Prólogo
¿Alguna vez has pensado que las estrellas realmente están fuera de nuestro alcance?
La gente suele decir que brillan para todos, que están ahí arriba como puntos de luz en la oscuridad del universo, para ser admiradas, para guiar nuestros pasos en las noches más oscuras, para recordarnos lo pequeños que somos frente a la inmensidad de todo lo que existe.
Todo el mundo habla de su belleza, de cómo conectarlos para formar figuras en el cielo, de los mitos que los rodean. Pero nadie habla de lo que se siente mirar una estrella durante demasiado tiempo. Nadie cuenta cómo el corazón empieza a latir un poco más fuerte cada vez que la encuentras entre miles de otras. Nadie explica cómo, poco a poco, esa luz puntual se convierte en el único punto al que quieres dirigir tu mirada.
Porque cuando la miras lo suficiente... empiezas a querer alcanzarla. Empiezas a estirar la mano sin darte cuenta, a imaginar que tal vez, solo tal vez, si saltaras lo suficiente o construirieras una escalera lo bastante alta, podrías acercarte lo suficiente para tocar su luz. Para sentir su calor en tus dedos, para saber si su brillo es tan suave como parece desde aquí abajo.
Yo también lo pensé. Durante mucho tiempo creí que solo era cuestión de intentarlo lo suficiente, de quererlo con todas mis fuerzas.
Pero en mi caso no hablo de cualquier estrella. No hablo de aquellas que aparecen y desaparecen con las estaciones, ni de las que se pierden entre las nubes y ya no vuelven a encontrarse. Hablo de mi estrella.
La que ilumina todo, incluso cuando el cielo está tan oscuro que parece que nunca más volverá a haber luz. La que hace que mi universo tenga sentido, que todos los días valgan la pena, que incluso los momentos más difíciles se sientan llevaderos. La que, sin saberlo, sin buscarlo, se convirtió en el centro de mi galaxia, la que hace que todo lo demás gire a su alrededor.
Ella.
Y el problema de las estrellas no es que no brillen para ti, porque sí lo hacen, porque su luz llega hasta aquí, hasta tu piel, hasta tu corazón. El problema no es que no te vean, o que no te importen. El problema es que brillan demasiado lejos.
Puedes verlas. Puedes seguir su luz incluso cuando las nubes intentan ocultarlas. Puedes aprender cada una de sus constelaciones de memoria, puedes saber exactamente dónde buscarla cada noche. Puedes hablarle en silencio, contarle tus secretos, pedirle que te ayude a tomar decisiones difíciles. Pero eso no significa que te pertenezcan.
He pasado tanto tiempo mirando su luz que a veces olvido algo importante: las estrellas no se acercan a quienes las observan. No cambian su rumbo, no bajan del cielo, no se inclinan para dejar que las toquen. Solo existen ahí arriba, en su lugar fijo, tan lejos como siempre han estado. Hermosas. Perfectas. Intocables.
Y yo... sigo aquí abajo, con los pies en la tierra y los ojos en el firmamento, preguntándome si algún día dejaré de intentar alcanzarla. Si algún día entenderé que la distancia que nos separa no es solo física, sino de algo más profundo que no puedo cambiar.
O si voy a pasar toda mi vida orbitando alrededor de una estrella que nunca fue mía, contentándome con su luz, aunque sepa que nunca podré tocarla.








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