Chapter 1 Negligencia Selectiva
El ser humano es malo por naturaleza. Es una verdad universal, aunque a menudo intentemos disfrazarla con leyes, moral o religión. Hay comportamientos que la lógica simplemente no puede procesar: impulsos psicopáticos, traumas profundos o la más pura y llana estupidez. Sin embargo, en este mundo, hay una variable que la mayoría ignora.
Los culpables, en muchas ocasiones, no son humanos. Son demonios.
Criaturas que sirven al Príncipe de las Tinieblas, parásitos espirituales cuya única misión es susurrar al oído de los mortales, manipulándolos hasta que pierden sus almas sin siquiera notar el vacío. Quizás la humanidad no se arreglaría mágicamente sin ellos, pero estoy convencido de que el mundo sería un lugar considerablemente menos cruel si esas cosas no existieran.
Esa mañana, mientras el sol apenas empezaba a calentar el asfalto, Marcos se asomó por la ventana. Allí estaba: una criatura extraña, de formas imposibles, posada como si fuera lo más natural del mundo. Sabía que no era un pájaro sinó algo más. Pero no le importó.
—Alistate rápido que vas a llegar tarde —la voz de su hermano, Cristian, rompió el silencio de la cocina.
—Está bien... —respondió con su habitual tono desganado, apartando la vista del cristal—. Vi a un demonio por la ventana. Si tenés ganas de buscarlo después, está en la calle, justo frente al local de Juan.
Cristian se detuvo en seco, con el ceño fruncido.
—¿De verdad no te importa que pueda hacerle daño a alguien, no?
Se encogió de hombros mientras buscaba su mochila.
—No es mi problema.
Él lo fulminó con la mirada, dejando escapar un suspiro cargado de frustración.
—Sos tan indiferente que a veces das miedo, Marcos... En fin, ya me voy a trabajar. Chau.
—Chau.
Caminar hacia la escuela siempre era una experiencia extraña. Para este chico, el resto de las personas eran como personajes de fondo en un manga, bocetos sin terminar que se movían por inercia. Solo el entorno de su departamento y los lugares que frecuentaba tenían "color".
Al pasar frente al local de Juan, vió que el demonio de la mañana ya había encontrado un anfitrión. Estaba posado sobre el hombro del empleado, como un peso invisible que encorvaba su espalda.
—Buen día, Juan —saludó al entrar.
—Mmm... ah, hola, Marcos. ¿Lo mismo de siempre? —preguntó él, con los ojos hundidos y la voz apagada.
—Sí —respondió, mientras pensaba: *«Así que acá estabas»*. Pudo ver cómo la criatura hundía sus garras invisibles en el cuello del hombre—. Te noto bastante desanimado.
—Ah, eso... me pasaron un par de cosas —murmuró, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos.
Al recibir la compra, aprovechó el movimiento. Extendió la mano como si fuera a darle una palmada amistosa en el hombro, pero su objetivo era la cabeza de la criatura. Con un movimiento seco y preciso, la aplastó. El demonio se disolvió en una neblina oscura que solo él pudo percibir.
—Vos tranquilo —le dijo.
Juan parpadeó, confundido, como si de repente le hubieran quitado una mochila de cincuenta kilos de encima.
—Mh, gracias. No sé por qué, pero ya me siento mejor.
Salió del local, pero antes de avanzar diez pasos, se detuvo en seco. Un escalofrío recorrió su nuca. “Los demonios comunes no suelen ser más grandes que un perro faldero” pensó. Pero la presencia que sintió en ese instante... eso era otra cosa.
Ni siquiera tuvo que girarse para saber que lo que estaba detrás de él era fuerte. Al darse la vuelta, vió a un chico. Parecía un estudiante común, pero cargaba con una criatura infernal del tamaño de un hombre a sus espaldas, como si fuera una mochila viviente. Las miradas de ambos se cruzaron por un milisegundo.
Ya en el colectivo, sacó el celular para responderle a Cris.
*Marcos:* “Hace rato vi a un pibe con un demonio del tamaño de un hombre en la espalda.”
*Cris:* “¿En serio? ¿Qué tan fuerte era?”
*Marcos:* “Bastante."
**Cris:** " Uff, con razón no hiciste nada."
*Marcos:* "Y sí, no es mi problema."
*Cris:* "¿Eh?”
Cerró el chat tras unos mensajes más para terminar la conversación ya que ya había llegado a su parada. Las clases pasaron como un trámite burocrático, una neblina de aburrimiento que solo se disipó cuando el timbre del recreo anunció un respiro.
En el patio, el ambiente era el de siempre. Se reunió con su grupo cerca de los bancos.
—Che, Marcos, ¿y si después vamos a la casa de Joana para jugar a la Play? —propuso Renzo, siempre tan enérgico.
—Me parece bien —asentió.
—¡Pará un poquito, Renzo! —exclamó Joana, cruzándose de brazos—. ¡No pueden decidir eso sin mí!
Renzo puso los ojos en blanco, fingiendo paciencia.
—Mmm... ¿podemos ir a tu casa a jugar a la Play?
