El Juramento Bajo el Crespúsculo del Valhalla

Sinopsis

Una sola salida al jardín con esa persona, puede hacer muchas cosas positivas en tu vida.

Genero:
Romance/Drama
Autor/a:
Elbuscado1
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

El Valhalla, aquel reino inmaculado donde residían los seres más perfectos y arrogantes de la creación, rara vez experimentaba momentos de genuina calidez que no estuvieran impulsados por el ego o la vanidad. Los pasillos de mármol blanco, adornados con oro y gemas preciosas, solían resonar con las risas de dioses ociosos y las discusiones sobre el destino de la humanidad. Sin embargo, en un ala apartada del colosal palacio del Consejo del Valhalla, lejos de las miradas curiosas (o eso creían), se desarrollaba una escena que desafiaba toda la etiqueta divina.

Brunhilde, la mayor de las trece hermanas Valquirias, estaba exhausta.

Frente a ella, una montaña de pergaminos y tablillas flotantes detallaba el estado de las almas humanas, los reportes de los campos de batalla de Midgard y las interminables quejas de los dioses menores. Llevaba horas con el ceño fruncido, apretando el puente de su nariz con dos dedos, sintiendo que una migraña de proporciones apocalípticas amenazaba con estallarle en el cráneo. Sus horquillas aladas estaban ligeramente torcidas, y su cabello, usualmente perfecto, mostraba señales de haber sido jalado por la frustración.

—Malditos dioses perezosos... —murmuró para sí misma, sus ojos verdes brillando con una mezcla de ira y agotamiento—. Si Zeus vuelve a enviar otra solicitud para un banquete de tres siglos, juro que le clavaré mi alabarda en...

—¿En su arrugado trasero?

La voz, profunda, cálida y cargada de una diversión inconfundible, hizo que Brunhilde se tensara por una fracción de segundo antes de relajarse casi por completo. Esa voz era su ancla. Su refugio.

Apoyado en el marco de la inmensa puerta de roble, con los brazos cruzados sobre su amplio pecho y una sonrisa ladeada que derretiría el corazón de cualquier doncella en los tres reinos, estaba Siegfried. El héroe de los héroes. El matadragones. Y, aunque era un secreto a voces que muchos preferían ignorar, el único ser en toda la existencia capaz de domar el indomable espíritu de la mayor de las valquirias.

—Siegfried —suspiró Brunhilde, dejando caer la pluma sobre el escritorio—. ¿Qué haces aquí? Deberías estar en los campos de entrenamiento. Escuché que Thor estaba buscando a alguien que no muriera al primer golpe de su martillo.

Siegfried se despegó del marco de la puerta y caminó hacia ella. Su sola presencia parecía hacer que la habitación se sintiera más pequeña, no por un aura de opresión, sino por la pura magnitud de su carisma. Llevaba ropa casual, una camisa suelta que dejaba a la vista las cicatrices de sus antiguas batallas, marcas que Brunhilde conocía de memoria.

—Thor puede esperar. Mi valquiria, por otro lado, parece que está a punto de declararle la guerra a una pila de pergaminos. Y todos sabemos que tú no dejas sobrevivientes. —Siegfried se detuvo detrás de su silla, y sin pedir permiso, colocó sus grandes y callosas manos sobre los tensos hombros de Brunhilde.

Ella instintivamente quiso apartarlo, su orgullo estaba gritándole que no necesitaba mimos, pero en cuanto los pulgares de Siegfried comenzaron a amasar los nudos de tensión en su cuello, un gemido involuntario y ahogado escapó de sus labios.

—Están duros como una piedra, Brün —murmuró él, inclinándose para depositar un suave beso en la coronilla de su cabeza—. Has estado trabajando sin descanso.

—Alguien tiene que mantener este lugar funcionando mientras esos idiotas engreídos beben ambrosía hasta vomitar —replicó ella, intentando mantener su tono afilado, pero fracasando miserablemente mientras cerraba los ojos y se dejaba llevar por el masaje—. Ah... justo ahí. No pares.

Siegfried soltó una carcajada baja que vibró contra la espalda de Brunhilde. —A la orden. Por cierto, te traje algo.

El héroe deslizó una mano hacia su bolsillo y sacó una pequeña bolsa de tela oscura, dejándola caer sobre el escritorio, justo sobre un reporte muy importante sobre la natalidad en Esparta.

