PRÓLOGO
ADVERTENCIA DE CONTENIDO
Esta es una novela de terror. La magia, las creencias y los encantamientos mencionados en la historia se basan en la realidad. Hay descripciones de fantasmas, escenas violentas, sangre, opresión y abuso. Se recomienda discreción del espectador para menores de 18 años.
PRÓLOGO
En plena noche, en una pequeña casa ubicada en un barrio humilde, se recortaba la silueta de Jimin —o Minie, como le decían de cariño—. A sus dieciocho años y cursando el último año de secundaria, miraba fijamente la pantalla de una vieja computadora que descargaba, con exasperante lentitud, los resultados de sus pruebas de acceso a la universidad.
A su izquierda, un reloj de escritorio marcaba la medianoche; a su derecha, un pequeño pastel con una vela encendida proveía el único destello de luz en la habitación, que de otro modo habría estado en completa oscuridad. El tictac del segundero resonaba en su cabeza, amplificando la tensión en su mente hasta hacer que apretara los labios.
Finalmente, la pantalla se actualizó. Había sido aceptado en la universidad y la facultad de su elección.
—¡Sí! —exclamó Jimin con alegría. Juntó las manos en posición de oración, deseando en silencio un viaje tranquilo por la vida universitaria, y se inclinó para apagar la vela. Ese día, de hecho, celebraba su decimonoveno cumpleaños.
En el cuarto, ahora iluminado solo por el brillo del monitor, el joven se sentó a comer su pastel mientras revisaba fotos del campus universitario. Comía, miraba las imágenes y sonreía satisfecho, hasta que consultó la hora y saltó de la sorpresa.
—¿Ya son las dos de la mañana?
Por la mañana planeaba ir al templo de la ciudad para contarle la buena noticia al Monje Park. Con ese pensamiento en mente, terminó rápidamente el pastel, apagó la computadora, lavó los platos, se cepilló los dientes y se fue a la cama.
Mientras dormía, Jimin tuvo un sueño como jamás había tenido. La secuencia se desarrolló ante sus ojos como una película antigua, mostrando una casa tradicional coreana de una época en la que todavía existía la esclavitud. Vio a una joven que corría hacia la residencia mientras varios sirvientes intentaban atraparla en vano; la niña reía con pura alegría.
De pronto, la escena cambió a una casa de madera color cáscara de huevo. El escenario pertenecía a una época donde los autos ya transitaban y la atmósfera, suave y nostálgica, recordaba a los años ochenta. Jimin se vio a sí mismo parado frente a esa casa, espiando el interior a través de la ventana. Adentro, una pareja compartía una comida en la mesa del comedor, sonriéndose mutuamente. Al observarlos, el ceño de Jimin se frunció y sintió un dolor agudo en el pecho que lo obligó a llevarse la mano al corazón.
—¿Qué estás mirando? —susurró una voz fría y escalofriante a sus espaldas.
El corazón de Jimin dio un vuelco. Su cuerpo se congeló por completo al sentir el aliento helado de la persona que acababa de aparecer detrás de él. Intentó darse la vuelta, pero sus músculos no respondieron. El ambiente cálido se tornó gélido, enviando escalofríos por su columna, mientras la casa de madera frente a él se transformaba en una espeluznante ruina abandonada.
Jimin apretó los dientes, luchando por despertar. «¿Qué diablos es esto? ¡Despierta! ¡Despierta!», se exigió mentalmente.
—¿Quieres quedarte aquí conmigo? —el susurro rozó su oído, desatando una ola de pánico que hizo temblar todo su cuerpo—. Solo nosotros dos... ¿Qué te parece?
Por una fracción de segundo, el terror fue tal que consideró aceptar solo para escapar de la opresión, pero entonces una voz diferente resonó en el caos:
—Minie, es hora de despertar, querido.
Jimin se despertó sobresaltado y se sentó en la cama, con la respiración agitada. Miró aterrorizado a su alrededor para asegurarse de estar solo, hasta que su vista descendió hacia su pecho. El takrut [¹] de cuero de tigre, que llevaba desde que tenía uso de razón, se había soltado.
«¿En qué momento se me cayó...?», pensó con angustia.
Este collar era un objeto mágico, bendecido por un chamán cuyo rostro ya no recordaba, diseñado para proteger al portador de peligros invisibles. Su madre había insistido en que lo usara sin excepción; incluso en su último día de vida, debilitada por una enfermedad grave, le suplicó que jamás se lo quitara.
La realidad era que Jimin cargaba con el peso de una familia maldita, una estirpe cuyos hijos varones morían antes de cumplir los veinte años. Para intentar engañar al destino, su madre le había dado un nombre que solía usarse en niñas, ‘Jimin’, cuyo significado evocaba la protección y el estar a salvo para siempre. Aunque a él no le agradaba el diseño del collar, jamás desafió la voluntad de su madre. Tras su fallecimiento, hace ya siete años, el amuleto se convirtió en su posesión más sagrada.
Durante dieciocho años la protección había funcionado. Jimin había sufrido percances menores, propios de su naturaleza descuidada, pero nada de gravedad. Todo marchaba bajo una relativa normalidad... hasta anoche. Era la primera vez en su vida que experimentaba un sueño tan vívido, extraño e indescriptiblemente aterrador.
Haciendo un esfuerzo por calmar el temblor de su cuerpo, tomó el takrut y se lo volvió a abrochar en el cuello. Luego, se levantó para ducharse y vestirse. Tenía que ir al templo.
