Capítulo 1: Expectativas Imposibles
La vida con mi mejor amiga era más ligera e incluso divertida. Más que mi amiga, Ross era mi hermana; compartíamos todos los secretos y nos veíamos a diario casi todo el tiempo. Eso sí, éramos polos opuestos, tanto en físico como en personalidad. Ella es súper extrovertida, sin miedo a nada; en cambio yo, Alana, soy introvertida y vivo llena de temores.
Ah, y hay algo más en lo que nos diferenciamos: ella se ilusiona con una facilidad pasmosa. Yo no. A mi corta edad nunca me ha interesado nadie, y es que tengo un concepto muy alto del amor. Bueno, para ser sincera, creo que eso de “felices para siempre” no existe en un lugar como este. No quiero perder mi tiempo con alguien que solo busca pasar el rato; lo siento, pero eso no va conmigo.
—Alana, recuerda que este sábado tenemos fiesta en casa de Erika. Va a estar increíble —me dijo Ross mientras caminábamos por el pasillo del instituto, ignorando el viento helado que ya empezaba a colarse por los ventanales. Chicago no perdona en esta época.
—Ross, sabes que no me gustan las fiestas. No iré...
—No seas aguafiestas, no puedes perder la oportunidad. Mira que Aaron va a ir.
—¿Y? ¿Qué se me ha perdido a mí allá?
—Por si no lo recuerdas, él está interesado en ti —insistió ella, deteniéndose frente a mí—. Solo que tú no le prestas ni un segundo de atención. ¡O sea, por Dios! Es el chico más guapo y popular de toda la escuela. ¿Cómo es posible que no aproveches eso? ¿Sabes cuántas chicas desearían estar en tu lugar?
Hice un gesto de fastidio, acomodándome la mochila.
—Podrá ser muy lindo y todo lo que quieras, pero no me gusta. Ya te lo he dicho miles de veces. Si quieren se los regalo con todo y lazo, pero no pienso salir con él.
—Ok, entiendo que no te gusta, pero entonces... ¿con quién vas a salir algún día? Nadie te gusta, nadie te parece adecuado. Tienes una fila de chicos detrás de ti; ojalá yo tuviera al menos la mitad de tu físico.
—Ross, no exageres —suspiré—. Soy una chica como cualquier otra. Además, tú también eres bellísima y tienes tus admiradores.
—¿Como cualquier otra? No. Para que Aaron se haya fijado en ti, tienes que tener algo especial. Pero bueno, no quiero seguir discutiendo por eso. Y sí, sé que soy bella, pero al menos yo sí les presto atención a mis pretendientes.
—Ross, ¿pero de qué sirve que hayas salido con ellos si al final te decepcionaste de todos?
—Me aburrí, que es muy distinto —repuso ella con una sonrisa encogida—. Pero si no les daba una oportunidad sería peor. Hay que intentar, ¿qué tanto se puede perder?
—Se pierde mucho —sentencié con amargura—. Pierdo el tiempo, mi energía y, lo más importante, mis expectativas del amor.
—Alana, es que tus expectativas son prácticamente imposibles en el siglo en el que vivimos.
—Bueno, en eso sí te doy la razón. Pero no por eso voy a conformarme con cualquier individuo. Prefiero estar sola. Ya ves que no creo en eso del amor verdadero.
—Es porque no te ha llegado...
—A ti tampoco te ha llegado —le recordé.
—Lo sé, pero no pierdo las esperanzas.
—La verdad, yo sí. Es que veo a mis padres en esa casa... cómo se ignoran o se matan silenciosamente con la mirada, y digo: ¿para qué vivir así? No quiero esa frialdad para mí.
—Te entiendo —Ross suavizó el tono y me puso una mano en el hombro—. Pero cariño, ellos eligieron mal. Tú no tienes que repetir la misma historia.
—No son solo mis padres. Mira a mi hermano, Julián: cambia de novia cada semana como quien cambia de camisa.
—Es cierto que hoy en día abundan los hombres que no sirven, pero debe haber alguien. Ya verás que sí.
Me quedé callada un momento, mirando hacia la salida del edificio donde la nieve empezaba a caer suavemente.
—Si eso llega a ser verdad, tendría que existir una señal. He leído libros donde dicen que el tiempo parece detenerse, que incluso se escuchan campanas y que tu corazón se acelera tanto que duele...
