Capítulo 1
El chasquido metálico de la llave al girar en la cerradura resonó en el pasillo silencioso. Para Bakhar Nabieva, ese sonido era la campana que anunciaba el final del asalto más duro del día. La pesada puerta de madera se abrió con un leve crujido, permitiendo que el aire acondicionado y el aroma a lavanda y vainilla de su hogar acariciaran su rostro exhausto.
Entró arrastrando los pies, un contraste drástico con la marcha triunfal y segura con la que se movía en las salas de pesas. Dejó caer su inmensa bolsa de lona al suelo; el impacto sordo hizo temblar ligeramente el parqué. Su cuerpo era un mapa de su esfuerzo: llevaba una camiseta gris oscura, holgada pero estirada sobre la densidad de sus hombros y espalda, con el lema "DON'T SPOT ME I'M TRYING TO DIE" impreso en letras blancas, ahora oscurecidas por manchas de sudor. Debajo, sus shorts morados parecían estar a punto de rasgarse ante la imposible musculatura de sus cuádriceps, y unas gruesas rodilleras negras con una calavera blanca, de la marca Gymreapers, aún constreñían sus pantorrillas, marcando la piel bronceada.

En el gimnasio, Bakhar era una deidad de la brutalidad física. Era una esfinge inescrutable, una mujer de acero que levantaba cargas que aplastarían a hombres que le doblaban el tamaño. No sonreía, no socializaba; era una máquina de contracción muscular y fuerza bruta.
Pero al cerrar la puerta de su apartamento, la ilusión se desvanecía. La armadura de hierro se derretía, dejando a una mujer joven, exhausta y desesperada por el consuelo de su refugio.
—¿Esos pasos pesados pertenecen a la mujer más fuerte, invencible y preciosa de este mundo? —La voz que provino del interior no era simplemente una voz; era un bálsamo. Profunda, aterciopelada y rebosante de una devoción que rozaba lo religioso.
Desde el pasillo que conectaba con la cocina, apareció Siegfried. Su sola presencia parecía iluminar la estancia. Alto, atlético, con un rostro de facciones nobles y heroicas, vestía unos cómodos pantalones de chándal y una camiseta blanca ajustada. Su inconfundible cabello plateado caía rebelde pero perfecto sobre su frente. Sostenía un par de tazas humeantes de té, y al ver a Bakhar, su sonrisa se ensanchó tanto que le llegaron pequeñas arrugas a los brillantes ojos celestes.
El rostro de Bakhar, que minutos antes parecía tallado en granito para intimidar a cualquiera que intentara usar su máquina de sentadillas, se desmoronó por completo. Sus gruesos y hermosos labios formaron un puchero infantil, y sus hombros cayeron.
—Sieggy... —gimió ella, arrastrando las vocales con un tono agudo y quejumbroso que dejaría boquiabiertos a sus millones de seguidores—. Me duele hasta el alma. Hoy fue día de piernas pesado. Siento que tengo dos yunques en lugar de cuádriceps.
Siegfried dejó las tazas en la mesa de cristal más cercana y caminó hacia ella con una mezcla de urgencia y extrema ternura.
—Ven aquí, mi pequeña e imparable valquiria —susurró, abriendo sus brazos grandes y acogedores.
Bakhar no se lo pensó dos veces. Se dejó caer hacia adelante, colapsando literalmente contra el pecho de su novio. Él la atrapó con facilidad, envolviéndola en un abrazo firme y cálido. En el mundo exterior, Bakhar detestaba que la tocaran, odiaba la vulnerabilidad. Pero aquí, aspirando el olor a limpio y a colonia suave de Siegfried, se sentía en el cielo.
—Hueles a gimnasio puro, a tiza, a metal y a victoria —murmuró él, hundiendo el rostro en el espeso cabello negro de ella, que caía en una larga trenza—. Eres la criatura más fascinante que mis ojos han visto.
