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Bajo tu Sombra

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Sinopsis

Juliette Mercer pasó diez años intentando olvidar a Alexander Beaumont, el hombre que desapareció la noche en que prometió huir con ella. Sin explicaciones. Sin despedidas. Sin volver atrás. Ahora, su vida transcurre entre largas jornadas de trabajo, noches de insomnio y recuerdos que todavía se niegan a desaparecer. Pero todo cambia cuando una serie de extraños mensajes comienzan a aparecer dentro de su apartamento y una sensación constante de peligro empieza a perseguirla. Entonces Alexander regresa. Más frío. Más oscuro. Más peligroso que antes. Y con él llega una verdad imposible: Juliette está vinculada a un experimento secreto llamado SOMBRA, una organización capaz de manipular recuerdos y destruir vidas enteras para mantener ocultos sus secretos. Mientras alguien los persigue desde las sombras, Juliette deberá decidir si puede volver a confiar en el hombre que rompió su corazón… incluso cuando cada verdad que Alexander revela amenaza con destruirlos a ambos. Porque algunas historias de amor nunca terminan. Solo esperan el momento correcto para volver.

Genero:
Romance
Autor/a:
Maria
Estado:
En proceso
Capítulos:
35
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

La puerta del balcón

Hay días en los que el pasado encuentra maneras absurdas de regresar.

A veces ocurre con una canción sonando por casualidad en el supermercado. Otras veces, con el olor de un perfume familiar entre una multitud de desconocidos. Pequeñas cosas que aparecen sin avisar y te obligan a recordar personas que llevas años intentando olvidar.

En mi caso, el pasado tenía nombre y apellido.

Alexander Beaumont.

Y, por desgracia, nunca necesitaba una razón para aparecer dentro de mi cabeza.

Desperté antes de que sonara la alarma, como casi todas las mañanas últimamente. Durante unos segundos permanecí inmóvil, mirando el techo oscuro de mi habitación mientras escuchaba la lluvia golpear suavemente las ventanas del apartamento. El aire acondicionado estaba demasiado frío, pero aun así sentía calor en el pecho, esa incomodidad constante que llevaba semanas acompañándome y que no sabía explicar.

Giré el rostro hacia el reloj digital sobre la mesa de noche.

5:11 a.m.

Perfecto.

Otra mañana comenzando antes de tiempo.

Solté un suspiro cansado y me senté en la cama lentamente. Mi cuerpo pesaba como si no hubiera dormido en días, aunque técnicamente sí había dormido. Unas pocas horas interrumpidas y desordenadas que apenas servían para funcionar durante el día.

Tomé el teléfono antes incluso de ponerme de pie.

Tres correos nuevos del trabajo.

Dos mensajes de Camila preguntando si seguía viva porque no había respondido desde la noche anterior.

Y una llamada perdida de mi madre a las once cuarenta y siete.

No necesité devolverla para saber lo que quería.

“Juliette, deberías salir más.”

“Juliette, no puedes vivir encerrada trabajando.”

“Juliette, ya pasaron diez años.”

Como si el tiempo solucionara automáticamente ciertas cosas.

Aparté el teléfono y caminé hacia la cocina arrastrando los pies. El apartamento estaba silencioso, apenas iluminado por las luces lejanas de la ciudad filtrándose entre las cortinas del salón. Afuera seguía lloviendo. Una lluvia constante, elegante, de esas que hacían que Santo Domingo pareciera otra ciudad completamente distinta.

Encendí la cafetera y apoyé ambas manos sobre la encimera de mármol mientras esperaba.

Mi cocina era probablemente el único lugar del apartamento que realmente se sentía mío. Todo estaba exactamente donde debía estar. Las tazas alineadas. Los cuchillos organizados. La pequeña planta junto a la ventana sobreviviendo milagrosamente a mi incapacidad para recordar regarla.

Orden.

Necesitaba orden.

Porque mi cabeza llevaba demasiado tiempo siendo un desastre.

