Noches sin luna
Dios vistió de negro la primera vez que morí.
Es extraño para mí hablar de esto con delicadeza, pues muy pocas cosas de la vida de prostituta son gentiles, tiernas o blandas. Al mismo tiempo es un negocio que muere una muerte lenta cuando ninguna de las 3 cosas se les ofrece al público, al menos estéticamente. Todo aquello que falta en la calle, en los barrios, en las ardillas, en el gobierno, en la casa, en el último piso, el piso final de la casa. En los hombres también. Todo eso que se puede tocar con todo el cuerpo en los sueños y con la punta de los dedos en la vida real. Esas son las cosas que me cuelgan del cuerpo y se venden en precio modesto en
el mercado.
Veo el techo.
Hay astillas, son las astillas.
El sol entra de algún modo pero siento que está mal, que se va ahogando en el horizonte o en la tos de nubes que está saliendo. Trato de decir eso sin demostrar demasiada simpatía por el sol. Es algo con lo que es difícil vivir. La noche es agradable cuando inunda implacable pero también es dulce y es la verdadera suerte gentil, tierna y blanda, con el filo de un cuchillo a voluntad. Un cuchillo oxidado o uno grande o uno de carnicero o uno oculto, como en mi caso. Es negra como si el sol le maltratara y aparece cuando deja de hacerlo y se va a dormir borracho y cansado de trabajar tanto es entonces cuando la luna me guiña un ojo o al menos lo intenta y descarga todo su petróleo sobre mi cuerpo y la ciudad, mi cuerpo que es también la ciudad y la ciudad que es parte de mi cuerpo también. Todo eso es muy lindo pero si la noche fuera a durar para siempre yo olvidaría que el sol sale y si la luna se queda para siempre entonces el sol me atacaría por la espalda, en lugar de la rutina que tiene todos los días y a la pobre lunita le haría daño fuera de su matrícula y sin las 12 horas de sexo y oscuridad le será verdaderamente imposible prepararse.
Me visto y el día lo hace también. Es un día que se viste de gris, eso me sorprende. Otra cosa que me sorprende es lo alejado que está del día en que morí. El primero, como ya mencioné. Ese fue un día negro y de un modo que es complicado explicarlo. El sol ardiente, el cielo cristalino, el pasto verde, era verano. Un día soleado de verano sin verano. Estábamos en una fiesta de cumpleaños, ahí estaba papá y mamá. La imagen de ese día es con la que los recuerdo, me gustaría una de un día mejor.
También estaba el chofer, él es un buen hombre. Él trabajaba para papá pero se fue cuando descubrió que era malo y recuerdo que intentó volver cuando se dio cuenta de que estaba en peligro pero ya era tarde. Me confunde pensar qué significa que volvería a buscarme, porque todo eso solo lo escuché por ahí. Me apena pensar que tenía buenas intenciones y que aún así trabajó en esta casa de putas. A papá lo demandaron y entonces yo desaparecí.
No recuerdo cómo.
Me tragó la tierra.
Extraño mucho a papá aunque sé que él no a mí porque era malo y me pegaba, pero creo que el chofer podría extrañarme si me hubiera conocido un poquito más, y sé que era soltero o al menos vivía sin hijos y que le faltaba una hija y que una vez en una cena su esposa dijo que siempre había querido tener una hija porque su hija ya no era más, espero que tengan un peluche por ahí de esos que se quedan desde la infancia y después se van desangrando hasta que a los conocidos invitados se les dice este era mi mejor amigo cuando era niña y es un peluchito bonito al que se le pueden imaginar muchas aventuras bueno a mí me gustaría que al peluchito de su esposa porque siempre es solo uno que es especial en el mundo me gustaría que a él le coloquen ropita de niña y sombreros franceses y pelos peinados o despeinados realmente sería lo mismo para mí y que me digan ahí que me quieren mucho y que vamos a comer unas hamburguesas que te mueres, bonita, que te mueres y entonces llore mucho de la hija que casi tuvo y es real, pero está atrapada en un infierno que cuelga de cabeza de la calle si se le mira desde las nubes, donde están todos mis perritos de infancia y la hija del señor chofer.
Bajo las escaleras y pienso en que si saltara de la ventana caería hacia arriba, en picada contra las nubes y pincharía el cielo como un alfiler mortal, la gente en las calles me verían y mira ahí va pasando un Sukhoi, uno de esos aviones rusos, mira tú, sí, que los rusos lo controlan todo ahora, pero yo ya estaría muy lejos para oír sus voces pero sé que van especulando sobre mí como si fuera una superheroína.
Pienso en que papá me retaba porque él llegaba a buscarme al colegio y yo me demoraba en ir al auto porque estaba jugando porque él se tardaba en llegar y nadie me decía que estaba esperándome, así que cuando me enteraba y corría y entraba al auto me decía no te vendré a buscar nunca más a la próxima y pienso, pienso que un padre te va a buscar sin importar cuánto hayas tardado en terminar de jugar.
Las astillas ya no me pinchan los pies.
Se acomodan a los huecos de siempre.
El turco está ahí. Estaba ahí cuando me tragó la tierra y por eso sé que fue él y que todo siempre fue su culpa, si es que todo esto es un hecho al que se le puede señalar, si es algo diferente a la vida que viven todas las personas en su propio piso final o en alguna manifestación de esto y si toda esta vida es algo que ocurre bajo la alfombra de dos gigantes que juegan ajedrez estaré muy, muy enojada.
