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Sinopsis

Mad Anderson es la estrella de los Wolves de Northwood. Alto, musculoso, arrogante y demasiado consciente de que prácticamente toda la universidad sabe quién es. También es exactamente el tipo de persona que Oliver Lee preferiría mantener lo más lejos posible. Oliver tiene otras cosas de las que preocuparse. Campus Abierto, el proyecto que lleva meses intentando sacar adelante, necesita patrocinadores, voluntarios y el respaldo de la universidad. Lo último que necesita es a un jugador de hockey que llega tarde, se cree intocable y parece incapaz de tomarse algo en serio. Pero cuando Mad es apartado del equipo por no saber trabajar con los demás, termina obligado a colaborar con Oliver. Y resulta que el problema no es que Mad no sepa trabajar en equipo. El problema es que parece demasiado interesado en trabajar con él. Entre jornadas interminables, bromas que cruzan demasiadas líneas, una tensión que ninguno de los dos quiere admitir y un proyecto que podría cambiar el futuro de muchos estudiantes, Oliver empieza a descubrir que quizá el chico que menos soporta sea también el único que realmente está aprendiendo a quedarse. Y Mad... Bueno. Mad sigue diciendo que solo es heterosexual. Oliver es simplemente su excepción.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
bosecromatico
Estado:
hace 7 horas
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

01: OLIVER

Oficialmente me declaro enemigo jurado de Ottawa y del vicepresidente de su universidad.

Porque, entre tantas temporadas en el año, tenían que organizar su conmemoración del legado del hockey la misma semana que estaré tratando de convencer a todo el campus (y alrededores) de unirse a mi causa.

—Pero nos encantará unirnos a su proyecto el año que viene —dice por el altavoz del celular una voz serena y casi fría.

Tal vez el próximo año ni siquiera exista el proyecto.

Tal vez ni siquiera logremos hacerlo realidad este año.

Víctor, sentado justo frente a mí, me mira con esa expresión decaída. Sabe lo que va a pasar si yo sigo con la llamada.

—Le agradecemos que haya tenido un tiempo para nosotros, y claro que nos encantará colaborar en próximos proyectos —las palabras de Víctor suenan amables y hasta algo sinceras.

Termina la llamada y yo solo quiero ir hasta Ottawa a golpear a todos con un palo de hockey.

—Estaremos bien, Oliver.

Sé que está tratando de regularme. Quiere que no pase como ayer en la tarde cuando Sticky’s Grill se bajó del barco y nos dejó sin patrocinio de comida.

No quiere verme estallar.

No tengo tiempo para eso. Tengo que conseguir un patrocinador abismalmente adinerado que quiera venir hasta el campus universitario de un pueblito en medio de la nada.

Algunas personas en otras mesas están tan relajadas haciendo anotaciones, leyendo novelas románticas. Y yo estoy aquí revolviendo en mi cabeza posibles patrocinadores.

—Está bien, está bien —es el mantra que últimamente he estado adoptando sin proponérmelo—. Iré primero con el subdirector del campus; escuché que trabajó un tiempo en el ayuntamiento del condado y trataré de ver si están interesados. Vamos a sacar Campus Abierto adelante.

—Pero no reciben a nadie sin cita.

—Lo sé, pero iré hasta allá.

Creo que me están empezando a sudar las manos.

—Me voy a plantar en esa recepción y no me voy a ir hasta que me den una respuesta.

No puedo simplemente dejar de lado esto. Permitir que todo el esfuerzo se vaya por la coladera solo porque un montón de hombres en patines persiguiendo una ficha decidieron hacer su fiesta la misma semana que tratamos de conseguir expandir todo el campus universitario.

Sé muy bien cómo me está mirando Víctor en estos momentos, y no lo culpo: está tratando de ser comprensivo sin decirme que me estoy comportando como un completo idiota; tiene esas cejas caídas y está conteniéndose para hablar. Y lo entiendo. Tiene razón, yo también estoy decepcionado.

Víctor es sin duda una de las personas que más agradezco tener a mi lado. No solo es el futuro ingeniero químico más listo que dará Northwood en toda su vida, sino que también es el chico más lógico y aterrizado que he conocido.

Desde que lo conozco, no lo he visto ni una sola vez haciendo una mala cara o cerrándose en el mundo solo porque le han movido las fichas del tablero. Es algo que admiro mucho de él y que lamentablemente jamás podré entender del todo.

—Date tiempo de pensar con calma, te lo pido —su voz suena serena pero un poco cansada.

Los hombros se me están empezando a tensar, y noto que mi pie izquierdo no deja de tiritar, haciendo que las pequeñas cadenas plateadas en mi falda empiecen a hacer un ruido como de tic-tac contra la banca.

—Iré ahora mismo. ¿Crees poderte encargar de distraer al profesor Solís? Serán solo un par de horas, en lo que logro que me conecten con alguien de finanzas y proyectos de apoyo. Después pasaré a la biblioteca pública; podemos hacer que se unan a la causa. Si ellos aceptan, seguro se va a sumar el anfite…

De pronto siento la mano de mi amigo justo en mi hombro.

