La noche fue rechazada
El aire de la noche era demasiado frío para una celebración.
Sin embargo, las risas resonaban por el claro como si nadie pudiera sentirlo.
La hoguera rugía en el centro del territorio de la manada. Sus llamas lamían el cielo oscuro mientras las chispas flotaban como estrellas moribundas. La música llenaba el ambiente; era fuerte, rítmica y llena de vida, pero para mí sonaba lejana. Apagada.
Como si ya me estuvieran expulsando de este mundo.
Se suponía que esta era la noche más importante de mi vida.
La noche en la que finalmente sería vista.
La noche en la que me convertiría en Luna.
Mis dedos temblaban mientras daba un paso al frente, aferrándome a la tela fina de mi vestido blanco. Era demasiado ligero, demasiado sencillo para una noche como esta, pero, a decir verdad, nadie había esperado nunca gran cosa de mí.
Unos pocos susurros siguieron a mis movimientos.
No era admiración.
No era entusiasmo.
Era otra cosa.
Duda.
Burla.
Lástima.
Tragué saliva con fuerza, obligando a mis pies a seguir moviéndose.
Sabías que esto pasaría, Clara.
Una voz en mi interior susurró.
No… yo no lo sabía.
O quizás sí.
Quizás siempre lo supe.
Pero una parte pequeña e ingenua de mí aún tenía la esperanza…
De que me eligiera a mí.
De que me mirara, aunque fuera solo una vez, no como una obligación, no como un error… sino como su compañera.
Como su Luna.
Levanté la mirada.
Y allí estaba él.
El Alfa Ardan.
De pie, imponente bajo la luz del fuego, con sus hombros anchos proyectando largas sombras a su espalda. Su cabello oscuro se movía levemente con el viento y sus facciones afiladas estaban talladas con una fría perfección.
Irradiaba poder.
Dominio.
Autoridad.
Todo lo que un verdadero Alfa debería ser.
Todo lo que yo no era.
Se me encogió el pecho al acercarme a él; el corazón me latía con tanta fuerza que me dolía.
Había llegado el momento.
La ceremonia de apareamiento.
El instante en el que todo cambiaría.
«Ardan…» Mi voz salió más suave de lo que pretendía, apenas audible sobre la música.
Pero él me escuchó.
Sabía que lo hizo.
Y aun así…
No me miró.
Su mirada permaneció distante, fría, desinteresada… como si yo no existiera.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Algo andaba mal.
Muy mal.
«Alfa», dijo uno de los ancianos, acercándose con autoridad. «Ha llegado la hora. Reconoce a tu compañera ante la manada».
El silencio cayó de repente.
La música se detuvo.
Las risas murieron.
Incluso el viento pareció contener el aliento.
Todas las miradas se posaron en nosotros.
En él.
En mí.
Esperando.
Juzgando.
Anticipando.
Mi corazón latía con más fuerza.
Él también tiene que sentirlo…
El vínculo entre nosotros no era débil.
Lo había sentido durante años: sutil, silencioso, pero innegable.
Me había guiado, me había servido de ancla y me había dado un propósito.
No podía ignorarlo.
No lo haría.
…¿verdad?
Pasaron los segundos.
Demasiados segundos.
Uno.
Dos.
Tres.
Cada uno se alargó más que el anterior.
Entonces, finalmente…
Ardan se movió.
Pero no hacia mí.
Dio un paso lento hacia atrás.
Lejos.
Y en ese momento…
Algo dentro de mí se rompió.
«Rechazo este vínculo».
Las palabras cayeron como una sentencia de muerte.
Frías.
Cortantes.
Definitivas.
Por un segundo, no comprendí.
Mi mente se negó a procesarlo.
¿Rechazada?
No.
No, eso no es posible.
No esta noche.
No de esta manera.
«Ardan…» Mi voz temblaba y la garganta se me cerró dolorosamente. «Esto no tiene gracia».
Él giró la cabeza levemente.
Nuestras miradas se cruzaron.
Y toda la esperanza que me quedaba…
Murió.
No había nada allí.
Ninguna calidez.
Ninguna duda.
Ningún arrepentimiento.
«Nunca te quise», dijo con tono seco.
Cada palabra cayó como un golpe.
«No eres la Luna que elijo».
El suelo bajo mis pies parecía inestable.
Me faltó el aire al dar un paso atrás, con las piernas a punto de fallarme.
«Pero… somos compañeros…» susurré, con la voz quebrada bajo el peso de la realidad.
Escapó de él una leve burla.
«Ser compañeros no equivale a un destino», respondió con frialdad. «Soy el Alfa. Yo decido mi propio futuro».
Murmullos estallaron al instante.
Como fuego prendiendo en hojas secas.