—Huelo a demonio sudoroso, mentiroso —protestó ella contra su camiseta, frotando la mejilla para sentir el calor de su cuerpo—. Llévame al sofá. Mis piernas han presentado su carta de renuncia. No doy un paso más.
—Lo que ordene mi reina.
Con una gracia que contradecía el inmenso peso muscular de su novia, Siegfried se inclinó, pasó un brazo bajo los masivos muslos de Bakhar y el otro por su espalda, y la levantó en vilo. Ella enredó sus brazos alrededor de su cuello, acurrucándose contra él. Se sentía pequeña, protegida y ridículamente mimada.
La llevó hasta el inmenso sofá de cuero de la sala y la depositó con la misma delicadeza con la que se manejaría un cristal milenario. En lugar de sentarse a su lado, Siegfried se arrodilló en la alfombra, justo frente a ella.
Con manos suaves y expertas, le quitó las zapatillas deportivas, seguido de los calcetines blancos. Luego, sus manos subieron hasta las rodilleras.
—Estas cosas te están cortando la circulación, amor —dijo él, tirando de la tela elástica hacia abajo. Al liberar sus rodillas, quedaron marcas rojas en la piel, testimonio de la tremenda presión que había soportado.
—Esa era la idea. "Don't spot me, I'm trying to die", ¿recuerdas? —bromeó ella, señalando su camiseta, recostando la cabeza en los cojines y mirándolo con adoración.
Siegfried dejó las rodilleras a un lado y sus manos, grandes y cálidas, se posaron sobre las rodillas de ella. Sus pulgares comenzaron a trazar círculos suaves en la piel tensa. Lentamente, alzó la mirada, conectando sus ojos del color del cielo despejado con los oscuros y profundos ojos de Bakhar. El aire de la habitación se volvió pesado, cargado de esa electricidad única que solo ellos compartían.
—Sabes... a veces, cuando te observo detenidamente, mi mente viaja a la antigua Grecia, o a los talleres de los maestros del Renacimiento —comenzó Siegfried. Su voz había bajado de tono; ahora era un susurro ronco, vibrante, cargado de un amor tan inmenso que casi se podía palpar.
Bakhar sintió que el corazón le daba un vuelco. Tragó saliva. Siegfried tenía un don, una forma de hablar que desnudaba su alma.
—¿El Renacimiento? —susurró ella, sintiendo cómo el calor le subía a las mejillas.
—Sí —continuó él, deslizando sus manos muy lentamente por la inmensidad de sus muslos, sintiendo cada fibra de músculo endurecido bajo la piel—. Aquellos artistas pasaban su vida entera intentando cincelar en el mármol frío la perfección absoluta. Buscaban representar el poder de los dioses, la fuerza en su estado más puro mezclada con la belleza suprema. Pero todos fracasaron.
Siegfried se detuvo, apretando suavemente sus cuádriceps, y la miró con una intensidad que la dejó sin aliento.
—Fracasaron porque esa perfección no puede nacer de la piedra muerta, mi amor. Requería vida. Requería un fuego interno, sudor, dolor y una voluntad inquebrantable de superación. —Sus manos subieron un poco más, acariciando los costados de sus muslos—. Mírate, Bakhar. No eres solo una mujer hermosa. Eres una epifanía viviente. Cada relieve de tu cuerpo es un testamento de tu esfuerzo divino. Eres una obra maestra esculpida en la fragua de tu propia alma, más majestuosa que cualquier diosa de la antigüedad. Cuando te miro, no veo solo músculo; veo tu espíritu indomable, y me siento el hombre más afortunado del universo por poder tocar a una verdadera deidad.
Bakhar dejó de respirar por un segundo. El mundo entero desapareció. Las palabras de Siegfried eran como un hechizo que derribaba todos sus escudos. Esa mujer que intimidaba multitudes se sentía derretirse por dentro. Él la hacía sentir tan venerada, tan ridículamente deseada y femenina bajo toda esa capa de rudeza, que metafóricamente hablando, sus bragas cayeron al suelo en ese mismo instante. Nadie más veía el arte en su dolor; nadie más la entendía como él.
