Pʀᴏ́ʟᴏɢᴏ
Qᴜᴇᴅᴀ ᴇꜱᴛʀɪᴄᴛᴀᴍᴇɴᴛᴇ ᴘʀᴏʜɪʙɪᴅᴏ ʀᴇᴘʀᴏᴅᴜᴄɪʀ ᴏ ᴄᴏᴍᴘᴀʀᴛɪʀ ᴇꜱᴛᴇ ᴄᴏɴᴛᴇɴɪᴅᴏ ꜱɪɴ ᴍɪ ᴄᴏɴꜱᴇɴᴛɪᴍɪᴇɴᴛᴏ.
ᴇꜱᴛɪᴍᴀᴅᴏ ʟᴇᴄᴛᴏʀ:
ɴᴏ ᴘʟᴀɢɪᴇꜱ ɴɪ ᴀᴘᴏʏᴇꜱ ᴇʟ ᴘʟᴀɢɪᴏ
ʀᴇꜱᴘᴇᴛé ᴍɪ ᴛʀᴀʙᴀᴊᴏ ʏ ᴇʟ ᴇꜱꜰᴜᴇʀᴢᴏ Qᴜᴇ ᴇꜱᴛᴇ ᴄᴏɴʟʟᴇᴠᴀ, ᴅᴇ ᴀɴᴛᴇ ᴍᴀɴᴏ ɢʀᴀᴄɪᴀꜱ ᴘᴏʀ ꜱᴜ ᴛɪᴇᴍᴘᴏ.
ᴛᴏᴅᴏꜱ ʟᴏꜱ ᴅᴇʀᴇᴄʜᴏꜱ ʀᴇꜱᴇʀᴠᴀᴅᴏꜱ ©
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La mansión Romanov era un teatro de luces y falsas sonrisas. En el gran salón, los candelabros de cristal colgaban como joyas brillantes, reflejando el esplendor de una familia que había construido su fortuna con sangre y secretos. Las paredes adornadas con cuadros antiguos parecían observar cada movimiento con juicio silencioso. Era la noche en que su madre había decidido exhibirla como una pieza de colección, presentándola oficialmente ante Yagiz Dogan, el empresario arrogante y machista que ella detestaba.
Zarya Romanov caminaba entre la multitud, una marioneta más en ese escenario de protocolo y máscaras. Su vestido largo de seda roja rozaba el suelo, y una sonrisa calculada decoraba sus labios, aunque por dentro sentía el ardor de la rabia y la desesperación. Observaba con atención cada gesto de su madre, esa mujer que la había criado con hierro, planeando cada paso de su vida como si fuera un tablero de ajedrez, y cuya voluntad era un muro impenetrable.
Pero Zarya no estaba dispuesta a jugar ese juego.
Desde hacía días, había tramado un plan arriesgado, uno que la llevaría a cruzar líneas que nunca antes había osado cruzar. Sabía que esa noche, el señor Soykan, un hombre poderoso y aliado de su difunto padre, estaría en un bar privado del centro, uno de esos lugares donde el humo, el whisky y los secretos se entrelazan en una danza peligrosa. Ella debía verlo, hablar con él, convencerlo de que le prestara el dinero que salvaría la empresa familiar de la ruina.
Con un pretexto superficial, la cena había comenzado, y Zarya esperaba el momento justo. Cuando su madre se retiró por unos minutos para atender a un par de invitados, ella aprovechó la oportunidad. Sin que nadie la notara, se deslizó hacia la puerta trasera, quitándose silenciosamente los tacones que amenazaban con delatar su escape. La noche de Estambul era fría y húmeda, con un viento que parecía susurrar advertencias.
Cada paso que daba hacia la libertad era una mezcla de miedo y determinación. Tomó un taxi, el corazón latiéndole en la garganta, mientras el vehículo atravesaba las calles iluminadas por faroles amarillentos y neones titilantes. Cuando llegó al bar, un edificio discreto pero imponente, se preparó para lo que sabía sería su mayor riesgo: entrar haciéndose pasar por una escort.
El vestido corto que llevaba, ajeno a su habitual elegancia, el maquillaje más cargado y provocativo que había logrado hacer en tiempo récord, y la seguridad falsa que intentaba proyectar, eran su pasaporte a ese mundo oscuro que tanto temía pero que ahora debía habitar. En la puerta, un guardia alto y corpulento la escudriñó con ojos desconfiados, pero ella supo qué decir y cómo moverse para que la dejaran pasar.