Brunhilde abrió un ojo, curiosa. Tomó la bolsa y la abrió. Su rostro, habitualmente esculpido en una máscara de fría seriedad, se iluminó como el de una niña en el solsticio de invierno.

—¿Son...?

—Regaliz salado. De esa tienda extraña en el rincón más oscuro de Midgard que tanto te gusta —dijo Siegfried, rodeando el escritorio para sentarse en el borde, apoyando un pie en el suelo y observándola con adoración—. Sé que a los dioses les da asco, y honestamente sabe a alquitrán con sal marina, pero sabía que te pondría de buen humor.

Brunhilde no perdió el tiempo. Sacó una pastilla negra de regaliz, con ese olor fuerte y amargo a salmiakki, y se la metió a la boca. Un suspiro de pura satisfacción escapó de sus labios. Para cualquier otra deidad, comer eso era una tortura, pero para ella, era el manjar de los dioses.

—Eres aceptable, Siegfried —dijo ella, masticando con placer—. Muy aceptable.

—¿"Aceptable"? Me ofendes, mi amor. Tuve que amenazar a un troll del puente para que me dejara cruzar rápido y llegar antes de que la tienda cerrara —dromeó él, fingiendo estar herido mientras se llevaba una mano al pecho.

Brunhilde rodó los ojos, pero una sonrisa genuina —una de esas sonrisas raras, suaves y sin sarcasmo que solo le reservaba a él— apareció en su rostro. Se levantó de su silla, alisando la falda de su vestido, y se paró entre las piernas de Siegfried. Él inmediatamente la tomó por la cintura, acercándola a su cuerpo.

—¿De verdad amenazaste a un troll? —preguntó ella, acariciando la línea de la mandíbula del héroe, sintiendo la ligera barba de un par de días.

—Tal vez solo le pagué el doble y le dije que mi novia me asesinaría si llegaba con las manos vacías —confesó, mirándola a los ojos. Esos ojos esmeralda de Brunhilde que a tantos aterrorizaban, a Siegfried solo le parecían el paisaje más hermoso del mundo.

—Sabes que no me gusta esa palabra. "Novia". Suena a una mortal frágil que teje suéteres y espera en casa —se quejó Brunhilde, aunque no hizo ningún esfuerzo por alejarse de su agarre.

—Bien. "Mi fiera reina de las batallas, dueña de mi alma y destructora de mi cordura". ¿Mejor?

—Mucho mejor.

Brunhilde se inclinó y lo besó. Fue un beso rápido al principio, pero Siegfried deslizó una mano por su espalda, presionándola contra él, profundizando el contacto. Sus labios tenían el sabor intenso y salado del regaliz, contrastando con el sabor a menta y sudor limpio de Siegfried. Era un contraste salvaje, pero para ellos, era la armonía perfecta. Cuando se separaron, ambos respiraban un poco más pesado.

—Vamos —dijo Siegfried, poniéndose de pie de un salto y tomando la mano de Brunhilde—. Necesitas un descanso. Un verdadero descanso. Haremos algo de "novios", te guste o no el término.

—Tengo trabajo...

—Los pergaminos no van a huir. Además, quiero mostrarte una nueva postura de espada que he estado practicando. Pensé que podríamos tener un pequeño duelo. El que pierda tiene que complacer al otro en lo que quiera por todo un día.

Esa propuesta golpeó exactamente en la debilidad de Brunhilde. Su lado competitivo y su espíritu guerrero se encendieron de inmediato. Una sonrisa depredadora cruzó su rostro.

—Oh, pobre matadragones. Acabas de condenarte a ser mi sirviente personal. Te haré lavar los establos de los pegasos.

—Ya veremos, Brün. Ya veremos.

El Espectáculo en la Arena y las Sombras Acechantes

Lo que Brunhilde y Siegfried no sabían era que el Valhalla tenía paredes con oídos, y peor aún, valquirias con demasiado tiempo libre.

En la inmensa arena de entrenamiento del sector este, las espadas chocaban con una fuerza que creaba ondas de choque en el aire. Brunhilde, habiéndose despojado de su chaqueta formal, peleaba en una blusa ajustada sin mangas y pantalones de combate. Empuñaba una gran espada a dos manos con una destreza aterradora. Frente a ella, Siegfried reía, esquivando y bloqueando los feroces golpes con su propia espada, moviéndose con la gracia de un depredador.

