Ganancia y Gloria.

Sinopsis

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Genero:
Erotica
Autor/a:
Elbuscado1
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

El ambiente en el "Iron Forge Gym" era una mezcla embriagadora de metal chocando, música electrónica en los altavoces y el inconfundible aroma a sudor y determinación. Era martes por la tarde, la hora punta, donde los cuerpos esculpidos se reunían para desafiar sus propios límites. En el centro de la zona de pesas libres, como la reina indiscutible de aquel territorio de hierro, se encontraba Bakhar Nabieva.

Llevaba su característico atuendo de entrenamiento: unos shorts negros increíblemente ajustados que abrazaban cada curva de sus piernas sobrehumanas, y una camiseta negra de manga corta, ligeramente recortada, que dejaba asomar un atisbo de su tonificado abdomen. Sus brazos estaban adornados con sus intrincados tatuajes, y llevaba el cabello oscuro recogido a medias, cayendo en una cascada salvaje por su espalda.

Justo en ese momento, Bakhar estaba frente al enorme espejo de la pared, posando como solía hacerlo para sus redes sociales. Con las manos apoyadas firmemente en su espalda baja, arqueaba ligeramente la columna, haciendo que sus nalgas de acero, producto de años de sentadillas y peso muerto, resaltaran con una firmeza y un tamaño que desafiaban la gravedad. Giraba la cabeza sobre su hombro, lanzando al espejo esa mirada intensa, segura y depredadora que volvía locos a sus millones de seguidores. Sus uñas, largas y pintadas de un blanco inmaculado, contrastaban con la tela negra de sus shorts mientras ajustaba la pretina.

De repente, la puerta principal del gimnasio se abrió y pareció que el aire mismo cambiaba de densidad. Las miradas de varios asistentes se desviaron instintivamente hacia la entrada.

Allí estaba él.

Siegfried era un gigante de proporciones clásicas, con hombros tan anchos que parecía que tenía que entrar de lado por la puerta. Su musculatura no era la de un culturista deshidratado, sino la de un héroe de la antigüedad: gruesa, densa, esculpida en mármol viviente bajo una piel que parecía brillar con una luz propia, invulnerable y perfecta. Su cabello, de un rubio dorado resplandeciente, caía largo y libre sobre sus hombros, enmarcando un rostro de facciones nobles, con ojos del color de un cielo de verano sin nubes.

Llevaba unos pantalones de chándal grises que apenas contenían el grosor de sus piernas y una camiseta de tirantes blanca que se tensaba peligrosamente sobre su pecho y sus bíceps. En sus manos, que parecían capaces de aplastar rocas, sostenía con delicadeza un hermoso arreglo de orquídeas negras y púrpuras, y una caja rectangular envuelta con elegancia.

Su rostro se iluminó con una sonrisa jovial, radiante y cálida en el instante en que sus ojos azules encontraron a la morena frente al espejo.

—¡Mi hermosa valquiria! —exclamó Siegfried, con su voz profunda y resonante, llena de una amabilidad genuina y caballeresca que siempre lograba derretir el corazón de la chica fitness.

Bakhar se giró, y su fachada de chica ruda y enfocada se desmoronó instantáneamente. Una sonrisa enorme y sincera cruzó su rostro. Soltó un gritito de emoción, ignorando por completo al resto de las personas en el gimnasio, y caminó a paso rápido hacia él.

—¡Mi rubio precioso! —dijo ella, acercándose.

Siegfried le entregó las flores con una pequeña e impecable reverencia, un gesto que en cualquier otro hombre se habría visto ridículo, pero que en él resultaba increíblemente natural y encantador.

—Para la mujer más fuerte y hermosa de todo este reino de hierro —dijo él, guiñándole un ojo—. Y esto... es un pequeño detalle por tu nuevo récord en peso muerto.

