Capítulo 1: Hermanitos
A veces, los hermanitos pueden ser un verdadero dolor de cabeza.
El mío, por ejemplo.
Josiah tiene ocho años. Once menos que yo.
Cada vez que llego de la escuela, me sigue como una lapa.
En serio.
Siempre está haciendo esos bailes raros de TikTok o gritando memes al azar. Revuelve mi habitación buscando monedas o el cargador de mi teléfono para su iPad y no para de pedirme cosas.
Que lo lleve a él y a sus amiguitos al parque de trampolines, que le pida comida por DoorDash, que le compre V-Bucks o Robucks o la moneda que necesite para sus videojuegos, que busque por todas partes sobres de Pokémon.
TODO LO QUE SE TE OCURRA.
No le guardo mucho rencor.
Su padre está desaparecido.
El mío aparece y desaparece lo justo para recordarme que existe, desde que terminó de pagar la manutención.
Y mamá...
Bueno, está un poco desconectada.
Y cuando digo desconectada, me refiero a que o está trabajando para que yo pueda ir a la escuela o desaparecida en el ático fumando hierba.
No le guardo rencor. Está haciendo lo que puede por mí.
Pero Josiah...
Queda un poco abandonado por eso.
Y por eso me hago cargo de él cuando puedo. Aunque a veces sea un pesado.
Salí del campus para venir a casa a lavar ropa, con la esperanza de que estuviera fuera con sus amigos. Pero al entrar con mi bolsa de ropa sucia, me detuve en seco en el recibidor al ver algo que rara vez veo en mi vida.
Josiah llorando en el sofá de la sala.
Se me cayó el alma a los pies y suspiré, imaginando un millón de escenarios posibles.
¿Problemas en la escuela? ¿Problemas con sus amigos? ¿Perdió una apuesta por un videojuego? ¿Mamá lo castigó por algo? ¿Pensamientos sobre su padre?
Decidí no perder más tiempo tratando de adivinar y me acerqué con cuidado.
—Hola... —sonreí con suavidad—. Ya llegué.
—Qué tal, Joelle —su voz temblaba un poco, pero se secó los ojos rápido, como si no quisiera que lo viera.
—¿Qué pasa? —me arrodillé frente a él y apoyé una mano en el sofá—. ¿Te peleaste con mamá?
—No —resopló—. Chase Drago.
Hice una mueca y me pellizqué el puente de la nariz.
Otra vez ese mocoso.
—Ya te dije que te alejaras de ese niño. No es tu amigo —negué con la cabeza.
Chase Drago es uno de los matones más grandes del distrito escolar. Tiene nueve años y debería estar en cuarto, pero lo dejaron repetir tercero.
Y no fue ni por las notas.
Solo por faltarle al respeto y portarse como un salvaje.
Josiah se quedó callado en el sofá y me levanté, cruzando los brazos.
—¿Qué pasó?
Josiah abrió los brazos y empezó a agitarlos como loco mientras explicaba.
—Estábamos jugando al fútbol en el recreo y Chase empezó a decir que su papá lo tiene entrenando con un exjugador de la NFL y que va a ser el mejor en el campamento de fútbol.
—Vale... —puse los ojos en blanco.
—¡Me harté de que siempre hable de lo rico que es su familia y de que, por tener dinero, cree que es el mejor en todo! ¡Falla casi todos los pases!
—Vale... —intenté poner voz de preocupación, porque mi cara no transmitía eso ni de lejos.
—Y entonces le dije que yo conseguiría un entrenador aún mejor para el resto de los chicos, ¡mejor que un exjugador de los Broncos que solo duró tres temporadas!
—Ajá —asentí—. ¿Y cómo piensas hacer eso?
Se encogió de hombros, derrotado.
—¿Por qué hablas sin pensar? —suspiré.
Fue entonces cuando Josiah me miró, pero no pudo sostenerme la mirada.
—Bueno —sonrió con debilidad (y supe por dónde iba)—. Esperaba que tú...