Era un baile violento, íntimo y profundamente romántico para los estándares de ambos. Cada choque de acero era una conversación, cada finta era un coqueteo.

Y escondidas detrás de las gradas de mármol, una colección de cabezas asomaba espiando la escena.

—¡H-H-Hermana Brunhilde! —chilló Göll en un susurro histérico, agarrándose la cabeza con ambas manos, su rostro rojo como un tomate—. ¡Qué indecencia! ¡Están sudando! ¡Y él le está sonriendo de esa forma! ¡Oh, dioses, van a matarse o van a... van a...!

—Cálmate, Göll —dijo Randgriz con su habitual tono suave y materno. La valquiria de cabello oscuro sonreía gentilmente, con las manos entrelazadas sobre su pecho—. Es hermoso ver a la hermana Brunhilde tan relajada. El señor Siegfried le hace mucho bien. Es un amor tan puro, como el de los cuentos mortales.

A su lado, Hrist estaba teniendo una de sus características fluctuaciones de personalidad. Su lado compasivo tenía las manos en las mejillas, con lágrimas en los ojos.

—Oh, es tan tierno... la forma en que él la mira, como si ella fuera la única estrella en el firmamento. Qué maravilloso es el amor...

De repente, los ojos de Hrist se volvieron afilados y su rostro se contorsionó en una máscara de pura sed de sangre.

—¡SÍ! ¡RÓMPELE LA GUARDIA, BRUNHILDE! ¡CÓRTALE LAS PIERNAS Y HAZ QUE SE ARRASTRE POR TU AMOR! ¡DEMUÉSTRALE QUIÉN MANDA!

Göll dio un salto hacia atrás, aterrorizada por el grito de Hrist, chocando contra algo sólido como una montaña. O más bien, contra alguien.

Thrud, la inmensa y musculosa valquiria, estaba de pie detrás de ellas. Sus enormes manos estaban apretadas en puños frente a su rostro, y ríos de lágrimas varoniles y emotivas brotaban de sus ojos.

—¡E-Esto es la cumbre del romance! —sollozó Thrud con voz ronca pero llena de emoción—. ¡Un hombre que no teme a la fuerza de su mujer! ¡Un choque de pasiones a través del acero! ¡Me da tanta envidia! ¡Yo también quiero un hombre que soporte mis abrazos y mis golpes!

—Por favor, Thrud, no llores, nos vas a inundar —se quejó Alvitr, cruzada de brazos y con el ceño fruncido en un clásico gesto tsundere. Miró hacia la arena y bufó—. Sinceramente, ¿qué le ve la hermana mayor a ese? Míralos, qué empalagosos. Y pensar que nos sermonea sobre la compostura. ¡Qué hipocresía!

—Aunque te quejes, no dejas de mirar, Alvitr —comentó Reginleif con frialdad analítica. Estaba ajustándose las gafas mientras anotaba furiosamente en un pequeño cuaderno—. "Observación número 45: El cortejo entre una semideidad y una valquiria de alto rango involucra altas dosis de violencia física como sustituto de la tensión emocional. Fascinante. Debo calcular la fuerza cinética de sus demostraciones de afecto".

Hlökk, flotando ligeramente sobre el suelo con su paraguas, hizo una mueca de asco genuino.

—¡Ugh, asqueroso! Consíganse una habitación, por el amor de Odín. Y miren el cabello de la hermana Brunhilde, está todo despeinado. ¡Cero sentido de la moda para una cita! Sinceramente, me da pena ajena.

—¿Pena ajena? Yo digo que le falta sangre a esta cita —interrumpió Geirölul, lamiéndose los labios con una sonrisa sádica, apoyada contra una columna—. Si no hay al menos una extremidad amputada o una herida mortal, ¿cómo saben que se aman de verdad? A la hermana Brunhilde le falta instinto asesino hoy. Está demasiado blanda.

Mientras las hermanas discutían, en la arena, el duelo llegaba a su clímax. Brunhilde lanzó un golpe vertical devastador. Siegfried, en lugar de bloquearlo, giró sobre su propio eje, dejó caer su espada y, en un movimiento increíblemente rápido y temerario, esquivó el filo, acortó la distancia y tomó a Brunhilde por la cintura, levantándola del suelo en vilo.

