Tres Pretendientes y un Regalo

Sinopsis

Buda, Loki y Siegfred. Se unen para darle un regalo a la pequeña Göll, sin saber que serían protagonistas de una revelación inimaginable.

Genero:
Romance
Autor/a:
Elbuscado1
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

El Valhalla rara vez conocía el silencio, pero esa tarde, en un rincón apartado de los jardines celestiales, la tensión era tan densa que se podría haber cortado con la espada de un verdugo. Bajo la sombra de un árbol de cerezo que parecía ignorar el caos inminente, tres figuras de poder inconmensurable se observaban con una mezcla de sospecha, arrogancia y, curiosamente, una pizca de solidaridad no deseada.

Buda, el Iluminado, estaba recostado contra el tronco, masticando ruidosamente una paleta de caramelo con sabor a fresa. Tenía los ojos entrecerrados, su habitual expresión de "nada de esto me importa realmente" en pleno efecto. A su lado, Siegfried, el legendario matador de dragones, mantenía una postura más rígida, con los brazos cruzados y una mirada que oscilaba entre la determinación heroica y la confusión absoluta. Y finalmente, flotando a unos centímetros del suelo con las manos tras la nuca, Loki, el Dios de las Mentiras, sonreía de esa manera que siempre hacía que uno quisiera revisar si todavía conservaba su cartera.

El tema de conversación era tan sagrado como peligroso: Brunhilde.

—A ver si lo entiendo —dijo Loki, rompiendo el hielo con una voz melosa que goteaba veneno—. El "Gran Héroe de la Humanidad" y el "Buda que no sigue reglas" están aquí por la misma razón que yo.

Buda sacó la paleta de su boca con un pop sonoro.

—Si te refieres a que Hildy es una mujer fascinante y que todos queremos estar en su radar... pues sí, básicamente. Pero tú eres un poco insistente, ¿no, Loki-chan?

Siegfried suspiró, su voz profunda resonando con una sinceridad que chocaba frontalmente con el sarcasmo del dios nórdico.

—Brunhilde tiene un peso enorme sobre sus hombros. Solo quiero... facilitarle las cosas. Y he notado que su mayor preocupación, aparte del Ragnarok, es el bienestar de su hermana menor.

Loki aterrizó, sus pies tocando la hierba con elegancia. Sus ojos brillaron.

—Göll. La pequeña y llorona Göll. Es la llave, ¿verdad? El camino más rápido al corazón de la valquiria mayor es a través de la menor. Un regalo perfecto para la niña, y Brunhilde nos mirará con otros ojos. O al menos, dejará de mirarnos como si quisiera arrojarnos al Helheim.

—Yo no lo hago por estrategia, Loki —mintió Buda, aunque todos sabían que a él le encantaba jugar sus cartas—. Pero si la pequeña está feliz, Hildy se relaja. Y una Hildy relajada es mucho más... receptiva a compartir unos dulces.

Siegfried asintió.

—Entonces estamos de acuerdo. Un regalo para Göll. Pero no puede ser cualquier cosa. Tiene que ser algo que demuestre que somos dignos.

Loki fue el primero en tomar la iniciativa. Para él, un regalo no era un objeto; era una experiencia. Su idea de un regalo para una niña pequeña era, naturalmente, algo que causara un caos controlado.

Lideró al grupo hacia las forjas de los enanos, un lugar donde el calor era tan intenso que incluso Buda tuvo que quitarse la parte superior de su túnica, quedando en su característica camiseta de tirantes.

—¿Qué estamos haciendo aquí, Loki? —preguntó Siegfried, limpiándose el sudor de la frente—. Göll no necesita un hacha de batalla.

—Oh, qué poca imaginación tienes, Siggy —se burló Loki—. Los enanos no solo hacen armas. Hacen juguetes... permanentes.

Loki se acercó a Brokkr, el herrero, y tras un intercambio de susurros y una bolsa de monedas de oro robadas (probablemente de las arcas de Odín), regresó con un pequeño cofre de plata. Al abrirlo, una criatura mecánica saltó hacia afuera. Era un pequeño lobo de metal, articulado con una precisión divina, cuyos ojos eran rubíes que brillaban con una inteligencia artificial mágica.