Una lágrima solitaria, brillante y traicionera, resbaló por su mejilla. Una sonrisa inmensamente dulce, tonta y enamorada curvó sus labios.
—Maldito poeta... —murmuró ella, con la voz temblorosa de pura emoción—. Eres el único en el planeta que puede convertirme en un charco de emociones con dos frases.
—Solo soy un humilde traductor de lo que me dicta el corazón —respondió él, poniéndose de pie para sentarse por fin a su lado en el sofá.
Bakhar no perdió un segundo. Se lanzó sobre él, cruzando una de sus pesadas piernas sobre el regazo de Siegfried, apretando su pecho contra el de él. Sus manos, ásperas por las pesas, acunaron el rostro del peliplata con la mayor de las delicadezas.
Sus labios chocaron.
Fue un beso celestial, soñador. No había prisa, solo una necesidad absoluta de saborear al otro. Los labios de Siegfried eran increíblemente suaves y se movieron contra los de ella con una ternura infinita. Bakhar suspiró en su boca, entreabriendo los labios para invitarlo a entrar. Sus lenguas se encontraron en una danza lenta, perezosa y deliciosa. Sabía a té, a menta y a puro amor.
Siegfried rodeó su cintura con un brazo, pegándola más a su cuerpo, mientras con la otra mano acariciaba la espalda de Bakhar por debajo de la camiseta, trazando la musculatura de su columna vertebral. Ella se dejó llevar, flotando en la sensación de estar completamente segura.
Cuando se separaron, un pequeño hilo de plata los conectó por un segundo antes de romperse. Ambos respiraban agitados, pero con sonrisas radiantes.
Bakhar se acomodó, estirando sus inmensas piernas a lo largo del sofá y colocándolas directamente sobre el regazo de Siegfried. Adoptó una postura ligeramente altiva, juguetona, con ese brillo mandón en sus ojos que a él lo volvía loco.
—Tus palabras fueron dignas de un premio, mi amor —dijo ella, alzando una ceja perfecta—. Pero mis piernas han cargado con el peso del mundo hoy. Necesitan que les rindas los honores que se merecen. Bésalas. Sabes que me encanta.
Siegfried soltó una carcajada profunda que vibró en el aire. Para él, adorarla no era una tarea, era un privilegio.
—Con devoción, mi diosa.
Se inclinó sobre el muslo derecho de Bakhar. Cerró los ojos y presionó sus labios contra la piel cálida y tensa de su vasto externo. Fue un beso largo, húmedo y reverencial. Bakhar echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos y emitiendo un pequeño gemido de puro placer.
—Imponentes... —susurró él contra su piel, dejando otro beso unos centímetros más arriba.
Siegfried continuó su camino, repartiendo besos tiernos y cálidos por sus cuádriceps, deteniéndose a adorar las rodillas, la parte interna de los muslos, trazando con sus labios el relieve de cada músculo que ella había trabajado hasta el agotamiento.
Mientras sus labios hacían su trabajo sagrado, sus manos no se quedaron quietas. Se deslizaron por la parte posterior de los muslos de Bakhar hasta alcanzar la firmeza abrumadora de sus nalgas. Los ajustados shorts morados apenas contenían la presión de sus manos. Siegfried comenzó a masajearla, amasando la densa musculatura de sus nalgas. Era un toqueteo experto, firme para aliviar la tensión, pero innegablemente posesivo y sensual.
—Oh, Dios... justo ahí —gimió Bakhar, arqueando la espalda, empujando sus caderas sutilmente contra las manos de él—. Sieggy... tienes magia en las manos.
—Tú eres la magia, cariño. Yo solo intento no quemarme al tocarte —le respondió él, apretando sus glúteos con fuerza, sacándole otro suspiro.