—Sí, obvio —respondió ella al instante.
—¡¿Entonces por qué te enojás?!
—¡Porque no me preguntaron!
Él se quedó observando la discusión absurda hasta que Lina, la novia de Renzo, apareció para calmar las aguas.
—Buenos días —dijo con dulzura.
—Buenos días, Linita de mi corazón —Renzo cambió su tono de pelea por uno empalagoso en menos de un segundo.
—Ay, Renzito, qué dulce que sos.
Joana se acercó a su oído y susurró con una mueca de disgusto:
—Llevan seis meses juntos... ¿Cómo pueden seguir siendo taaan empalagosos?
—Yo todavía no entiendo cómo es que la chica más cotizada de quinto año se hizo novia de este —añadió, ganándose una risita de Joana.
—Marcos —intervino de pronto el profesor de Historia, que pasaba por ahí—. Ya que falta poco para que termine el recreo, andá con Joana a buscar a la biblioteca los libros para la siguiente clase.
—Okey —Marcos respondió sin ganas.
—¿Ah? ¿Por qué yo también? —se quejó Joana.
El profesor señaló a la parejita que seguía en su burbuja de amor.
—Porque sé que están buscando una excusa para alejarse de estos dos.
—Linita, ¿sabés que te amo?
—Sí, Renzito, y yo también te amo.
Joana suspiró, derrotada por la lógica del profesor.
—¡Vamos a buscar los libros! —dijo, ahora casi agradecida por la tarea.
Caminaron hacia las escaleras en silencio. Al llegar al primer peldaño, Marcos se detuvo y la miró de arriba abajo.
—Si querés podés irte a otra parte —le dijo con un tono burlón.
—¿Eh? ¿Por qué?
—Porque te conozco muy bien y sé que tu cuerpo de insecto palo no va a aguantar subir hasta el tercer piso para después bajar al primero cargando libros.
—Ay, muchas gracias —respondió con una sonrisa, como si fuese un regalo—. Qué considerado. Quizá te invite a salir en compensación —añadió con una sonrisa coqueta que habría puesto nervioso a cualquiera.
Pero Marcos solo suspiró.
—Lastimosamente para vos, también te conozco lo suficiente como para saber que la palabra "cita" y tu no combinan.
Joana lo fulminó con la mirada, pero no pudo replicar porque sabía que tenía razón. Le dio la espalda y se alejó por el pasillo, dejándolo solo frente al desafío de las escaleras.
Llegó a la biblioteca, pero antes de que pudiera tocar la puerta, el mundo se rompió.
*¡BANG!*
Un estruendo seco, metálico, que hizo vibrar sus tímpanos. Inmediatamente después, el aire se llenó de gritos.
*«¡¿Qué carajo...?!»*
Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Salió corriendo hacia las escaleras. En tres segundos ya estaba en el segundo piso, justo cuando un segundo disparo resonó, seguido de alaridos que no parecían humanos.
—¡No hay tiempo! —rugió para adentro.
No usó las escaleras. Saltó por el hueco entre las barandas, cayendo directamente hacia la planta baja. Mientras descendía, vió un mar de estudiantes subiendo desesperados, sus rostros desencajados por el terror. Al aterrizar en el patio, el mundo se volvió lento.
La escena era una pesadilla. Renzo y Lina estaban en el suelo. El charco de sangre que se extendía bajo ellos era demasiado grande, demasiado rojo.
Un tercer disparo lo sacó del shock.
—¡Mierda!
Corrió hacia el origen del ruido, pero lo que vió le heló la sangre. Joana estaba agonizando en el suelo. Y a su lado, con el arma aún humeante, estaba el tirador. Él levantó el arma.
*¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!*
Con reflejos que ningún humano normal debería poseer, esquivó los tres proyectiles por milímetros. Antes de que pudiera apretar el gatillo de nuevo, cerró la distancia y le conectó una patada precisa en la muñeca, enviando el arma lejos.
Sacó un cuchillo en un intento desesperado por defenderse, pero fue inútil. Sus puños se sentían pesados, como si estuvieran hechos de plomo. Cada golpe que le propinaba sonaba como un choque de rocas. Cuando intentó arrastrarse hacia su arma, le rompió el brazo con un movimiento seco y brutal.
El tirador quedó en el suelo, gimiendo, despojado de su falsa omnipotencia.
—¿Un tiroteo escolar? Ni que estuviésemos en Estados Unidos —masculló con una amargura que le quemaba la garganta.
De repente, el aire se volvió denso. Una sombra se manifestó sobre él, una presencia tan asquerosa que era más cómodo estar al lado de un basurero.
—¿Por qué no? La violencia es universal —respondió la aparición con una voz que parecía venir de una tumba.
—¿Vos no sos... el de esta mañana?
Sus propios ojos, siempre indiferentes, ahora reflejaban algo que odiaba: culpa. Él lo había visto. Había visto a la bestia y decidió seguir de largo. Era el responsable indirecto de esta masacre.
El demonio, al notar su realización, simplemente ensanchó su sonrisa grotesca.