Tenés que ser de Racing
La primera vez que escuchaste esa frase fue cuando era chica.
“Tenés que ser de Racing para entenderlo.”
Lo dijeron unos clientes en la pizzería mientras discutían un partido como si estuvieran solucionando los problemas del país.
Vos te habías reído desde la caja mientras armabas pedidos.
Porque no. Ni loca.
Vos eras de Club Atlético River Plate. Y bastante orgullosa de serlo.
Pero aun así, desde hacía un tiempo, empezaste a mirar partidos de Racing Club.
Primero de casualidad.
Después… por él.
Facundo Cambeses tenía algo raro.
No era el típico jugador que buscaba llamar la atención. No gritaba demasiado. No sonreía para las cámaras. Ni parecía disfrutar realmente de la exposición.
Y quizás justamente por eso te llamaba tanto la atención.
Había algo triste en su manera de mirar la cancha. Algo serio. Algo que parecía cargar incluso cuando el partido iba bien.
Tus compañeros empezaron a darse cuenta rápido.
—Ahí está tu novio —te molestaban cada vez que aparecía en la tele.
—Callate —respondías riéndote mientras seguías trabajando.
Pero era verdad que lo mirabas distinto.
No como fanática.
Más bien como cuando alguien te genera curiosidad sin razón.
Y eso empezó a repetirse.
Partidos puestos de fondo en la televisión vieja de la pizzería. Clientes gritando goles. Pedidos acumulándose. El horno prendido. El olor constante a mozzarella y harina caliente.
Y vos mirando de reojo cada vez que enfocaban el arco.
Habías empezado a nombrarlo como si lo conocieras.
“Cambeses hizo un atajadón.” “Qué bronca me da cuando lo putean.” “Mirá cómo juega.”
Tus compañeros se reían porque pronunciabas su apellido igual que cuando hablabas de Barovero o Beltrán.
Y vos siempre negándolo.
Hasta esa noche.
La pizzería estaba explotada de gente.
Llovía afuera.
Los pedidos salían tarde. Todos estaban de mal humor. Y el partido sonaba fuerte desde el televisor colgado arriba de la heladera de bebidas.
Entonces pasó.
La roja.
Todo ocurrió rápido.
Un silencio corto. Después insultos. Después los gritos.
—¡Nooo, qué hizo este tipo!
—¡Nos cagó el partido!
—¡Siempre lo mismo!
La repetición volvió a aparecer una y otra vez en la televisión.
Y aunque entendías la bronca… sentiste algo feo en el pecho cuando empezaron los silbidos.
Porque incluso desde una pantalla podía notarse la expresión de Facundo Cambeses.
No parecía enojo.
Parecía culpa.
Esa fue la primera vez que te quedaste pensando en alguien que ni siquiera conocías.
Después llegaron las redes.
Villano. Muerto. Andate. Nos cagaste.
Leíste comentarios mientras limpiabas mesas al final del turno y todos te parecieron demasiado crueles.
Porque sí. Había sido un error.
Pero no había sido intencional.
Y el fútbol tenía esa cosa horrible de convertir personas en culpables durante noventa minutos.
Esa madrugada volviste sola a Longchamps.
Te habías mudado hacía poco y todavía sentías que no pertenecías del todo ahí.
Bajaste del tren con los auriculares puestos y las manos escondidas en el abrigo mientras el frío húmedo de la madrugada se pegaba a las calles vacías.
Y aunque intentaste pensar en otra cosa…
la imagen de sus ojos después de la expulsión siguió dándote vueltas toda la noche.