Chapter 1
Mar del Plata, 2 de mayo de 2025. 02:15 de la madrugada.
El viento del Atlántico entraba frío y salado por la ventana entreabierta del comedor de suboficiales de la Base Naval.
Diego Morales, Capitán de Fragata a sus veintiséis años, estaba sentado en la cabecera de la mesa larga de madera rayada, con una cerveza Quilmes tibia en la mano y una sonrisa cansada que no llegaba a sus ojos. A su alrededor, cinco de sus hombres más cercanos jugaban al truco con naipes gastados. El ambiente era de esos que solo se dan después de una guardia dura, risas bajas, insultos cariñosos y el olor a café recalentado.
—Capitán, usted es un hijo de puta con suerte —dijo el Sargento Primero López, tirando un as de espadas con un golpe seco—. Ascendido a los veinticuatro por una operación que ni en los diarios salió, y ahora a los veintiséis ya manda más que la mitad de los coroneles. ¿Cuándo nos cuenta la verdad de lo que pasó en el Pacífico, eh?
Diego soltó una risa corta, casi un bufido. Tenía el uniforme desabotonado hasta el segundo botón, el pelo negro revuelto y una cicatriz fina que le cruzaba la ceja izquierda, recuerdo de aquella noche en la que había sacado a ocho marines de una emboscada que nunca existió oficialmente. Sus ojos verdes, claros y duros, miraban las cartas sin verlas del todo.
—La verdad es aburrida, López. Mucho barro, mucho tiro y un montón de pibes que no querían morir. Yo solo hice lo que cualquiera hubiera hecho. —Bebió un sorbo largo de cerveza—. Lo que importa es que estamos vivos. Y que mañana a las seis tenemos instrucción de desembarco con los nuevos reclutas. Así que no se me duerman, que el que se caga en el ejercicio paga la cerveza la próxima semana.
El Cabo Primero Ramírez, el más joven del grupo con apenas veintidós años, soltó una carcajada.
—Usted dice eso porque es soltero, mi capitán. No tiene que volver a casa y explicarle a una mujer por qué llega oliendo a mar y pólvora. Yo anoche casi duermo en el sofá por llegar tarde del simulacro.
Diego levantó una ceja, divertido.
—¿Y vos creés que yo no tengo problemas? Mi última novia me dejó porque decía que hablaba en sueños de tácticas de infiltración. —Hizo una pausa teatral—. Decía que parecía que estaba planeando invadir su cama en vez de dormir. —Los hombres estallaron en risas. Diego se permitió una sonrisa genuina. Era raro verlo relajado. En la base lo llamaban “El Halcón” no solo por sus ojos, sino por la forma en que parecía ver todo el campo de batalla antes que nadie.
Prestigio ganado en operaciones reales, en misiones que los partes oficiales describían como “entrenamiento combinado”. Nadie sabía los detalles. Nadie necesitaba saberlos.
La partida siguió. Alguien puso de fondo un viejo tema de Los Redondos en el teléfono. Hablaron de pavadas del asado del domingo, de si el próximo ascenso de López llegaría antes de fin de año, de la novia de Ramírez que lo esperaba en Buenos Aires.
Diego escuchaba más de lo que hablaba. A sus veintiséis años ya había visto suficiente muerte como para apreciar esos momentos tontos. Era soltero por elección, o al menos eso se repetía. El uniforme y las misiones no dejaban mucho espacio para otra cosa.
A las 02:47, el reloj de la pared marcó la hora exacta en la que todo cambió.
Primero fue el zumbido. Bajo, casi inaudible, como si el aire mismo vibrara dentro de los oídos. López frunció el ceño.
—¿Escucharon eso? Parece un generador que se está por quemar.
Diego levantó la mano pidiendo silencio. El zumbido creció. Las luces del comedor parpadearon una vez. Dos veces. Luego vino la luz.
No era un corte de luz. Era todo lo contrario. Una explosión de violeta-azul que brotó desde el suelo, desde las paredes, desde el mar mismo que se veía por la ventana. Entró como una ola sólida, silenciosa, que envolvió todo. Los naipes se levantaron del aire un segundo y cayeron de nuevo. Las cervezas temblaron. Diego sintió un tirón en el pecho, como si el corazón se le hubiera detenido y vuelto a arrancar. El mundo se volvió blanco puro durante tres latidos.
Y después… nada.
El silencio era absoluto.
Las luces volvieron a encenderse con un zumbido eléctrico normal. El teléfono de Ramírez seguía reproduciendo la canción, pero la señal de radio se cortó de golpe. Solo estática.
Diego se puso de pie tan rápido que la silla cayó hacia atrás.
—Todos afuera. Formación en el patio. Ya.
Los hombres obedecieron sin preguntar. Estaban entrenados para eso. En menos de noventa segundos, veinte infantes de marina estaban en el patio central de la base, armas en mano, linternas encendidas. El cielo estaba despejado, pero las estrellas… las estrellas no eran las mismas. Diego lo notó al instante. Orión estaba torcido. La Cruz del Sur había desaparecido. Y el mar… el mar olía distinto.
Casa Rosada, Buenos Aires – 04:20 de la madrugada
El Salón de los Patriotas estaba iluminado como si fuera mediodía. Nadie había dormido.
Javier Milei estaba de pie al frente de la mesa oval, pelo revuelto, camisa blanca arrugada, sin corbata. A su derecha, Luis Caputo, ministro de Economía, tecleaba en una laptop como si le fuera la vida en ello. Patricia Bullrich, en Seguridad, revisaba informes impresos. Guillermo Francos, jefe de Gabinete, intentaba mantener el orden. Y en el extremo opuesto, Victoria Villarruel, vicepresidenta, sentada con los brazos cruzados y la mandíbula tensa. La relación entre Milei y Villarruel se había roto públicamente meses atrás por diferencias irreconciliables en la reforma judicial y el rol de las Fuerzas Armadas. No se miraban. Hablaban a través de Francos cuando era inevitable.
—Resumen de la situación —dijo Milei, deteniéndose de golpe—. Y que sea claro.