El bar estaba lleno de hombres con trajes caros y mujeres con sonrisas calculadas. El humo del cigarro y el aroma del whisky añejo envolvían el ambiente. Allí, entre copas y susurros, comenzó la reunión que había esperado. Pero entonces, un murmullo recorrió la sala, cortando el aire denso como un cuchillo.
— El señor Soykan no vendrá esta noche — dijo una voz baja, cargada de respeto y temor —. En su lugar asistirá su hijo.
Zarya sintió que el mundo se le venía abajo. No conocía al hijo del señor Soykan, pero había escuchado suficientes rumores como para saber que era un hombre peligroso, arrogante y mujeriego. Su misión, su único plan para salvar la empresa, había fracasado antes siquiera de comenzar.
Decidió marcharse. No le interesaba conocer al heredero Soykan, y menos en esas circunstancias. Al girar para salir, sintió una mano fuerte que le sujetaba el brazo. Un hombre, creyendo que realmente era una escort, le susurró cosas obscenas al oído, sonriendo con malicia.
Zarya intentó zafarse, pero el hombre apretó más. Su respiración se aceleró, y cuando estaba a punto de perder el control, una voz grave y firme resonó detrás de ellos.
— Déjala.
En un instante, el agresor fue derribado por un golpe seco. La tensión en la sala aumentó, y todas las miradas se posaron en el hombre que había intervenido. Alto, vestido con un traje oscuro que parecía absorber la luz, su mirada era helada y calculadora.
Zarya, aún temblando, lo observó con una mezcla de temor y curiosidad.
Ella de inmediato supuso que era uno de los hombres a cargo de la seguridad del hijo del señor Soykan.
Zarya le sonrió con una mezcla de alivio y vulnerabilidad, aún con el corazón palpitándole con fuerza, como si cada latido fuera un recordatorio de lo cerca que había estado del desastre.
— Gracias — dijo, con la voz un poco temblorosa —. No sé qué hubiera hecho si no hubieras intervenido.
Hubo un breve silencio, pesado por la intensidad del momento, y luego, con un pequeño esfuerzo para recuperar el control, añadió:
— ¿Quieres que te invite un trago?
Gokal asintió sin dudar, como si aquella simple invitación fuera una señal de confianza rara y valiosa. Había algo en esa mujer, en esa mezcla de fragilidad y coraje, que lo atraía irremediablemente.
Caminaron juntos hacia la barra, y el bullicio del bar se volvió un telón de fondo distante, una cortina que los aislaba del mundo, al menos por un momento. La luz tenue dibujaba sombras en sus rostros, y Zarya sintió que podía, por fin, bajar la guardia.
— Me llamo Zarya Romanov — dijo, dejando caer la fachada que había sostenido toda la noche —. Pero hay algo que debo confesarte… No soy escort. Fingí serlo solo para entrar aquí. Quería ver al señor Soykan.
Gokal ladeó la cabeza, intrigado, y su voz se hizo más baja, casi confidencial:
— ¿Para qué querías verlo?
Ella inhaló profundamente, como si necesitara armarse de valor para revelar una parte de su mundo que no mostraba a nadie.
— Mi padre y el señor Soykan fueron amigos desde niños — explicó —. Mi padre murió hace menos de un mes, y solo quería decírselo personalmente…
El peso de esas palabras colgó en el aire entre ellos, y Gokal la miró con una seriedad inesperada, como si en ese momento entendiera que ella cargaba con un mundo que iba mucho más allá de la fiesta y las apariencias.
— No te preocupes — dijo finalmente —. Me encargaré de que el señor Soykan se entere.
Zarya sintió que un nudo se formaba en su garganta, y una oleada de gratitud la invadió.
Por un instante, todo parecía estar en calma, hasta que, impulsada por la urgencia que quemaba en su pecho y la necesidad de aferrarse a cualquier tabla de salvación, lanzó una propuesta que dejó helado el aire a su alrededor:
— ¿Te casarías conmigo?
Gokal la miró en silencio, sorprendido y sin palabras, como si intentara procesar la locura y la verdad que contenía esa pregunta.
