La sexta prometida

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Sinopsis

Cuando Lyanna Valmont es seleccionada en el sexto sorteo imperial, su familia sabe exactamente lo que significa: una sentencia de muerte. Todas las prometidas del príncipe heredero mueren antes del sexto día. Pero cuando Lyanna aparece muerta dentro del palacio imperial y el imperio insiste en llamarlo suicidio, Arianne jamás logra aceptar esa versión. Meses después, tras perder también a su familia y su propia vida en un incendio, Arianne despierta nuevamente el día del sorteo. Esta vez, Lyanna sigue viva. Y Arianne está dispuesta a ocupar su lugar. Decidida a descubrir quién está asesinando a las prometidas del príncipe maldito, Arianne entra voluntariamente a un palacio lleno de secretos, magia oscura y conspiraciones imperiales. Lo que nunca espera encontrar allí es a Kael, el príncipe heredero condenado por una poderosa maldición que lentamente consume su cuerpo… y a un hombre mucho más roto y solitario de lo que las historias cuentan. Mientras una amenaza invisible comienza a cerrar sus manos alrededor del imperio, Arianne descubrirá que su segunda oportunidad no solo podría cambiar el destino de su hermana. También podría convertirla en la única persona capaz de salvar al príncipe.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Florence Elian
Estado:
En proceso
Capítulos:
51
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

El sorteo

La estación de deshielo se encontraba en su pico máximo en la Capital Varephos, pero incluso los enormes ventanales abiertos apenas lograban aliviar el aire sofocante de la sala de audiencias de la corte imperial, la cual estaba repleta.

Todos los nobles del Imperio de Ashterwyn habían sido convocados junto a sus hijas solteras. Las jóvenes permanecían agrupadas en el extremo derecho de la enorme sala, mientras sus padres ocupaban el lado opuesto. En el centro, una mesa redonda de madera oscura finamente tallada descansaba bajo unos enormes candelabros de cristal.

Junto a ella se encontraban el vocero real y varios ministros imperiales.

El ambiente era asfixiante no solo por el calor, sino por la tensión.

Nadie levantaba demasiado la voz, pero los murmullos nerviosos recorrían la sala como un veneno silencioso.

—No puedo creer que hayamos llegado al sexto sorteo… ¿Hasta cuándo vamos a permitir que más señoritas mueran?, no puedo creer que ni el primo de Su Majestad, el Conde Ravenshade haya podido persuadirlo de parar con este sorteo absurdo y macabro —murmuró una condesa, incapaz de ocultar su angustia.

—Ya son cinco las jóvenes nobles que murieron al sexto día de llegar al palacio del príncipe maldito —respondió otra noble con evidente incomodidad—. La última fue la hija menor del duque Ebonhart. Me enteré de que se ahorcó con las sábanas de su habitación… una verdadera desgracia.

Los murmullos crecieron.

Cada palabra llegaba claramente a oídos de Arianne Valmont, hija mayor del marqués Valmont.

La joven apretó los puños sobre su regazo mientras movía una pierna con nerviosismo.

—Maldita sea… ¿Cuándo va a terminar esta locura? —murmuró entre dientes.

—Shh, hermana —susurró Lyanna desde su lado—. ¿Qué harás si alguno de los ministros te escucha?

Arianne giró hacia ella con frustración.

—Lynn… ¿Acaso no tienes miedo de que salga tu nombre? ¿O el mío? Esta situación me tiene al borde de un colapso.

Lyanna le dedicó una pequeña sonrisa cansada.

—Claro que tengo miedo, Ari —respondió con dulzura—. Pero me asusta más que castiguen a toda nuestra familia por rebelarse contra el Imperio.

Arianne desvió la mirada con fastidio y soltó un suspiro pesado.

En ese instante, el vocero real golpeó la mesa con firmeza.

—¡Silencio en la sala bajo la Luz de Lux!

La multitud enmudeció de inmediato.

—Daremos comienzo al sexto sorteo para elegir a la Prometida Imperial de Su Alteza, el príncipe heredero Kael Edevane. Pero antes… permítanme recordarles el decreto imperial que nos reúne hoy aquí.

El hombre desenrolló un pergamino sellado con el emblema de la familia imperial.

Su voz sonó monótona y fría.

—Debido a que Su Alteza el príncipe se encuentra afectado por una maldición desconocida y mortal, aunque no contagiosa, y siendo el único heredero legítimo al trono de Ashterwyn, Su Majestad el emperador decretó que las familias nobles que deseen formar parte de la familia imperial podrán presentar voluntariamente a sus hijas para convertirse en la Prometida Imperial.

El vocero levantó lentamente la mirada.

—En ausencia de candidatas voluntarias… se procederá mediante sorteo.

Un noble se puso de pie abruptamente.

—¡Pero este ya es el sexto sorteo! —exclamó con indignación—. ¡Cinco jóvenes nobles han muerto! Cada vez que una dama es enviada al palacio del príncipe, aparece muerta al sexto día. ¡No permitiré que mi hija sufra ese destino horrible!