Caputo fue el primero en hablar, voz ronca de café y estrés.
—Señores, esto no es un corte de luz normal. Las comunicaciones con el exterior están muertas. Satélites, internet global, todo. Nuestros radares muestran que el continente… está solo. Sin Brasil, Sin Chile, Sin Uruguay. El GPS no encuentra ninguna señal conocida. Los observatorios de Córdoba y La Plata ya confirmaron las constelaciones son distintas. El Sol sale con un espectro que no coincide. Estamos en otro lugar. Literalmente.
Un silencio pesado cayó.
Milei se pasó la mano por la cara.
—O sea que no es un ataque. Es… ¿qué? ¿Un traslado de país entero?
—Exactamente Señor Presidente, somos una isla en un océano desconocido. Cuarenta y siete millones de personas, con todo lo que tenemos fábricas, cultivos, Vaca Muerta, represas, ganado. Pero sin un solo dólar entrando. Sin comercio. Sin nada. la situación económica va ser catastrófica. Estamos en autarquía total. Las exportaciones —87 mil millones de dólares— desaparecieron de un día para el otro. Soja, pellets de soja, maíz, petróleo de Vaca Muerta, carne, trigo, oro… no hay a quién vendérselo. Las importaciones de 76 mil millones también se cortaron. No entran más repuestos, APIs para medicamentos, fertilizantes avanzados, chips para la industria automotriz, ni bienes de capital.
Hizo una pausa y miró a todos.
—El comercio representaba entre el 25 y 30% del PBI. Eso se evaporó. Estimamos una caída del PBI de entre 30 y 50% solo en el primer año. Desempleo masivo en sectores exportadores e industriales. El peso ya perdió más del 40% de su valor en las primeras horas. Hay corridas bancarias en Córdoba y Rosario. La gente está retirando todo lo que puede.
Milei apretó la mandíbula.
—¿Medidas concretas, Caputo? No quiero diagnósticos, quiero soluciones.
Caputo asintió y continuó.
—Primero, corralito inmediato. Límite de extracción de 500 dólares o su equivalente en pesos por persona y por semana. Congelamiento de depósitos a plazo fijo.
Segundo, racionamiento estricto de combustible y energía. Vaca Muerta nos da independencia energética por ahora, pero sin repuestos para fractura hidráulica la producción va a caer en pocos meses. Prioridad absoluta para transporte de alimentos, hospitales y Fuerzas Armadas.
Tercero, control de precios en bienes esenciales. Carnicerías, panaderías, farmacias y supermercados. Cualquiera que viole el control va preso. Cuarto: nacionalización temporal de Vaca Muerta y las principales represas para garantizar el suministro interno. Y quinto… el tema más delicado: tenemos que hablar del oro.
Caputo respiró hondo antes de seguir.
—Las reservas de oro del BCRA valen actualmente unos 8.500 millones. Además tenemos los nuevos yacimientos de San Juan Vicuña, Filo del Sol y Josemaría. Treinta y dos millones de onzas entre medidas e inferidas. Propongo volver al patrón oro de forma inmediata. Emitir un nuevo peso convertible, respaldado físicamente por oro en las bóvedas del BCRA. Cada peso que se emita tiene que estar respaldado por metal. Esto corta de raíz la tentación de imprimir dinero para pagar sueldos y jubilaciones. La gente va a confiar en la moneda porque podrá canjearla por oro. Evitamos la hiperinflación clásica argentina.
Villarruel levantó una ceja desde su lugar.
—¿Y la deflación inicial? ¿Y los yacimientos que tardan años en producir?
—Vamos a necesitar flexibilidad controlada los primeros meses —admitió Caputo—. Subsidios temporales a los productores agropecuarios para que no abandonen la tierra, porque la comida sobra pero los precios locales se derrumbaron. Reconversión industrial forzada las fábricas de autos tendrán que fabricar repuestos locales y maquinaria básica. Uso de excedentes de soja para biocombustibles y química básica. Migración inversa del campo a las ciudades al revés, porque sobra comida y faltan manos en la industria.
Patricia Bullrich tomó la palabra a continuación, con su tono directo de siempre.
—Desde Seguridad, el panorama va ser preocupante. Los saqueos que seran probablemente reportados en La Matanza, Florencio Varela y partes del Gran Rosario. Los supermercados y farmacias son los principales objetivos. La policía va estár desbordada. Recomiendo declarar estado de sitio de inmediato y sacar a las Fuerzas Armadas a custodiar puntos críticos bancos, supermercados, puertos, plantas de Vaca Muerta y depósitos de medicamentos. Sin orden interno, todo lo demás se cae.
Guillermo Francos intervino para cerrar el círculo operativo.
—Hay que coordinar todo. Racionamiento de medicamentos y combustible, control de precios, y un plan de comunicación para mañana temprano. La gente tiene que entender que estamos solos y que las reglas cambiaron.
Milei miró a Villarruel, que hasta ese momento había escuchado todo en silencio.
—¿Usted qué opina, Vicepresidenta?
Villarruel se acomodó en su silla y habló con voz clara y firme.
—Coincido con todo lo dicho. Pero hay un problema que todavía no estamos abordando. No solo estamos aislados económicamente. Estamos en un mundo completamente desconocido. Las constelaciones son distintas. El Sol no es el mismo. No sabemos qué hay más allá del horizonte. Si hay tierra, si hay recursos… o si hay alguien. Necesitamos una fuerza especializada que pueda salir, explorar territorio desconocido, mapearlo, administrarlo si encontramos algo útil, y defenderse en caso de contacto hostil.
Hizo una pausa y miró directamente a Milei.
—Necesitamos una organización parecida a una Gendarmería, pero diseñada para operar en el exterior. Una Fuerza de Exploración y Defensa Territorial. Capaz de hacer reconocimiento, mantener el orden en zonas nuevas y responder militarmente si aparece algún enemigo externo.
Milei cruzó los brazos.
—¿Y quién comandaría una fuerza así?
Villarruel no dudó ni un segundo.