Brunhilde, sorprendida por perder su centro de gravedad, soltó la espada con un sonido metálico sordo y jadeó.

—¡Tramposo! —exclamó ella, mirando hacia abajo al rostro sonriente de Siegfried.

—Nunca dijimos que no podíamos usar técnicas de agarre —se defendió él, dándole vueltas en el aire mientras ella pataleaba ligeramente por orgullo antes de rendirse y reír—. Gané. Y sé exactamente qué voy a pedirte como premio.

Siegfried la bajó lentamente, permitiendo que el cuerpo de ella se deslizara contra el suyo. La cercanía era eléctrica. Brunhilde, con la respiración agitada por el combate y la proximidad, le acarició el pecho descubierto, trazando una vieja cicatriz.

—¿Y bien? ¿Qué quiere el gran héroe? ¿Que te cocine? Sabes que soy un desastre en la cocina. Terminaríamos comiendo carbón.

Siegfried sonrió, una sonrisa tan suave que hizo que el corazón de Brunhilde diera un vuelco. Levantó una mano y comenzó a desenredar los mechones rebeldes del cabello oscuro de la valquiria, que se habían soltado de sus horquillas.

—Quiero cepillar y peinar tu cabello. Y luego, quiero que caminemos juntos por los jardines centrales tomados de la mano. A la vista de todos.

Brunhilde frunció el ceño, sus mejillas tiñéndose de un levísimo color rojo. Odiaba las demostraciones públicas de afecto. Sentía que debilitaban su imagen de autoridad ante los dioses.

—Siegfried... sabes que no me gustan las miradas de esos...

—Lo sé —la interrumpió él suavemente, tomando su barbilla—. Pero quiero que el mundo entero vea a la mujer de la que estoy enamorado. Y quiero que sepas que no tienes que ser la "Valquiria de Hierro" todo el tiempo. Al menos no conmigo. Y si algún dios te mira mal, le sacaré los ojos. Promesa de héroe.

El tono de Siegfried era tan sincero, tan cargado de devoción, que Brunhilde sintió que sus defensas se desmoronaban. Chasqueó la lengua, apartando la mirada para ocultar su rubor.

—Eres un idiota cursi. Está bien. Pero si Zeus hace un comentario asqueroso, yo seré quien le saque los ojos.

Detrás de las gradas, las valquirias estaban en caos. Göll se había desmayado y Randgriz le estaba echando aire con la mano. Thrud estaba abrazando a una quejumbrosa Hlökk, llorando a mares. Hrist estaba aplaudiendo (con su lado dulce), mientras Geirölul escupía al suelo, decepcionada por la falta de sangre.

El Paseo y la Sala de Chismes

Una hora más tarde, Brunhilde y Siegfried caminaban por los Jardines del Edén del Valhalla. Era un lugar donde los dioses menores, ninfas y espíritus solían pasear.

Brunhilde llevaba su vestido formal, pero su cabello... su cabello era una obra de arte. Siegfried se lo había trenzado en una intrincada corona de estilo nórdico, entrelazando pequeñas flores de loto de cristal que había traído de los jardines de Asgard. La valquiria caminaba erguida, con la cabeza alta, pero había una suavidad inusual en su mirada.

Y lo más impactante de todo: iban tomados de la mano.

Siegfried entrelazaba sus dedos gruesos con los delgados y pálidos de Brunhilde, balanceando sus brazos ligeramente mientras caminaban, contándole una anécdota sobre cómo su caballo Grani se había emborrachado con manzanas fermentadas la noche anterior.

En un balcón elevado de mármol rosa que daba directamente a los jardines, se encontraban algunas de las deidades más influyentes y chismosas del panteón.

Afrodita, la diosa griega de la belleza y el amor, estaba reclinada sobre su trono humanoide (formado por sus siempre estoicos golems). Llevaba su pecho semidescubierto sostenido por las manos de piedra, y una sonrisa lánguida y felina adornaba sus labios carnosos mientras observaba a la pareja pasar por debajo.

—Vaya, vaya... —ronroneó Afrodita, tomando una uva de un plato de plata—. Miren lo que tenemos aquí. La siempre rígida, amargada y puritana Brunhilde, jugando a los mortales enamorados. Debo admitir que el chico no está nada mal. Qué proporciones. Qué hombros. Que carita. Si ella lo descarta, no me importaría consolarlo en mis aposentos.