Jimin tomó un colectivo —un tipo de transporte público— hasta el templo de la ciudad donde residía su padre, el Monje Park Ji Sung.
Su padre había decidido ordenarse como monje de por vida unos tres años después de la muerte de su madre, justo cuando Jimin cumplió los quince años. Aquella decisión no había sido un impulso, sino un mandato del mismo chamán que forjó el amuleto de Jimin. El hombre de fe le había advertido a su padre que debía encontrar el momento propicio para tomar los votos y dedicar todos sus méritos espirituales al “enemigo kármico” de la familia, con la esperanza de prolongar la vida de su hijo.
Jimin recordaba amargamente el día en que su padre se lo explicó, llorando mientras se resistía al dolor de la separación. Para el joven Minie, perder a su madre ya había sido demasiado; no quería perder también a su padre, ni por el monaquismo ni por la muerte. Sin embargo, no pudo oponerse a los ruegos de su progenitor y del resto de sus familiares. Solo le quedó llorar en silencio mientras veía cómo le afeitaban la cabeza, se vestía con la túnica azafrán y entraba a la sala de ordenación, dándole la espalda al mundo terrenal.
Tras ese día, Jimin quedó a cargo de sus tíos paternos, ya que la familia de su madre se negó a acogerlo por temor a heredar la maldición. Para los extraños aquello podía parecer una superstición absurda, pero en su pueblo era una verdad incuestionable: ningún varón del lado materno había llegado con vida a su vigésimo cumpleaños.
Lamentablemente, la compasión de sus tíos no duró mucho. Tan pronto como tomaron el dinero de manutención que el padre de Jimin había ahorrado y el cobro del seguro médico de su madre, huyeron al extranjero para darse una vida cómoda. A Jimin solo le dejaron una casa antigua y unos pocos miles de wons.
Para no perturbar la paz espiritual de su padre, que llevaba apenas unos días ordenado, Jimin prefirió callar. E incluso cuando el monje se enteró tiempo después, ya no había nada que pudiera hacer desde el monasterio. Desde entonces, el joven vivió solo en aquella vieja casa. Tuvo la suerte de contar con vecinos amables que le compartían comida y, cada vez que visitaba el templo, su padre se aseguraba de que regresara con provisiones. Su buen rendimiento académico le permitió obtener becas durante toda la secundaria, y bajo esa misma modalidad de concurso logró ingresar a la universidad.
—Hola, Monje Park —saludó Jimin al entrar a la residencia del templo. Se postró en el suelo tres veces en señal de respeto y luego levantó la mirada con una sonrisa dulce. Su padre lo observó con profunda ternura.
—Hola, hijo. El resultado de tu examen ya salió, ¿verdad?
Jimin se rascó la mejilla con timidez, manteniendo la otra mano en posición de rezo.
—¿Cómo lo supo? Quería que fuera una sorpresa.
El Monje Park sonrió con calidez.
—Ayer, dos novicios dejaron el monasterio para regresar a Seúl. Me comentaron que las clases están por comenzar.
—Ah... Bueno, entré a la Facultad de Bellas Artes y Artes Aplicadas de una universidad en Seúl... —la voz de Jimin disminuyó hasta convertirse en un susurro. Aunque sus manos seguían unidas, sus ojos buscaron con cautela la reacción de su padre.
—¿De verdad tienes que irte tan lejos, hasta Seúl? —preguntó el monje. Su voz mantuvo la serenidad de su entrenamiento, pero en su mirada se filtró una profunda angustia.
Jimin se encogió en su lugar. Sabía perfectamente cuánto le preocupaba su seguridad a su padre: implicaba vivir completamente solo en una metrópolis, sin adultos que lo protegieran y con la fecha límite de la maldición acechándolo.
Sin embargo, Minie soñaba con ser artista. Llevaba tiempo ganando dinero extra con sus dibujos, lo suficiente para costear sus materiales y un alquiler modesto. Deseaba sobresalir en lo que amaba. Si su destino era morir pronto, quería, al menos una vez, vivir la vida bajo sus propios términos.
—Las universidades de por aquí no tienen la especialidad que quiero estudiar —explicó Jimin con total honestidad, buscando la aprobación de su padre.
Al notar la inquebrantable determinación de su hijo, el Monje Park comprendió que no debía detenerlo. Tras años de vida monástica, Ji Sung asimilaba las verdades de la existencia: el nacimiento, la vejez, la enfermedad y la muerte eran leyes naturales. Él ya había hecho todo lo humanamente posible como padre; el resto ahora le pertenecía al destino.
—Está bien. Si esa es tu elección, estudia mucho, actúa con plena conciencia en cada paso y jamás seas descuidado.
La sonrisa de Jimin se ensanchó al recibir la bendición. Asintió con energía.
—¡Sí, Monje Park!
Tras conversar un poco más, Minie presentó sus respetos, se despidió y emprendió el regreso a casa para adelantar sus pendientes.
En la entrada del templo, Ji Sung se quedó estático, observando cómo la silueta de su hijo se alejaba en la distancia... una silueta que, extrañamente, iba acompañada por la densa sombra de más de un espíritu misterioso.
[¹] El takrut es un tipo de amuleto tubular originario de Tailandia (conocido como “Tangkai” en otras culturas místicas de la región) que funciona como un talismán de protección.