—El Capitán de Fragata Diego Morales. Tiene 26 años, pero ya tiene más experiencia de combate real que la mayoría de los oficiales superiores. Ascendido dos veces por méritos de guerra en operaciones clasificadas en el exterior. Dirigió el asalto nocturno que salvó a toda una unidad rodeada en el Pacífico Sur. Sus hombres lo siguen ciegamente. Es joven, soltero, sin ataduras familiares. Es el perfil ideal para comandar algo así.
Milei se quedó pensando unos segundos y finalmente asintió.
—Que lo traigan ahora. Helicóptero desde Mar del Plata. Quiero hablar con él personalmente.
Villarruel miró su reloj.
—Debería estar llegando en menos de una hora.
Milei se sentó por primera vez desde que había empezado la reunión, aunque su pierna derecha no paraba de moverse debajo de la mesa.
—Sigamos entonces. Caputo, quiero que seas más específico con el tema del patrón oro. ¿Cómo lo implementamos sin que se nos caiga todo encima?
Caputo se acomodó los anteojos y respondió con precisión.
—Primero tenemos que congelar la emisión monetaria actual. Mañana mismo anunciamos la creación de un nuevo peso convertible, anclado al oro. Cada nuevo peso estará respaldado por una cantidad fija de gramos de oro fino. Vamos a usar las reservas que ya tenemos en bóveda más todo el oro que podamos recuperar de las joyerías y de la gente a cambio de los nuevos pesos. Al mismo tiempo, declaramos que el oro es recurso estratégico del Estado. Nadie puede exportarlo ni atesorarlo sin autorización.
—¿Y la gente que tiene dólares físicos? —preguntó Francos.
—Los dólares dejaron de tener valor externo —respondió Caputo con crudeza—. Vamos a tener que ofrecer un canje obligatorio a un tipo de cambio que fijemos nosotros, pagando parte en nuevos pesos oro y parte en bonos internos. Va a ser feo, pero es eso o dejar que se genere un mercado negro que nos vuele todo por el aire.
Patricia Bullrich intervino:
—Desde Seguridad te digo que eso va a generar mucha resistencia. La gente que ahorró en dólares se va a sentir estafada. Vamos a necesitar presencia militar fuerte en las ciudades grandes los primeros días.
Milei miró a Villarruel.
—¿Usted qué piensa del patrón oro?
—Creo que es la mejor opción que tenemos —respondió ella con honestidad—. Sin un ancla, la tentación de imprimir para mantener la paz social va a ser demasiado grande. Y todos sabemos cómo termina eso en Argentina. El oro nos da disciplina. Pero también tenemos que ser realistas: al principio va a haber deflación. La gente va a sentir que no hay suficiente dinero circulando. Vamos a tener que subsidiar sectores clave sí o sí, aunque sea por seis meses.
La conversación siguió durante casi cuarenta minutos más. Discutieron racionamiento de combustible, cómo organizar la distribución de medicamentos, la necesidad de crear comités de emergencia en cada provincia, y la posibilidad de reclutar mano de obra civil para reforzar Vaca Muerta y las minas.
Exactamente a las 05:55 de la mañana, se escuchó el ruido de rotores acercándose. Minutos después, la puerta del salón se abrió.
Diego Morales entró con el uniforme todavía arrugado de la noche. Se detuvo a dos metros de la mesa y saludó militarmente.
—Señor Presidente. Señores.
Milei lo observó unos segundos antes de hablar.
—Capitán Morales, siéntese.
Una vez que Diego tomó asiento, Milei miró a Villarruel y le hizo un gesto con la cabeza. Ella entendió y tomó la palabra.
—Capitán, voy a ser muy directa porque no hay tiempo para rodeos. Estamos en un mundo desconocido. No sabemos qué hay más allá de nuestras fronteras marítimas. Por eso hemos decidido crear una nueva fuerza: la Fuerza de Exploración y Defensa Territorial. Su función va a ser triple: explorar y cartografiar territorio desconocido, administrar cualquier zona que descubramos, y defender al país ante posibles amenazas externas de carácter bélico.
Villarruel se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Esta no es una fuerza común. Va a operar con autonomía, va a tener autoridad para tomar decisiones sobre el terreno y va a contar con personal de las tres fuerzas, científicos, ingenieros y personal logístico. Usted sería el primer comandante de esta organización.
Diego la escuchaba con total atención, sin interrumpir.
—Ahora viene la parte difícil —continuó Villarruel—. Entendemos que esta fuerza es de importancia estratégica máxima, pero estamos en una crisis económica brutal. Por el momento, el presupuesto que podemos asignarle va a ser muy limitado. Vamos a priorizar el orden interno, los alimentos y la energía. Usted va a tener que arreglarse con lo básico durante los primeros meses. Drones viejos, combustible racionado, personal mínimo. ¿Está dispuesto a aceptar el cargo sabiendo esto?
Diego permaneció en silencio unos segundos, procesando todo. Finalmente respondió con voz calmada pero firme.
—Entiendo la gravedad de la situación, señora Vicepresidenta. Si el país me necesita para esto, estoy dispuesto.
Milei intervino por primera vez desde que Diego había entrado.
—Esta no es una decisión que tomamos en el momento. Queremos que lo piense seriamente. Tiene 48 horas para darnos una respuesta definitiva. Si acepta, va a ser una responsabilidad enorme. Si rechaza, lo vamos a entender. Pero sepa que no hay muchos hombres con su perfil en este momento.
Diego asintió con respeto.
—Entendido, señor Presidente. En 48 horas tendré mi respuesta.
Milei se puso de pie, dando por terminada la reunión.
—Bien. Puede retirarse, Capitán. Descanse un par de horas. Lo vamos a necesitar fresco.
Diego se levantó, saludó militarmente y salió del salón sin decir una palabra más.
Una semana después – 9 de mayo de 2025
El Capitán Diego Morales había aceptado.
Dos días después de aquella reunión nocturna, se presentó nuevamente en la Casa Rosada y comunicó su decisión con una sola frase: “Estoy a disposición del país”. Desde entonces, había estado trabajando casi sin descanso en la organización de la nueva Fuerza de Exploración y Defensa Territorial, aunque con recursos extremadamente limitados.