—Un Fenrir en miniatura —anunció Loki con orgullo—. Protege al dueño, ladra música celestial y, lo mejor de todo, puede transformarse en una almohada térmica.

Buda se acercó y le dio un toque con el dedo al lobo de metal. El juguete intentó morderlo.

—Es un poco... agresivo, ¿no crees? Göll se asusta con su propia sombra. Esto le va a dar pesadillas.

—Es solo carácter, Buda. ¡Le falta carácter a esa niña! —exclamó Loki, pero su sonrisa flaqueó cuando el lobito empezó a morder el tobillo de Siegfried.

Siegfried, con una paciencia infinita, levantó al lobo por el pescuezo de metal.

—Loki, Brunhilde nos matará si esto le arranca un dedo a su hermana. No es el regalo adecuado.

Loki hizo un puchero y recuperó su juguete de un manotazo de las manos de Siegfred.

—Ustedes no entienden el arte de la provocación. Bien, ¿qué sugieres tú, Iluminado?

Buda no necesitó forjas ni magia oscura. Llevó a los otros dos a un jardín oculto en las tierras de los dioses hindúes. Era un lugar donde el tiempo parecía fluir más lento y el aroma de mil flores embriagaba los sentidos.

—Las cosas materiales se rompen —dijo Buda, caminando con las manos en los bolsillos—. El metal se oxida. El miedo permanece. Lo que Göll necesita es paz interior... y azúcar. Mucha azúcar.

Se detuvieron ante un árbol cuyos frutos no eran frutas, sino esferas cristalinas de colores vibrantes. Eran los "Frutos de la Iluminación Efímera", un manjar que solo crecía bajo la meditación constante de los devotos.

—Un bocado de esto —explicó Buda— y verás el mundo como es: una ilusión hermosa. Te quita el miedo, te quita la ansiedad y sabe a la mejor tarta de queso que puedas imaginar.

Siegfried examinó uno de los frutos.

—¿Estás sugiriendo que droguemos a la pequeña valquiria con frutas místicas?

Buda se encogió de hombros.

—No es droga, es "perspectiva". Además, Hildy siempre está gritándole por ser cobarde. Si Göll está en un estado de zen absoluto, Hildy no tendrá por qué gritar. Todos ganan.

Loki soltó una carcajada estridente.

—¡Eres increíble, Buda! Pero hay un problema. Brunhilde es una fanática del control. Si ve a Göll flotando en un trance espiritual mientras el mundo se acaba, pensará que la has corrompido. No te dejará acercarte a ella en diez mil eones.

Buda suspiró, dándose cuenta de que Loki tenía razón por primera vez en su existencia. Brunhilde valoraba la disciplina, incluso en su amor por Göll. Un estado de felicidad artificial no pasaría el filtro de la hermana mayor.

Siegfried tomó el mando. No era un hombre de trucos ni de filosofías abstractas. Para él, el amor y el aprecio se demostraban a través de la protección y la utilidad.

Llevó a los otros dos a la armería personal de las valquirias, un lugar que conocía bien. Buscó en los archivos hasta encontrar algo que había sido guardado hace mucho tiempo: una capa tejida con las plumas de los cisnes que escoltaban a los caídos.

—No es un arma —aclaró Siegfried antes de que Loki pudiera burlarse—. Es una Capa de Refugio. No solo es extremadamente suave y cómoda, sino que tiene un encantamiento de invisibilidad pasiva. Si Göll se siente abrumada o asustada por los dioses, solo tiene que cubrirse con ella y nadie podrá molestarla. Es un espacio seguro que puede llevar consigo.

Loki examinó la tela.

—Es... aburrida. Muy funcional. Muy "Siegfried".

Buda, sin embargo, asintió con respeto.

—Es un buen regalo, Siggy. Realmente pensaste en lo que ella necesita. Pero... —Buda hizo una pausa, mirando a lo lejos—. ¿No creen que nos estamos olvidando de algo fundamental?

—¿De qué? —preguntaron los otros dos al unísono.

—De que somos tres tipos intentando comprar el favor de una mujer usando a una niña. Si vamos por separado, seremos "el raro del lobo", "el tipo de los caramelos" y "el sobreprotector". Pero si nos unimos...