Los murmullos estallaron nuevamente.

Otra mujer noble se levantó de inmediato.

—¡Ya son cinco familias destruidas por culpa de esta locura! ¡Todo para conseguir un heredero de alguien maldito! ¡Ni siquiera nos han informado quién está detrás de las muertes de esas jóvenes!

—¡SILENCIO!

El grito del vocero resonó con fuerza en toda la sala.

El aire pareció congelarse en uno de los días más cálidos.

—Conde Caelmont. Marquesa Rosenhall. Será mejor que esta sea la última vez que cuestionan públicamente un decreto imperial —advirtió con dureza—. A menos que deseen que sus familias sean juzgadas por desacato al Imperio.

Nadie volvió a hablar.

El hombre acomodó lentamente sus anteojos antes de continuar.

—Las investigaciones correspondientes ya fueron realizadas. Y por respeto a las familias afectadas, los detalles de las autopsias no fueron revelados públicamente.

Su mirada recorrió la sala.

—Sin embargo… si tanto les preocupa, les informaré lo siguiente: no se encontraron rastros de terceros involucrados en ninguna de las muertes.

El silencio se volvió todavía más pesado.

—Por lo tanto, se concluyó que las cinco jóvenes decidieron terminar con sus propias vidas.

Algunas damas bajaron la mirada.

Otras apretaron con fuerza los abanicos entre sus manos temblorosas.

Y Arianne sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

El vocero hizo una leve señal con la mano.

Uno de los ministros avanzó hacia la enorme urna dorada ubicada en el centro de la mesa. Incluso desde la distancia, Arianne podía ver los cientos de pequeños pergaminos blancos acumulados en su interior.

Cada uno llevaba el nombre de una joven noble del Imperio.

Sintió el estómago revolverse.

Era absurdo.

Decían que aquello era un honor. Que convertirse en la Prometida Imperial significaba gloria para toda una familia.

Pero nadie en esa sala quería escuchar su nombre.

Ni siquiera los ministros podían ocultar la incomodidad en sus rostros.

El anciano introdujo lentamente la mano dentro de la urna.

El sonido del papel mezclándose resonó en medio del silencio absoluto.

Arianne sintió cómo Lyanna tomaba suavemente su mano.

Estaba helada.

—Todo estará bien… —susurró su hermana, aunque ni ella misma parecía creerlo.

Arianne apretó los dientes.

No, nada estaba bien.

Cinco jóvenes nobles habían muerto.

Y aun así el Imperio seguía adelante con aquella locura como si se tratara de un simple baile de temporada.

El ministro retiró finalmente uno de los pergaminos.

Durante unos segundos, nadie respiró.

El hombre observó el nombre escrito y su expresión cambió apenas.

Una mínima vacilación.

—La elegida para convertirse en la Prometida Imperial de Su Alteza, el príncipe heredero Kael Edevane…

Arianne sintió el corazón golpeándole con fuerza contra el pecho.

El ministro tardó varios segundos en pronunciar el nombre.

—…es Lady Lyanna Valmont, hija menor del marqués Valmont.

El mundo se detuvo.

Arianne giró bruscamente hacia su hermana.

Lyanna había quedado completamente inmóvil.

Y al otro extremo de la sala, su madre Serenne dejó escapar un sonido ahogado y el marqués Honoris Valmont lentamente cerró los ojos.

Como si acabaran de dictar una sentencia de muerte.

Durante varios segundos, nadie en la sala fue capaz de reaccionar.

El nombre de Lyanna parecía seguir resonando entre las paredes de mármol de la corte imperial, pesado… irreversible.

Arianne fue la primera en moverse.

—No… —susurró Arianne, sintiendo cómo el aire abandonaba sus pulmones.

Giró bruscamente hacia el vocero real.

—No. Debe haber un error.

Varias miradas se volvieron hacia ella de inmediato.

Lyanna sujetó suavemente su muñeca.

—Ari…

—¡Tiene que haber un error! —repitió Arianne, esta vez alzando la voz—. ¡Mi hermana está enferma! ¡Ella no puede…!

—Lady Arianne Valmont —la interrumpió el vocero con frialdad—, el sorteo imperial no puede ser cuestionado.

La joven sintió la garganta cerrarse.

—¡Entonces tomaré su lugar! —dijo con la voz algo ronca, mientras se levantaba rápidamente de su asiento.

Los murmullos estallaron nuevamente.

El vocero frunció apenas el ceño.

—El decreto es claro. Una vez seleccionado el nombre de una dama, no existe posibilidad de reemplazo.

—¡¿Y van a enviarla igual sabiendo que podría morir?! —escupió Arianne, incapaz de contenerse. —¡Arianne! —la reprendió su padre con dureza desde el otro lado de la sala.