Sentadas frente a ella en elegantes cojines de seda, se encontraban las tres esposas de Shiva: Parvati, Kali y Durga. Habían sido invitadas a un té de la tarde, que en términos divinos significaba "hora de criticar y cotillear sobre todos los seres vivos".

Parvati, la diosa del amor y la devoción en el panteón hindú, con su piel dorada y sari rosado, juntó las manos con una sonrisa soñadora.

—Oh, Afrodita, no seas tan cruel. ¡Yo creo que se ven adorables! Se nota que las almas de ambos están entrelazadas. Él la mira con un respeto absoluto. No es solo deseo, es... adoración. Es hermoso ver que incluso una valquiria tan estricta puede encontrar a su media naranja. Me recuerda a cuando mi querido Shiva y yo...

—¡Pamplinas! —la interrumpió Kali. La diosa de piel oscura y apariencia salvaje, adornada con calaveras, se inclinó sobre la barandilla del balcón, con los ojos brillando de emoción—. ¡Ese no es un amor suave y aburrido! ¡Puedo oler la sangre y la batalla en ellos! ¡Se nota que si hicieran el amor, destruirían una montaña en el proceso! ¡Ese es el tipo de pasión que me gusta! ¡Ojalá se pusieran a pelear aquí mismo para demostrar su dominancia!

Durga, con sus múltiples brazos descansando tranquilamente y una expresión de estoicismo bélico, le dio un sorbo a su té antes de dar su veredicto.

—El chico tiene una postura excelente. Incluso caminando relajado, su centro de gravedad es perfecto. Está listo para desenfundar un arma y defenderla en una fracción de segundo. Y ella... ella ha bajado su guardia completamente a su lado. Es la muestra máxima de confianza para un guerrero. Es una unión táctica y emocionalmente perfecta.

Afrodita soltó una risita cristalina.

—Sois todas muy analíticas o muy románticas. Yo solo digo que es divertido ver a la gran Brunhilde, la que nos mira a todos por encima del hombro, sonrojándose como una adolescente humana porque un apuesto semidiós le arregló el cabello. Mírala. Si las miradas mataran, esa ninfa que acaba de saludar a Siegfried ya sería polvo estelar.

Y era cierto. Abajo, en el jardín, una ninfa del bosque se había cruzado en su camino y le había dedicado una sonrisa coqueta al matadragones, saludándolo con un "Hola, gran héroe".

Siegfried, siendo amable por naturaleza, le sonrió de vuelta. —Buen día.

El agarre de Brunhilde en la mano de Siegfried se apretó con tanta fuerza que a un humano normal le habría roto los huesos. Sus ojos se clavaron en la ninfa con la intensidad del fuego del inframundo. Sus labios se curvaron en una sonrisa tan falsa y sádica que la temperatura del jardín pareció descender diez grados.

La ninfa tragó saliva, palideció, hizo una reverencia apresurada y salió corriendo.

—Brün, la aterrorizaste —rio Siegfried, acercando la mano de ella a sus labios para besarle los nudillos.

—No sé de qué hablas —respondió ella, mirando al frente con una expresión de inocencia que no engañaba a nadie—. Solo le recordé su lugar en la cadena alimenticia de este jardín. Además, ¿por qué le sonríes así a cualquiera? Idiota.

—Solo soy educado. Pero no te preocupes, mi corazón solo tiene espacio para una valquiria amargada y territorial.

—Sigue hablando y dormirás con los sabuesos de Helheim esta noche.

—Uy, qué miedo. —Siegfried se acercó más, pasando un brazo por los hombros de ella, atrayéndola contra su costado—. Me encanta cuando te pones celosa.

—No estoy celosa. Soy territorial. Es distinto. Eres mi idiota.

El Encuentro con los Supremos

El paseo de la pareja los llevó inevitablemente hacia los pasillos principales que conectaban con la sala del Consejo. Brunhilde sabía que era un riesgo, pero caminar junto a Siegfried le daba una confianza que superaba su habitual cautela.

Fue entonces cuando la peor coincidencia posible ocurrió.