La cafetera comenzó a llenar el silencio con su sonido habitual y aproveché esos minutos para abrir las ventanas ligeramente. El olor de la lluvia entró inmediatamente, fresco y húmedo, mezclándose con el aroma del café recién hecho.

Normal.

La palabra apareció sola en mi cabeza.

Todo era normal.

Tenía un buen trabajo. Un apartamento bonito. Una vida estable. Exactamente lo que había querido construir después de que Alexander desapareciera y dejara mi mundo convertido en cenizas.

Pensar en él tan temprano en la mañana ya era mala señal.

Serví café en mi taza favorita —la negra con una pequeña grieta en el borde que me negaba a tirar— y me dirigí hacia la sala. Mi laptop seguía abierta sobre la mesa de centro desde la noche anterior, llena de documentos relacionados con el artículo en el que llevaba trabajando las últimas semanas.

Corrupción financiera.

Empresas fantasmas.

Movimientos extraños de dinero.

Nada especialmente emocionante, aunque mi jefe insistiera en actuar como si estuviéramos a punto de derribar una conspiración internacional.

Me senté en el sofá y comencé a revisar archivos mientras desayunaba una tostada quemada que terminé preparando más por costumbre que por hambre. Afuera, el cielo seguía gris. El sonido de la lluvia chocando contra los cristales era extrañamente relajante.

Hasta que sentí esa sensación otra vez.

La misma de hacía días.

Como si alguien estuviera observándome.

Fruncí ligeramente el ceño y levanté la mirada hacia las ventanas.

Ridículo.

Vivía en un noveno piso.

Nadie estaba observándome.

Aun así, me levanté del sofá y caminé hacia el balcón. Las cortinas se movieron suavemente cuando las aparté y fue entonces cuando me detuve.

La puerta estaba entreabierta.

Mi respiración se congeló por un instante.

No mucho. Apenas unos centímetros.

Pero estaba abierta.

Miré fijamente el cristal mientras mi mente intentaba encontrar una explicación lógica. Recordaba perfectamente haberla cerrado antes de dormir. Siempre lo hacía cuando llovía porque el viento producía un silbido insoportable durante la noche.

Dejé la taza sobre la mesa lentamente y me acerqué.

El aire frío golpeó mi rostro inmediatamente. Afuera, la ciudad parecía cubierta por una capa gris azulada bajo la tormenta. Los autos avanzaban lentamente por las calles mojadas mientras algunas personas corrían bajo paraguas inútiles.

Todo parecía normal.

Entonces, ¿por qué sentía el corazón latiendo tan rápido?

Cerré la puerta otra vez y aseguré el pestillo con más fuerza de la necesaria.

—Necesitas dormir —murmuré para mí misma.

Volví hacia la cocina intentando ignorar la incomodidad que comenzaba a instalarse bajo mi piel. Probablemente había sido el viento. O yo simplemente estaba demasiado cansada.

Sí.

Eso tenía más sentido.

Tomé la taza de café nuevamente y entonces lo vi.

El marco de fotos sobre la encimera estaba torcido.

Me quedé inmóvil.

El marco llevaba años exactamente en el mismo lugar, junto a la cafetera. No porque quisiera verlo constantemente, sino porque nunca encontraba el valor suficiente para tirarlo.

Era una fotografía de la universidad.

Yo estaba riéndome de algo que ya no recordaba mientras Alexander aparecía detrás de mí abrazándome por la cintura. Su barbilla descansaba sobre mi hombro y tenía esa sonrisa arrogante que siempre lograba desesperarme.

Incluso en la foto parecía demasiado seguro de sí mismo.

Demasiado hermoso.

Demasiado peligroso para mi estabilidad emocional.

El pecho me dolió antes de poder evitarlo.

Diez años.

Diez años sin verlo.

Diez años preguntándome por qué alguien podía prometerte un futuro completo y desaparecer horas después sin siquiera despedirse.

Había noches en las que todavía me odiaba por seguir pensando en él.

Avancé lentamente hacia la encimera.