Bakhar tomó las orquídeas, oliéndolas con los ojos cerrados, antes de agarrar la caja. Al abrirla, sus ojos se abrieron de par en par. Era un cinturón de levantamiento de pesas de cuero negro, hecho a medida, de una calidad exquisita. Pero lo que la dejó sin aliento fueron los detalles: incrustaciones plateadas con motivos de enredaderas nórdicas y, tallado en la parte posterior con una caligrafía rúnica elegante, su nombre: Bakhar.

—Sieg... esto es increíble —murmuró ella, pasando las yemas de sus dedos por el cuero—. Es tan precioso mi amor.

—Solo lo mejor para ti, mi reina —respondió él, acercándose para darle un suave beso en la frente.

Ambos se dirigieron hacia una zona más apartada del gimnasio, un área de estiramiento forrada de césped artificial azul que en ese momento estaba vacía. Se sentaron juntos en un gran cajón pliométrico. El contraste entre los dos era fascinante: ella, una diosa moderna de la hipertrofia, oscura, tatuada y fiera; él, un príncipe de leyenda, dorado, luminoso y de una gentileza abrumadora.

Comenzaron a hablar sobre sus días. Siegfried le contaba con entusiasmo y un toque de humor cómo había intentado ayudar a un tipo en la calle a empujar su auto averiado, y terminó levantando la parte trasera del coche por accidente. Bakhar se reía a carcajadas, una risa ronca y contagiosa.

Mientras él hablaba, la naturaleza táctil de Bakhar se apoderó de ella. No podía resistirse a él. Levantó su mano derecha y, con sus uñas blancas perfectamente cuidadas, comenzó a acariciar la mandíbula cuadrada de Siegfried. Trazó la línea de su barbilla, subiendo hacia su mejilla. Siegfried cerró los ojos por un segundo, inclinándose hacia el toque como un león gigante recibiendo mimos.

Las manos de Bakhar continuaron su exploración. Deslizó sus dedos por el grueso y musculoso cuello del rubio, sintiendo el pulso fuerte bajo su piel invulnerable. Luego, enredó sus dedos en el largo y sedoso cabello dorado de Siegfried.

—Tienes el cabello más bonito que yo, grandulón, no es justo —bromeó ella en voz baja, masajeando su cuero cabelludo antes de dejar que sus manos cayeran sobre los inmensos hombros de él, trazando la separación de sus deltoides con la punta de sus uñas. El roce le provocaba pequeños escalofríos al gigante de pelo rubio.

—Es solo genética, mi lady —rio Siegfried, mirándola con pura adoración—. Pero te aseguro que tú eres el ser más perfecto que mis ojos han visto.

Bakhar sonrió con picardía. Le encantaba cuando él se ponía en "modo caballero". Sus ojos oscuros brillaron con travesura. Si él iba a ser un caballero romántico, ella iba a ser su contraparte salvaje.

—¿Ah, sí? ¿Perfecta? —Ronroneó ella. Dejó de acariciar sus hombros y agarró las dos enormes manos de Siegfried. Las manos de él eran ásperas, llenas de callos de guerrero, pero siempre tan gentiles con ella—. A ver si de verdad aprecias esta perfección en la que he estado trabajando hoy.

Con un movimiento fluido y decidido, Bakhar tiró de las manos de Siegfried y las colocó directamente sobre sus propios glúteos. La diferencia de tamaños era cómica pero caliente; las palmas de él abarcaban una gran parte de sus prominentes curvas, pero la musculatura de ella era tan masiva y firme que llenaba sus agarres por completo.

Siegfried se sonrojó ligeramente, sus mejillas adquiriendo un tono rosado que lo hacía ver aún más adorable, pero no apartó las manos.

—Aprieta —le ordenó ella con una sonrisa desafiante—. Siente la roca. Hoy hice día pesado de glúteos.

Siegfried obedeció, apretando suavemente. Sus ojos se abrieron un poco más, impresionado como siempre.

—Por los dioses... es como tocar acero envuelto en seda, Bakhar. Tu dedicación es verdaderamente asombrosa.

