pero el cuerpo no le respondía. Se quedó paralizada, odiándose por ser incapaz de reaccionar.
Y entonces una voz sonó detrás de ellas.
—Qué valientes.
Las risas se apagaron de golpe. Gabriel estaba parado a unos metros, con las manos en los bolsillos y una expresión que Valeria jamás le había visto.
A Valeria se le paró el corazón. Él no. Por favor, él no. Cualquier persona del colegio podía haber presenciado su humillación, pero ¿tenía que ser precisamente Gabriel? Quería desaparecer. Sin embargo, mientras él avanzaba hacia el grupo sin un solo titubeo, el pánico de Valeria se transformó en estupor. Para Gabriel parecía tan fácil ponerse en pie, decir lo correcto y defenderla sin que le temblara la voz.
—Siete contra una —continuó él—. De verdad, impresionante.
Cecilia cruzó los brazos.
—No te metas.
—Claro que me voy a meter.
—Esto no tiene nada que ver contigo.
—Ahora sí.
Gabriel caminó hasta ellas.
—Devuélvele la mochila.
—¿Y si no?
Gabriel la miró durante unos segundos.
—Entonces tendré que quitártela.
Una de las chicas soltó una carcajada.
—¿Y tú quién eres para dar órdenes?
—Alguien que está cansado de verlas molestar a los demás.
Cecilialo fulminó con la mirada.
—Ay, qué héroe.
—No soy ningún héroe.
Gabriel señaló la mochila.
—Solo devuélvesela.
—¿Y si no quiero?
Gabriel suspiró.
Antes de que Cecilia pudiera responder, él dio un paso adelante, tomó la mochila y se la quitó de las manos.
—¡Oye!
—Gracias.
Gabriel se dio la vuelta.
—¡Qué bruto eres! —protestó Cecilia.
—¿Bruto?
—Sí.
Otra de las chicas intervino:
—Además, no deberías meterte en cosas de mujeres.
Gabriel levantó una ceja.
—¿Cosas de mujeres?
—Sí.
Él miró al grupo y luego señaló a Valeria.
—Yo solo veo a siete chicas molestando a una compañera. No sé qué tiene eso de "cosas de mujeres".
Nadie respondió.
Gabriel le entregó la mochila a Valeria.
—Toma.
Ella la recibió con las manos temblorosas.
—Gracias...
Su voz salió tan bajita que apenas se escuchó.
Gabriel se inclinó un poco.
—¿Qué?
—Gracias.
Esta vez pudo decirlo más fuerte.
Él sonrió.
—De nada.
Por un segundo se quedaron mirándose.
Valeria sintió que todo lo demás desaparecía.
—Nos vemos.
Gabriel volvió a guiñarle un ojo antes de alejarse.
Valeria se quedó inmóvil.
Cecilia chasqueó la lengua.
—Qué pérdida de tiempo.
—Vámonos —dijo otra chica.
El grupo comenzó a alejarse.
Valeria todavía seguía mirando en dirección a Gabriel.
—¿Vas a quedarte ahí toda la tarde? —preguntó Cecilia.
Valeria reaccionó.
—No.
Agarró su mochila y salió corriendo.
No para alejarse.
Para alcanzarlo.
Pero cuando llegó al pasillo, Gabriel ya había desaparecido entre los estudiantes.
Se detuvo.
Había tenido una oportunidad. Una perfecta. Gabriel había dado la cara por ella, le había devuelto la mochila y le había dedicado otra de sus sonrisas. La puerta estaba abierta de par en par. Y ella, como siempre, se había quedado congelada.
Y no había sabido qué decir. Otra vez.
Esa noche, mientras miraba el techo de su habitación, la rabia contra sí misma no la dejó dormir. Se prometió que las cosas cambiarían. La próxima vez voy a hablar con él. Esta vez de verdad.
El problema fue que los días que quedaban de clase pasaron volando entre exámenes finales y el caos del cierre de año, sin que Gabriel volviera a cruzarse en su camino a solas. Las vacaciones de verano llegaron demasiado rápido, dejándola atrapada en dos meses de espera.
Valeria pasó gran parte de esos días pensando en él.
Planeó conversaciones.
Ensayó saludos frente al espejo.
Incluso escribió algunas preguntas en una hoja.
¿Qué quieres estudiar?
¿Qué música te gusta?
¿Has viajado alguna vez?
La lista terminaba con una pregunta que jamás se atrevió a escribir completa.
¿Te gustaría salir conmigo?
Cada vez que la leía, cerraba el cuaderno de golpe.
—Todavía no —se decía.
Pero el primer día de clases, Valeria llegó decidida.
Esta vez sí.
Entró al salón, dejó la mochila sobre su carpeta y miró hacia el lugar de Gabriel.
Vacío.
Frunció el ceño.
—Seguro llega tarde.
Esperó.
Sonó el timbre.
Nada.
Comenzó la clase.
Nada.