Zarya, consciente de lo abrupto de su ofrecimiento, añadió apresuradamente:
— Perdón… No te he dejado ni presentarte.
Entonces, con esa sonrisa helada que podía ser tan desconcertante como magnética, Gokal respondió:
— Me llamo Gokal.
Pero omitió su apellido, disfrutando en secreto la confusión que ella tenía sobre su verdadera identidad. Para él, era divertido imaginarla pensando que era un simple trabajador, un detalle que le daba una ventaja silenciosa en ese juego que apenas comenzaban.
Con una media sonrisa, y con una mirada que desafiaba su sinceridad, preguntó:
— ¿Por qué querrías casarte con un desconocido?
Zarya no titubeó ni un segundo. Su voz fue firme, cargada de una mezcla de desafío y cansancio:
— Porque es mejor casarse con un desconocido que con un imbécil.
Aquellas palabras tenían más peso del que Gokal podía imaginar. No era solo un rechazo hacia Yagiz; era el grito silencioso de una mujer que luchaba contra las cadenas invisibles que la ataban.
Sin entrar en demasiados detalles, ella le explicó que el matrimonio sería solo un pacto temporal, una artimaña para ganar tiempo, para que su madre desistiera de imponerle un destino que ella rechazaba con todo su ser.
Y para sellar ese trato, ofreció mil dólares apenas firmaran los papeles, una suma que para ella era un sacrificio, pero que esperaba fuera suficiente para convencerlo.
Gokal se tomó un momento para pensar, evaluando no solo la propuesta sino la fuerza de aquella mujer que, en medio del caos, seguía buscando controlar su propio destino.
Finalmente, asintió con firmeza.
— Está bien — dijo —, pero con una condición: durante ese tiempo, ambos viviremos en mi pequeño departamento.
Zarya sonrió, aceptando sin reservas.
— No hay problema.
Gokal la observó unos segundos de más, como si intentara descifrar si aquella respuesta había sido un acto de desesperación… o una jugada un tanto peligrosa. Al final, una leve curva apareció entre sus labios, casi imperceptible.
— Perfecto — respondió con calma —. ¿Entonces cuándo será la boda, amor?
— En dos días.
El silencio que siguió no fue incómodo… fue denso. Como si el aire del bar se hubiera vuelto más pesado, más consciente de que algo absurdo acababa de tomar forma real.
Ambos levantaron sus copas para brindar.
El cristal de estas chocó con un sonido limpio.
Un brindis por una mentira que aún no sabían que iba a doler.
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Dos días después.
La sala del registro civil era fría y sencilla, muy distinta al lujo y la ostentación de la mansión Romanov. Las paredes blancas parecían desnudas, como si todo allí estuviera diseñado para reducir el matrimonio a un simple trámite burocrático. No había flores, ni música, ni invitados. Solo los cuatro testigos de un pacto que parecía más un secreto que una celebración.
Zarya se encontraba de pie junto a Gokal, vestida con un sencillo vestido crema que había escogido a último momento, sin joyas ni maquillaje excesivo. Nada que gritara riqueza, solo lo necesario para que aquello pasara desapercibido. Sus manos estaban frías, pero su mirada era firme. Había llegado demasiado lejos como para titubear.
A su lado, Gokal irradiaba una calma inquietante. Traje negro, corbata oscura, postura erguida. Ni un solo gesto de nerviosismo. Parecía un hombre que dominaba cualquier escenario en el que se encontraba, incluso uno tan impersonal como aquel. Lo más llamativo era la naturalidad con la que pronunciaba un apellido que no le pertenecía. Un apellido falso que sellaba no solo su unión con Zarya, sino también la mentira que él había decidido mantener.
Melisa, amiga de la infancia de Zarya y una de las pocas personas en las que confiaba, observaba la escena con el ceño fruncido, incapaz de comprender cómo su amiga había terminado allí, casándose con un hombre al que apenas conocía. Su mirada oscilaba entre preocupación y resignación. Había prometido no interferir, pero el nudo en su estómago no desaparecía.
Zack, en cambio, parecía disfrutar el espectáculo. Era primo lejano de Zarya, un hombre con un humor ácido y un eterno aire de despreocupación. Desde el fondo, observaba con una sonrisa torcida, como si todo aquello fuera un experimento social y no un contrato que cambiaría la vida de su prima.