No contenta con eso, Bakhar movió las manos de Siegfried, deslizándolas por los costados hasta hacerlas descansar sobre sus gruesos e hipertrofiados muslos. Sus cuádriceps y femorales eran una obra de arte anatómica, duros como troncos de roble.

—Acarícialos —le dijo en un susurro coqueto, mirándolo fijamente.

Siegfried tragó saliva, su sonrisa jovial volviéndose un poco más nerviosa y cautivada. Sus grandes pulgares comenzaron a trazar los surcos de los músculos de sus piernas, subiendo y bajando lentamente por sus muslos. El tacto de las manos callosas de su novio sobre su piel sudada y ardiente por el entrenamiento hizo que Bakhar soltara un suave suspiro de satisfacción. Le encantaba la fuerza contenida de él; saber que el hombre que podía partir montañas a la mitad la tocaba con la devoción de un joyero puliendo un diamante.

—Estás increíble, preciosa. Eres una guerrera formidable —susurró Siegfried, sin dejar de masajear sus muslos con reverencia.

—Lo sé —respondió ella con esa confianza arrolladora que la caracterizaba—. Aunque, maldición... —suspiró de repente, apartándose un poco y pasándose las manos por la nuca—. Este calor me está matando y el pelo se me está pegando al cuello. Debería haberme traído una liga más fuerte.

Siegfried se iluminó con una idea. Sus ojos azules brillaron.

—Permíteme ayudarte con eso, mi lady. Date la vuelta.

Bakhar enarcó una ceja, curiosa, pero obedeció, dándole la espalda y sentándose frente a él en el suelo, entre sus rodillas.

Siegfried levantó las manos, aquellas mismas manos que empuñaban espadas de leyenda, y comenzó a desenredar el cabello de Bakhar con una delicadeza extrema. Usando solo sus dedos como peine, apartó los mechones rebeldes de su frente y cuello. Luego, con una destreza sorprendente y rápida, comenzó a separar el cabello en secciones gruesas.

—¿Qué estás haciendo, rubio? —preguntó ella, sintiendo los tirones rítmicos y suaves en su cuero cabelludo.

—En mis tiempos... en las largas marchas y antes de los torneos, solía ayudar a mis escuderos, e incluso a algunas doncellas de la corte, a arreglarse el cabello para que no les estorbara en combate. Es una vieja costumbre.

Bakhar se quedó en silencio, cerrando los ojos. La sensación era celestial. Siegfried estaba tejiendo una trenza vikinga increíblemente compleja y hermosa. Sus gruesos dedos se movían con la agilidad de un sastre, cruzando los mechones apretados contra su cuero cabelludo, recogiendo cada cabello suelto y asegurándolo en un patrón intrincado que descendía por la parte posterior de su cabeza.

En menos de cinco minutos, Siegfried remató la punta de la trenza usando una pequeña liga que Bakhar tenía en su muñeca.

—Listo. Una corona para la reina —dijo él, satisfecho.

Bakhar sacó su teléfono, abrió la cámara frontal y se miró. Quedó boquiabierta. La trenza era perfecta, ajustada, elegante y con un toque guerrero brutal que encajaba perfectamente con su estética. Ni ella misma sabía hacerse algo tan elaborado. Quedó absolutamente cautivada por el gesto. Que este hombre de dos metros, un portento de masculinidad y poder, tuviera el talento y la sensibilidad para peinarla así, la desarmó por completo.

Se levantó de un salto, con los ojos brillando de afecto.

—Sieg... ¡está hermosa! Me encanta, de verdad —dijo ella, emocionada.

Él seguía sentado en el cajón, sonriéndole desde abajo.

—Me alegra mucho que sea de tu agrado, mi...

No pudo terminar la frase. Como agradecimiento, y dejando aflorar su sentido del humor más pícaro y dominante, Bakhar se dio la vuelta, se acercó a él dando un paso hacia atrás y, sin previo aviso, frotó sus masivos y duros glúteos directamente contra la entrepierna de Siegfried.