En medio de esta neblina de adoración, Siegfried decidió añadir su toque personal. En un movimiento rápido, se deslizó por el sofá hasta que su rostro quedó peligrosamente cerca de la entrepierna de Bakhar. Antes de que ella pudiera abrir los ojos para ver qué hacía, él hundió la nariz exageradamente en la tela de algodón morado que cubría su centro.
Tomó una gran bocanada de aire, haciendo un sonido profundo y dramático de inhalación, como un catador de vinos evaluando la cosecha más exótica.
Bakhar abrió los ojos de golpe, su rostro enrojeciendo de inmediato.
—¡Siegfried! —chilló, intentando cerrar las piernas en un acto reflejo, pero él sostenía sus caderas con firmeza.
Él no se detuvo. Justo en el centro de la tela, depositó un beso sonoro, rápido y ridículamente exagerado. ¡Muac!
Rápidamente se enderezó, adoptando la postura de un erudito pensativo, frotándose la barbilla con seriedad.
—Fascinante... —dijo Siegfried con tono solemne—. Notas de salida de pura testosterona ajena derrotada y tiza de levantamiento. Un corazón profundo y robusto de sudor de amazona en su máximo esplendor, y... sí, un inconfundible fondo de proteína sabor vainilla con un toque de feromonas letales. Una cosecha excelente, sin duda.
Bakhar estalló en una carcajada limpia y cristalina, olvidando toda su vergüenza. La imagen del apuesto y sereno Siegfried actuando como un sommelier de entrepiernas sudadas era demasiado cómica. Se reía tanto que se agarró el estómago.
—¡Eres un completo idiota! —le dijo entre risas, dándole un suave empujón en el hombro con el pie—. ¡Llevo dos horas sudando como un cerdo en el gimnasio, soy un peligro biológico y tú haces eso! Eres un asqueroso adorable.
Siegfried rió con ella, sus ojos brillando con pura picardía. Le atrapó el pie y le dio un beso en el empeine.
—Para mí eres un manjar en cualquier estado, mi amor. El sudor de tu esfuerzo es mi ambrosía —dijo, pero esta vez su tono de voz comenzó a cambiar. La risa se apagó lentamente, reemplazada por un brillo oscuro, hambriento y profundo en sus ojos celestes.
El ambiente en la sala mutó en un instante. La comedia se disolvió en el aire pesado de la lujuria y la intimidad más cruda.
—Aunque... —murmuró Siegfried, su voz ahora un ronroneo grave que hizo vibrar el pecho de Bakhar—. Como todo buen catador sabe, la prueba del olfato es solo el principio. Un verdadero experto necesita... saborear la esencia.
Bakhar sintió que el aliento se le quedaba atrapado en la garganta. La intensidad en la mirada de Siegfried la inmovilizó. El cansancio había desaparecido por completo, reemplazado por un calor intenso que comenzaba a acumularse precisamente donde él acababa de bromear.
—Sieggy... —susurró ella, y ya no había risas en su voz, solo una anticipación febril.
Él no respondió con palabras. Sus manos abandonaron sus tobillos y viajaron con determinación por la extensión de sus piernas. Se arrodilló frente al sofá, quedando a la altura de sus caderas. Sus dedos se engancharon en la pretina elástica de los shorts morados.
Con un movimiento lento, agónico y cargado de intención, Siegfried tiró de los shorts hacia abajo, llevándose consigo la fina ropa interior de encaje negro que Bakhar llevaba debajo. Ella levantó ligeramente las caderas para facilitar el movimiento, su respiración volviéndose errática. Él deslizó las prendas por sus imponentes piernas hasta arrojarlas al suelo, dejándola completamente expuesta de cintura para abajo ante él.
Bakhar separó las piernas por instinto, ofreciéndose. Sus muslos temblaban ligeramente, no por el ejercicio, sino por la expectativa.