Loki y Siegfried se miraron. La idea de colaborar era casi tan repulsiva como la idea de perder.

Tras horas de discusión (y varios intentos de Loki por transformar la capa de Siegfried en un disfraz de pollo), llegaron a un acuerdo. No entregarían tres regalos, sino un solo "Kit de Supervivencia para la Valquiria Aprendiz".

La Capa de Siegfried: La base. El refugio.

Los Dulces de Buda: Escondidos en los bolsillos interiores de la capa, para momentos de verdadera crisis.

La Magia de Loki (Modificada): Loki tuvo que prometer que no habría dientes de metal. En su lugar, encantó la capa para que cambiara de color según el estado de ánimo de Göll, y añadió un pequeño amuleto que proyectaba ilusiones de cachorros relajantes cuando ella se sentía triste.


Caminaron hacia las habitaciones de las valquirias. Al llegar a la puerta, el valor de los tres hombres más poderosos del Ragnarok pareció flaquear.

—Tú vas primero, Siggy. Eres el que mejor le cae —susurró Loki, escondiéndose detrás del hombro del héroe.

—¡Ni hablar! Buda tiene esa aura de "está todo bien" —replicó Siegfried.

Al final, la puerta se abrió de golpe. No fue Göll quien apareció, sino Brunhilde. Su cabello oscuro caía sobre sus hombros y su mirada era tan afilada como una hoja de afeitar. Tenía una vena pulsando en su sien.

—¿Se puede saber qué hacen ustedes tres aquí haciendo ruido? —preguntó ella, cruzando los brazos—. Tengo una lista de guerreros que organizar y una hermana que no deja de llorar porque perdió su cinta del pelo.

Göll apareció detrás de ella, con los ojos rojos y sollozando.

—¡Es que era mi favorita, hermana!

Los tres hombres se miraron. Era el momento.

Siegfried dio un paso al frente y se arrodilló con una gracia que solo un príncipe podía poseer. Extendió la capa, que ahora brillaba con un suave tono lavanda.

—Göll —dijo con voz suave—. Sabemos que las cosas han estado difíciles. Queríamos traerte algo para que te sientas segura.

Buda se acercó y dejó caer un puñado de los frutos brillantes sobre la tela.

—Y para que el mundo sea un poco más dulce, pequeña.

Loki, tratando de no parecer demasiado interesado, activó el amuleto. De repente, la habitación se llenó de pequeñas proyecciones de perritos de luz que saltaban alrededor de los pies de Göll.

La niña se quedó sin aliento. Sus lágrimas se detuvieron instantáneamente. Se lanzó sobre la capa, envolviéndose en ella mientras soltaba una risita de pura alegría.

—¡Es increíble! ¡Gracias!

Brunhilde se quedó paralizada. Miró a los tres hombres. Su expresión pasó de la irritación a la sorpresa, y finalmente a algo que se parecía sospechosamente a una sonrisa suave, aunque trató de ocultarlo de inmediato.

—Es... un gesto aceptable —dijo Brunhilde, aunque sus ojos decían mucho más—. Supongo que incluso los idiotas tienen momentos de lucidez.

Buda le guiñó un ojo. Loki hizo una reverencia burlona. Siegfried simplemente asintió, satisfecho.

—Göll, ve a jugar con tus... cachorros de luz a otra parte —ordenó Brunhilde. Cuando la niña se fue corriendo, Brunhilde se volvió hacia los tres—. Ahora, si creen que esto les da derecho a interrumpir mis reuniones o a invitarme a cenar cada cinco minutos...

Hizo una pausa, mirando el regalo que le habían dado a su hermana.

—...quizás tengan cinco minutos para explicarme cómo convencieron a Loki de no ponerle explosivos a ese regalo.

Los tres se rieron. Por una tarde, no hubo dioses contra humanos, ni deudas de sangre, ni destino del mundo. Solo tres pretendientes compitiendo por la aprobación de la mujer más difícil del universo, aprendiendo que, a veces, para conquistar a la reina, primero hay que cuidar a la princesa.

