Prologo
Supongo que toda historia tiene un principio, y la mía empieza mucho antes de que yo naciera. Empieza con dos adolescentes que no tenían ni idea de en qué lío se estaban metiendo.
Mi madre, Wesley, tenía dieciséis años cuando todo comenzó. Dieciséis. Intenten imaginárselo. Era de esas chicas que no se daban cuenta de lo guapas que eran: ojos azules, cabello castaño claro, que le caía por la espalda, piernas largas que parecían no acabar nunca. Los chicos del instituto la miraban como si fuera inalcanzable, y quizá por eso ella prefería esconderse detrás de los libros. No es que fuera tímida, simplemente tenía cosas más importantes en la cabeza que el drama adolescente.
Mi padre, Jason, era todo lo contrario. Dieciocho años, capitán del equipo de fútbol americano, rubio, fuerte, con esos ojos marrones que tenían pequeñas vetas verdes cuando le daba la luz. Era el típico chico popular que podría haber tenido a quien quisiera. Y vaya si lo intentaban. Había chicas que prácticamente le seguían por los pasillos.
Pero él solo tenía ojos para Wesley.
Habían sido vecinos toda la vida. Esa clase de vecinos que se saludan por educación pero que nunca terminan de cruzar la línea invisible entre sus mundos. Él, el deportista rodeado de gente. Ella, la chica lista que prefería la biblioteca al campo de fútbol. Círculos que no se tocaban, hasta que un día lo hicieron.
No sé exactamente qué le dio el valor, pero mi padre finalmente se atrevió. La invitó a salir. Cena, baile, todo el paquete completo del romance adolescente. Y funcionó. Vaya si funcionó. En cuestión de meses estaban completamente enganchados el uno al otro, como si todo ese tiempo de ignorarse hubiera sido solo una forma de retrasar lo inevitable.
Y entonces pasó lo que tenía que pasar. Se acostaron juntos.
Mi madre se quedó embarazada.
Pueden imaginarse cómo reaccionaron mis abuelos. Una hija de dieciséis años embarazada no entraba exactamente en sus planes. El escándalo, las peleas, los gritos. Mis abuelos, como tutores legales de mi madre, tomaron una decisión: aquello tenía que “solucionarse”. No hace falta que les diga lo que eso significaba.
Pero mis padres no estaban dispuestos a aceptarlo. Después de semanas de súplicas, de intentos desesperados por hacerles cambiar de opinión, tomaron la única decisión que les quedaba.
Una noche, con lo poco que tenían, se largaron.
Tres mil doscientos kilómetros en el viejo Volkswagen de mi padre. Tres mil doscientos kilómetros huyendo hacia un futuro incierto, con un bebé en camino y sin un plan real más allá de “llegar allí“.
¿Y dónde era “allí“? La casa de Richard.
Richard era el hermano mayor de Tom, el mejor amigo de mi padre desde que eran críos. Cuatro años mayor que Jason, Richard siempre había sido esa figura de hermano mayor para ambos. El tipo que les enseñaba trucos con el balón en el jardín, que los defendía cuando alguien se metía con ellos, que les daba consejos que probablemente no deberían haber seguido pero que sonaban geniales viniendo de alguien mayor.
Hacía tres años que la familia de Richard y Tom se había mudado al otro lado del país. El padre había conseguido un trabajo mejor, una de esas oportunidades que no se rechazan. Tom y mi padre mantuvieron el contacto como pudieron: emails, alguna llamada de vez en cuando. Pero había sido Richard quien realmente se preocupó por Jason. Lo llamaba cada cierto tiempo, preguntaba cómo le iba, si necesitaba algo. Ese tipo de cosas que hace un hermano mayor.
Y en esos tres años, Richard había cambiado mucho. Se había casado con Jessi, el amor de su vida, y tenían una hija de tres años que se llamaba Dana. Trabajaba en un holding de empresas y le iba bien. Muy bien. Tan bien que tenían una casa preciosa que había heredado Jessi, y habían comprado la vivienda de al lado para restaurarla. La idea era dejarla para Dana cuando fuera mayor, pero por ahora era solo un proyecto.
Cuando mi padre llamó a Richard, desesperado, contándole todo lo que había pasado, Richard no lo dudó. Habló con Jessi y en cuestión de horas tenían una respuesta: podían quedarse en la casa que estaban restaurando. No era perfecta, pero era un techo. Un lugar donde empezar.
Mis padres llegaron una mañana fría de febrero. Richard y Jessi los estaban esperando. Habían preparado dos habitaciones lo mejor que pudieron: una para mis padres y otra para el bebé que estaba por llegar.
Para mí.