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Sinopsis

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Genero:
Fantasy
Autor/a:
Alexa
Estado:
Completado
Capítulos:
69
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

El aire en el salón del trono era pesado, cargado con el aroma a incienso y el frío de la piedra milenaria. Bajo la mirada severa de los antepasados retratados en los muros, el Rey Kaelin permanecía inmóvil en su asiento de roble. Frente a él, su hijo Noah sentía que las paredes se cerraban a su alrededor.

—Noah, hijo mío —comenzó el rey, su voz resonando como un trueno distante—. Es hora de que dejes de mirar al horizonte y pongas los ojos en la tierra que pisas. Hablemos de tu futuro.

Noah se puso en pie. Conocía ese tono. Era el preludio de una sentencia. Intentó ocultar su irritación, pero sus dedos jugueteaban con el pomo de su daga por puro nerviosismo.

—¿A qué te refieres con “mi futuro”, padre? —preguntó, aunque la respuesta ya le quemaba en la garganta.

—A que es hora de que asegures el linaje. La princesa de Azura es noble, hermosa y la clave para una alianza inquebrantable. Será tu esposa.

El golpe fue seco. Noah sintió un vacío en el estómago. No era solo un matrimonio; era la cadena definitiva que lo anclaría a una corona que nunca pidió.

—¿Casarme? —protestó, con la voz subiendo de tono—. No quiero casarme por deber. ¡No quiero ser el siguiente eslabón de una cadena! Mi vida no le pertenece al reino, me pertenece a mí. Quiero navegar, padre. Quiero que el mar me diga quién soy, no un protocolo.

El Rey Kaelin se puso en pie, su rostro enrojeciendo bajo la luz de las antorchas. Su sombra se proyectó larga y amenazante sobre el suelo de mármol.

—¡Eres un príncipe de la sangre! —rugió—. No tienes el lujo de la libertad. Tienes deberes, responsabilidades... ¡un destino!

—Entonces no quiero ser príncipe —respondió Noah con una firmeza que sorprendió incluso al rey. Sus ojos brillaban con una determinación nueva, casi peligrosa— No me casaré con alguien a quien no elija mi corazón.

Hubo un silencio sepulcral. Los guardias apostados en las puertas evitaron mirar la escena. El rey soltó una risa seca, carente de humor, y volvió a sentarse, observando a su hijo con una frialdad gélida.

—Bien. Si tanto ansías la libertad, gánatela —dijo Kaelin con una sonrisa torva—. Hagamos un trato: te daré exactamente cinco lunas. Si en ese tiempo regresas con el Ojo de la Pirata Temible, ese tesoro legendario que los buscadores de fortuna juran que existe, te liberaré de tus votos. Podrás vivir como un paria o un marinero si así lo deseas.

Noah sintió un destello de esperanza, pero la voz de su padre se volvió de acero:

—Pero si fallas, si regresas con las manos vacías o el tiempo se agota... te casarás con la princesa de Azura y asumirás el trono sin una sola protesta más. ¿Aceptas?

Noah sopesó el riesgo. El tesoro era un mito, una aguja en un pajar de olas y tormentas. Pero la alternativa era una jaula de oro perpetua.

—Acepto —sentenció el joven.

Lejos del castillo, la aldea de pescadores dormía bajo el manto de un atardecer rosáceo. Los acantilados abrazaban la bahía como brazos de piedra, y el humo de las hogueras subía perezoso hacia el cielo. Era una estampa de paz que Noah estaba a punto de romper.

Cubierto con una capa verde oscuro para ocultar sus ropajes reales, Noah caminaba a paso rápido por las callejuelas. En su prisa, chocó violentamente contra un anciano que tiraba de una cabra.

—¡Lo lamento, señor! —exclamó Noah, mirando por encima del hombro para asegurarse de que no lo seguían. El viejo ni se inmutó, siguiendo su camino con una extraña parsimonia.

Noah divisó una de las puertas traseras de la muralla, custodiada por un solo guardia que bostezaba aburrido. Antes de que pudiera idear un plan, vio que el anciano del choque se escondía tras unos barriles de manzanas junto a él.

—Esto será difícil, pero tú me ayudarás, Ana —susurró el viejo a su cabra—. Distraeré al guardia y tú usas tus cuernos para que muerda el polvo.

Noah observó, incrédulo, cómo el anciano lanzaba manzanas al guardia como si fueran proyectiles, mientras la cabra se posicionaba con sigilo de cazadora. El guardia, confundido y furioso, no vio venir el testarazo de la cabra, que lo mandó directo al suelo.

El anciano corrió hacia la puerta y tiró de ella con desesperación.—¡Ana, los cuernos! ¡Derriba esta puerta! —gritó el viejo. Pero la cabra, ignorándolo, se puso a masticar una de las manzanas del suelo.

Noah salió de su escondite y se unió al anciano, tirando del pesado portón.—¡Vaya, eres tú otra vez! —exclamó el hombre—. Esta maldita puerta no abre, los herreros de hoy son unos chapuceros.

—¡Tiene cerradura, por el amor de Dios! —siseó Noah, viendo cómo el guardia comenzaba a reincorporarse con la cara roja de rabia—. ¡Ahí viene!

—¡Deténganse en nombre del Rey! —bramó el guardia.

—¡Corre, Ana! —gritó el anciano, saltando sorprendentemente rápido sobre el lomo de la cabra.

La persecución fue un caos de puestos de mercado derribados y gritos. Noah corría a todo pulmón, asombrado al ver que el anciano, montado sobre el animal, lograba abrirse paso entre la multitud mientras recolectaba botellas de licor de las mesas al pasar. Se adentraron en el bosque, dejando atrás los gritos de los guardias que, por alguna razón, no se atrevieron a seguirlos más allá de la linde de los árboles.

Cuando por fin llegaron a la orilla del mar, fuera de los límites del reino, Noah se detuvo a recuperar el aliento.

—Oiga... no es por ser grosero... pero ¿por qué no pasamos por el bosque desde el principio? No hay muros aquí —preguntó Noah, jadeando.

El anciano se bajó de la cabra con una sonrisa burlona, tintineando sus botellas.—El Rey es un tacaño, solo pone muros donde la gente puede verlos. Pero nosotros queríamos ir por el camino corto. Además, un poco de emoción le sienta bien a la digestión. ¿Quién eres, muchacho? No hueles a sal común.

—Soy Noah —respondió él, viendo cómo el hombre empezaba a desamarrar un pequeño bote de madera.

—Y yo soy Meldrick Hitch, aunque en los mares me conocen como Diente Plateado.

—¿A dónde va? —preguntó Noah, viendo en ese bote su única oportunidad.

—A buscar a mi tripulación. Llevo días sin encontrarlos, a saber en qué taberna se hundieron —refunfuñó el viejo mientras subía a la cabra al barco.

Noah miró hacia atrás, hacia las torres del castillo que se alzaban en la distancia, y luego al inmenso mar oscuro.—Puedo ayudarle a buscarlos... si me lleva lejos de esta isla.

Diente Plateado lo miró de arriba abajo, mostró un diente de metal en una sonrisa pícara y señaló la cubierta.

—¡Sube a bordo, compañero! El mar no espera a nadie.

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