—Ay, Alana, eso es muy cursi para mi gusto —se rio Ross—. Pero si a ti te funciona, está bien. Sabes que siempre voy a apoyarte, aunque no esté de acuerdo. Te quiero, terca.
—También te quiero, Ross. Aunque tenga que soportar tus dramas a diario.
Hoy era uno de esos días donde quería estar fuera de casa; la soledad en esa mansión me abruma. Mis padres nunca están, y cuando están, preferiría que no lo hicieran. Julián casi nunca está, y cuando coincide conmigo, parece que no existiera: me ignora por completo. Normalmente me hace compañía Merly, nuestra ama de llaves, pero hoy no pudo asistir. Así que decidí hacer algo que no hacía hace mucho: patinar.
Si hay algo que amo con todo el alma es el patinaje. Aunque hace un par de años abandoné el patinaje artístico, todavía disfruto patinar libremente por las calles. En Chicago, cuando el viento corta pero el sol brilla, es como si pudiese ser yo misma. Sin restricciones, sin el juicio de nadie, sintiéndome completamente libre.
Era una tarde gélida pero preciosa. El sol estaba en su punto ideal y una brisa cortante me golpeaba la cara. Cerré los ojos por unos segundos mientras ganaba velocidad, imaginando que volaba, hasta que el destino decidió intervenir.
Una ráfaga de viento desvió un cesto de basura metálico justo en mi camino. El impacto fue inevitable. Debido a la velocidad, mi cuerpo salió impulsado hacia atrás y, de no haber sido por unas manos que me atajaron justo a tiempo, me habría dado un golpe a gran escala.
Esas manos eran firmes pero suaves. Un perfume varonil, una mezcla de pino y musgo después de la lluvia, inundó mis sentidos. Era un aroma cautivador, algo que se sentía fresco y terrenal. Cuando abrí los ojos y vi el rostro de aquel chico, algo desconocido se activó dentro de mí.
Lo primero que vi fueron sus ojos: marrones como el chocolate oscuro, pero llenos de un brillo inexplicable. Luego estaba su sonrisa... por Dios, parecía irreal, sacada de una revista. Tenía unos hoyuelos en las mejillas que suavizaban su mandíbula marcada. No me creerían si les digo que el tiempo se detuvo, pero así fue. Se detuvo el mundo, escuché esas campanas de las que Ross se burlaba y mi corazón se aceleró como si hubiera corrido un maratón entero. ¿Estaba soñando o por fin la señal había llegado?
—¿Estás bien? —preguntó de pronto con una voz profunda y atrapante.
Salí de mi burbuja y traté de enderezarme, todavía sostenida por él con una delicadeza que me desarmó.
—Yo... yo... —estaba tartamudeando—. Sí... gracias. ¡Ay! —un pinchazo agudo en mi rodilla derecha me obligó a doblarme. Estaba roja y comenzaba a inflamarse; como siempre, había olvidado mis rodilleras.
—Déjame ver —dijo él, inclinándose mientras examinaba mi rodilla.
—Ayy... duele.
—Tranquila, vas a estar bien —me miró con seguridad—. Si quieres, puedo llevarte a un centro médico cercano.
—No, tranquilo, no es para tanto.
—No puedes quedarte así, ven, yo te ayudo...
Justo en ese momento, la voz de mi hermano nos interrumpió. Estábamos frente a la entrada de mi casa.
—¡Ethan! Hermano, por fin llegas —Julián bajó los escalones de la entrada para saludar a su amigo con un apretón de manos y un abrazo. Yo me quedé paralizada; nunca había visto a este chico cerca de Julián.
—Ven, vamos a entrar. Tenemos mucho que estudiar —dijo mi hermano dándose la vuelta.
—Espera, Julián. Debo ayudar a alguien que se lastimó —Ethan giró el rostro hacia mí, obligando a mi hermano a notar que yo estaba allí.
—¿Qué haces ahí, enana?
—¿Cómo que qué hago aquí? Vivo aquí, por si no lo recuerdas.
—Un momento... —¿Ella es tu hermana? —preguntó Ethan sorprendido.
—Sí, por desgracia —Julián rodó los ojos. Me sentí pequeña e incómoda bajo la mirada de Ethan.
