Cuando el Sol Cayó por Última Vez

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Sinopsis

Si, pan con queso

Genero:
Adventure/Romance
Autor/a:
Koren
Estado:
En proceso
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Capitulo 1 — Bajo el Cielo Azul


El cielo era azul.

Tan limpio… tan tranquilo… que parecía imposible imaginar que algo pudiera romper aquella calma.

Las flores florecían en primavera, cubriendo el suelo con pequeños puntos de color que se mecían con la brisa suave. El aire era cálido, agradable… vivo.

Eran los inicios… de todo.

Vorquen estaba junto a Anreda, recostados bajo un árbol de copa amplia, cuya sombra los protegía del sol. Ambos miraban el cielo como si buscaran algo oculto entre las nubes.

—Mira… esa parece un pez —dijo Anreda, señalando hacia arriba con el dedo, entrecerrando un poco los ojos.

Vorquen siguió la dirección de su mano y soltó una pequeña risa.

—¿Un pez? Yo veo más bien un zapato.

Anreda giró la cabeza lentamente hacia él, con una sonrisa divertida.

—¿Un zapato? ¿Qué clase de imaginación tienes?

—La suficiente como para sobrevivir a tus ideas raras —respondió él, con una sonrisa ladeada.

Anreda soltó una risa suave, esa risa que siempre lograba hacer que Vorquen sintiera algo cálido en el pecho.

—Oye… —dijo ella después de unos segundos— ¿tú crees que la gente realmente ve figuras… o solo las inventa para no sentirse aburrida?

Vorquen levantó un poco el cuerpo, apoyándose en un codo. La miró en silencio unos segundos… y algo en su mente comenzó a formarse.

Un pensamiento.

Una imagen.

Un futuro.

Un futuro donde los dos caminaban juntos… donde había risas… donde existía algo más que ese momento detenido en el tiempo.

Un futuro donde tenían una familia feliz.

Vorquen tomó las manos de Anreda con suavidad. Sus dedos encajaron con los de ella como si siempre hubieran pertenecido ahí.

—Algún día… —dijo él con una sonrisa tranquila— te voy a llevar a ver la estatua más hermosa del mundo.

Anreda frunció ligeramente el ceño, curiosa.

—¿La estatua? ¿Cuál estatua?

—La Estatua del Fin del Día —respondió Vorquen—. Dicen que cuando el sol se pone, parece que el ángel señala el cielo… como si estuviera guiando al sol hasta su último momento.

Anreda lo miró con atención, interesada.

—¿Hablas en serio? Nunca había escuchado eso.

—Porque nunca te he llevado —respondió él con una sonrisa—. Pero algún día lo haré.

Anreda lo observó en silencio unos segundos… y luego sonrió con emoción genuina.

—Entonces más te vale cumplirlo —dijo ella, abrazándolo sin dudar—. Porque ahora quiero verlo.

Vorquen la abrazó con fuerza, sintiendo el calor de su cuerpo contra el suyo.

—Lo haré —susurró—. Lo prometo.

Se quedaron así unos segundos… sin decir nada… simplemente existiendo en ese instante.

Luego se levantaron del suelo, sacudiéndose la ropa, y comenzaron a caminar hacia una cafetería cercana.

El sonido de la ciudad los rodeaba: conversaciones, autos pasando, risas lejanas. Todo parecía normal… demasiado normal.

Entraron al pequeño local.

El aroma del café recién hecho llenaba el ambiente.

Anreda se acercó al mostrador y sonrió.

—Un café con leche… con media cucharada de azúcar —pidió con naturalidad.

Vorquen soltó una pequeña risa.

—Ni siquiera tengo que preguntar —murmuró—. Ya me lo sé de memoria.

Anreda lo miró de reojo.

—Eso significa que prestas atención… y eso me gusta.

Vorquen pidió un expreso y ambos se sentaron frente a frente, en una mesa junto a la ventana.

La luz del sol entraba suavemente, iluminando el rostro de Anreda.

Vorquen tomó sus manos sobre la mesa.

Soltó una pequeña carcajada.

—¿Qué pasa? —preguntó ella, curiosa.

Vorquen negó con la cabeza lentamente.

—Nada… solo estaba pensando.

—¿En qué?

Vorquen la miró fijamente a los ojos.

Esos ojos que, para él, eran un universo entero.

—En que… si algún día tenemos hijos… espero que tengan tus ojos.

Anreda abrió un poco los ojos, sorprendida.

—¿Hijos? —repitió, entre divertida y nerviosa—. Vas demasiado rápido.

Vorquen sonrió.

—No dije ahora… dije algún día.

Anreda bajó la mirada unos segundos… y entonces su expresión cambió.

La sonrisa desapareció lentamente.

Algo en su rostro se volvió más serio… más pesado.

Vorquen lo notó.

—¿Qué pasa? —preguntó, frunciendo levemente el ceño.

Anreda respiró profundo.

Sus manos se tensaron entre las de él.

—Vorquen… —dijo con voz baja— hay algo que tengo que decirte.

El ambiente pareció volverse más silencioso.

Más pesado.

—Probablemente… tenga que irme del país.

Vorquen parpadeó lentamente.

—¿Qué…?

Anreda tragó saliva antes de continuar.

—Es por trabajo… me ofrecieron algo importante… pero significa que no volveré en un buen tiempo.

Vorquen fue borrando lentamente su sonrisa, segundo tras segundo.

Intentó reír.

Intentó pensar que era una broma.

—¿Hablas en serio…?

Pero Anreda no se rió.

No sonrió.

Solo lo miró… con tristeza.

Y Vorquen supo que hablaba en serio.

El silencio entre ambos se volvió insoportable.

Pero en lugar de alejarse… Vorquen se levantó lentamente de su silla.

Se acercó a ella.

Y la abrazó con fuerza.

Un abrazo largo… firme… desesperado.

Luego, inclinándose hacia su oído, susurró:

—Aun así… cuando nos volvamos a ver… te llevaré a ver el atardecer en esa estatua.

Hizo una pausa.

Respiró hondo.

Y añadió:

—Nada me lo impedirá.

Anreda cerró los ojos… aferrándose a él.

Como si, sin saberlo… aquel momento fuera el comienzo de todo lo que vendría después