Capítulo 1
La luz ámbar del atardecer se filtraba por los ventanales de un lujoso estudio en Seúl, iluminando las motas de polvo que bailaban sobre lienzos de gran formato, Jeon Jungkook, el pintor más controversial y cotizado de la escena contemporánea, sostenía un pincel con los dedos manchados de óleo carmín.
Sus cuadros no eran simples retratos; eran odas a la piel, al deseo crudo y a la vulnerabilidad del cuerpo humano, pero había un secreto que los críticos no lograban descifrar, el nombre en la esquina de cada obra.
Todo había comenzado tres años atrás, durante su intercambio en la Universidad de las Artes de Tokio, Jungkook, un estudiante talentoso pero emocionalmente distante, se encontró perdido en los pasillos de la facultad de danza hasta que lo vio a él.
Park Jimin.
Jimin no era de Tokio, pero se movía por la ciudad con la confianza de quien es dueño de las calles, era la personificación de la gracia, cada vez que bailaba, su cuerpo trazaba líneas que Jungkook sentía la necesidad desesperada de capturar, se conocieron en una cafetería cerca de Shinjuku, y aunque solo compartieron unos meses de risas, paseos bajo los cerezos y promesas susurradas, la marca que Jimin dejó en Jungkook fue permanente.
Cuando el intercambio terminó y Jungkook tuvo que volver a Corea, la distancia no apagó el fuego, lo convirtió en una obsesión febril.
En el presente, Jungkook se situó frente a un lienzo en blanco, cerró los ojos y como si fuera una película proyectada en su mente, recordó la textura de la espalda de Jimin bajo las luces de neón de Japón.
Empezó a pintar, sus trazos eran agresivos pero precisos, dibujaba muslos entrelazados, cuellos arqueados y manos que buscaban desesperadamente el contacto, cada sombra en el cuadro era un recuerdo de cómo la luz golpeaba la mandíbula de Jimin.
Al finalizar, tomó un pincel fino y, con mano temblorosa, escribió el título en el borde inferior: “Jimin No. 24”.
El olor a trementina y óleo siempre actuaba como un catalizador, con el cuadro terminado una representación erótica de un torso que se retorcía en un éxtasis invisible, Jungkook sintió el peso de su propia soledad.
Se dejó caer en el diván de terciopelo frente a la obra, su respiración se volvió pesada, en su mente, ya no era solo pintura sobre tela, era Jimin podía sentir el calor imaginario de su aliento, el roce de sus labios y esa mirada provocadora que solo él poseía.
Mientras sus manos buscaban alivio, Jungkook no veía las paredes de su estudio, estaba de vuelta en aquel apartamento pequeño en Tokio, con el sonido de la lluvia golpeando el cristal y la risa de Jimin llenando el aire, cada espasmo de placer era una dedicatoria silenciosa a su musa, una forma de poseer lo que la distancia le había arrebatado.
Semanas después, la galería de arte más importante de Seúl inauguró su exposición individual, la gente caminaba entre las piezas, maravillada por la intensidad sexual y emocional de las obras.
Jungkook, vestido de negro y con la mirada perdida, solo observaba desde la distancia, sabía que cada cuadro vendido era un pedazo de su obsesión que se iba al mundo, pero no le importaba, mientras tuviera sus pinceles y el recuerdo del chico de Tokio, Jimin siempre estaría allí, atrapado entre el óleo, el deseo y el nombre que nunca dejaría de escribir.
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El eco de los aplausos y la música clásica en la prestigiosa academia de danza en Tokio no lograban calmar la inquietud de Jimin, desde hacía semanas, sus amigos y colegas le lanzaban miradas extrañas, una mezcla de asombro y picardía que él no terminaba de comprender.
—Jimin, en serio, ¿cuándo pensabas decirnos que eras la musa del artista del momento? —le preguntó Hana, una de las bailarinas, mientras guardaba sus zapatillas en el bolso.
Jimin frunció el ceño, secándose el sudor del cuello con una toalla.
—¿De qué hablas? No he modelado para nadie desde que llegué de Seúl.
—No te hagas el modesto, tu rostro está en todas las redes sociales, dicen que hay una exposición en Seúl que está causando un escándalo total —Hana sacó su teléfono y buscó una noticia de arte— Mira esto.
Jimin tomó el dispositivo, al principio, se quedó sin aliento, era él, su perfil, la curva de su nariz, el lunar en su cuello... todo estaba ahí, capturado con una precisión aterradora, pero al deslizar la pantalla a la siguiente obra, el corazón se le detuvo.
Era un lienzo de gran formato titulado “Jimin No. 12”, en él, aparecía completamente desnudo, tendido sobre sábanas de seda que parecían reales, con una expresión de abandono absoluto y placer crudo.
La sangre se le subió a la cabeza, la humillación y la furia lo golpearon como una ola de calor.
—¿Quién demonios es el pintor? —preguntó con la voz temblando de rabia.
—Se hace llamar JK, es un prodigio coreano que estuvo aquí de intercambio hace unos años.