De un pasillo lateral emergieron tres figuras que Brunhilde hubiera preferido evitar. Ares, el Dios de la Guerra griego, con su armadura pulida y su expresión de eterna confusión que intentaba hacer pasar por rudeza. A su lado, Hermes, impecablemente vestido de mayordomo, con su sonrisa enigmática. Y en medio de ambos, el anciano y decrépito presidente del Consejo del Valhalla: Zeus.

Ares se detuvo en seco al verlos, bloqueando el pasillo. Franunció el ceño, mirando la mano entrelazada de Siegfried y la Valquiria.

—¿Qué es esto? —bramó Ares, intentando imponer autoridad—. Brunhilde, ¿estás paseando de la mano con este... semidiós? ¡Esto es el Valhalla, no un parque para amoríos mortales! ¡Exijo un poco de decencia frente a los dioses!

Brunhilde sintió que la ira fría subía por su garganta. Estaba a punto de soltar a Siegfried y desatar una sarta de insultos sobre la inteligencia de Ares, pero Siegfried se adelantó un milímetro.

No soltó su mano. En cambio, su sonrisa relajada desapareció, reemplazada por una mirada afilada y peligrosa. El aire alrededor de Siegfried pareció volverse pesado. Era la mirada del hombre que había masacrado al dragón Fafnir y se había bañado en su sangre.

—Disculpe, Dios de la Guerra —dijo Siegfried, su voz ya no cálida, sino baja y resonante—. Estaba bajo la impresión de que mi compañía no ofendía a nadie. Y le pediría que no le levante la voz a Brunhilde. Está teniendo un día relajante, y no me gustaría que su... ruido lo arruine.

Ares parpadeó, sintiendo un sudor frío recorrerle la nuca. El instinto de guerrero le gritaba que el hombre frente a él no era un simple humano, sino un monstruo capaz de arrancarle la cabeza si daba un paso en falso. Ares tragó grueso y dio medio paso atrás.

—Y-yo solo decía... las reglas son...

Hermes soltó una carcajada elegante, tapándose la boca con una mano enguantada.

—Oh, hermano Ares, no seas aguafiestas. El amor es un fenómeno fascinante. Señor Siegfried, señorita Brunhilde, es un placer verlos. Hacen una pareja... formidable.

Zeus, que hasta ese momento había estado callado apoyado en su bastón, de repente se inclinó hacia adelante, su rostro encogiéndose y estirándose de forma grotesca mientras examinaba a Brunhilde de arriba a abajo.

—¡Hohohoho! —rio el anciano dios, acariciando su barba—. Brunhilde, mi niña, no sabía que tenías un lado tan apasionado. ¿Quién lo diría? La fría valquiria derritiéndose. Dime, chico... —Zeus miró a Siegfried con ojos lascivos—. ¿Qué tal es en la cama? ¿Tan ruidosa como cuando nos grita en el consejo? Porque si alguna vez te cansas de ella, yo podría enseñarle un par de trucos olímpicos...

El silencio que siguió fue absoluto y letal.

Los ojos de Brunhilde se oscurecieron. Sus pupilas se contrajeron. El aura asesina que emanó de ella fue tan densa que el suelo de mármol bajo sus pies comenzó a agrietarse. Iba a matarlo. Iba a matar al presidente del cosmos ahí mismo.

Pero antes de que ella pudiera moverse, la mano de Siegfried la detuvo suavemente, apretándola.

Siegfried miró a Zeus. Ya no había ira visible en él. En cambio, había una calma absoluta. Una calma aterradora.

—Zeus-sama —dijo Siegfried, su voz carente de cualquier emoción—. Le sugiero con todo el respeto que le debo, que retire sus palabras. Brunhilde es la mujer que amo y respeto por sobre todas las cosas. Y si alguna vez vuelve a dirigirle una palabra de esa naturaleza... no me importará cuántos milenios lleve usted gobernando este lugar. Le aseguro que la Titanomaquia parecerá una pelea de niños comparada con lo que le haré a su panteón.

Hermes abrió los ojos de par en par, sorprendido. Ares casi se desmaya del terror al escuchar la amenaza directa al Padre del Cosmos.

Zeus se quedó quieto por un largo momento. El aire vibraba con tensión divina. Y de repente, el anciano estalló en carcajadas, golpeando el suelo con su bastón.