Mientras tanto, el país se descomponía a ojos vista.
La falta de información oficial durante los primeros días había generado un vacío que fue llenado por rumores, teorías conspirativas y pánico. Cuando el gobierno empezó a aplicar el corralito, el racionamiento de combustible y el control de precios, la bronca explotó.
En las principales ciudades se multiplicaban las marchas y los cacerolazos. “Queremos la verdad”, “¿Que esta pasando?”, “no nos mientas mas” eran las consignas más repetidas.
En el conurbano bonaerense los saqueos se volvieron casi diarios, especialmente a supermercados y farmacias. La escasez de medicamentos ya era crítica muchos hospitales comenzaron a racionar antibióticos y analgésicos. En varias provincias del interior, productores agropecuarios cortaban rutas exigiendo soluciones ante la caída libre de los precios de sus cosechas.
El clima social era de profunda incertidumbre y creciente ira. La gente seguía sin entender realmente qué había ocurrido. La mayoría creía que se trataba de algún tipo de catástrofe natural o un experimento fallido. Muy pocos imaginaban la verdad.
Cámara de Diputados – 9 de mayo, 19:30 hs
recinto estaba lleno. Se había convocado una sesión especial de carácter urgente. El Presidente Javier Milei había solicitado la palabra ante ambas cámaras.
Cuando subió al estrado, el silencio fue casi absoluto. Milei no se anduvo con rodeos.
—Señores diputados y senadores… lo que voy a decirles esta noche va a sonar completamente absurdo. Pero es la verdad.
Hizo una seña y en las pantallas gigantes del recinto comenzaron a proyectarse imágenes: constelaciones completamente desconocidas, análisis espectrales del Sol que mostraban que no era el mismo, mapas satelitales que demostraban que el territorio argentino flotaba completamente aislado en un océano sin fin conocido.
Un murmullo creció en el recinto.
—Hace exactamente siete días —continuó Milei—, toda la República Argentina fue trasladada a otro planeta. No estamos más en la Tierra. No hay contacto con ningún otro país. Estamos solos.
El impacto fue inmediato.
Algunos diputados se llevaron las manos a la cabeza. Otros se quedaron congelados en sus bancas. Un legislador de la oposición se levantó y gritó que era una locura, que el Presidente había perdido la cabeza. Varios pidieron la palabra al mismo tiempo. El presidente de la cámara tuvo que llamar varias veces al orden.
Milei levantó una mano y las imágenes cambiaron. Ahora mostraban los primeros informes de exploración costera realizados por la Armada y las mediciones astronómicas de los observatorios de Córdoba y La Plata.
—Estas no son teorías. Son pruebas técnicas. Pueden revisarlas todas. No estamos en la Tierra. Y eso significa que estamos en autarquía total. Sin comercio exterior. Sin reservas internacionales. Sin nadie que nos venda ni nos compre.
Después de casi cuarenta minutos de exposición y preguntas técnicas, el recinto quedó en un silencio pesado. Incluso los más escépticos habían quedado sin argumentos. La realidad era irrefutable.
Milei respiró hondo y continuó.
—Por esa razón, el Poder Ejecutivo enviará en las próximas horas un proyecto de ley para la creación de la Fuerza de Exploración y Defensa Territorial. Esta fuerza tendrá como misión explorar y cartografiar los territorios desconocidos, administrar cualquier zona que descubramos y defender al país ante posibles amenazas externas.
Apenas terminó de hablar, la oposición estalló.
Un diputado radical se levantó con furia.
—¡Esto es un proyecto expansionista y militarista! ¡Quieren crear un ejército privado para conquistar territorios que ni siquiera sabemos si existen!
Desde otro sector, una legisladora de izquierda tomó la palabra.
—¡Es imperialismo del siglo XXI! ¡Mientras el pueblo pasa hambre y no hay medicamentos, quieren gastar recursos en aventuras militares fuera del país!
La sesión se volvió caótica. Los gritos se cruzaban de banca a banca. Algunos acusaban al gobierno de querer distraer la atención de la crisis interna creando un enemigo externo imaginario. Otros exigían que todos los recursos se destinaran exclusivamente a resolver la emergencia económica y humanitaria.
Milei observaba el debate desde su banca con expresión seria, sin responder a las provocaciones.
En el fondo del recinto, sentado en una de las galerías reservadas, el Capitán Diego Morales observaba todo en silencio. Su expresión no dejaba entrever lo que pensaba.
Milei levantó la mano pidiendo silencio y, sorprendentemente, el recinto se calmó lo suficiente para escucharlo.
—No se trata de expansionismo ni de imperialismo —dijo con voz firme—. Se trata de supervivencia. Estamos en un mundo completamente desconocido. No sabemos si hay otras naciones, civilizaciones, o razas inteligentes. No sabemos si son pacíficas o hostiles
.
Hizo una pausa y continuó.
—Si existen naciones hostiles, necesitamos saberlo antes de que sean ellas las que vengan a nosotros. Pero si existen naciones con las que se pueda comerciar, esa es nuestra única salida a largo plazo. No podemos vivir eternamente aislados con 47 millones de personas. Necesitamos saber qué hay ahí afuera. Necesitamos mapas, necesitamos inteligencia, necesitamos saber con quién podemos negociar y con quién debemos defendernos. Esa es la verdadera función de esta fuerza. No es conquistar. Es explorar, evaluar y, eventualmente, abrir rutas comerciales seguras.
El debate que siguió fue largo y violento.
Durante más de cuatro horas, diputados de distintos bloques se cruzaron acusaciones. La oposición insistía en que se trataba de un proyecto militarista disfrazado, que el gobierno quería usar el miedo para justificar gastos innecesarios mientras la gente pasaba hambre y no había remedinas en los hospitales. Algunos oficialistas defendían la necesidad estratégica de la fuerza, pero reconocían que el presupuesto inicial sería muy bajo dada la crisis.