—Bueno, yo mejor los dejo. Voy a entrar... —Traté de cojear hacia la puerta, pero la mano de Ethan me detuvo suavemente por el antebrazo. Sentí una descarga eléctrica recorrer mi columna. Su toque físico me estremecía de una manera inexplicable.
—No puedes irte así, tienes la rodilla muy inflamada. Deja que te ayude —insistió Ethan.
—Tranquilo, Ethan —intervino Julián—. Estará bien, es una dramática. Siempre busca llamar la atención.
—No soy dramática, Julián. Fue un accidente.
—No, señorita —dijo Ethan con una sonrisa que no aceptaba un “no”—. Si no quieres ir al médico, al menos déjame ponerte una venda y algo para la inflamación. Tengo mi botiquín en el auto, espera, ya vengo.
—De verdad que eres fastidiosa —masculló Julián mientras Ethan corría hacia su coche.
—Cállate, Julián. Fue un accidente, él solo quiere ayudarme.
—Bueno, como quieras. Yo voy a entrar primero. Ethan, te espero dentro de la casa.
Julián entró en la mansión con su habitual aire de indiferencia. Poco después, Ethan regresó con el botiquín y me ayudó a entrar. Ya me había quitado los patines; caminé en calcetines mientras él, como todo un caballero, me sostenía del brazo.
—¿Tan mal te llevas con tu hermano? —me susurró mientras entrábamos.
—Es nuestra forma de tratarnos. Ya estoy acostumbrada.
—Estoy seguro de que se preocupa por ti, solo que no sabe cómo demostrarlo.
—No comparto esa opinión. No somos cercanos —sentencié. Me senté en el sofá grande de la sala mientras Ethan se agachaba para examinar mi rodilla.
—Créeme cuando te digo que le importas. Él mismo me ha hablado de ti... —comenzó a limpiar la raspadura.
—¡Auch! Duele mucho...
—Tranquila, tienes que ser fuerte. Te pondré una compresa fría y una crema antes del vendaje.
Cerré los ojos, apretando los dientes. ¿Qué me estaba pasando? Sus manos eran mágicas; la forma en que me cuidaba era algo que ni mis padres habían hecho nunca.
—¿Qué es lo que te ha dicho mi hermano? —pregunté con curiosidad.
—¿Decir qué? —Julián apareció en la sala comiendo una manzana, observándonos con postura relajada.
—Le decía a tu hermana que me habías invitado a cenar y que debía quedarme —dijo Ethan, lanzándome un guiño cómplice que Julián no notó. Mi corazón dio un vuelco. Me estaba protegiendo.
—Ah, sí, como quieras —dijo Julián—. Pero pediremos pizza, hoy no está Merly.
—Tranquilo, vinimos a estudiar.
Yo no podía dejar de admirar la delicadeza de Ethan.
—Listo, pequeña. Vas a estar bien. Ahora debes descansar y, por favor, no vuelvas a patinar sin rodilleras.
Asentí, hipnotizada por su mirada. El tiempo se seguía deteniendo.
—Gracias... por todo. ¿Cómo sabes tanto de curas? ¿Estudias medicina?
—No —sonrió—. Fui voluntario en la Cruz Roja hace tiempo. En realidad, estudio con Julián. Estamos en segundo año de Economía.
—Entiendo. Gracias, de verdad.
—No tienes que agradecerlo. Solo prométeme que te vas a cuidar.
Se puso de pie. Su altura me hacía sentir protegida e intimidada a la vez.
—Por cierto... ¿cómo te llamas, pequeña?
—Alana.
—Mucho gusto, Alana. Soy Ethan. Cualquier cosa que necesites, no dudes en decirme.
—Bueno, enana, descansa —gritó Julián desde arriba—. ¡Ethan, sube ya! Mis padres llegarán en cualquier momento, así que estate atenta. Vamos a jugar un rato y luego estudiamos.
Ambos subieron a la habitación, pero antes de desaparecer, Ethan se giró y me dedicó una última sonrisa tierna.
Justo ese día, bajo el frío cielo de Chicago, entendí dos cosas: que el amor a primera vista no era solo una fantasía de los libros que yo solía leer para escapar de mi realidad... y que acababa de enamorarme de la forma más hermosa y, al mismo tiempo, más imposible que podía existir.