—¡JAAAAA HA HA HA HA HA! ¡Qué espíritu! ¡Qué agallas! ¡Me gusta este chico, Brunhilde! ¡Tiene fuego! ¡Hohoho! Está bien, está bien. Fue una broma de un viejo pervertido. No me mates, matadragones. Sigan con su paseo. Vamos, Ares, Hermes, los jóvenes necesitan privacidad.

Zeus pasó de largo, riendo para sí mismo. Hermes les hizo una reverencia profunda.

—Mis disculpas por el exabrupto. Que tengan un excelente día. —Y siguió a su padre.

Ares pasó corriendo junto a ellos, evitando hacer contacto visual, murmurando cosas ininteligibles sobre "humanos locos suicidas".

Una vez que estuvieron solos de nuevo en el pasillo, Brunhilde dejó salir un suspiro tembloroso. Toda la ira se esfumó, dejando paso a una mezcla de sorpresa y adoración secreta. Miró a Siegfried.

—Estás completamente loco —le dijo, golpeándole el pecho con el puño libre—. Acabas de amenazar de muerte a Zeus. El Dios Supremo. ¿Tienes idea de lo que podría haberte hecho?

Siegfried se encogió de hombros con una sonrisa perezosa.

—Valía la pena. Nadie le falta el respeto a mi reina. Ni siquiera el viejo pervertido de Grecia.

Brunhilde sintió que un nudo cálido se formaba en su garganta. Se acercó y apoyó la frente contra el pecho de Siegfried, cerrando los ojos. Sintió el latido constante y fuerte de su corazón bajo la camisa.

—A veces olvido lo imprudente que eres —murmuró ella.

—Es parte de mi encanto. —Él rodeó sus hombros con ambos brazos, apoyando el mentón sobre la cabeza trenzada de la valquiria—. Además, tú me hubieras respaldado. Los dos contra el Olimpo. Suena como una cita divertida.

Brunhilde soltó una risa nasal, corta y genuina.

—Sería un desastre. Terminaríamos limpiando sangre durante años.

—Pero lo haríamos juntos.

Para terminar su escapada, Siegfried llevó a Brunhilde al punto más alto de uno de los campanarios exteriores del Valhalla. Era un lugar al que pocas deidades iban, pues el viento era fuerte y frío, pero ofrecía una vista panorámica de la inmensa ciudadela divina y, más allá, el vasto mar de nubes que separaba el reino divino del humano.

El sol del Valhalla, una esfera de luz eterna, estaba en su ciclo de "ocaso", tiñendo el cielo de tonos dorados, violetas y carmesíes.

Brunhilde se cruzó de brazos, sintiendo un escalofrío por el viento que golpeaba sus hombros desnudos. Antes de que pudiera quejarse, sintió un peso cálido y reconfortante cayendo sobre su espalda. Siegfried se había quitado su pesada capa con adornos de piel y se la había puesto a ella sobre los hombros.

—No necesito que me abrigues, Siegfried. Soy una Valquiria, el frío no me molesta —protestó ella por pura costumbre, aunque secretamente se acurrucó dentro de la tela que olía a él, a fogata y a bosque.

—Lo sé. Pero me gusta cuidarte. Déjame tener mis pequeños triunfos —dijo él, abrazándola por la espalda, pasando sus brazos por encima de la capa y entrelazando sus manos sobre el vientre de ella. Apoyó la mejilla contra la de Brunhilde, mirando juntos el horizonte.

Permanecieron en silencio por un largo rato, simplemente existiendo en la compañía del otro. En un mundo donde los dioses planeaban la destrucción y las almas luchaban por sobrevivir, este pequeño espacio de tiempo era su santuario.

—Hoy fue... agradable —admitió Brunhilde en un susurro, rompiendo el silencio. Venir de ella, esa palabra era el equivalente a una declaración épica de amor.

—¿Incluso cuando amenacé al dios supremo y casi provocó un incidente diplomático? —bromeó Siegfried.

—Esa fue la mejor parte —confesó ella, y esta vez, su sonrisa era visible, iluminada por los tonos dorados del sol poniente. Se giró en sus brazos para quedar frente a él, manteniendo la capa a su alrededor—. Siegfried...

La mirada de Brunhilde se volvió de repente melancólica, una sombra de preocupación cruzando sus hermosos rasgos. A menudo, el peso de sus deberes y su conocimiento sobre los oscuros pensamientos de los dioses le pasaba factura.