Siegfried soltó un sonido que fue mitad un "¡Oof!" de sorpresa y mitad un quejido ahogado. Sus ojos se abrieron como platos mientras la cara se le ponía roja como un tomate.

—¡B-Bakhar! ¡Mi amor! —tartamudeó el héroe rubio, agarrándola de las caderas instintivamente, sin saber si empujarla o sostenerla, mientras ella soltaba una carcajada sonora, moviendo las caderas un par de veces más de forma provocativa antes de separarse.

—Eso fue un 'gracias' muy sincero, grandulón —le guiñó un ojo ella, dándose la vuelta para mirarlo de frente, con una enorme sonrisa traviesa en el rostro.

Siegfried tosió, intentando recuperar su compostura de caballero, aunque la enorme sonrisa nerviosa en su rostro lo delataba. Negó con la cabeza, riendo entre dientes.

—Eres... eres incontrolable. Un espíritu indomable —dijo él, poniéndose de pie lentamente hasta quedar frente a ella. Su altura era imponente, pero Bakhar no se intimidaba; al contrario, le encantaba tener que levantar la vista hacia él.

La expresión de Siegfried se suavizó, cambiando de la sorpresa cómica a una ternura profunda y abrumadora. Levantó una mano y le apartó un pequeño mechón de la frente que había escapado de la trenza.

—Hablando en serio, Bakhar... —comenzó Siegfried, con su voz resonando cálida y profunda en el pecho—. A veces me pregunto si los dioses de la antigüedad esculpieron sus estatuas basándose en visiones del futuro, en visiones de ti. Pero no es solo tu físico lo que me cautiva, aunque es glorioso. Es el fuego que tienes dentro. Esa determinación feroz que veo en tus ojos cada vez que levantas un peso que rompería a otros. Esa pasión con la que vives tu vida. Eres la mujer más valiente y espectacular que he conocido. Estar a tu lado... es mi mayor victoria.

Las palabras, dichas con esa honestidad brutal y pura tan característica de él, sin una pizca de ironía, golpearon directo en el corazón de Bakhar. El ambiente juguetón se detuvo por un segundo. Ella sintió un nudo cálido en la garganta. A pesar de su actitud de mujer dura, ese hombre siempre sabía cómo derretirla.

Ella lo miró fijamente. Era la misma mirada que usaba en sus videos cuando se sentía en la cima del mundo: confiada, altiva, pero ahora, además, cargada de un amor y un deseo ardiente. Lo miró por encima del hombro por un microsegundo, perfilando su rostro, antes de volver a encararlo con una sonrisa depredadora.

—¿Conque glorioso, eh? —murmuró ella, dando un paso más hacia él, acorralándolo contra el cajón del que se acababa de levantar—. Pues si tanto te gusta el trabajo duro... mira esto.

Sin ningún pudor, y sabiendo que estaban en su rincón apartado del gimnasio, Bakhar agarró el dobladillo de su camiseta negra y la enrolló hacia arriba, exponiendo su torso.

El resultado de meses de dieta estricta y entrenamiento implacable quedó a la vista. Su abdomen estaba cincelado, los abdominales marcados y simétricos, duros como una tabla de lavar. Pero lo que realmente destacaba era la pronunciada y profunda "V" en la parte baja de su pelvis, un rasgo de definición extrema que la llenaba de orgullo. La piel ligeramente sudada brillaba bajo las luces halógenas del gimnasio.

Siegfried se quedó sin habla. Su mirada bajó instintivamente hacia el abdomen de ella, sus ojos azules reflejando pura admiración. Tragó grueso.

—Esto... esto es obra de los dioses de la forja —susurró él, casi reverencial.

Bakhar soltó una risita arrogante y encantadora.

—Obra mía, sudor y lágrimas, rubio. Y creo... —bajó la voz, adoptando un tono mandón pero seductor— que tanto esfuerzo merece un premio de mi caballero de brillante armadura. ¿No crees?

Siegfried levantó la vista hacia sus ojos oscuros, dudando un segundo.

