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El Ciclo Del Cristal

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Tres hermanos. Quince gemas. Un ciclo que nunca debería haberse repetido. Alex solo quería una vida normal junto a sus hermanos. Pero cuando una antigua gema lo elige, los tres son arrastrados a un mundo que desconocían: un mundo de portadores, templos y criaturas que consideran a los humanos un error. Pronto descubrirán que las gemas no eligen al azar. Cada una busca a alguien que represente aquello que simboliza. Y Alex, el chico que nunca sabe qué decisión tomar, ha sido elegido por una de las gemas más extrañas de todas: el Platino. Ahora deberán aprender a controlar sus poderes mientras descubren la verdad sobre el Ciclo del Cristal... y sobre alguien que lleva mucho tiempo intentando acabar con él. Porque el Ciclo siempre elige a la persona correcta. Incluso cuando nadie entiende por qué. Nota para Royal Road: Soy el autor de El Ciclo del Cristal y estoy publicando esta historia también en Royal Road.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Briodani23
Estado:
hace 11 días
Capítulos:
15
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

El ciclo

Una enorme sala de piedra permanecía iluminada por la luz que se filtraba a través de varios cristales en el techo.


En el centro había una mesa circular.

Una enorme sala de piedra permanecía iluminada por la luz que se filtraba a través de varios cristales en el techo.


En el centro había una mesa circular.


Alrededor de ella se encontraban Raen, Helion, Zaelis, Mira, Amelia, Lysar, Eren, Umi, Nelo y Selene.


10 portadores en una sola reunión.


Ninguno hablaba.


La tensión podía sentirse en el aire.


Raen permanecía de pie frente a los demás.


—Kareth volvió a escapar.


El silencio que siguió fue inmediato.


Eren fue el primero en romperlo.


—¿Y sabemos hacia dónde se dirigió?


Raen negó lentamente con la cabeza.


—No. Hemos perdido completamente su rastro.


Zaelis bajó la mirada hacia los documentos extendidos sobre la mesa.


—Entonces su paradero es prácticamente desconocido.


—Sí.


Helion cruzó los brazos.


—No podemos seguir esperando a que aparezca.


Mira lo miró con seriedad.


—¿Y qué propones? ¿Buscarlo a ciegas?


Helion no respondió.


Durante unos segundos permaneció pensativo.


Entonces ocurrió algo.


Las gemas de varios de los portadores comenzaron a emitir una tenue luz.


Un pulso.


Todos levantaron la mirada.


Otro pulso.


Esta vez, las gemas reaccionaron casi al mismo tiempo.


Raen observó el rubí que llevaba consigo.


Su expresión cambió.


—Ya comenzó.


Helion comprendió de inmediato.


—¿Esas gemas ya eligieron?


Raen recorrió la sala con la mirada.


—Sí.


Zaelis levantó ligeramente la cabeza.


—¿Cuántas?


Raen tardó unos segundos en responder.


—Tres.










Muy lejos de aquella sala, una tarde completamente normal estaba a punto de cambiar la vida de tres hermanos.


Desde la sala llegaba el sonido de un videojuego. Afuera se escuchaba el movimiento de unas hojas, y, de vez en cuando, una puerta abrirse y cerrarse.


Nada fuera de lo normal.


La puerta principal se abrió.


Alex entró en la casa y dejó sus cosas a un lado.


—Ya llegué.


Desde otra habitación llegó una respuesta inmediata.


—¡Ya era hora!


Alex caminó hasta la sala.


Su hermano Ian estaba sentado frente a la pantalla, completamente concentrado en su videojuego. Su otro hermano Jonathan, por su parte, estaba sentado con el teléfono entre las manos, leyendo algo con una atención casi exagerada.




Alex miró a Ian.


—¿Tú llevas aquí todo el día?


Ian no apartó la mirada de la pantalla.


—No.


Hubo una pequeña pausa.


—Bueno... casi.


Alex miró el reloj de la pared.


—¿No tienes tarea?


Ian hizo una mueca.


—Tengo doce años. Es sábado. Déjame vivir.


Jonathan soltó una pequeña risa.


—Como si tú fueras mucho mayor.


—Tengo doce.


Alex los miró a ambos.


—Los dos tienen doce. No sé por qué están discutiendo.