Esa noche, el Valhalla fue un poco más brillante. Y aunque Brunhilde nunca lo admitiría en voz alta, esa noche durmió un poco más tranquila, sabiendo que incluso en medio de la guerra, había tres hombres dispuestos a unirse solo para hacer reír a su hermana.

La calma que siguió al regalo de Göll fue, para Brunhilde, más inquietante que el estruendo de la arena del Ragnarok. Durante días, la imagen de los tres hombres —el héroe que sacrificó su libertad, el iluminado que renunció a su divinidad y el dios que jugaba con el fuego del caos— permaneció grabada en su mente.

Brunhilde no era una mujer dada a los sentimentalismos. Su existencia estaba definida por el deber, por el peso de trece hermanas y el destino de la humanidad. Sin embargo, el gesto hacia Göll había perforado su armadura. Ya no podía verlos simplemente como piezas en su tablero de ajedrez cósmico. Eran fuerzas de la naturaleza que reclamaban algo que ella había jurado no entregar a nadie: su voluntad.

Decidió que el juego debía terminar. No por crueldad, sino por necesidad. El Valhalla no era lugar para tríos amorosos ni tensiones irresueltas cuando el destino del universo pendía de un hilo.

Convocó a los tres a la terraza más alta del ala de las Valquirias, un balcón que se asomaba al abismo entre los mundos, donde las estrellas parecían estar al alcance de la mano.

Siegfried fue el primero en llegar. Estaba impecable, con su armadura de plata pulida reflejando la luz de las nebulosas. Su rostro, habitualmente serio, mostraba una vulnerabilidad que solo Brunhilde era capaz de provocar.

Poco después, Buda llegó flotando sobre una nube de despreocupación, con una bolsa de gomitas ácidas en la mano.

—Hildy-chan, este ambiente está muy serio, ¿no? —dijo, ofreciéndole un dulce a Siegfried, quien lo rechazó con un gesto cortés pero firme.

Loki apareció al final, emergiendo de las sombras con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Vaya, el tribunal está listo. ¿A quién vamos a ejecutar hoy, mi querida Brunhilde?

Brunhilde se dio la vuelta. Su vestido negro ondeaba con el viento astral. Sus ojos verdes, usualmente gélidos, ardían con una determinación nueva.

—Se acabó —dijo ella, su voz cortando el aire—. Göll está feliz, y les agradezco el gesto. Pero esta... competencia silenciosa entre ustedes tres distrae. Distrae a la humanidad, me distrae a mí y, francamente, está empezando a irritar a Zeus.

—A Zeus le irrita hasta su propia sombra —intervino Buda, apoyándose en la barandilla—. Pero entiendo el punto. Quieres poner orden en el caos.

—Quiero —continuó Brunhilde, dando un paso hacia ellos— que uno de ustedes sea mi pilar. No puedo permitirme el lujo de tres pretendientes. Necesito a alguien que entienda lo que soy y lo que debo hacer.

Loki se cruzó de brazos, su tono volviéndose inusualmente serio.

—Entonces, es un juicio. Elige a tu campeón, valquiria. Pero recuerda: lo que elijas definirá quién eres tú también.

Brunhilde caminó hacia ellos, deteniéndose frente a cada uno para escrutar sus almas.

Se detuvo primero ante Loki.

El Dios de las Mentiras no retrocedió. Brunhilde vio en él la chispa de la rebelión. Loki no quería salvar al mundo, pero quería ver arder el orden establecido por Odín, tal como ella. Con Loki, la vida sería un juego eterno de ingenio, una danza en el borde del precipicio donde nunca se aburriría. Él entendía su oscuridad, su capacidad para el engaño y el sacrificio frío.

—Contigo, Loki, el mundo nunca dejaría de ser un truco —susurró ella—. Pero me temo que en tu fuego, terminaría quemando incluso lo que intento salvar.

Luego se dirigió a Buda.

El Iluminado le sonrió, una sonrisa llena de una paz que ella envidiaba profundamente. Buda no le ofrecía planes ni estrategias; le ofrecía libertad. Con él, Brunhilde podría dejar de ser la "Líder de las Valquirias" por un momento y simplemente ser. Él la desafiaba a soltar el control, a confiar en que el flujo del universo se encargaría de todo.