En el recreo preguntó discretamente por él.
Nadie sabía nada.
Al día siguiente, su asiento continuaba vacío.
Al tercero, también.
Una semana después, Valeria dejó de convencerse de que simplemente estaba enfermo.
Algo había pasado.
El salón seguía lleno de ruido, risas y conversaciones, pero para ella todo parecía distante.
Hasta que finalmente decidió preguntarle a la única persona que podía saberlo.
Marco.
Lo encontró en el pasillo, hablando con unos amigos.
—Marco.
Él volteó.
—¿Sí?
Valeria evitó su mirada y bajó la vista.
—¿Puedo hablar contigo?
Marco la observó con sorpresa.
—Claro.
—A solas.
Él miró a sus amigos.
—Ahora vuelvo.
Caminaron hasta una zona tranquila del patio.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Marco fue el primero en hablar.
—¿Pasa algo?
Valeria apretó las manos.
—Es sobre Gabriel.
La expresión de Marco cambió.
—¿Qué pasa con él?
—No ha venido desde que empezaron las clases.
Marco bajó la mirada.
Valeria sintió que algo no estaba bien.
—¿Está enfermo?
—No.
—Entonces... ¿qué pasó?
Marco respiró profundamente.
—Se cambió de colegio.
Valeria se quedó quieta.
—¿Qué?
—Sus papás tomaron la decisión durante las vacaciones.
—¿Y se fue así nada más?
—Sí.
—¿Sin despedirse?
Marco negó con la cabeza.
—Fue todo muy rápido.
Valeria sintió un vacío en el pecho.
—Ah.
Solo pudo decir eso.
—Valeria...
—Estoy bien.
—No pareces estar bien.
—Estoy bien.
Pero sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
Marco se quedó en silencio unos segundos.
Luego habló con suavidad.
—¿Te gustaba?
Valeria bajó la mirada.
No tenía sentido mentir.
—Sí.
Marco sonrió apenas.
—¿Mucho?
Valeria soltó una risa nerviosa entre las lágrimas.
—Demasiado.
—¿Y él lo sabía?
—No.
—¿Nunca se lo dijiste?
—No.
—¿Ni siquiera hablaste con él?
Valeria negó con la cabeza.
—Bueno... una vez.
—¿Una vez?
—Me ayudó cuando unas chicas me estaban molestando.
—Eso sí me acuerdo.
—Fue amable conmigo.
Marco la miró.
—Gabriel es así.
—Lo sé.
Valeria respiró profundamente.
—Y yo quería hablar con él. De verdad. Pero siempre pensaba que tendría otra oportunidad.
Marco se quedó callado.
Después dijo:
—Entonces búscalo.
Valeria levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Búscalo.
—¿Y cómo se supone que voy a encontrarlo?
—No tengo idea.
Valeria lo miró incrédula.
—Gracias por la ayuda.
Marco soltó una carcajada.
—¡Oye! Estoy siendo sincero.
Ella sonrió por primera vez en varios días.
—No sé dónde vive. No sé a qué colegio se cambió. Ni siquiera sé si sigue en esta ciudad.
—Yo tampoco sé dónde está el nuevo colegio.
—Entonces estamos igual.
—No exactamente.
—¿Por qué?
Marco sonrió.
—Porque yo sí conozco algunas cosas de Gabriel.
Valeria lo miró fijamente.
—¿Y eso qué significa?
—Que podemos averiguar dónde está.
La esperanza apareció en los ojos de Valeria.
—¿De verdad harías eso?
—Sí.
—¿Por qué?
Marco se encogió de hombros.
—Porque eres su amiga.
Valeria hizo una pequeña mueca.
—No soy su amiga.
—Bueno, quieres serlo.
Ella sonrió.
—Supongo.
Marco extendió la mano.
—Entonces tenemos una misión.
Valeria miró su mano y luego a él.
—¿Una misión?
—Encontrar a Gabriel.
Ella dudó apenas un segundo antes de estrechársela.
—Trato hecho.
Marco sonrió.
—Prepárate.
—¿Para qué?
—Porque si vamos a encontrarlo, tendremos que investigar.
Valeria soltó una pequeña risa.
—Esto suena como una pésima idea.
—Probablemente.
—Podríamos meternos en problemas.
—También.
—Podríamos no encontrarlo nunca.
Marco la miró con seriedad.
—Entonces seguiremos buscando.
Valeria sostuvo su mirada.
Por primera vez, el miedo no consiguió detenerla.
Quizá Gabriel se había ido.
Quizá nunca volvería.
Pero ella ya no quería quedarse sentada imaginando todas las cosas que pudo haberle dicho.
Esta vez iba a hacer algo.
Y, sin saberlo, aquel fue el momento en que comenzó una historia que cambiaría mucho más que su vida.
Porque a veces uno emprende un viaje buscando a una persona...
y termina encontrándose a sí mismo en el camino.