Jonathan levantó una ceja.


—Yo tengo once.


Ian se quedó en silencio.


—¿En serio?


—Sí.


—Pensé que tenías doce.


—Los cumplo el próximo año.


Alex negó con la cabeza.


—Y yo estoy a punto de cumplir trece. Así que técnicamente soy el mayor.


Ian sonrió.


—Por unos meses.


Alex le lanzó una mirada.


—Sigo siendo mayor.


Alex sonrió ligeramente.





Jonathan levantó la mirada de su teléfono.


—¿Sabías que hay un pez que puede cambiar de sexo?


Alex intenta mantenerse serio.


No puede.


Sonríe.




—Eso no tiene ningún sentido.



—¡Pero es verdad!


—¿Y que tiene que ver?


Ian interviene.


—¿Y eso de qué sirve?


—Para saberlo.


—Entonces no sirve para nada.


Jonathan lo mira indignado.


Alex ríe ligeramente


Durante unos minutos, los tres continuaron hablando de cualquier cosa. La conversación no tenía importancia. Precisamente por eso resultaba normal.


Finalmente, Alex se sentó.


Sacó una libreta y comenzó a dibujar.


Su lápiz trazó varias líneas sobre el papel. Poco a poco apareció una estructura formada por figuras geométricas.


Ian echó un vistazo.


—¿Otra vez dibujando cosas raras?


—No son raras.


—Son triángulos dentro de otros triángulos.


Alex levantó ligeramente la mirada.


—Es una estructura.


Jonathan se acercó para observar el dibujo.


—Está bastante bien.


Después miró hacia la ventana.


—¿Salimos a caminar?


Alex lo miró.


—¿Ahora?


—Sí. No tenemos nada mejor que hacer.


Alex volvió a mirar su dibujo.


Dudó durante unos segundos.


—Vamos —dijo Ian.


Alex cerró la libreta.


—Está bien.


Los tres salieron de la casa.



La tarde transcurría con normalidad mientras los tres hermanos caminaban por el vecindario.


Ian hablaba sobre algo que había ocurrido en la escuela. Jonathan respondía de vez en cuando y Alex escuchaba más de lo que hablaba.


Todo parecía completamente normal.


Hasta que llegaron a una calle.


Alex se detuvo.


—Esperen.


Jonathan e Ian hicieron lo mismo.


Alex observó el lugar.


—¿Esta calle siempre estuvo aquí?


Jonathan miró a su alrededor.


—Creo que sí.


Alex lo mira.


—¿Crees?


Jonathan empieza a mirar alrededor.


—No...


Ian también observa.


—Yo tampoco la recuerdo.


Los tres guardaron silencio.


La calle parecía completamente normal.


Había casas, vehículos estacionados y las mismas señales de un vecindario cualquiera.


Pero ninguno recordaba haberla visto antes.


Jonathan señaló las calles detrás de ellos.


—Vivimos a unas cuadras de aquí.


—Sí.


—Entonces deberíamos conocerla.


Alex observó el camino que se extendía frente a ellos.


Había algo extraño en aquel lugar.


No sabía explicar qué era.


—Sigamos.


Los tres avanzaron.


Unos metros más adelante, Alex volvió a detenerse.


Su mirada se fijó en algo que se encontraba al final de la calle.


Una enorme estructura metálica ocupaba parte del camino.


Era imposible que no la hubieran visto antes.


—¿Eso estaba ahí hace un momento?


Ian y Jonathan voltearon.


Ninguno respondió.


La estructura parecía una máquina gigantesca.


Su superficie estaba cubierta de engranajes, símbolos antiguos y extrañas líneas que recorrían el metal como si fueran venas llenas de energía.


No parecía abandonada.


Parecía estar esperando.


Ian se acercó un poco.


—¿De dónde salió eso?


Jonathan no respondió.


Seguía mirando la máquina con creciente incomodidad.


—No me gusta.


Alex se aproximó.


Jonathan lo llamó.


—Alex.


Alex se detuvo.


—Siento que...


Jonathan miró a su alrededor.


—...nos está observando.


Alex volvió a mirar la máquina.


Lentamente, extendió una mano.


Estaba a punto de tocarla cuando...


Un pulso recorrió toda la cuadra.



Todo cambió.


El sonido desapareció.