El juez leyó las palabras de rigor con tono monótono, casi aburrido. Nadie en esa sala parecía darle importancia al hecho de que se trataba de un matrimonio. Para todos, era un trámite. Para todos, excepto para Zarya, cuyo corazón martillaba en su pecho, recordándole que con esa firma estaba desafiando a su madre, a Yagiz y al destino que le habían trazado.
Cuando llegó el momento de pronunciar sus votos legales, Zarya levantó la barbilla con firmeza. Su voz no tembló.
— Sí, acepto.
Gokal sostuvo su mirada con una intensidad que la desarmó por dentro. Y, sin titubear, repitió lo mismo.
— Sí, acepto.
Con una pluma negra, ambos firmaron en el acta. Fue allí cuando Zarya reparó en el detalle: el apellido que él había escrito no coincidía con ninguno que ella hubiera escuchado en las historias sobre los Soykan. Algo en su interior se tensó, pero decidió no preguntar. No ahora. No con Melisa y Zack presentes, observando cada movimiento.
El golpe seco del sello del juez sobre el documento marcó el final del acto.
— Quedan legalmente casados —anunció sin emoción, antes de cerrar la carpeta y levantarse.
El silencio se adueñó de la sala por unos segundos. Melisa se aclaró la garganta, intentando sonreír.
— Supongo que… felicidades.
Zack, en cambio, soltó una carcajada irónica.
— Esto va a ser divertido.
Zarya se obligó a sonreír, aunque su estómago estaba hecho un nudo. Miró a Gokal de reojo, intentando descifrarlo. No sabía si acababa de atarse a un desconocido… o a un peligro mucho mayor de lo que podía imaginar.
Y mientras salían del registro civil, con los papeles guardados en la chaqueta de Gokal, ella comprendió que el juego apenas acababa de comenzar.
Algunos minutos después.
La limusina avanzaba lentamente por la avenida iluminada de Estambul, deslizándose como una sombra elegante entre el tráfico. Zarya permanecía en silencio, con la mirada fija en la ventanilla. El reflejo de la ciudad parpadeaba en sus ojos azul grisáceos, aunque en realidad no estaba viendo nada. Tenía la mente atrapada en un solo pensamiento: su madre.
El recuerdo de la expresión de Elena Romanov cuando se enterara de lo que había hecho era casi suficiente para helarle la sangre. Elena no era una mujer que perdonara fácilmente los actos de rebeldía, mucho menos aquellos que atentaban contra el control férreo que ejercía sobre su hija. Pero Zarya sabía que ya no había marcha atrás. El acta matrimonial estaba firmada, sellada y guardada en la chaqueta de Gokal. Era oficial. E irrefutable.
A su lado, Gokal parecía hecho de mármol. Su postura era impecable, la mirada serena, los labios curvados apenas en un gesto neutral. Había aceptado todo aquello sin cuestionar demasiado, y su calma desconcertaba a Zarya tanto como la intrigaba. Era como si nada de lo ocurrido —ni la propuesta inesperada, ni la boda improvisada— lo hubiera tomado realmente por sorpresa.
— Deberías prepararte — murmuró Zarya finalmente, rompiendo el silencio de la cabina —. Mi madre no va a reaccionar bien.
Gokal giró apenas el rostro hacia ella, sin cambiar de expresión.
— No me intimidan las madres — respondió con voz grave, tranquila, como si hablara de un asunto trivial.
Zarya apretó los labios, conteniendo una respuesta mordaz. No lo entendía. Ese hombre parecía no temer nada. Ni a la furia de Elena, ni a las consecuencias de haberse casado con una desconocida. Lo miró de reojo: sus ojos verde azul que brillaban bajo la tenue luz del coche tenían algo insondable, como si escondieran secretos que ella no podía siquiera imaginar.
Cuando la limusina se detuvo frente a la mansión Romanov, Zarya sintió cómo la realidad la golpeaba de nuevo. Las luces exteriores iluminaban la fachada imponente de piedra blanca, los ventanales altos, las columnas que sostenían el peso de generaciones. Allí, bajo ese techo, Elena había gobernado su vida como una reina absoluta. Y ahora, Zarya regresaba no como hija obediente, sino como esposa de un hombre que su madre no había elegido.