Jimin cerró los ojos, haciendo memoria, intercambio... Facultad de Artes... de repente, una imagen borrosa se materializó en su mente, un chico alto, de hombros anchos pero siempre encorvado sobre su cuaderno, con el cabello largo tapándole los ojos y gafas redondas., era el “nerd” de la facultad de pintura, el tipo que siempre estaba en los rincones y al que Jimin solo le había dirigido un par de palabras por cortesía.
—Jeon Jungkook —susurró Jimin, apretando el teléfono con fuerza—. Ese maldito pervertido.
Tres días después, Jimin aterrizó en Seúl, no le importó el jet lag ni el hambre; se dirigió directamente al estudio privado que figuraba en los catálogos de arte.
Al llegar, golpeó la puerta de madera pesada con una violencia que sorprendió incluso a los transeúntes, cuando la puerta se abrió, se encontró de frente con una versión muy distinta del chico de la universidad, Jungkook ya no llevaba gafas, su cabello estaba recogido y sus brazos estaban cubiertos de tatuajes y manchas de pintura.
—¡Tú! —gritó Jimin, empujándolo para entrar al estudio—. ¿Cómo te atreves? ¿Quién te dio permiso para pintarme así? ¡Ni siquiera me conoces, ni siquiera me has visto desn...!
—Te equivocas, Jimin —dijo Jungkook con una voz grave, bajando la mano de Jimin pero sin soltarlo—. Te conozco mejor que nadie.—Jungkook dio un paso hacia adelante, acorralando a Jimin contra una mesa llena de solventes y pinceles. —Crees que soy un imaginativo, que inventé cada curva de esos cuadros —susurró Jungkook, acercándose a su oído—. Pero en Tokio, después de tus ensayos de las 9:00 PM, siempre ibas a las duchas del gimnasio antiguo, el que tiene las ventanas altas y el pestillo roto.
Jimin sintió un escalofrío recorrer su columna, el aire se volvió pesado.
—Cada noche, durante seis meses, me quedé en las sombras —continuó Jungkook, su respiración rozando la oreja de Jimin—. Vi cómo el agua resbalaba por tus hombros, vi cómo te relajabas bajo el chorro caliente y cómo tus manos recorrían tu cuerpo cuando creías que nadie miraba, no necesité que posaras, tengo cada centímetro de tu piel grabado detrás de mis párpados.
El ambiente en el estudio se volvió asfixiante, el olor a pintura fresca se mezclaba con la tensión eléctrica que emanaba de ambos, Jimin estaba temblando, no de miedo, sino de una indignación que le quemaba las entrañas.
—¡Eres un enfermo! —gritó Jimin, su voz quebrándose por la rabia—. Me espiaste, me usaste para tus fantasías retorcidas y ahora expones mi intimidad ante todo el mundo ¡No soy un objeto que puedas poseer con tus pinceles!
Jungkook no parecía escucharlo, sus ojos estaban fijos en Jimin, pero su mirada parecía atravesarlo, como si estuviera comparando la realidad con los miles de trazos que había dibujado en su soledad, dio un paso hacia adelante, extendiendo una mano temblorosa, manchada de grafito.
Jimin levantó el brazo para darle una bofetada, pero Jungkook, con una rapidez felina, le atrapó la muñeca a mitad del aire, su mirada no era de miedo, sino de una fascinación oscura y profunda que hizo que a Jimin se le erizara la piel.
— Estás aquí, pero nunca puedo tocarte, eres otra alucinación, ¿verdad? Otra sombra que mi mente crea para no volverse loca.
Jungkook estiró los dedos para acariciar la mejilla de Jimin, buscando confirmar que esa calidez no era solo un truco de su imaginación, pero antes de que pudiera rozarlo, el sonido de un impacto seco resonó en todo el estudio.
La bofetada de Jimin fue tan fuerte que la cabeza de Jungkook giró violentamente hacia un lado, se quedó estático, con la mejilla ardiendo en un rojo vivo.
—¡No soy una alucinación! —dijo Jimin, con lágrimas de furia en los ojos—. ¡Mírame, idiota! ¡Soy real y por qué hiciste esto!
Jungkook regresó el rostro lentamente, sus ojos ya no estaban perdidos, ahora brillaban con una chispa de molestia y un deseo oscuro que había sido contenido por años.
Antes de que Jimin pudiera retroceder, Jungkook se lanzó sobre él, sus manos, grandes y firmes, apresaron el rostro de Jimin con una urgencia violenta, y sus labios chocaron contra los del bailarín en un beso cargado de desesperación y fuerza.
Jimin luchó, golpeó el pecho de Jungkook y trató de apartarlo, pero el pintor era una pared de músculos y obsesión, el beso no tenía nada de tierno, era una colisión de años de frustración, de noches de soledad en Tokio y de una devoción que había cruzado la línea de la cordura, sin embargo, en medio del forcejeo, algo cambió.