—En serio, tienes que calmarte —se ha puesto firme conmigo, y eso me desequilibra un poco, pero sigue—. No estás pensando con claridad ahora. ¿En serio pretendes tú solo ir a conseguir apoyo de tres diferentes lugares para el evento, mientras quieres regresar a tiempo para seguir con la decoración de los stands? Oliver. Te vas a volver loco si sigues así.

Odio que tenga un poco de razón. Seguramente parecemos una pareja discutiendo en medio de un restaurante.

Las demás personas en el área de mesas al aire libre están jugando a las cartas, haciendo anotaciones de proyectos. Y luego estamos nosotros, los de Campo Abierto.

—Necesitamos varios patrocinadores que se sumen de forma comprometida anualmente —sin querer, parece que estoy citando el discurso que ya he presentado a más de diez lugares distintos—. Este proyecto ha estado estancado por años. No podemos seguir con aportaciones aisladas.

Sé que tiene algo de razón. Pero apenas es mediodía y todo parece que se nos ha caído ficha por ficha.

—Lo sé, pero puedo arreglarlo. Solo necesito…

—No puedes solucionarlo todo tú solo.

—Sí puedo.

Veo al lado de mi móvil las hojas con los formularios, las tablas de porcentaje que parecen diminutas. Esas hojas me dicen que si me rindo ahora, será el fin del proyecto y que no habré hecho nada al respecto para salvarlo, para ayudar.

La pantalla se ilumina y el nombre de Neil aparece.

Me levanto de la banca en medio del campus, y mientras guardo mis cosas en la mochila, lo miro directo a los ojos y le digo.

—Mírame.

Después de atravesar medio campus, lo veo ahí, frente al departamento de sociales, con las manos repletas de cosas y la mochila a medio cerrar.

Acelero el paso y antes de que pueda saludarme, tomo la pila de libros que sostiene.

—Tienes que empezar a sacar las cosas que no necesites de la mochila —como puedo, empiezo a acomodar sus libros por altura y espero a que Neil abra la mochila.

—Ya desayuné y estoy muy bien. Gracias por preguntar, amigo —hace su intento de puchero que jamás me ha dado ternura y me pone enfrente su mochila amarilla abierta.

Coloco los libros de pie hasta atrás para que él pueda guardar su libreta y termo.

—Lo siento —digo mientras le cierro la mochila y se la acomodo en el hombro—. Lindo suéter, por cierto.

Al instante, una sonrisa se le dibuja de extremo a extremo.

Lo principal que alguien debe saber de Neil cuando lo conoce es que no importa cuánto esté molesto contigo o decaído, mientras le digas algo bonito sobre él o su ropa, todo lo va a olvidar.

—¿Verdad que sí? Valió la pena esa búsqueda de tres horas en internet —empezó a dar paso hacia los extensos pasillos del edificio—. ¿Comó estas? ¿Cómo van las cosas con lo de Campus?

—Perfecto.

No quería agobiar a mi amigo con estos temas. No tenía caso; yo lo iba a resolver.

Pero por su cara, algo me decía que no me creía ni un poco.

—Si quieres, podemos seguir jugando a esto, Oli.

Mientras nos dirigimos a la biblioteca, trato de que me cuente más sobre su día y sobre su nueva pelea contra una profesora que le asignaron recién.

Todas las paredes, incluso algunas ventanas, están decoradas con cientos de afiches y pósters de los Wolves. Parece una burla del destino, mostrándome en mi propio campus que el hockey siempre será prioridad sobre mi proyecto y tal vez sobre el futuro de los otros; los que no nacimos para anotar puntos en una portería.

—Yo no lo empecé, te lo juro. El profesor Grell hubiera entendido.

—Tal vez, pero está de licencia y ahora debes moldearte a la forma en la que ella te está enseñando.

Justo antes de entrar, veo una figura enorme de cartón de un jugador sosteniendo un libro en la mano y un cartel en la otra que dice “Ejercita tu mente” seguido del logo de la universidad.

Me parece una total hipocresía que hagan ese tipo de publicidad, cuando hace una semana y media me negaron dejar en la entrada trípticos para explicar e invitar a las personas a Campus Abierto.

—Si te salieran rayos láser en los ojos, ya estaría incendiándose el chico de cartón.

Volteo a ver a Neil, que parece estar divirtiéndose con mi cara.

Y yo solo estoy tratando de contener la desesperación y un poco el coraje.

—Es que me parece sorprendente cómo le dan tanta atención, cuando hay más cosas en la universidad que necesitan foco.

De pronto siento calidez en mi espalda.

Neil está abrazándome, pero siento como si una manta cálida y con olor a café me estuviera cubriendo.

—Tu trabajo es muy importante, Oli. Y sé que se los vas a poder demostrar a todos cuando sea el evento.

—Si es que logramos que se haga.

El abrazo se termina y sus ojos cálidos no me dejan en paz.

—¿No decías que todo estaba perfecto?

Su tono sarcástico salió a flote de nuevo.