—¿Qué pasa, Brün? —Siegfried notó el cambio de inmediato. Levantó una mano para acariciar su mejilla, su pulgar trazando el pómulo de la mujer.

—A veces temo por el futuro —dijo ella, su voz apenas un hilo de voz arrastrado por el viento—. Los dioses cada vez están más hartos de la humanidad. Siento que el consejo pronto tomará decisiones irreparables. Y si eso ocurre... tendré que oponerme a ellos. Mi deber, mi existencia, está ligada a la humanidad.

Siegfried asintió lentamente, su expresión volviéndose seria. Él entendía mejor que nadie el corazón de Brunhilde. No era solo la hermana mayor mandona; era la protectora más feroz que el universo conocía.

—Si llega el día en que tengas que enfrentarte a los cielos, no lo harás sola —dijo Siegfried, su voz firme como el acero de su espada—. Mi hoja será la tuya. Mi escudo te protegerá. Si el Valhalla entero se vuelve tu enemigo, entonces el Valhalla conocerá el terror del matadragones.

Brunhilde sintió que las lágrimas amenazaban con asomar por sus ojos, algo que jamás permitiría, así que apretó los labios y miró hacia abajo, apoyando la cabeza en el pecho de él de nuevo.

—Eres demasiado bueno para mí, Siegfried. No quiero que te lastimen por mi culpa. Los dioses son vengativos y traicioneros.

Siegfried levantó el rostro de ella con delicadeza.

—Escúchame, Brunhilde. No soy un niño asustado. Soy el hombre que te ama. No hay jaula en el Helheim, ni cadenas en el Tártaro, ni castigo en el Valhalla que pueda alejarme de ti. Si caemos, caemos juntos. Pero mientras tenga aliento, seré tu espada. Esa es mi elección.

Las palabras de Siegfried estaban cargadas de un peso profético que ninguno de los dos comprendía del todo en ese momento, una promesa que pronto sería puesta a prueba por las crueles maquinaciones de Odín y los demás dioses. Pero en ese instante, en ese atardecer perfecto, solo existía la verdad de su amor.

Brunhilde lo miró, sintiendo que el peso del universo se aliviaba por una fracción de segundo.

—Te amo, idiota temerario —susurró, sellando sus palabras con un beso profundo, cargado de una pasión desesperada, como si intentara aferrarse a él para siempre.

Siegfried le devolvió el beso con la misma intensidad, abrazándola con tanta fuerza que sus cuerpos parecían fundirse en uno solo contra el horizonte dorado.

Y desde una distancia prudente, asomadas por una cornisa inferior del campanario, las valquirias seguían observando.

—¡Ay, no, ahora sí voy a llorar! —gimió Göll, sonándose la nariz con un pañuelo enorme que Randgriz le había tendido—. ¡Es demasiado hermoso! ¡Parece el final de un poema épico!

—El amor verdadero siempre prevalece en el corazón de los guerreros —dijo Randgriz con dulzura.

—¡SÍ! ¡AHORA QUE HAGAN UN JURAMENTO DE SANGRE! ¡QUE SE CORTEN LAS PALMAS Y SE PROMETAN MATAR DIOSES JUNTOS! —bramó Hrist, con los ojos inyectados en sangre de emoción bélica.

—Shhh, las vas a interrumpir —las regañó Alvitr, aunque ella también se estaba secando una lágrima furtiva—. Sinceramente, qué ruidosas son.

Reginleif cerró su libreta con un chasquido.

—Observación final: El vínculo entre Brunhilde y Siegfried posee una durabilidad estimada del cien por ciento. Anomalía detectada: altos niveles de cursilería que contradicen el temperamento de la sujeto de prueba. Conclusión: El amor es irracional.

Thrud simplemente seguía llorando, apretando una estatua de gárgola de piedra hasta convertirla en polvo sin darse cuenta.

En lo alto, ajenos a las indiscreciones de sus hermanas y al oscuro destino que los aguardaba en las prisiones del Tártaro y en los cruentos combates del Ragnarok, Brunhilde y Siegfried se mantuvieron abrazados bajo el cielo del Valhalla.

Por un día, ella no fue la fría y calculadora líder de las valquirias, y él no fue el trágico héroe de los mitos. Solo fueron Brün y Siegfried. Y eso, para ellos, era más valioso que la eternidad misma.