Siegfried la miró como si estuviera contemplando el mismísimo Santo Grial. Sus manos se posaron en la cara interna de sus muslos, sus pulgares acariciando la piel suave y sensible que contrastaba con la dureza muscular del exterior.
—Eres perfecta... —susurró él contra su piel, inclinándose.
El primer contacto no fue su lengua, sino su aliento. El aire cálido chocó contra la humedad de su intimidad, haciendo que Bakhar soltara un jadeo agudo, sus manos volando hacia el cabello plateado de él, enredando sus dedos en las hebras suaves.
Entonces, Siegfried trazó una línea húmeda y caliente desde la base hasta la cima con su lengua.
Bakhar arqueó la espalda con violencia, su cabeza hundiéndose en los cojines del sofá. Un gemido profundo, casi animal, escapó de sus labios.
—¡Ah...! Dios, Sieggy...
Siegfried era devoto, paciente e implacable. Sus manos sostenían los muslos de Bakhar, manteniéndola abierta y anclada a él. Comenzó a adorarla con la misma dedicación que había descrito antes en sus palabras. Su lengua se movía con una mezcla de suavidad poética y firmeza rítmica. Saboreaba cada pliegue, bebía de su esencia, trazando círculos lentos y precisos en el centro mismo de sus nervios que la hacían enloquecer.
La titánide del gimnasio se redujo a una mujer temblorosa, vulnerable y completamente rendida al placer. Sus piernas, capaces de mover cientos de kilos, ahora flotaban a merced de la boca de su novio.
—Por favor... —rogaba Bakhar entre respiraciones entrecortadas, tirando del cabello de Siegfried, queriendo que se detuviera y que nunca parara al mismo tiempo—. Más... no pares...
Siegfried escuchó la súplica y aceleró el ritmo. Sus labios succionaban suavemente mientras su lengua aplicaba una presión constante y experta. La habitación se llenó con el sonido de los jadeos húmedos, los gemidos sin pudor de Bakhar y el chasquido íntimo de sus cuerpos.
Ella sentía que se iba a romper en mil pedazos. La tensión en su abdomen se apretó, una espiral de fuego ascendiendo desde su centro hasta su pecho. Apretó los muslos contra las orejas de Siegfried en un reflejo involuntario, sus uñas clavándose en su cuero cabelludo.
—¡Sieggy, ya, estoy... ah! —gritó Bakhar, perdiendo todo el control.
El clímax la golpeó como una locomotora. Su cuerpo entero se tensó de una manera que ningún peso muerto podría emular. Tembló violentamente, oleada tras oleada de placer recorriendo sus nervios, mientras Siegfried continuaba succionando y saboreándola, bebiéndose cada espasmo de su clímax, asegurándose de que exprimiera hasta la última gota de placer.
Poco a poco, los temblores fueron cediendo, dejando a Bakhar jadeando, bañada en sudor, con los ojos cerrados y el cuerpo completamente derretido contra el cuero del sofá.
Siegfried se separó lentamente, dejando un último y casto beso en su muslo interno. Se limpió la barbilla con el dorso de la mano y levantó la mirada hacia ella. Tenía los labios brillantes, las mejillas sonrojadas y una sonrisa de pura satisfacción y arrogancia masculina al ver el estado en el que había dejado a la mujer más fuerte del mundo.
Se levantó, gateó por el sofá y se recostó a su lado, atrayendo el cuerpo lánguido y desnudo de cintura para abajo de Bakhar hacia su pecho. Ella se acurrucó de inmediato, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello, respirando la colonia de él mezclada con el aroma inconfundible del sexo.
Siegfried la abrazó con fuerza, acariciando su cabello empapado de sudor con una ternura infinita.
—Te amo, mi diosa guerrera —murmuró él, besando su frente—. Hasta el fin de los tiempos.
Bakhar suspiró, sintiéndose en la paz más absoluta, sabiendo que sin importar cuán pesada fuera la carga del mundo o de la barra en el gimnasio, siempre tendría este caballero a su lado.