Los susurros se extendieron por la multitud; afilados, crueles, despiadados.
«¿De verdad pensó que...?»
«¿Una omega como ella?»
«Qué vergüenza...»
Podía sentir sus ojos sobre mí.
Quemando.
Burlándose.
Juzgando.
Las lágrimas nublaron mi vista, pero me obligué a seguir en pie.
No iba a caer.
Aún no.
«Entonces... ¿quién?», pregunté, con la voz a punto de quebrárseme.
Si no era yo...
¿Entonces quién?
Por un momento, regresó el silencio.
Entonces...
Una figura dio un paso al frente detrás de él.
Y mi corazón se detuvo.
Selena.
Se movía como si fuera la dueña del suelo que pisaba; su largo cabello oscuro caía sobre sus hombros y su vestido rojo se ceñía a su figura perfecta.
Hermosa.
Grácil.
Todo lo que una Luna debería ser.
Todo lo que yo no era.
Y la sonrisa en sus labios...
Era cruel.
«Ella», dijo Ardan sin dudar. «Selena será mi Luna».
Los vítores explotaron a nuestro alrededor.
Fuertes.
Entusiasmados.
Celebratorios.
Como si esto fuera algo digno de celebrar.
Como si mi humillación fuera un espectáculo.
Sentí un doloroso nudo en el pecho que me dificultaba respirar.
Esto no era solo un rechazo.
Esto era una traición.
«Tú... planeaste esto...», susurré con la voz vacía.
Ardan no lo negó.
Aquel silencio fue más fuerte que cualquier respuesta.
Selena se acercó y el tacón de sus zapatos resonó suavemente contra el suelo. Se detuvo justo frente a mí, recorriéndome con la mirada lentamente.
Deliberadamente.
Como si estuviera inspeccionando algo que no valía nada.
«Lo siento», dijo ella con un tono suave, demasiado suave para ser real. «Pero el puesto de Luna... no es para cualquiera».
Apreté los puños a mis costados.
Quería gritar.
Pelear.
Arrancarle esa sonrisa falsa de la cara.
Pero no podía moverme.
Porque muy dentro de mí...
Algo se estaba rompiendo.
El vínculo.
La conexión sagrada que me ataba a Ardan.
Podía sentirlo ahora mismo...
Retorciéndose.
Agrietándose.
Siendo destrozado desde el interior.
Un sonido desgarrador escapó de mis labios cuando mis rodillas golpearon el suelo.
Un dolor agudo e insoportable atravesó mi pecho.
Se sentía como si mi alma se estuviera partiendo en dos.
«Llévensela», ordenó Ardan con frialdad. «No quiero volver a verla».
Aquello...
Aquello fue el golpe final.
No fue el rechazo.
No fue la traición.
Sino la indiferencia.
Como si no significara nada.
Como si nunca hubiera significado nada.
Dos guardias dieron un paso al frente para atraparme.
Pero antes de que pudieran tocarme...
Una voz atravesó el aire.
Grave.
Oscura.
Peligrosa.
«Tócala... y perderás las manos».
El silencio cayó al instante.
Pesado.
Opresivo.
Aterrador.
Me quedé sin aliento.
Esa voz...
No le pertenecía a Ardan.
Lentamente... levanté la cabeza.
Desde las sombras del bosque, un hombre dio un paso al frente.
Y todo cambió.
Su sola presencia bastaba para sofocar el aire a su alrededor. La oscuridad parecía aferrarse a él, envolviendo su alta figura como si fuera algo vivo.
Irradiaba poder.
No del tipo que impone respeto.
Sino del tipo que exige miedo.
Sus ojos brillaban tenuemente bajo la luz de la luna...
Y cuando se posaron sobre mí...
Mi corazón se detuvo.
No porque tuviera miedo.
Sino porque algo muy profundo dentro de mí respondió.
Algo primitivo.
Algo innegable.
Un vínculo.
Otro vínculo... formándose.
Imposible.
Aterrador.
Real.
Sus labios se curvaron en una sonrisa lenta y peligrosa.
«Si él te rechaza...», dijo con voz grave y constante, provocando que un escalofrío me recorriera la espalda, «entonces yo te reclamaré».
Un jadeo recorrió a la multitud.
Porque todos sabían quién era él.
El Alfa del Norte.
Su mayor enemigo.
Y la forma en que me miraba...
Como si ya le perteneciera.









Yes!! I really think an Alpha is weak when he nor only rejects the Goddess's selection but when that Alpha does it publicly like that. I hope this loser loses his power, his standing and his pack. He's not worthy of the gifts the Goddess bestowed upon him.
Why was he first discribed as Kael and then turned into Ardan?