El chofer abrió la puerta y Gokal descendió primero, ofreciéndole la mano a Zarya. Ella dudó un instante, pero la tomó. La firmeza de su agarre le transmitió una seguridad inesperada. Inspiró hondo y avanzaron juntos hacia la entrada.
El mayordomo los recibió en el vestíbulo con un gesto de sorpresa mal disimulado. Los ojos se posaron en Gokal, recorriéndolo de arriba abajo, como si intentara ubicarlo dentro del laberinto de contactos de la familia. Finalmente, inclinó la cabeza con respeto y anunció:
— La señora Elena los espera en el salón principal.
El corazón de Zarya latía con violencia cuando cruzaron las puertas dobles que daban al salón. Allí estaba Elena Romanov, de pie junto a la chimenea, envuelta en un vestido negro de seda que contrastaba con su cabello rubio perfectamente peinado. Era la imagen viva de la autoridad, cada línea de su rostro endurecida por la disciplina de los años y la ambición de toda una vida.
— Zarya — dijo Elena, sin sonreír, con esa voz gélida que podía desarmar a cualquiera —. ¿Qué significa esto?
La mirada de su madre se deslizó inmediatamente hacia Gokal, evaluándolo con la precisión de un bisturí. Sus ojos claros brillaron con desconfianza.
Zarya tragó saliva, pero no titubeó. Dio un paso al frente y, con la barbilla alta, pronunció las palabras que cambiarían el rumbo de la noche:
— Madre, él es mi esposo. Nos casamos hoy.
El silencio fue absoluto. Ni el crepitar del fuego en la chimenea logró suavizar la tensión que se apoderó del aire. Elena no pestañeó. Por un instante, ni siquiera respiró. Solo la observó, inmóvil, como si intentara decidir si aquello era una broma de mal gusto.
— ¿Qué dijiste? — preguntó al fin, despacio, cada sílaba iba impregnada de incredulidad.
— Lo que escuchaste — respondió Zarya con firmeza —. Me casé.
La mirada de Elena se volvió letal. Caminó hacia su hija con pasos lentos, medidos, como un depredador que se acerca a su presa. Se detuvo frente a ella, tan cerca que Zarya pudo percibir el perfume intenso que siempre usaba, mezcla de jazmín y poder.
— ¿Con quién? — escupió Elena —. ¿Quién demonios es este hombre?
Zarya abrió la boca para responder, pero Gokal la interrumpió, inclinando ligeramente la cabeza en un gesto que rozaba la cortesía.
— Mi nombre es Gokal — dijo con voz firme.
Elena lo estudió, esperando un apellido, una referencia, cualquier indicio de un linaje que justificara su presencia. Pero él no añadió nada más. El silencio se volvió aún más pesado.
— ¿Gokal qué? — insistió Elena, con los ojos entrecerrados.
Él sostuvo su mirada sin parpadear, con una seguridad que rozaba la insolencia.
— Solo Gokal.
Ese desafío apenas disfrazado tensó la atmósfera. Zarya sintió que la respiración de su madre se aceleraba, aunque su rostro seguía siendo de hielo.
— ¡Esto es una ofensa! — grito Elena, girándose hacia su hija —. Has manchado nuestro nombre con un acto impulsivo, estúpido…
— ¡No, madre! — la interrumpió Zarya, sorprendiendo incluso a Melisa, que acababa de entrar discretamente al salón con Zack —. He salvado mi vida. Prefiero mil veces este matrimonio que tu plan de entregarme a Yagiz Dogan como si fuera una pieza de mercancía.
Elena la observó, y por primera vez en años, sus ojos mostraron una chispa de rabia contenida.
— Zarya… no sabes lo que estás haciendo.
— Sí lo sé — replicó ella con voz temblorosa, aunque firme —. Por primera vez en mi vida, estoy decidiendo por mí misma.
Elena giró de nuevo hacia Gokal, evaluándolo como si pudiera atravesarlo con la mirada.
— ¿Y tú? — preguntó con un dejo de desprecio —. ¿Qué buscas en mi hija? ¿Dinero? ¿un apellido?
Gokal arqueó una ceja, y sus labios se curvaron apenas en una sonrisa helada.
— Nada de eso. Ella me lo pidió — respondió con calma.
Elena apretó los puños. El silencio volvió a instalarse, roto solo por la carcajada repentina de Zack.
— Esto es oro puro — dijo, divertido —. La princesa Romanov casada con un don nadie.