El viento dejó de moverse.


Los colores se desvanecieron hasta convertir la calle en una imagen casi en blanco y negro.


Los autos quedaron inmóviles.


Una hoja permaneció suspendida en el aire.


Solo los tres hermanos y la máquina podían moverse.


Jonathan se llevó una mano al pecho.


—No...


Alex se acercó inmediatamente.


—¿Qué pasa?


Jonathan respiraba cada vez más rápido.


—No me siento bien.


Su cuerpo comenzó a temblar.


Entonces, durante un instante, su rostro cambió.


Sus facciones se transformaron.


Su cabello cambió.


Incluso su postura parecía diferente.


Y, tan rápido como había ocurrido, todo volvió a la normalidad.


Alex quedó paralizado.


—Jonathan...


Jonathan miró sus propias manos.


—¿Qué...?


Frunció el ceño.


—¿Qué iba a decir?


Ian se acercó.


—¿Jonathan?


Jonathan intentó recordar.


No pudo.


Entonces volvió a cambiar.


Esta vez durante más tiempo.


—¡¿Qué me está pasando?!


Alex intentó sujetarlo.


—¡Tranquilo!


Jonathan lo apartó.


—¡No sé qué está pasando!


Otra transformación.


Jonathan comenzó a llorar.


—Alex...


Alex lo miró.


Jonathan apenas podía mantener la voz firme.


—No dejes que me olviden.


Alex se quedó inmóvil.


No sabía qué responder.


La puerta de la enorme máquina comenzó a abrirse.


Los engranajes giraron con un fuerte sonido metálico.


Una figura descendió lentamente desde el interior.


Era una chica de unos dieciséis o diecisiete años.


Sobresalía de la capucha su cabello negro y rizado y unos ojos de color verde esmeralda. La capucha cubría casi todo su rostro y cuerpo, por lo que no se distinguía con claridad, alrededor de su cuello llevaba un collar con una esmeralda.


No parecía hostil.


Pero tampoco transmitía confianza.


La chica se acercó.


Primero observó a Jonathan.


Después a Ian.


Finalmente, sus ojos se posaron sobre Alex.


—Ha comenzado.


Alex se colocó delante de sus hermanos.


—¿Qué cosa?


—El Ciclo.


Alex frunció el ceño.


—Eso todavía no responde nada.


La chica miró nuevamente a Jonathan.


—Tu hermano está siendo borrado.


Ian palideció.


—¿Qué?


—Los monstruos oscuros están comenzando a corregir aquello que consideran un error.


Jonathan volvió a cambiar.


La chica continuó:


—Si el proceso continúa...


Sus ojos se encontraron con los de Alex.


—...dejará de existir.


Alex apretó los dientes.


—¿Y cómo lo detenemos?


La chica extendió una mano.


Tres objetos aparecieron frente a ellos.


Un collar de platino.


Un anillo de jade.


Una pulsera de lazurita.


—Estas gemas necesitan portadores.


Ian miró los objetos.


—¿Y pueden salvarlo?


—Sí.


Alex observó las tres gemas.


Después volvió a mirar a Jonathan.


—¿Y cuál es el precio?


La chica guardó silencio.


Durante unos segundos, pareció debatirse entre responder o no.


Finalmente habló.


—No lo sabrán hasta haberlo pagado.


Alex la observó fijamente.


No sabía si podía confiar en ella.


Pero volvió a mirar a Jonathan.


Apenas podía mantenerse en pie.


Alex tomó una decisión.


Las tres gemas comenzaron a latir.


Primero débilmente.


Después con mayor intensidad.


El collar de platino se separó de los otros dos objetos y flotó hacia Alex.


El anillo de jade se dirigió hacia Ian.


La pulsera de lazurita avanzó lentamente hasta Jonathan.


Los tres hermanos observaron las gemas.


Ellos no las habían escogido.


Las gemas los habían escogido a ellos.


Alex tomó el collar.


Ian tomó el anillo.


Jonathan tomó la pulsera.


En el instante en que los dedos de Alex tocaron el platino, todo desapareció.


Alex estaba solo.


No había suelo.


No había cielo.


No había nada.


Solo un abismo oscuro.


La única fuente de luz parecía provenir de él mismo.



Y de una extraña figura que apareció frente a él.


