"El Loco y la Psicópata, amor en texas"

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Sinopsis

La noche más violenta en la historia de Texas no empezó con un disparo, sino con una mirada: Marcus estaba en un bar cualquiera cuando todo se descontroló y la sangre empezó a correr, y fue ahí donde vio a Britanny, una chica que no gritó, no huyó ni tembló, sino que observó como si ya conociera ese infierno; él intervino, violencia contra violencia, y en medio del caos se encontraron, creyendo haber hallado a alguien distinto, alguien que no estaba roto, pero estaban equivocados, porque mientras más se acercan más oscuros se vuelven sus secretos, más vivos regresan sus errores y más cerca quedan de un punto sin retorno, donde el amor deja de ser salvación y se convierte en una caída, porque la única persona que entiendes… también puede ser la que termine destruyéndote.

Genero:
Drama
Autor/a:
Michell Lagoss
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Labial y Pólvora

Britanny no recordaba la última vez que había dormido sin despertarse sobresaltada.

La foto estaba sobre la mesa, apenas iluminada por la luz amarilla de una lámpara vieja. La había visto mil veces… pero esa noche se sentía distinta.

Su ex novio sonreía en la imagen.

Tranquilo. Vivo. Ignorante.

—Idiota… —susurró ella, sin emoción.

Deslizó el dedo por el borde de la fotografía, como si pudiera sentir algo. Pero no había nada. Nunca lo había.

Porque cuando lo mataron…

ella no gritó.

No lloró.

No hizo nada.

Solo corrió.

Montreal había quedado atrás como una pesadilla mal enterrada. Un ajuste de cuentas que no era suyo… hasta que lo fue. Disparos. Gente cayendo. Sangre en el suelo. Y ella, en medio, entendiendo algo demasiado tarde:

Nunca había estado del lado correcto.

Britanny no era su nombre.

Nunca lo fue.

Britney Rous murió esa noche.

Y nadie vino a buscar su cuerpo.

Una leve sonrisa cruzó su rostro.

—Mejor así…

Se levantó lentamente, dejando la foto atrás como si fuera basura. Ya no le servía. Nada de eso le servía.

Texas era distinto.

Más simple.

Más violento.

Más honesto.

En otra parte de la ciudad, Marcus terminaba de cargar su arma.

El sonido metálico rompía el silencio de su apartamento vacío. No había fotos. No había recuerdos. No había nada que indicara que alguien vivía ahí… más allá de él.

Revisó el cargador una vez más.

Por costumbre.

Por paranoia.

Por supervivencia.

Lo dejó sobre la mesa junto a otros dos.

Su bolso ya estaba listo: ropa oscura, vendas, dinero en efectivo. Lo necesario. Nunca más de lo necesario.

Marcus no creía en cargar peso inútil.

Ni en personas.

Se miró en el espejo unos segundos.

Había algo en sus ojos… algo que no se iba.

Irak no se iba.

El olor a tierra quemada.

Los gritos.

La oscuridad de la celda.

Y lo que tuvo que hacer para salir.

Cerró los ojos un segundo… y luego negó con la cabeza.

—No hoy.

Se colgó el bolso al hombro, tomó el arma y la guardó con la naturalidad de quien ya no piensa en eso como algo extraño.

Ya no era militar.

Ya no respondía órdenes.

Ahora peleaba por dinero.

Jugaba por dinero.

Vivía por dinero.

Y esta noche… iba a ser una de esas noches.

El bar no tenía nombre en la puerta.

Nunca lo necesitó.

La gente que iba ahí no buscaba luces… buscaba problemas.

Y esa noche, sin que nadie lo supiera, algo más estaba por empezar.

Algo peor que una pelea.

Peor que un robo.

Algo que no iba a terminar bien para nadie.

Por el otro lado en su cuarto al otro lado de Texas, Britanny abrió el cajón con un tirón seco.

—Dónde estás…

Revolvió sin mirar hasta que sus dedos tocaron el metal frío. La navaja apareció entre sus manos y, por un segundo, su respiración se calmó.

—Ahí estás…

La dejó sobre la mesa, frente al espejo, y se sentó. Su reflejo la observaba en silencio, como esperando que hiciera algo.

Tomó el labial. Rojo oscuro.

Giró la base lentamente.

El teléfono empezó a vibrar.

Una vez.