Al final de la sesión, la ley no se aprobó. Se pasó a un cuarto intermedio. El debate se extendería durante las siguientes dos semanas, con intensas negociaciones, modificaciones al proyecto y fuertes tensiones internas. Finalmente, luego de intensas discusiones y varios recortes más al presupuesto original, la ley se aprobó por una ajustada mayoría. La Fuerza de Exploración y Defensa Territorial quedaba creada, aunque con recursos extremadamente limitados.
Esa misma noche – Noticieros
Los principales canales de televisión mostraban imágenes de las protestas en las calles.
En TN, una periodista entrevistaba a una mujer de unos cuarenta años frente al Congreso, visiblemente alterada.
—Estamos hartos de que nos mientan. Primero nos meten un corralito, después nos racionan la nafta, y ahora salen con que estamos en otro planeta. ¡Mentira! ¡Esto es un golpe de Estado disfrazado! ¡Milei se está quedando con todo el poder!
En Crónica, otro móvil recogía testimonios en La Matanza.
—Hace una semana que no consigo amoxicilina para mi nene —decía un hombre con un niño en brazo.
Sede del Partido Justicialista – San Telmo
En una sala cerrada, varios dirigentes de peso mantenían una reunión tensa.
—Esto es una bomba atómica —dijo un senador con experiencia, negando con la cabeza—. No hay forma humana de gobernar esto. La gente todavía no sabe la verdad completa y ya está saliendo a la calle. Imaginate cuando se enteren realmente.
—Ni loco nos metemos —respondió otro dirigente—. Corralito, racionamiento, faltan remedios en los hospitales… esto es ingobernable. Que Milei se quede ahí. Que se coma él solo todo este desastre. Nosotros no vamos a salir a pedir el poder ahora. Sería un suicidio político.
Un intendente del conurbano agregó con amargura.
—Que se queme solo. Cuando la gente esté desesperada y lo odie con todo, recién ahí veremos. Pero ahora… que se quede donde está.
Comité Nacional de la UCR – Balvanera
En las oficinas radicales, el clima no era muy distinto.
—Esto es un desastre sin precedentes —decía un importante dirigente nacional—. Económicamente es un infierno. Socialmente es una olla a presión.
No hay forma de que esto termine bien en el corto plazo.
—Exacto —respondió otro—. Nadie quiere agarrar este gobierno ahora. El que entre va a tener que aplicar medidas brutales. Que Milei siga cargando con la responsabilidad. Nosotros no vamos a salir a pelear por el poder para terminar destruidos en seis meses.
Un diputado veterano soltó un suspiro largo.
—Que se quede él. Total, ganó las elecciones. Que gobierne. Nosotros vamos a criticar desde afuera, que es mucho más cómodo.
Sede del Frente de Izquierda – Congreso
En una oficina más modesta, los principales referentes de la izquierda mantenían su propia reunión.
—Esto es una catástrofe humanitaria en desarrollo —decía una diputada—. La gente no tiene medicamentos, no hay trabajo, y ahora nos salen con que estamos en otro planeta. Es una locura.
—Totalmente de acuerdo —respondió su compañero—. Este gobierno va directo al abismo. No tenemos ninguna intención de hacernos cargo de este desastre. Que Milei aplique todas las medidas impopulares que tenga que aplicar. Que sea él quien enfrente el estallido social que se viene.
Una dirigente más joven agregó con ironía.
—Que se queden con el poder. Que se coman todos los palos. Nosotros vamos a estar en la calle denunciando, que es lo nuestro. Pero sentarnos en la Casa Rosada ahora… ni locos.
Base Aeronaval Almirante Zar, Comodoro Rivadavia – 24 de mayo de 2025
El sol de la mañana apenas calentaba el aire frío del sur. Dentro de un hangar reconvertido en centro de operaciones improvisado, Diego Morales estaba de pie frente a un enorme mapa del nuevo mundo que habían comenzado a trazar.
A su alrededor se encontraban los oficiales que había seleccionado personalmente para formar el núcleo duro de la Fuerza de Exploración y Defensa Territorial.
A su derecha estaba la Capitana de Corbeta Laura Montenegro, piloto experimentada y jefa del componente aéreo. A su izquierda, el Capitán de Fragata Ernesto Sosa, responsable del componente naval. Completaban la mesa la Teniente de Fragata Sofía Beltrán, jefa de inteligencia, y el Mayor Emiliano Ríos, comandante del componente terrestre.
Diego tenía las manos apoyadas sobre la mesa, su mirada recorriendo el mapa con atención quirúrgica.
—Bien —dijo con voz calmada pero autoritaria—.
Hasta que terminen de construir nuestra base permanente, tenemos acceso prioritario a todas las instalaciones de las tres Fuerzas en el sur. Pero no nos vamos a quedar aquí sentados esperando.
Vamos a comenzar la exploración sistemática del territorio que nos rodea.
Señaló el mapa con un marcador.
—Según los primeros vuelos de reconocimiento, Argentina está rodeada por un archipiélago importante. No son solo unas pocas islas. Hay docenas, algunas de buen tamaño. Algunas muestran señales claras de actividad humana humo, construcciones rudimentarias, movimiento de personas. Vamos a tratarlas como territorio potencialmente hostil hasta que sepamos lo contrario.
Montenegro, la piloto, habló primero.
—Puedo tener dos Orion listos para salir mañana temprano. Uno puede cubrir el sector noreste, hacia donde estaba antes el Uruguay, y el otro el sudeste. Necesitamos establecer perímetros de seguridad aérea y comenzar a generar cartografía real.
Diego asintió.
—Correcto. Pero no quiero que vuelen a ciegas. Van a ir escoltados por dos Pucará modernizados. No sabemos qué tipo de armamento tienen los habitantes de estas islas. Capitán Sosa, usted se encargará del componente naval. Quiero dos patrulleros explorando la costa ampliada de Tierra del Fuego y el sector este de la provincia. Nada de acercarse demasiado a las islas todavía. Solo reconocimiento lejano y batimetría.
Sosa anotó en su carpeta.