Era él mismo.


Tenía el mismo rostro.


El mismo cuerpo.


Pero su piel parecía estar hecha completamente de platino.


En el centro de su pecho brillaba una gema.


Alex observó aquella versión de sí mismo.


La figura abrió la boca.


Estaba a punto de decir algo.


Alex dio un paso hacia el.


Y, antes de que pudiera acercarse más, la visión terminó.



Alex volvió a la realidad.


El sonido regresó de golpe.


Los colores volvieron a la calle.


El viento comenzó a moverse nuevamente.


Jonathan estaba en el suelo.


Pero ya no estaba cambiando.


Ian se arrodilló junto a él.


—¡Jonathan!


Jonathan abrió los ojos.


—Estoy bien...


Alex soltó el aire que había estado conteniendo.


Los tres seguían vivos.


Por un instante, pareció que todo había terminado.


Alex se acercó a sus hermanos.


Los miró.


Los reconocía.


Eran sus hermanos.


Pero algo no estaba bien.


Intentó identificar qué era.


No podía.


No era que hubiera dejado de quererlos.


Era algo diferente.


Como si algo que siempre había estado dentro de él hubiera desaparecido.


Jonathan le sonrió débilmente.


Alex intentó devolverle la sonrisa.


Lo consiguió.


Pero algo faltaba.


La chica observaba a los tres en silencio.


—Ya pagaron.


Alex levantó la mirada.


—¿Qué perdimos?


Ella negó lentamente con la cabeza.


—No lo sabrán.


Aquella respuesta no tranquilizó a Alex.


La chica comenzó a retroceder hacia la máquina.


—Cuídenlas.


Alex frunció el ceño.


—Espera.


Pero ella ya había subido.


La puerta comenzó a cerrarse.


Antes de desaparecer, la chica los miró una última vez.


—El Ciclo ha comenzado otra vez.


La máquina desapareció.


La calle volvió a ser completamente normal.


Los tres hermanos permanecieron allí, en silencio.




En un lugar desconocido, una enorme sala de piedra negra permanecía sumida en la oscuridad.


En el centro se encontraba Kareth.


Completamente inmóvil.


Entonces...


Un pulso.


Kareth abrió los ojos.


Tres energías atravesaron la oscuridad.


Platino.


Jade.


Lazurita.


Kareth permaneció en silencio.


Podía sentir las nuevas presencias.


Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.


—Así que al fin eligieron.


Hubo una pausa.


—Esta vez no dejaré que lleguen al final.





Nota del autor


Si llegaste hasta aquí... ya formas parte del ciclo.

Y puedes apoyar la historia con un voto ⭐️ o seguir la historia antes de que algo cambie...




Comenta tu parte favorita.

Alrededor de ella se encontraban Raen, Helion, Zaelis, Mira, Amelia, Lysar, Eren, Umi, Nelo y Selene.


10 portadores en una sola reunión.


Ninguno hablaba.


La tensión podía sentirse en el aire.


Raen permanecía de pie frente a los demás.


—Kareth volvió a escapar.


El silencio que siguió fue inmediato.


Eren fue el primero en romperlo.


—¿Y sabemos hacia dónde se dirigió?


Raen negó lentamente con la cabeza.


—No. Hemos perdido completamente su rastro.


Zaelis bajó la mirada hacia los documentos extendidos sobre la mesa.


—Entonces su paradero es prácticamente desconocido.


—Sí.


Helion cruzó los brazos.


—No podemos seguir esperando a que aparezca.


Mira lo miró con seriedad.


—¿Y qué propones? ¿Buscarlo a ciegas?


Helion no respondió.


Durante unos segundos permaneció pensativo.


Entonces ocurrió algo.


Las gemas de varios de los portadores comenzaron a emitir una tenue luz.


Un pulso.


Todos levantaron la mirada.


Otro pulso.


Esta vez, las gemas reaccionaron casi al mismo tiempo.


Raen observó el rubí que llevaba consigo.


Su expresión cambió.


—Ya comenzó.


Helion comprendió de inmediato.


—¿Esas gemas ya eligieron?


Raen recorrió la sala con la mirada.


—Sí.


Zaelis levantó ligeramente la cabeza.


—¿Cuántas?


Raen tardó unos segundos en responder.


—Tres.