— Cállate, Zack — murmuró Melisa, pero la tensión era tal que incluso ella no pudo ocultar la preocupación en su rostro.
Zarya dio un paso atrás, buscando el aire que la presión de su madre le arrebataba. Gokal, en cambio, se mantuvo imperturbable, como si nada pudiera sacudirlo. Esa calma, esa frialdad, era a la vez un escudo y un misterio.
Elena finalmente se enderezó, mostrando esa postura impecable que tenía siempre.
— Si crees que este matrimonio va a salvarte de Yagiz, estás muy equivocada — sentenció, con una frialdad que heló a todos —. Esto no ha terminado, Zarya. No mientras yo tenga voz en esta familia.
Y con esas palabras, abandonó la sala, dejando tras de sí un silencio cargado de tensión y un fuego aún más peligroso encendido en el corazón de su hija.
Zarya respiró hondo, intentando calmar los temblores en sus manos. Gokal la miró de reojo, y con una sonrisa discreta le dijo:
— Tu madre es… intensa.
Aquellas palabras sonaron con ironía.
Zarya lo fulminó con la mirada, aunque no pudo evitar que una chispa de risa amarga se le escapara de sus labios.
— No tienes idea.
Lo cierto era que la guerra apenas había comenzado.
Para cuándo la noche cayó, lo hizo con un aire más pesado de lo habitual. Fue entonces cuando Zarya salió de la mansión Romanov tomada del brazo de Gokal. El eco de las palabras de su madre aún resonaban en su mente, afiladas como cuchillas.
"Esto no ha terminado, Zarya."
Y era cierto. Elena nunca aceptaría esa humillación, y mucho menos la derrota. Su madre era de las que planeaban en silencio, de las que tejían hilos invisibles hasta que la trampa se cerraba de golpe.
La puerta de la limusina se cerró tras ellos y el vehículo se alejó de la residencia familiar. En el interior, el silencio volvió a instalarse, pesado, cargado de pensamientos no compartidos. Zarya se dejó caer contra el respaldo, mirando por la ventanilla como si las luces de Estambul pudieran distraerla del torbellino en su interior.
De pronto, un pensamiento le cruzó la mente como un rayo: estaba casada. Casada. Aquello que siempre había rechazado, aquello que había evitado con todas sus fuerzas, había terminado sucediendo. La diferencia era que esta vez la elección había sido suya, y no la de Elena. Esa convicción le daba un atisbo de paz, aunque también un vértigo que le cerraba el estómago.
A su lado, Gokal se mantenía en la misma calma enigmática que lo caracterizaba. Casi parecía disfrutar de la tensión que se arremolinaba en torno a ella. Sus ojos estaban fijos en la ciudad, pero su postura relajada decía más de lo que sus palabras hubieran podido expresar: nada lo perturbaba.
— ¿Estás seguro de querer hacer esto? — preguntó Zarya de pronto, incapaz de soportar más el silencio.
— Ya lo hicimos — replicó él sin mirarla, con un deje de ironía que la irritó —. ¿O planeas anularlo mañana?
Zarya lo miró con el ceño fruncido.
— No. Yo… solo quería saber si entiendes lo que significa.
Gokal giró la cabeza hacia ella, y sus ojos verde azul la atravesaron con un brillo extraño.
— Significa que ahora eres mi esposa. Eso es suficiente.
No hubo más conversación. El resto del trayecto transcurrió en un silencio espeso hasta que la limusina se detuvo frente a un edificio discreto, de fachada gris y ventanas estrechas. Nada que llamara la atención, nada que evocara lujo o grandeza. Un edificio como cualquier otro en un barrio de clase media de Estambul.
El chofer abrió la puerta y Zarya descendió, observando con cautela el entorno. La calle estaba iluminada por farolas amarillas, y el aire olía a pan recién horneado de una panadería cercana. Era un contraste absoluto con la pomposidad de la mansión Romanov, donde incluso el aire parecía perfumado y calculado para impresionar.
— ¿Aquí vives? — preguntó, incapaz de ocultar la sorpresa en su voz.
— Aquí vivimos — corrigió él, avanzando hacia la puerta de entrada del edificio.
Zarya lo siguió, aún procesando lo que veía. Subieron por unas escaleras estrechas hasta el tercer piso. El pasillo estaba limpio pero carecía de adornos, salvo alguna maceta pequeña frente a las puertas de los vecinos.