—¿Reglas de enfrentamiento?
—Defensivas —respondió Diego sin dudar—. Solo fuego si nos atacan primero. Pero si nos atacan, respondan con todo. No estamos aquí para hacer amigos, estamos aquí para garantizar la seguridad del país.
La Teniente Beltrán intervino.
—Mi capitán, sugiero que preparemos equipos de abordaje reducidos por si encontramos poblaciones. Necesitamos capturar prisioneros para interrogatorio. El lenguaje va a ser la mayor barrera que tengamos.
Diego la miró y asintió lentamente.
—Bien pensado. Forme un grupo reducido de hombres con formación en inteligencia. Que estudien patrones de comportamiento, vestimenta y arquitectura que se vean desde el aire.
Quiero saber si estamos rodeados de tribus primitivas, de reinos organizados o de algo peor.
El Mayor Ríos, el hombre a cargo de la infantería, cruzó los brazos.
—¿Y la nueva base? Los ingenieros dicen que van a tardar por lo menos cuatro meses en tenerla operativa.
Diego se enderezó, mirando a todos los presentes con expresión firme.
—Entonces durante esos cuatro meses operaremos desde aquí y desde Ushuaia. Pero quiero que quede claro algo —hizo una pausa, asegurándose de que todos lo miraran—. Esta fuerza no fue creada para patrullar la costa.
Fue creada para expandir el conocimiento del territorio que nos rodea y asegurar recursos para el país. Cada isla que cartografiemos, cada recurso que identifiquemos, puede significar la diferencia entre sobrevivir o colapsar.
Miró el mapa una última vez y concluyó
—Empezamos mañana. Quiero informes cada seis horas. Y una cosa más… —sus ojos verdes recorrieron la mesa—. No subestimen este mundo. Ya perdimos un país entero en una noche. No voy a perder gente por soberbia.
Se enderezó completamente.
—Se levanta la reunión. Tienen trabajo que hacer.
Océano Aeoniano – 87 millas náuticas al este de la costa de Tierra del Fuego, 27 de mayo de 2025
El ARA Piedrabuena cortaba las aguas con rumbo este. En el puente de mando, el Capitán de Fragata Diego Morales observaba el horizonte con los binoculares apoyados en el pecho. A su lado estaba la Teniente de Fragata Sofía Beltrán y el Sargento Primero López.
Llevaban casi tres horas de navegación sin encontrar nada más que mar abierto cuando el vigía gritó desde la cofa.
—¡Contacto visual! ¡Barco a las once en punto! ¡Distancia mil quinientos metros!
Diego levantó los binoculares inmediatamente. Era un barco de madera de tamaño mediano, con velas de color ocre y una estructura sólida.
No parecía un buque de guerra, sino un barco de trabajo.
—Acérquense con precaución —ordenó Diego con voz tranquila—. Beltrán, quiero que grabe todo desde ahora.
El Piedrabuena se aproximó lentamente. Cuando estuvieron a unos seiscientos metros, el barco desconocido hizó una bandera azul con un emblema dorado que representaba una ola estilizada.
De pronto, desde el barco comenzaron a lanzar señales con banderas y un extraño dispositivo luminoso. Parecían intentar comunicarse.
—Están intentando contactarnos —murmuró López.
Diego no bajó los binoculares.
—Respondan con banderas internacionales de paz. Veamos cómo reaccionan.
Apenas el Piedrabuena hizó las banderas blancas, el barco de madera cambió de actitud radicalmente. Varios hombres aparecieron en cubierta armados con ballestas de gran tamaño y extraños tubos metálicos. Sin previo aviso, abrieron fuego.
Proyectiles de energía azulada impactaron contra el agua cerca del casco argentino.
—¡Fuego de respuesta! —ordenó Diego con voz cortante—. ¡Solo las ametralladoras! No usen misiles todavía.
Las dos ametralladoras de 12.7 mm del patrullero rugieron. Las balas trazadoras atravesaron el aire y destrozaron las velas y el casco de madera. El barco enemigo intentó virar para escapar, pero estaba claramente superado.
En menos de cuatro minutos, el barco enemigo quedó inmovilizado, con el palo mayor partido y varias vías de agua.
Diego bajó los binoculares.
—Equipo de abordaje. Quiero vivos al mayor número posible. Beltrán, usted viene conmigo.
Cuando el equipo de abordaje subió a los prisioneros al ARA Piedrabuena, el ambiente en cubierta se volvió tenso. Veintidós hombres de piel curtida y ropa sencilla fueron alineados contra la baranda. Los miraban con una mezcla de miedo y desafío.
Diego se acercó al que parecía ser el capitán, un hombre de barba gruesa y cicatriz en el antebrazo. Intentó comunicarse de varias formas español, inglés, señas universales de paz… Nada. El hombre respondió en un idioma fluido pero completamente desconocido, con un acento melódico que ninguno de los presentes había escuchado jamás.
Sofía Beltrán se acercó y los observó con atención.
—No es un dialecto conocido. Ni siquiera parece tener raíces romances ni germánicas. Vamos a necesitar lingüistas y antropólogos para empezar a descifrar esto.
López, que estaba a unos metros vigilando, soltó un bufido.
—Genial. Capturamos gente y ni siquiera podemos preguntarles cómo se llaman. Esto va a ser divertido.
Diego miró al grupo de prisioneros un momento más y tomó una decisión.
—Asegúrenlos bien bajo cubierta. Tratamiento humano, pero vigilancia constante. Nos volvemos inmediatamente a Comodoro Rivadavia.
Base Aeronaval Almirante Zar, Comodoro Rivadavia – 6 horas después
El hangar principal había sido convertido en un centro de operaciones caótico pero funcional. Cuando Diego entró, varios oficiales lo esperaban con carpetas y fotografías recientes.
Sobre una mesa larga había decenas de imágenes aéreas. Diego se acercó y las observó en silencio. Las fotos mostraban lo que ya se sabía.
Argentina estaba rodeada por un verdadero archipiélago. Decenas de islas de distintos tamaños, muchas de ellas con claros signos de actividad humana —humo de fogatas, pequeñas construcciones, caminos rudimentarios y movimiento de personas.