Muy lejos de aquella sala, una tarde completamente normal estaba a punto de cambiar la vida de tres hermanos.


Desde la sala llegaba el sonido de un videojuego. Afuera se escuchaba el movimiento de unas hojas, y, de vez en cuando, una puerta abrirse y cerrarse.


Nada fuera de lo normal.


La puerta principal se abrió.


Alex entró en la casa y dejó sus cosas a un lado.


—Ya llegué.


Desde otra habitación llegó una respuesta inmediata.


—¡Ya era hora!


Alex caminó hasta la sala.


Su hermano Ian estaba sentado frente a la pantalla, completamente concentrado en su videojuego. Su otro hermano Jonathan, por su parte, estaba sentado con el teléfono entre las manos, leyendo algo con una atención casi exagerada.




Alex miró a Ian.


—¿Tú llevas aquí todo el día?


Ian no apartó la mirada de la pantalla.


—No.


Hubo una pequeña pausa.


—Bueno... casi.


Alex miró el reloj de la pared.


—¿No tienes tarea?


Ian hizo una mueca.


—Tengo doce años. Es sábado. Déjame vivir.


Jonathan soltó una pequeña risa.


—Como si tú fueras mucho mayor.


—Tengo doce.


Alex los miró a ambos.


—Los dos tienen doce. No sé por qué están discutiendo.


Jonathan levantó una ceja.


—Yo tengo once.


Ian se quedó en silencio.


—¿En serio?


—Sí.


—Pensé que tenías doce.


—Los cumplo el próximo año.


Alex negó con la cabeza.


—Y yo estoy a punto de cumplir trece. Así que técnicamente soy el mayor.


Ian sonrió.


—Por unos meses.


Alex le lanzó una mirada.


—Sigo siendo mayor.


Alex sonrió ligeramente.





Jonathan levantó la mirada de su teléfono.


—¿Sabías que hay un pez que puede cambiar de sexo?


Alex intenta mantenerse serio.


No puede.


Sonríe.




—Eso no tiene ningún sentido.



—¡Pero es verdad!


—¿Y que tiene que ver?


Ian interviene.


—¿Y eso de qué sirve?


—Para saberlo.


—Entonces no sirve para nada.


Jonathan lo mira indignado.


Alex ríe ligeramente


Durante unos minutos, los tres continuaron hablando de cualquier cosa. La conversación no tenía importancia. Precisamente por eso resultaba normal.


Finalmente, Alex se sentó.


Sacó una libreta y comenzó a dibujar.


Su lápiz trazó varias líneas sobre el papel. Poco a poco apareció una estructura formada por figuras geométricas.


Ian echó un vistazo.


—¿Otra vez dibujando cosas raras?


—No son raras.


—Son triángulos dentro de otros triángulos.


Alex levantó ligeramente la mirada.


—Es una estructura.


Jonathan se acercó para observar el dibujo.


—Está bastante bien.


Después miró hacia la ventana.


—¿Salimos a caminar?


Alex lo miró.


—¿Ahora?


—Sí. No tenemos nada mejor que hacer.


Alex volvió a mirar su dibujo.


Dudó durante unos segundos.


—Vamos —dijo Ian.


Alex cerró la libreta.


—Está bien.


Los tres salieron de la casa.



La tarde transcurría con normalidad mientras los tres hermanos caminaban por el vecindario.


Ian hablaba sobre algo que había ocurrido en la escuela. Jonathan respondía de vez en cuando y Alex escuchaba más de lo que hablaba.


Todo parecía completamente normal.


Hasta que llegaron a una calle.


Alex se detuvo.


—Esperen.


Jonathan e Ian hicieron lo mismo.


Alex observó el lugar.


—¿Esta calle siempre estuvo aquí?


Jonathan miró a su alrededor.


—Creo que sí.


Alex lo mira.


—¿Crees?


Jonathan empieza a mirar alrededor.


—No...


Ian también observa.


—Yo tampoco la recuerdo.


Los tres guardaron silencio.


La calle parecía completamente normal.


Había casas, vehículos estacionados y las mismas señales de un vecindario cualquiera.


Pero ninguno recordaba haberla visto antes.


Jonathan señaló las calles detrás de ellos.


—Vivimos a unas cuadras de aquí.


—Sí.