—Buda... me ofreces un descanso que mi alma anhela —dijo ella, tocando suavemente el hombro del dios—. Pero mi carga no es una que pueda soltar. Si me voy contigo a la iluminación, ¿quién se quedará en las trincheras?

Finalmente, se detuvo ante Siegfried.

El héroe no dijo nada. No necesitaba hacerlo. Sus ojos hablaban de siglos de lealtad, de un amor que había sobrevivido al cautiverio y a la muerte misma. Siegfried no era un dios, pero poseía una nobleza que hacía palidecer a los habitantes del Olimpo. Él no pedía que ella cambiara, ni que se relajara, ni que se divirtiera. Él pedía estar a su lado, sosteniendo el escudo mientras ella blandía la espada.

—Siegfried —dijo ella, y su voz tembló por primera vez—. Tú conoces el precio de mi ambición. Estuviste en las cadenas por mi culpa.

—Y volvería a estarlo mil veces más —respondió Siegfried, dando un paso al frente y tomando sus manos—. Brunhilde, no busco que seas mi esposa en un castillo de cristal. Busco ser tu compañero en el barro y en la gloria. Mi espada es tuya, no porque seas una reina, sino porque eres tú.

El silencio que siguió fue absoluto. Buda dejó de masticar. Loki dejó de sonreír. El universo entero parecía contener el aliento.

Brunhilde miró a Loki y a Buda con una mezcla de respeto y despedida.

—Loki, gracias por recordarme que las reglas están para romperse. Buda, gracias por enseñarme que hay paz más allá del dolor. Pero mi camino... mi camino requiere algo más que ingenio o iluminación.

Se volvió hacia Siegfried y, ante el asombro de los dioses y el alivio de las estrellas, Brunhilde apoyó la frente contra la coraza de plata del héroe.

—Elijo el honor de los que caen y se levantan —anunció con firmeza—. Elijo al hombre que me vio en mis momentos más oscuros y no apartó la mirada. Elijo a Siegfried.

Loki soltó un suspiro dramático, pero en el fondo, había una pizca de respeto en su mirada.

—Bueno, supongo que el "vivieron felices por siempre" no rima conmigo de todos modos. Me voy a ver si puedo convencer a Hermes de que su sombra tiene planes para derrocarlo.

Con un movimiento de manos, Loki desapareció en un torbellino de pétalos negros, dejando tras de sí un eco de risa melancólica.

Buda, por su parte, terminó su última gomita y le dio una palmada en la espalda a Siegfried.

—Cuídala bien, matadragones. Si la haces llorar —Buda abrió un ojo, y por un segundo, su aura divina fue tan pesada que la terraza crujió—, recordaré que soy un dios de la guerra cuando quiero.

Buda saltó hacia su nube, saludando con dos dedos mientras se alejaba hacia el horizonte dorado del Valhalla.

Brunhilde y Siegfried se quedaron solos en la terraza. El viento soplaba con fuerza, pero ella ya no sentía frío.

Siegfried la rodeó con sus brazos, un refugio más sólido que cualquier capa mágica. Brunhilde cerró los ojos, permitiéndose un momento de debilidad que no le mostraría a nadie más en la creación.

—¿Estás segura de esto? —preguntó él en un susurro—. El Ragnarok aún no termina. Odín no estará contento.

Brunhilde levantó la cabeza. Su mirada volvía a ser la de la estratega implacable, pero ahora había un brillo de esperanza que antes no existía.

—Odín puede quedarse con su sabiduría y sus cuervos —dijo ella, una sonrisa desafiante apareciendo en sus labios—. Yo tengo al héroe que mató al Fafnir. Juntos, no solo salvaremos a la humanidad, Siegfried. Vamos a rehacer este mundo de una vez por todas.

Siegfried se inclinó y selló la promesa con un beso que sabía a hierro y a eternidad. En ese momento, en el rincón más alto del Valhalla, la valquiria entendió que el mejor regalo no era algo que se pudiera envolver o esconder bajo una capa. Era la certeza de que, sin importar cuántos dioses se opusieran a ella, ya no tendría que luchar sola.

Göll, que observaba desde una ventana cercana envuelta en su nueva capa de colores, sonrió para sí misma. Sabía que su hermana finalmente había encontrado su propio refugio.

Fin.