La Teniente Beltrán se acercó con un informe en la mano.
—Mi capitán, los vuelos de reconocimiento confirman lo que ve. Hay actividad humana en al menos nueve islas del archipiélago que rodea lo que antes era Tierra del Fuego.
Algunas parecen tener poblados pequeños. Otras solo campamentos.
Diego se quedó mirando las fotos en silencio durante casi un minuto. Luego levantó la vista.
—Vamos a hacer contacto oficial con todas ellas —dijo con voz firme—. Pero no vamos a ir a ciegas. Cada equipo de contacto va a estar compuesto por un diplomático, dos lingüistas, cuatro infantes de marina armados y un equipo de apoyo. Reglas claras solo fuego en defensa propia. Prioridad absoluta es establecer comunicación pacífica.
Miró directamente a la Capitana Montenegro.
—Prepare tres helicópteros para mañana. Quiero que se acerquen a las tres islas más cercanas primero. Que tomen contacto visual y dejen claro que venimos en paz, pero que no somos débiles.
Luego se volvió hacia el Sargento Primero López, que estaba a su lado.
—López, prepará mi equipo. Mañana voy a ir personalmente a la isla más grande del grupo violeta.
López levantó una ceja.
—¿Usted va a ir en persona, mi capitán?
Diego asintió, con un brillo de curiosidad en sus ojos verdes.
—Quiero ver con mis propios ojos con qué estamos tratando. Además… alguien tiene que dar la cara. No voy a mandar a mi gente a hacer algo que yo no esté dispuesto a hacer primero.
Beltrán frunció el ceño.
—Con todo respeto, es un riesgo innecesario. Apenas tuvimos el primer contacto y ya sabemos que son hostiles.
Diego la miró con calma.
—Precisamente por eso tengo que ir yo. Si ven a un oficial de alto rango desde el principio, puede que entiendan que no venimos a conquistar.
Que venimos a hablar. Prepare todo, Teniente. Partimos al amanecer.
López sonrió de costado y murmuró por lo bajo.
—Ahí está el Halcón que conocemos…
Diego volvió a mirar las fotografías de las islas, pensativo.
—Estamos rodeados de gente que no conocemos, que habla idiomas que no entendemos y que tiene tecnologías que no comprendemos. No podemos permitirnos quedarnos quietos. El primer movimiento lo vamos a dar nosotros.
Se enderezó y miró a todo su equipo.
—Descansen lo que puedan. Mañana empieza de verdad nuestra tarea.
Residencia Presidencial de Olivos – 28 de mayo de 2025
El salón privado de Olivos estaba más silencioso que nunca. Solo el círculo más cerrado del gobierno había sido convocado.
Javier Milei presidía la mesa con los codos apoyados y una expresión de agotamiento profundo. A su derecha se encontraba Karina Milei, Secretaria General de la Presidencia. A su izquierda, Guillermo Francos, Jefe de Gabinete. Completaban la mesa Luis Caputo, Victoria Villarruel, Patricia Bullrich, Sandra Pettovello, Federico Sturzenegger, Juan Bautista Mahiques, Mario Lugones, Pablo Quirno y Santiago Caputo.
Milei rompió el silencio con voz cansada pero firme.
—Esto que se habla acá no sale de estas cuatro paredes. Es información clasificada de máximo nivel. Ni una palabra a nadie.
Caputo, ponenos al día con la situación económica.
Luis Caputo se acomodó los anteojos y comenzó con tono medido.
—El primer mes ha sido extremadamente difícil, Presidente. El patrón oro logró evitar la hiperinflación, eso es lo más importante que podemos decir. Pero entramos en una deflación muy fuerte. El consumo se derrumbó cerca del 40%. La gente está asustada, no gasta, está guardando todo lo que puede. Logramos mantener el abastecimiento de alimentos, ese es nuestro mayor triunfo hasta ahora, pero la falta de repuestos importados y medicamentos está empezando a golpear fuerte.
Sandra Pettovello tomó la palabra enseguida, con voz preocupada.
—Desde Capital Humano estamos haciendo lo imposible con la distribución de comida. Los comedores y merenderos están al límite. El problema más grave ahora es la falta de medicamentos. Algunos tratamientos oncológicos y para enfermedades crónicas ya se están empezando a racionar. Estamos priorizando niños y emergencias, pero es una situación que no se sostiene.
Patricia Bullrich intervino con su estilo directo.
—El orden público está controlado, pero por los pelos. El estado de sitio y las Fuerzas Armadas en la calle hicieron que los saqueos bajen drásticamente. Sin embargo, la bronca social está creciendo día a día. La gente está harta, cansada, y cada vez más desconfiada del gobierno. Tenemos un polvorín bajo control, pero sigue siendo un polvorín.
Federico Sturzenegger, con su tono más analítico, agregó.
—Estamos en modo supervivencia pura. Argentina perdió de golpe gran parte de su capacidad productiva y sus cadenas de suministro. Necesitamos desesperadamente nuevos recursos, nuevas tierras cultivables y acceso a materias primas. No podemos seguir dependiendo solo de lo que teníamos antes del cambio.
Milei escuchaba en silencio, tamborileando los dedos sobre la mesa. Miró a Villarruel y le hizo un gesto con la cabeza.
Victoria Villarruel desplegó varias fotografías aéreas recientes sobre la mesa y las empujó hacia el centro.
—Entonces tenemos un tema que ya no podemos postergar. El Capitán Diego Morales nos envió un informe completo anoche. Argentina no está sola. Estamos rodeados por decenas de islas de distinto tamaño. Muchas de ellas están habitadas. Y lo más importante. estas islas no pertenecen a ningún reino ni nación organizada que hayamos detectado hasta ahora.
Técnicamente son territorio sin dueño.
Hizo una pausa para que todos pudieran observar las imágenes.
—Desde el punto de vista de seguridad nacional, dejar estas islas fuera de nuestro control sería una irresponsabilidad histórica. Están demasiado cerca. Podrían convertirse en bases para futuras amenazas o refugios para grupos hostiles.