—Entonces deberíamos conocerla.


Alex observó el camino que se extendía frente a ellos.


Había algo extraño en aquel lugar.


No sabía explicar qué era.


—Sigamos.


Los tres avanzaron.


Unos metros más adelante, Alex volvió a detenerse.


Su mirada se fijó en algo que se encontraba al final de la calle.


Una enorme estructura metálica ocupaba parte del camino.


Era imposible que no la hubieran visto antes.


—¿Eso estaba ahí hace un momento?


Ian y Jonathan voltearon.


Ninguno respondió.


La estructura parecía una máquina gigantesca.


Su superficie estaba cubierta de engranajes, símbolos antiguos y extrañas líneas que recorrían el metal como si fueran venas llenas de energía.


No parecía abandonada.


Parecía estar esperando.


Ian se acercó un poco.


—¿De dónde salió eso?


Jonathan no respondió.


Seguía mirando la máquina con creciente incomodidad.


—No me gusta.


Alex se aproximó.


Jonathan lo llamó.


—Alex.


Alex se detuvo.


—Siento que...


Jonathan miró a su alrededor.


—...nos está observando.


Alex volvió a mirar la máquina.


Lentamente, extendió una mano.


Estaba a punto de tocarla cuando...


Un pulso recorrió toda la cuadra.



Todo cambió.


El sonido desapareció.


El viento dejó de moverse.


Los colores se desvanecieron hasta convertir la calle en una imagen casi en blanco y negro.


Los autos quedaron inmóviles.


Una hoja permaneció suspendida en el aire.


Solo los tres hermanos y la máquina podían moverse.


Jonathan se llevó una mano al pecho.


—No...


Alex se acercó inmediatamente.


—¿Qué pasa?


Jonathan respiraba cada vez más rápido.


—No me siento bien.


Su cuerpo comenzó a temblar.


Entonces, durante un instante, su rostro cambió.


Sus facciones se transformaron.


Su cabello cambió.


Incluso su postura parecía diferente.


Y, tan rápido como había ocurrido, todo volvió a la normalidad.


Alex quedó paralizado.


—Jonathan...


Jonathan miró sus propias manos.


—¿Qué...?


Frunció el ceño.


—¿Qué iba a decir?


Ian se acercó.


—¿Jonathan?


Jonathan intentó recordar.


No pudo.


Entonces volvió a cambiar.


Esta vez durante más tiempo.


—¡¿Qué me está pasando?!


Alex intentó sujetarlo.


—¡Tranquilo!


Jonathan lo apartó.


—¡No sé qué está pasando!


Otra transformación.


Jonathan comenzó a llorar.


—Alex...


Alex lo miró.


Jonathan apenas podía mantener la voz firme.


—No dejes que me olviden.


Alex se quedó inmóvil.


No sabía qué responder.


La puerta de la enorme máquina comenzó a abrirse.


Los engranajes giraron con un fuerte sonido metálico.


Una figura descendió lentamente desde el interior.


Era una chica de unos dieciséis o diecisiete años.


Sobresalía de la capucha su cabello negro y rizado y unos ojos de color verde esmeralda. La capucha cubría casi todo su rostro y cuerpo, por lo que no se distinguía con claridad, alrededor de su cuello llevaba un collar con una esmeralda.


No parecía hostil.


Pero tampoco transmitía confianza.


La chica se acercó.


Primero observó a Jonathan.


Después a Ian.


Finalmente, sus ojos se posaron sobre Alex.


—Ha comenzado.


Alex se colocó delante de sus hermanos.


—¿Qué cosa?


—El Ciclo.


Alex frunció el ceño.


—Eso todavía no responde nada.


La chica miró nuevamente a Jonathan.


—Tu hermano está siendo borrado.


Ian palideció.


—¿Qué?


—Los monstruos oscuros están comenzando a corregir aquello que consideran un error.


Jonathan volvió a cambiar.


La chica continuó:


—Si el proceso continúa...


Sus ojos se encontraron con los de Alex.


—...dejará de existir.


Alex apretó los dientes.


—¿Y cómo lo detenemos?


La chica extendió una mano.


Tres objetos aparecieron frente a ellos.


Un collar de platino.


Un anillo de jade.


Una pulsera de lazurita.


—Estas gemas necesitan portadores.