Dos veces.

Britanny lo ignoró mientras delineaba el labio superior con precisión casi quirúrgica.

El teléfono no paró.

—Qué pesada… —murmuró.

Atendió sin dejar de mirarse.

—¿Qué?

—¡Ey! Feliz cumpleaños, desaparecida —la voz del otro lado era ligera, casi cantarina—. Pensé que te habías muerto.

Britanny soltó una risa corta, sin humor.

—Casi.

—¿Qué?

—Nada… —pausa—. ¿Qué querés?

—Qué carácter… —su amiga suspiró—. Solo quería saber si ibas a salir o si pensabas quedarte encerrada como la semana pasada.

Britanny apretó los labios, evaluando el color.

—Voy a salir.

—¿En serio? —la sorpresa fue inmediata—. ¿Y eso? Pensé que odiabas ese bar.

—Lo odio.

—Entonces…

Britanny miró la navaja sobre la mesa.

—Hoy no.

Silencio.

—Ok… eso sonó raro —dijo la amiga, bajando un poco el tono—. ¿Estás bien?

Britanny inclinó la cabeza, observando su reflejo desde otro ángulo.

—Estoy mejor que antes.

—Eso no responde nada.

—Responde lo suficiente.

Del otro lado se escuchó un pequeño suspiro, como alguien que ya está acostumbrado a no entender.

—Bueno… ¿al menos me vas a decir a qué hora llegás?

Britanny tomó la navaja, la giró entre sus dedos.

—Cuando tenga ganas.

—Dios… sos imposible —rió la amiga—. Pero escuchá, hoy es tu cumpleaños, tratá de no meterte en problemas, ¿sí?

Britanny sonrió.

Esta vez un poco más marcada… pero igual de fría.

—No prometo nada.

—Te lo digo en serio.

—Yo también.

Otra pausa.

Más incómoda.

—A veces me das miedo, ¿sabías? —dijo su amiga, medio en broma… medio no.

Britanny se quedó quieta.

Mirándose.

—No deberías.

—¿Por qué?

Click.

Abrió la navaja.

El sonido fue limpio, seco.

—Porque soy tu amiga.

El silencio del otro lado duró un segundo de más.

—…Sí —respondió finalmente—. Nos vemos allá, ¿sí?

Britanny cerró la navaja.

—Sí.

Cortó.

Dejó el teléfono sobre la mesa sin cuidado y volvió a mirarse. El labial estaba perfecto. Todo estaba en su lugar.

Menos ella.

Guardó la navaja en su chaqueta, se levantó y apagó la luz.

Antes de salir, murmuró casi en un suspiro:

—Hoy sí va a ser interesante…

Y cerró la puerta...


Escena Camino al Bar


Marcus desde su camioneta ya camino al Ba, el motor rugía como si también estuviera borracho.

Marcus sostenía el volante con una mano mientras la otra levantaba la botella a medio vaciar. El vidrio chocó contra sus dientes antes de dar otro trago largo, sin apuro.

El rock explotaba en los parlantes, distorsionado, demasiado alto para pensar.

Perfecto.

La carretera se estiraba delante de él, negra, vacía, interminable. Apenas un par de luces a lo lejos… nada que importara.

El velocímetro marcaba más de 110.

No bajó.

—Vamos… —murmuró, pisando un poco más el acelerador.

La 4x4 respondió con un gruñido grave, devorando el asfalto como si tuviera hambre.

Marcus sonrió apenas.

Había noches que se sentían distintas.

Y esta…

esta tenía algo.

Tiró la botella al asiento del copiloto sin mirar. Rebotó contra una mochila abierta, dejando escapar el sonido metálico de algo dentro.

Dinero.

Cargadores.

Un par de vendas.

Lo necesario.

Siempre lo necesario.

Golpeó el volante con los dedos al ritmo de la música, los ojos fijos en la ruta, pero la mente en otro lado.

—Noche de póker…

Una sonrisa más marcada.

—Hora de limpiar idiotas.

Sabía quiénes iban a estar.

Sabía quiénes iban a perder.

Y sabía exactamente cuánto pensaba llevarse.

Pero eso no era lo único.

El bar había reabierto.

Dos meses cerrado después de que mataran al dueño.

Dos meses.

Marcus soltó una risa baja.

—Como si eso espantara a alguien…

Al contrario.