La joven giró la cabeza hacia él, completamente desesperada.

Pero el marqués Honoris Valmont tenía el rostro pálido.

Por primera vez en su vida parecía un hombre derrotado.

Serenne, sentada a su lado, cubría su boca con ambas manos mientras las lágrimas caían silenciosamente por sus mejillas.

Lyanna observó a su familia durante unos segundos.

Y entonces sonrió.

Una sonrisa pequeña, frágil.

Como si intentara tranquilizarlos a todos.

—Padre… madre… por favor no lloren así.

Aquello terminó de romper algo dentro de Arianne.

—¿Cómo puedes decir eso? —susurró Arianne, mirándola con incredulidad—. Lynn… las cinco murieron.

Lyanna bajó apenas la mirada.

Claro que lo sabía.

Todos en el Imperio lo sabían.

Cinco jóvenes nobles habían entrado al palacio del príncipe heredero.

Y ninguna había regresado con vida.

El silencio alrededor de los Valmont se volvió incómodo.

Los otros nobles evitaban mirarlos directamente.

Algunos por lástima.

Otros, porque ya los consideraban una familia condenada.

Arianne sintió náuseas.

Hasta esa mañana, los Valmont habían sido considerados una de las familias más queridas y respetadas de la nobleza cercana a la capital.

Ahora parecían una familia en duelo anticipado.

Lyanna volvió a tomar su mano.

Sus dedos estaban helados.

—Ari… estará bien.

Pero esta vez, incluso su voz tembló.

La reunión terminó poco después.

Nadie se acercó a los Valmont al abandonar la sala de audiencias.

De hecho, la mayoría parecía evitarlos deliberadamente.

Las jóvenes nobles se aferraban a los brazos de sus madres mientras los hombres desviaban la mirada al pasar junto a ellos. El miedo flotaba en el aire como una enfermedad invisible.

Arianne caminó junto a Lyanna sin soltarle la mano ni un solo instante.

Cuando finalmente atravesaron las enormes puertas de la corte imperial, una voz los detuvo.

—Marqués Valmont.

Toda la familia se giró al mismo tiempo.

El vocero real descendía lentamente las escaleras acompañado por dos ministros imperiales. Su expresión seguía siendo tan fría e imperturbable como durante el sorteo.

—Su familia deberá acompañarme a la sala privada de recepción para discutir el protocolo correspondiente a Lady Lyanna Valmont.

Arianne sintió el estómago revolverse.

Hablaban de aquello como si Lyanna estuviera preparándose para asistir a una ceremonia importante… y no para entrar a un lugar del que nadie había regresado con vida.

Honoris asintió lentamente.

—Entiendo.

La sala privada era mucho más pequeña que el gran salón imperial, aunque igual de sofocante. Las cortinas oscuras cubrían completamente las ventanas y el aroma del incienso llenaba el ambiente.

El vocero tomó asiento frente a ellos.

—Lady Lyanna será trasladada mañana al amanecer al Palacio del Heredero Imperial.

Serenne apretó inmediatamente la mano de su hija.

—¿Tan pronto…? —susurró con la voz quebrada.

—Es el procedimiento habitual —respondió el hombre sin emoción alguna—. A partir de su llegada, Lady Lyanna permanecerá bajo supervisión directa del personal imperial.

Arianne frunció el ceño.

—¿Qué significa eso exactamente?

—Significa que no podrá llevar sirvientas personales ni escoltas pertenecientes a la Casa Valmont. El palacio proveerá todo lo necesario para su estadía.

La expresión de Arianne se endureció de inmediato.

—¿Ni siquiera una doncella?

—No.

La respuesta fue inmediata.

—Durante los primeros siete días, Lady Lyanna recibirá educación sobre las normas del palacio, el funcionamiento de la corte imperial y… la situación actual de Su Alteza el príncipe heredero.

La habitación quedó en silencio unos segundos.

Lyanna bajó la mirada hacia sus propias manos.

—¿Y… cuándo conoceré al príncipe? —preguntó suavemente.

—A partir del séptimo día de su llegada.

Arianne sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Séptimo día.

—Las otras cinco habían muerto antes de llegar a ese momento, si se suicidaron, ¿fue para no enfrentar ese día? ¿tan monstruosa es la maldición del príncipe? —pensó Arianne.

El vocero continuó hablando con la misma calma insoportable.

—Lady Lyanna podrá enviar y recibir correspondencia escrita diariamente. Sin embargo, las visitas estarán estrictamente prohibidas mientras permanezca dentro del palacio imperial, así como también los comunicadores mágicos.

—¿Prohibidas? —repitió Serenne con incredulidad—. ¿Ni siquiera familiares directos?

—Son órdenes de Su Majestad.

Cada nueva regla sonaba más a encarcelamiento que a un compromiso imperial.

Honoris permanecía en silencio.

Pero Arianne notó cómo las manos de su padre comenzaban a temblar levemente sobre sus rodillas.

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