El contacto físico, tan anhelado por uno y tan temido por el otro, detonó una chispa incontrolable, el cuerpo de Jimin, traicionero, respondió a la intensidad de Jungkook, el odio se mezcló con una atracción eléctrica que ninguno de los dos pudo prever, los gemidos de protesta de Jimin se transformaron en jadeos de necesidad cuando Jungkook lo empujó contra la mesa de trabajo, haciendo que los botes de pintura cayeran al suelo, derramando colores vibrantes por toda la estancia.
El caos reinaba, entre lienzos rasgados y manchas de óleo, el deseo estalló con una fuerza destructiva, ya no importaba la universidad, ni las duchas de Tokio, ni las pinturas, en ese momento, solo existía la realidad cruda de dos cuerpos que, tras años de obsesión y distancia, finalmente se consumían mutuamente en medio de un estudio convertido en un campo de batalla, Jimin estaba empalmado y empezaba a mojarse.
— ¿Te estás mojando por mí ahora mismo?
— Sí
— Excelente
Jimin estaba tan excitado que sentía que iba a convulsionar por la cantidad de deseo, necesito que me folles, Jungkook sintió un torrente caliente de excitación, las manos de Jimin subieron y se engancharon alrededor de su cintura, sujetando sus piernas, Jungkook lo había tomado de las nalgas ya no se iba a detener, lo soltó deslizándose hacia abajo, en el sillón lo posicionó boca abajo para que estuviera tumbado sobre su estómago, apoyado en sus antebrazos y con la cara a la altura de la entrada de Jimin, el cual se sentía tan lascivo así, levantando las piernas para dar acceso a Jungkook a su entrada, y sin embargo era la perfección, sintió las cálidas manos del Jungkook en su culo, tirando de él para abrirlo y esperó la sensación de un lametón sobre su entrada, y jadeó, el cuerpo se estremeció cuando la lengua de Jungkook se introdujo inmediatamente en su interior en una única y aterciopelada penetración, Jimin gritó ante la inesperada intrusión y sintió cómo su agujero se agitaba alrededor de la lengua que tenía dentro, Jungkook inició un lento deslizamiento y retroceso, follándole con su lengua mientras gruñía por lo bajo, las vibraciones de la misma hacían que Jimin se estremeciera por todo su cuerpo hasta que se termino corriendo.
Jungkook se quitó la camiseta y la usó para limpiarse la cara, después se inclinó para besarlo, deslizando su lengua en la boca de Jimin y presionando su erección aún vestida entre sus piernas, Jimin solo empezó a desabrochar la ropa de Jungkook con desespero, sin despegarse del beso, cuando ya estaba desnudo Jungkook dejó que la punta de su polla se deslizara entre las nalgas de Jimin, enganchándose en su borde, y haciendo que se arqueara y retorciera al estar tan sensible, disfrutaba como Jimin gemía por la penetración después de que había acabado recientemente, Jungkook no dudó en entrar y sacar su polla en el agujero de Jimin, le encantaba deslizarse hasta el fondo con un suave empuje, tocando hasta el fondo y Jimin solo respondía con un gemidos hasta que se corrió por segunda vez .
Jimin se sentía tan cansado, aun estaba tan sensible por las incesantes embestidas del gran orgasmos que acababa de pasar ya con este llevaba dos y Jungkook ninguno, estaba seguro de que no había manera de que pudiera correrse de nuevo, su polla estaba más bien blanda, recostada contra su vientre, mientras las manos de Jungkook rodeaban sus caderas y las levantaban ligeramente, con una facilidad de fuerza que hizo que la polla gastada de Jimin diera un pequeño respingo, Jungkook empezó a empujar dentro de él casi de inmediato otra vez, la punta de la polla Jungkook rozando la próstata de Jimin en cada movimiento de sus caderas hacia dentro, Jimin gimió con los ojos cerrados y la boca abierta mientras jadeaba con fuerza.
Jungkook soltó las caderas de Jimin y se movió hacia arriba, apoyando sus manos a ambos lados de los esbeltos hombros de Jimin y bajando para reclamar la boca Jungkook se había estado conteniendo durante demasiado tiempo nunca había visto nada tan excitante como que Jimin, deslizó ambas manos por todo el cuerpo hasta llegar a los muslos y separarlos, y agarró la suave piel, clavando las yemas de los dedos, su polla se sacudió y lanzó un chorro de semen en lo más profundo de Jimin liberándose totalmente.
Jungkook tomo a Jimin señalando un lienzo cubierto por una manta negra en el centro de la habitación.
—Ese es el siguiente —dijo Jungkook con una sonrisa ladeada—. Y es el mejor de todos, porque esta vez, tengo al original frente a mí para comparar los detalles.
Jimin miró el lienzo intentó responder, pero las palabras se atascaron en su garganta, por primera vez, comprendió que no estaba frente a un simple pintor, sino frente a un hombre cuya obsesión lo había convertido en una obra de arte viviente que él mismo no sabía cómo detener.