—¡NO! —lo interrumpí—. Ni se te ocurra, Josiah. ¡No tengo dinero para pagarte un entrenador de fútbol! Tienes ocho años. Vuelve a hablarme cuando llegues al instituto y quizá entonces tenga algo ahorrado para esas cosas.
—Pero ¿no podrías...?
—¡No!
—Pero yo...
—¡No!
Me mantuve firme. Esos ojitos de ciervo y esa carita de inocente no me iban a hacer malgastar el poco dinero que tenía en un entrenador de fútbol para un montón de niños de tercero.
—¡Joelle! —gimoteó.
—¡Josiah! —le imité el tono—. ¿Crees que somos ricos como los Drago? Mira esta casa. Mamá y yo apenas juntamos para un lavavajillas nuevo. El porche de atrás se está cayendo a pedazos. Necesitas ropa para el verano y a mí me gustaría ir a la playa un fin de semana. No nos alcanza, chiquillo. Lo siento...
Josiah me miró de arriba abajo, probablemente calculando su próxima jugada.
—Bueno —asintió—, pero ¡tú vas a Mifflin!
Ahí vamos...
Cada vez que quiere algo, saca a relucir que no tenemos dinero porque yo voy a una universidad cara y básicamente insinúa que pasamos apuros por mi culpa.
Lo que no sabe es que ya pasábamos apuros mucho antes de que él naciera.
—¿Y eso qué, Josiah? ¿Todo es culpa mía porque prometiste algo que no podías cumplir?
Negó con la cabeza.
—No es eso.
—¿Entonces qué?
Sonrió.
—Bryce Valentine...
—¿Bryce Valentine?
Si es de quien creo, ya veo por dónde va esto.
—¡Sí! —Josiah sonrió—. ¡Va a tu universidad! Puedes pedirle que nos entrene. ¡Es el número uno del país! Seguro que si le pides con educación...
—Para el carro —me reí—. ¿Crees que porque voy a la misma universidad que ese tipo puedo convencerlo de que monte un campamento de entrenamiento para ti y tus amiguitos?
Josiah asintió con más energía de la que le creía capaz.
—Josiah —le lancé una mirada plana—, la universidad no es como la primaria. No voy a clase con él. Ni siquiera nos movemos en los mismos círculos. Solo lo he visto de lejos, desde las gradas más altas del estadio. **No** va a pasar.
Josiah cruzó los brazos con un bufido y me miró fijamente.
—Al menos podrías intentarlo —refunfuñó.
—¿Intentar qué? ¿Que me acerque a Bryce y le diga: "Oye, mi hermanito es un fan tuyo. ¿Podrías entrenarlo gratis"? Sí, claro, a ver cómo sale eso.
Josiah se levantó del sofá y me dio un golpecito con el dedo. Resoplé ante su descaro.
—¡Ni siquiera lo intentas!
—¿Intentar cómo? —lo empujé.
—¡Escribiéndole un mensaje y preguntando! ¡No es tan difícil! ¡Yo le escribo a Druski y a Ishowspeed todo el tiempo!
No pude evitar soltar una carcajada.
—¿Y te responden?
—¡No! —admitió Josiah—. ¡Pero al menos lo intento!
Este mocoso de verdad cree que va a ser streamer algún día...
—Oye —le señalé—. ¿Cómo les escribes a esa gente? ¡No tienes permitido tener redes sociales!
Josiah solo puso los ojos en blanco antes de volver al tema.
—¡Escríbele! —exigió.
—¡No!
Josiah gruñó y pasó a mi lado, sin molestarse en bajar la voz.
—¡Eres la peor hermana del mundo!
Negué con la cabeza.
—Ya verás lo que opinas cuando le diga a mamá que esconda ese maldito iPad.
Un niño de ocho años escribiendo a hombres hechos y derechos por internet.
¿Te imaginas lo que pasa en esta casa cuando yo no estoy?