—¿Qué clase de premio, mi lady?

—Bésalo —ordenó ella con una sonrisa ladeada—. Bésalo y adóralo. Aquí y aquí.

Señaló el centro de su duro abdomen y luego deslizó un dedo hacia abajo, justo sobre la marcada línea en V de su pelvis, al borde de sus ajustados shorts.

Siegfried se sonrojó de nuevo hasta las orejas. Miró nerviosamente a su alrededor. Estaban solos en esa esquina, pero aun así, era un gimnasio público. Sin embargo, cuando miró de nuevo el rostro de Bakhar, esa mezcla de desafío y suplica en sus ojos, el lado sumiso y complaciente de su corazón de caballero cedió por completo.

—Tus deseos son órdenes para mí —murmuró.

Siegfried se arrodilló sobre una pierna, como un caballero jurando lealtad a su reina. Con extrema delicadeza, tomó la cadera de Bakhar con una mano y se inclinó. Sus cálidos labios se posaron primero en el centro de su abdomen de acero. Bakhar suspiró, sintiendo el contraste de la suavidad de los labios de él contra su piel tensa.

Luego, Siegfried bajó un poco más. Con un cuidado reverencial, depositó un beso profundo y ardiente justo en la pronunciada línea de la V de su pelvis. Y, dejando que su lado juguetón también saliera un poco, pasó la punta de su lengua, apenas una lamida suave y rápida, sobre la piel salada por el sudor en ese mismo punto.

Bakhar dio un respingo, soltando una risa ahogada que era mitad cosquillas y mitad pura excitación. Sus rodillas temblaron ligeramente.

—¡Dios, Sieg! ¡Basta, basta que me haces cosquillas! —exclamó ella entre risas, agarrándolo por los anchos hombros para que se levantara.

Siegfried se incorporó de un salto, riendo también, con esa risa jovial y estruendosa que resonaba en todo su gran pecho.

—Tú lo pediste, mi valiente guerrera. Un caballero cumple sus promesas.

Bakhar, desbordante de felicidad, cariño y adrenalina, no pudo contenerse. Cuando él estuvo de pie frente a ella, saltó y lo abrazó por el cuello. Siegfried la sostuvo por la cintura con facilidad, como si no pesara nada.

En un ataque de cariño rudo, Bakhar agarró la cabeza del gigante rubio con ambas manos y, con fuerza cómica, la aplastó directamente contra el pronunciado escote de sus senos, apretándolo contra ella.

—¡Eres el mejor hombre del maldito mundo, ¿lo sabías?! —gritó ella feliz, frotando la cabeza de él contra su pecho.

—¡Mmfff! ¡Bakh-mgrff! —Fueron los únicos sonidos ahogados que Siegfried pudo emitir, agitando los brazos cómicamente mientras su rostro estaba completamente sumergido y aplastado contra los pechos de su novia.

Ella lo soltó después de un par de segundos, mirándolo con el pelo ligeramente alborotado y el rostro rojo por la falta de aire, pero con la sonrisa más grande y tonta que había visto jamás.

Ambos estallaron en una carcajada sonora que resonó por encima de la música del gimnasio. Se miraron a los ojos, las risas desvaneciéndose lentamente para dejar paso a una mirada de amor profundo, sincero y cómplice.

Eran el día y la noche, la modernidad más dura y el mito más antiguo. Pero allí, entre las pesas y el sudor, el héroe dorado y la diosa del fitness formaban el equipo más perfecto y feliz del mundo.

—Vámonos a casa, mi caballero —le dijo Bakhar, pasándole un brazo alrededor de su enorme cintura, o al menos lo que alcanzaba a abarcar.

—A donde tú mandes, mi reina —respondió Siegfried, besándole la mejilla mientras recogía las orquídeas y su propio bolso, caminando juntos hacia la salida, listos para enfrentar cualquier dragón o cualquier entrenamiento pesado, siempre y cuando estuvieran juntos.