Ian miró los objetos.


—¿Y pueden salvarlo?


—Sí.


Alex observó las tres gemas.


Después volvió a mirar a Jonathan.


—¿Y cuál es el precio?


La chica guardó silencio.


Durante unos segundos, pareció debatirse entre responder o no.


Finalmente habló.


—No lo sabrán hasta haberlo pagado.


Alex la observó fijamente.


No sabía si podía confiar en ella.


Pero volvió a mirar a Jonathan.


Apenas podía mantenerse en pie.


Alex tomó una decisión.


Las tres gemas comenzaron a latir.


Primero débilmente.


Después con mayor intensidad.


El collar de platino se separó de los otros dos objetos y flotó hacia Alex.


El anillo de jade se dirigió hacia Ian.


La pulsera de lazurita avanzó lentamente hasta Jonathan.


Los tres hermanos observaron las gemas.


Ellos no las habían escogido.


Las gemas los habían escogido a ellos.


Alex tomó el collar.


Ian tomó el anillo.


Jonathan tomó la pulsera.


En el instante en que los dedos de Alex tocaron el platino, todo desapareció.


Alex estaba solo.


No había suelo.


No había cielo.


No había nada.


Solo un abismo oscuro.


La única fuente de luz parecía provenir de él mismo.



Y de una extraña figura que apareció frente a él.


Era él mismo.


Tenía el mismo rostro.


El mismo cuerpo.


Pero su piel parecía estar hecha completamente de platino.


En el centro de su pecho brillaba una gema.


Alex observó aquella versión de sí mismo.


La figura abrió la boca.


Estaba a punto de decir algo.


Alex dio un paso hacia el.


Y, antes de que pudiera acercarse más, la visión terminó.



Alex volvió a la realidad.


El sonido regresó de golpe.


Los colores volvieron a la calle.


El viento comenzó a moverse nuevamente.


Jonathan estaba en el suelo.


Pero ya no estaba cambiando.


Ian se arrodilló junto a él.


—¡Jonathan!


Jonathan abrió los ojos.


—Estoy bien...


Alex soltó el aire que había estado conteniendo.


Los tres seguían vivos.


Por un instante, pareció que todo había terminado.


Alex se acercó a sus hermanos.


Los miró.


Los reconocía.


Eran sus hermanos.


Pero algo no estaba bien.


Intentó identificar qué era.


No podía.


No era que hubiera dejado de quererlos.


Era algo diferente.


Como si algo que siempre había estado dentro de él hubiera desaparecido.


Jonathan le sonrió débilmente.


Alex intentó devolverle la sonrisa.


Lo consiguió.


Pero algo faltaba.


La chica observaba a los tres en silencio.


—Ya pagaron.


Alex levantó la mirada.


—¿Qué perdimos?


Ella negó lentamente con la cabeza.


—No lo sabrán.


Aquella respuesta no tranquilizó a Alex.


La chica comenzó a retroceder hacia la máquina.


—Cuídenlas.


Alex frunció el ceño.


—Espera.


Pero ella ya había subido.


La puerta comenzó a cerrarse.


Antes de desaparecer, la chica los miró una última vez.


—El Ciclo ha comenzado otra vez.


La máquina desapareció.


La calle volvió a ser completamente normal.


Los tres hermanos permanecieron allí, en silencio.




En un lugar desconocido, una enorme sala de piedra negra permanecía sumida en la oscuridad.


En el centro se encontraba Kareth.


Completamente inmóvil.


Entonces...


Un pulso.


Kareth abrió los ojos.


Tres energías atravesaron la oscuridad.


Platino.


Jade.


Lazurita.


Kareth permaneció en silencio.


Podía sentir las nuevas presencias.


Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.


—Así que al fin eligieron.


Hubo una pausa.


—Esta vez no dejaré que lleguen al final.





Nota del autor


Si llegaste hasta aquí... ya formas parte del ciclo.

Y puedes apoyar la historia con ume gusta ❤️ o seguir la historia antes de que algo cambie...




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Ver 3 comentarios anteriores...
author

noooooooooooo te estoy diciendo

5 meses
1
author

jajaja ya no me das corazón 😂🤣

5 meses
1
author

😭😭😭😭😭😭😭😭😭😭😭

5 meses
1

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