Ese tipo de cosas solo hacía que la gente equivocada volviera con más ganas.

Y eso significaba una cosa:

Problemas.

Desvió la mirada un segundo hacia el asiento, donde la funda del arma asomaba entre la ropa.

No la tocó.

No hacía falta.

Ya sabía que estaba ahí.

Siempre estaba ahí.

Las luces del bar aparecieron a lo lejos, débiles al principio… luego más claras, como un faro sucio en medio de la nada.

Marcus aflojó apenas el acelerador.

No mucho.

—Veamos qué tienen para mí hoy…

Bajó el volumen de la música justo un poco, lo suficiente para escuchar el motor… lo suficiente para escuchar si algo más iba mal.

Pero todo estaba tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Y eso, para alguien como él…

solo significaba una cosa.

Que la noche todavía no había empezado.

El motor se apagó, pero el ruido siguió vibrando en la cabeza de Marcus.

Se quedó un segundo dentro de la 4x4, mirando el frente del bar iluminado como si fuera el único punto vivo en medio de la nada. Gente afuera. Humo. Risas que no sonaban del todo limpias.

—Sí… —murmuró—. Esto está mejor.

Abrió la puerta y bajó con calma, el bolso colgando de un hombro. El aire de la noche le pegó en la cara, mezclado con alcohol, polvo y algo más… algo que no se veía, pero se sentía.

—Marcus —la voz lo sacó de sus pensamientos.

La hija del dueño estaba apoyada en la entrada, brazos cruzados, mirada filosa. Detrás, el bartender limpiaba un vaso sin apuro, y más cerca, el seguridad —un viejo conocido— sonreía como si ya supiera cómo iba a terminar la noche.

—Pensé que no ibas a venir —dijo ella.

Marcus se encogió de hombros.

—Y perderme esto… sería un desperdicio.

El seguridad soltó una risa baja.

—Hoy hay movimiento.

—Siempre lo hay cuando estoy yo —respondió Marcus, sin mirarlo.

En ese momento, las luces de un taxi cortaron la escena.

Se detuvo justo al lado de la camioneta.

Marcus giró apenas la cabeza.

La puerta trasera se abrió.

Primero bajó una chica… y después la vio a ella.

Britanny.

Tacones tocando el suelo como si no existiera el riesgo. Movimiento firme. Mirada tranquila. Demasiado tranquila para ese lugar.

Marcus se quedó quieto.

Observando.

Ella se inclinó hacia la ventana del taxi, hablando con el conductor. Sonrió. No era una sonrisa cualquiera… era de esas que no terminan en los ojos.

—¿Nuevas? —preguntó Marcus, sin apartar la mirada.

El seguridad siguió la dirección de sus ojos y soltó otra risa.

—Sí… no las había visto antes.

—Se nota.

El taxista intentó salir en reversa.

Mal ángulo.

Demasiado cerca.

Marcus ni siquiera miró la camioneta.

Seguía mirando a Britanny.

Pero el sonido llegó igual.

Un raspón seco.

Metal contra metal.

La sonrisa del seguridad se congeló a medias.

—Uh…

Marcus bajó la mirada lentamente hacia su vehículo.

Después hacia el taxi.

Silencio.

El motor del taxi seguía encendido. El conductor, distraído, todavía acomodando el volante.

Britanny ya se había girado hacia la fila, arreglándose el pelo junto a su amiga, como si nada hubiera pasado. Como si ese momento no existiera.

Marcus respiró hondo.

Una vez.

Dos.

Y entonces se movió.

El bolso cayó al suelo sin cuidado.

Su mano fue directa, automática.

Sacó el arma.

—Ey, ey… —alcanzó a decir el seguridad, todavía medio riéndose, medio no.

Demasiado tarde.

El disparo rompió la noche.

Seco. Fuerte. Innegable.

La rueda del taxi explotó en el acto, el aire escapando con un silbido violento.

Gritos.

Movimiento.

El taxista abrió la puerta de golpe, confundido.

Marcus no dijo nada.

Bajó el arma apenas, mirándolo fijo.

Como si todavía estuviera decidiendo si eso alcanzaba.

El bar, la música, las risas… todo se había detenido por un segundo.

Y en medio de ese silencio roto…

Britanny giró la cabeza.

Y lo miró.

Directo.

Sin miedo.