Pablo Quirno fue el primero en responder.
—Entiendo el argumento de seguridad, pero políticamente esto es una bomba. La gente todavía está tratando de procesar que despertamos en otro mundo. Si ahora salimos diciendo que vamos a tomar un montón de islas, nos van a acusar de imperialistas. La oposición nos va a comer vivos.
Karina Milei habló con voz baja pero clara.
—Coincido. El clima social está muy frágil. No sé si la gente está en condiciones de digerir una expansión territorial ahora.
Luis Caputo suspiró profundamente.
—Yo también lo veo complicado. Estamos pidiendo sacrificios enormes a la población. Decirles que además vamos a dedicar recursos a conquistar islas puede ser el detonante que nos falte.
El salón quedó en silencio. Todos miraban a Milei, esperando su respuesta.
El Presidente se quedó observando las fotografías aéreas durante casi un minuto entero. Cuando finalmente habló, su voz sonó fría, calculadora y sorprendentemente tranquila.
—No vamos a decir que estamos conquistando nada. Vamos a crear un programa bonito, con un nombre que suene bien: “Programa de Integración Territorial Voluntaria”. Vamos a decir que estamos llevando progreso, medicina, seguridad y comercio justo a pueblos que viven en condiciones primitivas. Vamos a mostrar fotos de médicos vacunando niños, de gente recibiendo comida, de maestros dando clases. El que se oponga va a quedar como el hijo de puta que quiere mantener a esa gente viviendo como en la edad de piedra.
Miró a todos los presentes uno por uno antes de continuar.
—Vamos a hacerlo de forma inteligente y escalonada. Empezamos por las islas más pequeñas y menos pobladas. Mostramos resultados positivos rápido. Cuando la gente común vea que esto no les cuesta plata de su bolsillo, que trae nuevos recursos y que además estamos “ayudando” a otros, la opinión pública va a cambiar sola. El ser humano es predecible en eso.
Milei se recostó en su silla y concluyó con tono definitivo.
El salón quedó envuelto en un silencio pesado, cargado de tensión y expectativa.
Luis Caputo fue el primero en tomar la palabra, pero no para hablar de las islas, sino para volver al tema que más le preocupaba.
—Antes de definir nada sobre las islas, creo que es importante actualizar el tema industrial, porque es crítico. Antes del cambio, Argentina importaba más del 70% de los insumos intermedios, repuestos, medicamentos y bienes de capital. Eso se terminó de golpe.
Caputo hizo una pausa y continuó con tono grave.
—Estamos lanzando un plan de financiamiento agresivo para reconvertir la industria nacional. Líneas de crédito blandas, exenciones impositivas y subsidios temporales a cualquier fábrica que pueda producir localmente lo que antes importábamos. El problema es que la mayoría de las pymes están quebradas o al borde. Estamos tratando de mantener viva la estructura industrial que tenemos, pero es una carrera contra el tiempo. Si no logramos fabricar localmente medicamentos básicos, fertilizantes y repuestos para maquinaria agrícola en los próximos seis meses, vamos a tener un problema muy serio.
Federico Sturzenegger asintió y agregó.
—El plan es correcto, pero requiere mucho capital. Capital que hoy no tenemos en abundancia.
El silencio se extendió unos segundos hasta que Patricia Bullrich habló, mirando directamente a Villarruel.
—Con todo respeto, Victoria, yo no estoy tan convencida de que tomar esas islas sea una prioridad ahora. Entiendo el argumento de seguridad nacional, pero económicamente no veo el beneficio. Argentina ya produce comida para alimentar 10 veces a su población. Esas islas son pequeñas y, por lo que vi en las fotos, sus habitantes viven de la pesca y la agricultura de subsistencia. ¿Qué nos van a aportar realmente? ¿Más bocas para alimentar? ¿Más territorio que tenemos que defender y mantener?
Villarruel frunció el ceño, pero antes de que pudiera responder, Guillermo Francos intervino con tono conciliador.
—Patricia... tiene un punto. Gastar recursos en ocupar y administrar islas habitadas en este momento puede ser un lujo que no nos podemos permitir. Estamos tratando de mantener el país a flote. Cada peso que destinemos a esas islas es un peso que no va a la reconversión industrial o a los subsidios para medicamentos.
Luis Caputo apoyó la posición.
—Exacto. Desde el punto de vista económico, estas islas parecen un pasivo más que un activo. Vamos a tener que llevarles comida, salud, seguridad… y no está claro qué vamos a recibir a cambio. En cambio, cada peso que pongamos en la industria nacional tiene retorno medible.
Sandra Pettovello, que había estado escuchando atentamente, agregó con voz calmada.
—Yo coincido en parte. Si vamos a ir, que sea realmente por seguridad nacional y no disfrazándolo de otra cosa. Porque si empezamos a decir que vamos a “integrar” esas islas, la gente va a esperar que traigan algún beneficio económico, y por lo que estamos viendo, no parece que lo vayan a traer.
Victoria Villarruel escuchó todas las intervenciones con paciencia. Cuando todos terminaron, respondió con firmeza.
—Entiendo el argumento económico, pero están mirando el corto plazo. Estas islas no son solo territorio, son una posible cabeza de playa. Si no las controlamos nosotros, tarde o temprano alguien más lo va a hacer. Y ese alguien podría no ser tan amistoso. La seguridad nacional tiene un costo, sí. Pero el costo de no tener seguridad nacional es infinitamente mayor.
Milei comenzó hablar.
—Bueno ambos tienen un punto validad, pero lo principal es el bolsillo de la gente, así que no podes desviar recursos bélicos por el momento. -Se recostó en su silla y miró a todos.
Luego de estar pensativo un rato, el Presidente se puso de pie, dando por terminada la sesión.
—Nos vemos en dos días con los primeros avances de ambos frentes. Gracias.
Los ministros comenzaron a levantarse en silencio, recogiendo carpetas y fotografías. La reunión había durado casi 5 horas y media.