Así que el turco está ahí hablando con un hombre, yo me acerco por la espalda como lo haría el sol, como yo sé que lo haría el sol y como sé que me sucedió a mí y entonces él se voltea, porque cómo no iba a verme si a una niña que está sola no pertenece a ninguna parte y tiene tanto en común como los billetes que a uno se le caen en la calle o los animalitos sin collar, y como soy parte de la ciudad ya nadie, ni siquiera la Japonesita, que trabaja en la recepción, ni siquiera a ella le llama la atención que esté aquí ya.
Él me mira y algo sucede en su mirada. Algo sucede en él como sucedió algo en el cielo cuando morí, algo imposible. Algo está pasando aquel día, algo diferente. Un día del calendario que está en ningún lado. Trato de decir que a los pilares les gusta sostener los días y maquillarlos como se les da la gana, como ese libro del científico loco que creaba un monstruo y a papá siempre lo regañaba mamá por leerlo frente a mí cuando es tan triste y a Frankenstein nadie lo quiere. Ahí él explica que las emociones de los personajes se le pegan al cielo y cuando llueve están muy tristes o cuando sale el sol se les vuelca el estómago de felicidad. Los días especiales, esos a los que a uno le cambian la vida, esos días se animan como quieren y a veces, por coincidencia, nuestras emociones se les pegan al cielo. La mayor parte del tiempo uno se tiene que reír con ropa gruesa de lluvia y tragarse las lágrimas mientras se hacen mermelada de humo quemado desahuciado en el rostro.
Así que el rostro de los días terminales son profundamente ordinarios y este parece ser un día al que se le reconoce con fecha en lugar de semblante. Es un día sin cara y por eso yo sé que esto es especial, porque es un día tan alegre y el turco tiene cara de que se lo trague la tierra, entonces entiendo que su tristeza es mi seguridad y es como si una voz me dijera calma niñita todo va a estar bien
ya no vas a estar sola nunca
más
Así que aunque creo que en este día la lunita se va a escapar para que nunca le vuelvan a pegar y nos deje solos con nuestros rostros llenos de lágrimas humeantes en noches sin luna, que me gustaría que sean sempiternas negras, serán brillantes óvalos de sol sin perdón sin amo ni maestro. Aunque vaya a ser el final de todas las penurias para ambas yo tengo que hacer esto, lo siento mucho, tengo que hacer esto.
Me saco el cuchillo de la manga y el turco se sorprende primero de la impresión y después porque el aire se había ido a alguna isla del Caribe y él intentaba alcanzarla con la punta de los dedos mientras se sujeta el cuello grita mocosa porqué.
Su cuerpo se desploma, se le mezcla la carne bajo el traje con la sombra y por un momento es uno mismo con ambas siluetas, en un ser humano finalmente completo con la última forma de su alma y él de este, es completamente negro. Ni rostro tenía. Es una pena, ¿ahora cómo lo van a castigar los policías? ¿si cuando del sol baje una cuerda y él se agarre con las palmas y escape riendo tendré mi venganza como siempre lo ha hecho entonces cómo lo vamos a encontrar si no tiene cara?
Pasa la sombra.
Vuelve a ser hombre.
Un instante antes de que la vida se le baje por los pies hasta las botas. Entonces yo me agacho y empiezo a quitarle los cordones porque, alguna vez, papá dijo que los buenos hombres mueren con las botas puestas. Le puedo quitar una cuando el hombre con el que hablaba, es que le había puesto la cara soleada tan aterrada, me agarra de la cintura y me levanta como si fuera un grillo. Se va trotando, grita cosas que yo no entiendo y el turco aún intenta terminar de morir dentro de esa casucha, ahora la veo por fuera, cuando él coloca un pie por fuera, pienso que nos vamos a ir volando y las personas dirán, mira tú, ahí va uno de esos aviones Mirage, no, que no, es muy grande, es un submarino que emprendió el vuelo, pues tiene a otro submarino pequeño entonces, es que se cuidan entre ellos.
Entonces salgo de la casa, desafiante. Desconozco al mundo afuera de la casa vieja y este me desconoce de vuelta a mí como un perro desleal. Me acomodo en sus hombros y de algún modo sé que ese hombre es el chofer de papá, porque usa el mismo perfume y porque yo dije que volvería a buscarme aunque no pudiera explicar cómo. La verdad es que aunque recuerde que fueron mis padres quienes lo dijeron en algún momento estoy segura de pronto de que se trataba de los espejos, las agujas en la pared, el techo que ponía parlanchín cuando llovía y se llenaba de humedad y ratas muertas, las ratas muertas que confesaban lo que sabían sucedería desde el primer momento y me decían que no tendré que dejar de hacer estas cosas por nadie más que él, y que le van a decir a mi mamá que esto no fue su culpa.
Él me abraza fuerte contra sus costillas y pienso que si hubiera habido otro buen hombre como él en el camino de mi casa a esta casa vieja y asquerosa, entonces podrían haber hecho incluso que el mundo deje de girar. Mi niña, dice él, y pienso, ¡qué lindo es el vacío cuando tienes a alguien que te ha estado buscando!