Capítulo 1
La palabra se quebró en los labios de Elizabeth, débil, casi inexistente.
El frío del suelo se filtraba por su espalda, calándole hasta los huesos. Todo su cuerpo dolía, como si hubiera caído desde demasiado alto… o como si alguien se hubiera asegurado de que no pudiera levantarse fácilmente.
Intentó abrir los ojos.
Pesaban.
Como si la oscuridad quisiera retenerla.
Respiró hondo, una vez… dos… tres…
Hasta que finalmente lo logró.
Al principio, solo vio sombras.
Manchas difusas. Luces lejanas.
El mundo parecía girar lentamente, desacomodado, irreal.
Pero entonces… una figura comenzó a tomar forma frente a ella.
Un chico.
Alto. Quieto. Demasiado quieto.
Estaba de pie a pocos metros, observándola como si llevara ahí todo el tiempo.
El corazón de Elizabeth dio un golpe seco contra su pecho.
Quiso moverse, pero su cuerpo no respondió.
Y entonces lo vio.
La sangre.
Le corría por el rostro, desde la ceja hasta la mandíbula, marcando su piel como una línea oscura y brillante. Su mano derecha estaba manchada también… roja, húmeda… peligrosa.
No parecía sorprendido.
No parecía nervioso.
Parecía… en control.
—Te dije que no vinieras —dijo él finalmente, con una voz baja, grave, que atravesó el silencio como un filo.
Elizabeth frunció levemente el ceño, intentando enfocar mejor.
—¿Q… quién…? —su voz salió rota, ajena.
El chico inclinó apenas la cabeza, como si la estudiara.
—No importa quién soy —respondió—. Importa que no me hiciste caso.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Había algo en él. Algo que no encajaba.
No era solo la sangre.
Era su forma de mirarla.
Como si ya la conociera.
Como si ella… le perteneciera.
Elizabeth tragó saliva, sintiendo el sabor metálico en su boca.
—Tengo que… irme… —murmuró, intentando incorporarse.
Error.
El mundo giró violentamente y volvió a caer contra el suelo con un quejido ahogado.
Antes de que pudiera reaccionar, él ya estaba frente a ella.
Demasiado cerca.
No lo había visto moverse.
Su respiración se detuvo.
El chico se agachó lentamente, quedando a su altura. Su mirada era clara… intensa… peligrosa.
Con cuidado —demasiado cuidado para alguien con las manos manchadas de sangre— tomó su mentón y la obligó a mirarlo.
Elizabeth sintió que el aire le faltaba.
—No te muevas —susurró.
No fue una sugerencia.
Fue una orden.
Su pulgar rozó su piel, limpiando una pequeña mancha de sangre que ella ni siquiera sabía que tenía.
El contraste la descolocó.
Violencia… y delicadeza.
Peligro… y control.
—¿Qué… hiciste…? —logró decir, apenas.
Él no respondió de inmediato.
Sus ojos recorrieron el rostro de Elizabeth como si buscaran algo… o como si confirmaran algo que ya sabía.
—Lo necesario —dijo finalmente.
El silencio que siguió fue peor que cualquier respuesta.
A lo lejos, un ruido.
Sirenas.
Elizabeth abrió los ojos con más fuerza, el miedo despertando cada parte de su cuerpo.
—¿Qué está pasando? —preguntó, ahora más consciente, más desesperada.
El chico levantó la mirada hacia la oscuridad que los rodeaba, como si calculara algo.
Luego volvió a mirarla.
Y sonrió.
No fue una sonrisa cálida.
Fue peligrosa.
—Ahora… —murmuró— empieza lo interesante.
Elizabeth sintió un nudo en el pecho.
—No… —negó, reuniendo lo poco de fuerza que le quedaba—. Yo no… no quiero estar acá…
Él se inclinó apenas más cerca.
Lo suficiente para que su voz fuera solo para ella.
—Llegaste hasta mí —susurró—.
Ahora no podés simplemente irte.
El miedo se mezcló con algo más.
Algo peor.
Atracción.
Confusión.
Oscuridad.
Elizabeth cerró los ojos un segundo, intentando recuperar el control.
Cuando los abrió… él ya no estaba.
Su corazón se aceleró.
Miró alrededor, desorientada.
Vacío.
Solo el eco lejano de las sirenas acercándose.
Y la sensación…
de que no había terminado.
De que esto…
recién empezaba.








