Parte 1: Invocación
En el Infierno existía una regla no escrita pero universalmente conocida: nunca responder a una invocación mal hecha.
Cualquier demonio con un mínimo de experiencia en la Tierra podía corroborarlo. Esos rituales siempre terminaban en desastres, en malentendidos o, peor aún, en tediosas solicitudes de humanos estúpidos que ansiaban dinero fácil o venganzas patéticas. Kitae Kim, en particular, disfrutaba con los relatos de sus compañeros regresando al inframundo refunfuñando por culpa de un humano de cabeza hueca.
A Kitae le hacía gracia cuando sus compañeros demonios regresaban al inframundo refunfuñando porque, al parecer, un humano de cabeza hueca los invocó por dinero fácil o venganzas insignificantes.
A él, por suerte, nunca le había pasado.
Y se sentía orgulloso. Era un demonio de alto rango; su nombre no aparecía en libros baratos de ocultismo ni en foros de internet. Solo los verdaderos eruditos de la demonología sabían de su existencia. Por eso, el tirón brusco que lo arrancó de su trono de obsidiana como si fuera un perro con correa no solo lo sorprendió, sino que lo indignó.
El llamado fue incorrecto. Groseramente incorrecto.
Cuando abrió los ojos, supo de inmediato que algo había salido terrible, terriblemente mal.
Kitae Kim había sido invocado muchas veces a lo largo de los siglos, pero jamás por un grupo tan... patético. Velas aromáticas de colores mal alineadas, un pentagrama dibujado con gis escolar y un libro de invocación impreso desde una web de dudosa reputación.
—Esto es una broma? —gruñó al materializarse, con fuego negro ardiendo a sus espaldas—. ¿Ese círculo está... chueco?
—¿Esto es una broma? —gruñó al materializarse, con fuego negro ardiendo a sus espaldas—. ¿Ese círculo está... chueco?
El ritual explotó en un destello cegador.
Y entonces lo sintió.
Un antiguo y prohibitivo vínculo cerrándose alrededor de su pecho, anclándolo a algo... o a alguien.
—...¿Qué?
Al otro lado de la habitación, cuatro adultos sudaban nerviosamente como si esperaran un milagro de oferta por tiempo limitado. Pero la mirada de Kitae se detuvo en otro lugar.
Un humano rubio, recostado en la pared con una calma insultante, lo observaba con descaro absoluto.
—Vaya —dijo—. Esto definitivamente no estaba en el tutorial.
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Como cada fin de semana, Goo Kim se reunía con sus amigos. Una pequeña tradición para ponerse al día, quitarse el estrés y, sobre todo, beber licor barato pero reconfortante.
Desde su fallida relación con un excompañero de trabajo, Goo había andado algo decaído, sin ánimos para hacer nada que no fuera mudarse, trabajar y ver programas ridículos en internet. Tampoco había tenido tiempo de estar en contacto con sus amigos por esa misma razón; el traslado a otro barrio lo había dejado agotado. Sus amigos, preocupados, decidieron que era hora de una noche de chicos para animarlo.
Así que ahí estaba, en su departamento. Sentado en un puff, mirando cómo sus amigos movían los muebles como si supieran lo que estaban haciendo.
—Y ahora ¿qué se supone que es eso?
—Un juego —dijo Taejin con demasiada seguridad—. Vi en internet que podemos “invocar” un demonio, como el juego de Candy Man o alguna mierda como esa.
Logan, que estaba haciendo un círculo deforme en el suelo con un gis, avanzando a la explicación del moreno.
—Dice internet que si hacemos un círculo mal hecho y ponemos velas aromáticas de vainilla, aparecerá un diablo que concede deseos —se burló Logan cuando terminó de dibujar; se levantó sacudiéndose las rodillas—. Pura mierda si me lo preguntas.
—Exactamente, es mierda —dijo Samuel, encendiendo una vela—. Pero esto es falso, solo un tonto juego de niños.
Goo soltó una risita corta.
—De ser así —se levantó de su asiento—. Veremos qué sucede.
Además, no aparecen seres fantásticos de la nada, ¿verdad?
¿Verdad?
...
...Bien... definitivamente eso estaba en las instrucciones.
Y definitivamente no debería salir fuego de la nada, como tampoco debería haber un calor intenso y opresivo en su pecho.
Goo, incrédulo por lo que sus ojos presenciaban, retrocedió hasta chocar con la pared. Los demás dieron un paso atrás también.
Cuando el humo se dispersó, un hombre —o lo que parecía serlo— estaba de pie en medio del círculo. Su increíble altura hacía que cualquiera se sintiera minúsculo. Tenía una mirada fría y vacía, y dos cuernos oscuros y afilados sobresalían de su cráneo. Llevaba una especie de pantalón oscuro y ceñido a un cuerpo increíblemente bien construido, y el torso desnudo mostraba una piel pálida y marcas que parecían tatuajes vivientes. Había algo en él de lo que le era imposible apartar la mirada.
—Vaya —murmuró Goo, atónito—. Esto definitivamente no estaba en el tutorial.
El primero en gritar fue Logan.
—¡Nos vamos a morir! —cayó de espaldas, temblando como un chihuahua.
—Tra... tranquilos, chicos —tartamudeó Taejin, tratando de calmarlos, aunque estuviera cargándose de miedo—. Si... si fuera real ya nos hubiera hecho algo...
Kitae levantó una ceja, burlón. Fuego negro surgió en su espalda.
—Aún.
Taejin retrocedió un paso.
—Esto no estaba en el plan.
—No —respondió Kitae—. Nunca tuviste uno.
Justo cuando dio un paso adelante, el tipo gordo tirado en el suelo fue el primero en correr, gritando como un desquiciado. Taejin le siguió, huyendo como alma que lleva el diablo —literalmente—. Kitae habría apostado a que se había hecho en los pantalones.
Samuel dudó. El shock lo mantenía clavado al suelo, las piernas negándose a responderle... hasta que, de algún modo, terminó huyendo también, tropezando con sus propios pies.
Y bueno...
Se quedó mirando a la entidad como un idiota.
Kitae chasqueó la lengua, visiblemente irritada.
—Qué pérdida de tiempo —murmuró, antes de fijar su mirada penetrante en el humano rubio que no se movía—. ¿Y tú qué? —gruñó—. ¿No vas a correr como los demás ratones?
Silencio.
El humano de cabello amarillo seguía inmóvil, con la vista perdida y la boca entreabierta.
Molesto, Kitae decidió dar por terminada esta farsa y regresar a sus asuntos. Alzó la mano, dispuesto a romper el círculo con un simple gesto...
Entonces, un dolor agudo y violento le atravesó el pecho, como si una cadena invisible se tensara hasta el límite. El vínculo. El vínculo que había sentido al llegar se activó, quemándolo desde dentro.
—¡Puta madre!