—BioSteel decidió no patrocinar el evento, ni siquiera con producto para las carreras de relevo ni para la caminata solidaria. Por lo visto, ya están comprometidos con un evento de hockey en Ottawa.

Me toca el hombro con suavidad y entramos a la biblioteca. Yo aprovecho para buscar entre los viejos ensayos para ver si algún alumno querría comprometerse a asistir y dar alguna charla.

Todo mientras ayudo a Neil con su tarea.

—Caballeros —dice un señor con una gorra, mientras toma un par de libros detrás de nosotros en los estantes.

Lo saludamos y él se queda ahí detrás buscando más títulos en el área de economía.

Hay tanto desorden en la mesa que me pongo a acomodar los libros que Neil ya dejó de lado.

—Sé lo importante que es para ti Campus, pero debes tratar de despejar la mente un poco. Así las ideas van a llegar.

—Es que todo se me está cayendo encima y solo tengo diez semanas para que todo quede listo. Además, dos chicos que me iban a ayudar con la decoración y a armar los stands están en cuarentena.

Podría jurar que los ojos de Neil se podrían salir en cualquier momento mientras se cubre la boca con la manga del suéter.

—No te preocupes. Ellos están encerrados en su dormitorio por órdenes de la dirección. Ahora mi problema es cómo le voy a decir al señor Solís. Sería más fácil si al menos hubiéramos cerrado la colaboración con BioSteel.

—¿BioSteel? ¿De los suplementos y los electrolitos BioSteel? —La voz del hombre detrás de nosotros interrumpe.

Neil y yo volteamos hacia él de forma sincronizada.

Le contesto que sí y el hombre se ve bastante interesado en la conversación a la cual nunca lo invitamos a ser parte.

—¿Y exactamente qué necesitan para ese proyecto? —El hombre se acerca más a nosotros.

No puedo evitar dar un suspiro profundo cuando logro distinguir el estampado en su gorra. Los putos Wolves de Northwood.

Pero supongo que por el momento no estoy en posición de ponerme difícil cuando busco levantar esta torre en pedazos.

—Difusión para el evento, varias personas para carga y montaje, acceso a contactos y patrocinadores…

Mi lista interminable es detenida por un golpe ligero en el hombro. Neil me aterriza antes de que las burbujas de pendientes me vuelvan a cegar.

—Soy la mano derecha de Morales —comenta el hombre mientras se acomoda la gorra.

Al percatarse de nuestra cara de total desentendimiento, sigue: —El entrenador de los Wolves.

Trato de mantener mi expresión lo más neutra posible. Pero Neil parece no contener la emoción.

—No creo poderles conseguir BioSteel. Pero sí mano de obra y tal vez ayudarles con la difusión.

Me gustaría poder confiar en lo que dice, pero por experiencia dudo que pase algo más allá de las simples palabras. Así que le sigo el juego.

—Estaría genial.

Neil no me quita la mirada de encima; es evidente que capta mi sarcasmo.

—Perfecto —el hombre saca del bolsillo de su camiseta una tarjeta y me la extiende.

Neil la toma directamente, antes de que yo la agarre para después botarla a la basura.

—Vayan esta tarde a las seis a la pista de hielo después de la práctica, para hablar en la oficina del entrenador Morales.

Quiero decirle que no tengo tiempo para eso, que necesito gente realmente comprometida, no solo modelos esperando tomarse una foto en un evento para sentirse como que ayudaron.

—Ahí estará nuestro querido encargado —Neil me toma de los hombros y con una sonrisa insoportable me mira directo a los ojos—. ¿Verdad, Oli?.

Luego de hablar con el señor Solís y de haber sido rotundamente ignorado por la dirección del campus, llego al auditorio, que parece ser una especie de miniestadio.

La temperatura se siente más baja. Un golpe de escalofríos cruza por mis piernas descubiertas y me golpea hasta el rostro. Pero no tanto como el sonido estridente de las navajas chocando contra el hielo.

Las bancas están perfectamente pintadas de blanco y azul. Todo esta tan limpio, excepción de la banca de jugadores donde esta repleta de mochilas deportivas tiradas, y botellas de agua aplastadas, algunas sin cerrar y otras a medio tomar. ¿Es tan difícil poner un bote de basura? Solo pregunto.

Ahí están, un montón de chicos hipermasculinos en jersey azul, todos intercambiables, yendo de un lado al otro por la pista. Excepto uno. Ese que está como loco, chocando contra otros, esquivando palos, y que, al parpadear, noto que ya está hasta el otro extremo de la cancha, mientras el resto parece quererle dar caza al tipo enorme.

Algunos se terminan estrellando contra otros al no poder detener al tipo con el número 22. Deben estar muy agradecidos de llevar cascos. No sé con seguridad qué les causaría menos daño, si chocar entre ellos, contra las paredes de la pista o contra esa espalda gigante y ancha. Es como un muro de piedra andante con camisa deportiva.

En un extremo, en las bancas, veo a quien seguro que es el entrenador y al tipo de la biblioteca. Me saludan a lo lejos. Esto sin duda fue un grave error, pero ya no puedo echarme atrás.

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