Y entonces lo noté.

Había algo escrito sobre el cristal del marco.

Sentí el estómago caerme inmediatamente.

Me acerqué más.

Las palabras estaban escritas con tinta negra, desordenadas, como si hubieran sido hechas deprisa.

¿Todavía confías en él?

La taza escapó de mis manos y se estrelló contra el suelo.

El sonido rompió el silencio del apartamento de manera brutal.

Retrocedí un paso automáticamente mientras el café caliente se extendía sobre el piso de madera. Mi respiración se volvió irregular y, por un instante, fui incapaz de moverme.

No.

No podía ser.

Alguien había entrado aquí.

Alguien había estado dentro de mi apartamento mientras yo dormía.

El pánico me golpeó tan rápido que me mareó. Tomé el teléfono de la encimera con manos temblorosas y marqué emergencias, pero antes de poder llamar escuché algo detrás de mí.

Un sonido suave.

Casi imperceptible.

Como un roce.

Giré inmediatamente hacia el pasillo.

Vacío.

El apartamento estaba en silencio otra vez.

Tragué saliva con dificultad.

—¿Hay alguien ahí? —pregunté, odiando lo temblorosa que sonó mi voz.

Nada.

Solo lluvia.

Solo silencio.

Solo el sonido frenético de mi propio corazón.

Avancé despacio hacia el pasillo, obligándome a respirar normalmente. Tal vez quien fuera ya se había ido. Tal vez nunca hubo nadie y yo estaba perdiendo completamente la cabeza.

Entonces la luz del baño se encendió sola.

Me detuve de golpe.

El aire abandonó mis pulmones.

Porque yo estaba segura de haberla dejado apagada.

Y porque sobre el piso de madera había huellas mojadas.

Me quedé paralizada mirando aquellas marcas oscuras sobre el suelo.

Huellas.

Perfectamente visibles sobre la madera clara del pasillo.

El agua todavía brillaba bajo la luz amarilla del baño, como si quien las hubiera dejado hubiera pasado por ahí apenas segundos atrás.

Sentí el teléfono resbalar un poco entre mis dedos sudados.

No podía respirar bien.

Mi mente intentaba desesperadamente encontrar una explicación lógica, pero el miedo ya se había instalado dentro de mi pecho como un animal vivo.

Alguien estaba aquí.

O había estado aquí.

Y yo no tenía idea de cuánto tiempo llevaba observándome.

Retrocedí lentamente sin apartar la mirada del pasillo. Mi corazón latía tan fuerte que me dolía el cuello. Quería correr hacia la puerta principal, salir del apartamento y no volver jamás, pero otra parte de mí necesitaba entender qué demonios estaba pasando.

Las huellas avanzaban desde el baño hacia el salón.

Directamente hacia mi habitación.

Un escalofrío me recorrió los brazos.

Pensé en todas las veces que había despertado durante la noche las últimas semanas con la sensación de no estar sola. En las ocasiones en las que juraba escuchar movimientos suaves en el apartamento y terminaba convenciéndome de que era imaginación mía.

Tal vez no lo era.

Tragué saliva y forcé mis piernas a avanzar.

Paso a paso.

Lentamente.

El aire parecía más frío ahora. Más pesado. La lluvia seguía golpeando las ventanas, constante, interminable, haciendo que el silencio dentro del apartamento se sintiera todavía peor.

Llegué al baño y empujé la puerta apenas un poco más.

Vacío.

La luz blanca iluminaba el lavabo mojado y una de las llaves estaba mal cerrada, dejando caer pequeñas gotas de agua.

Tap.

Tap.

Tap.

Solté una respiración temblorosa.

—Dios mío...

Mis ojos recorrieron cada rincón del baño rápidamente. La cortina de la ducha abierta. El espejo empañado parcialmente. Mi cepillo de dientes sobre el lavabo.

Nada fuera de lugar.

Hasta que miré el espejo con atención.

Había una palabra escrita sobre el vidrio empañado.

CORRE

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