Cuando Gokal abrió la puerta de su departamento, Zarya dio un paso adentro y la impresión fue inmediata. El lugar era modesto, sencillo, pero no descuidado. Un sofá gris de líneas rectas dominaba la sala, acompañado de una mesa baja de madera oscura. Había estanterías repletas de libros, algunos bastante gastados, y un par de cuadros discretos en las paredes. La cocina, a la vista, era pequeña pero ordenada, con utensilios bien cuidados.
No era lujo. No era ostentación. Era funcionalidad. Era un hogar.
Zarya recorrió el espacio con la mirada, intentando no dejar traslucir lo mucho que le chocaba el contraste con lo que había conocido toda su vida. La mansión Romanov estaba llena de mármoles, lámparas de cristal, alfombras importadas. Todo brillaba, todo pesaba. Aquí, en cambio, las cosas parecían hechas para usarse, no para ser admiradas.
— Es… diferente — murmuró, buscando palabras cuidadosas.
Gokal dejó las llaves sobre la mesa y se quitó la chaqueta, colgándola en un perchero junto a la puerta.
— ¿Esperabas un palacio?
— No. — Zarya se encogió de hombros, aunque en realidad sí había imaginado algo más cercano a un hotel de cinco estrellas que a ese departamento —. Solo… nunca pensé que viviría en un lugar así.
Gokal la observó en silencio unos segundos, como si intentara leer más allá de sus palabras. Finalmente, sonrió con esa frialdad que la confundía.
— Te acostumbrarás.
Zarya caminó hasta el sofá y pasó los dedos por la tela, notando la textura áspera bajo su piel. Se sentó lentamente, como si probara un territorio desconocido.
— ¿Y dónde voy a dormir?
Gokal arqueó una ceja.
— Aquí hay una cama. Compartiremos.
El rubor subió de golpe a las mejillas de ella.
— ¡No! — exclamó, poniéndose de pie de inmediato.
— Tranquila. — La interrumpió con calma, levantando una mano —. No he dicho nada sobre tocarte. Solo compartiremos el espacio. No es tan grande como para que cada uno tenga su cuarto.
Zarya respiró hondo, intentando calmar el desorden que le provocaban sus palabras. No sabía si hablar con él era como caminar sobre hielo fino o como enfrentarse a una fiera dormida. Había algo en su tono que siempre la mantenía alerta.
— Está bien — murmuró al fin, resignada —. Pero dejo en claro que este matrimonio es temporal. Un año. Ni un día más.
Gokal no respondió. Se limitó a servir dos vasos de agua en la cocina y a dejar uno frente a ella, como si estuviera demasiado acostumbrado a imponer silencios.
Zarya lo observó de reojo. Había algo en él que no cuadraba. Un hombre que parecía tan imperturbable, tan seguro, no podía ser simplemente un desconocido. Había una fuerza en su presencia, un magnetismo que le resultaba inquietante. Pero decidió callar.
Cuando se retiró a la habitación que él señaló como suya, Zarya se encontró con un espacio igualmente sencillo: una cama matrimonial, una cómoda de madera oscura, y una ventana desde la que se veía la ciudad. Nada de cortinas pesadas, nada de alfombras lujosas. Solo lo esencial.
Se sentó en la orilla de la cama, dejando escapar un suspiro.
"Esto es real. Ya no estoy en mi casa, ni bajo las reglas de mi madre. Estoy casada y viviendo en el departamento de un desconocido."
La puerta se abrió y Gokal apareció en el marco, con la luz tenue del pasillo dibujando su silueta.
— Puedes usar el baño primero.
Zarya asintió en silencio y tomó su bolso. Cuando pasó junto a él, percibió de nuevo esa presencia poderosa que emanaba, como si llenara el espacio entero. No podía ignorarlo. No podía engañarse. Ese hombre no era un don nadie. Y tarde o temprano, descubriría quién era realmente.
Mientras se encerraba en el baño, Zarya se miró al espejo. Su reflejo le devolvía la imagen de una mujer que había cruzado una línea sin retorno. Una mujer que ya no pertenecía del todo a los Romanov, pero que aún no sabía a qué mundo pertenecía ahora.
El destino estaba cambiando de manos, y ella lo sabía.